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miércoles, 14 de marzo de 2012

6316.- ENRIQUE GONZÁLEZ ROJO


Enrique González Rojo nace en la Ciudad de México en 1928

Semblanza
Por Graciela González Phillips

Enrique González Rojo Arthur nació en México, D.F., el 5 de octubre de 1928 en un ambiente rodeado de libros. Como el mismo cuenta, poco después de haber nacido sobrevino un temblor y se cayeron dos tomos de la Enciclopedia Británica en su cuna y por poco fue víctima de un "Enciclopediazo". Pero esta no fue la única razón por la cual ha dedicado gran parte de su vida a la lectura y escritura de libros. El ambiente le fue propicio. La educación del abuelo y del padre -sobre todo del primero- sembraron en Enrique una afición y un gran placer por la cultura. Desde muy jóven, cuando su abuelo le preguntaba por un libro, sabía en dónde encontrarlo en la biblioteca. Se había convetido en el librero de la casa. Más tarde expresaría claramente cómo esta devoción determinaría su entorno: ha vivido en bibliotecas que tienen casa, no en casas que tienen biblioteca.

Desde la muerte del abuelo y en plena juventud, se afanó en el magisterio. En 1959 obtuvo el grado de maestro en filosofía con una tesis llamada: "Anarquismo y materialismo histórico":, cuyos planteamientos el autor ha modificado y superado.
Enrique también realizó los estudios del doctorado en filosofía. Ha residido siempre en el Distrito Federal, a excepción de dos años que vivió junto con su familia en Morelia, Michoacán, donde fue invitado a colaborar como profesor de tiempo completo en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.
Además del magisterio, Enrique se ha dedicado preferentemente a la literatura, a la filosofía y a la militancia política. Después de haber superado hace dos años una grave enfermedad, se encuentra en una de las épocas más prolíficas de su vida, sumando a su afán de escribir sus antiguos gustos por la múscia y el cine, pero ahora con mayor tiempo y disposición.

Dijimos con anterioridad que los cuatro pilares de Enrique González Rojo son el magisterio, la literatura, la filosofía y el compromiso político, y nos parece importante señalar que estas partes se interfluyen a lo largo de sus obras. Es evidente que la claridad con que expresa sus ideas se debe a su larga práctica magisterial, que su poesía enarbola motivos filosóficos y políticos sin perder su estructura poética; también que sus escritos filosóficos toman como tema la poesía o la política y sus ensayos políticos se apoyan en concepciones filosóficas y están pertrechados de su estilo literario. De estas pasiones se hablará a continuación.

Magisterio

Dedicó 30 años de su vida como profesor de preparatorias, CCH, la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y la Universidad Autónoma Metropolitana; sin olvidar los dos años que pasó en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y los años en la Universidad Autónoma de Chapingo. Su actividad docente fue intensa y variada, dándose el caso de que en alguna ocasión llegó a impartir nueve materias distintas. Pese a esta gran actividad, Enrique nunca improvisó ni se presentó jamás al salón de clases sin preparar a conciencia la materia que impartía. Sin embargo, su labor educativa no termina allí, ya que durante sus largos años de militancia capacitó a muchos compañeros en círculos de estudio. En la actualidad funge como cordinador de talleres de lectura y escritura.

Literatura

Enrique se ha concentrado en varios géneros de la creación literaria: poesía, cuento, novela y ensayo. Gran parte de esta producción está destinada a la poesía. De sus 30 libros publicados, la mayoría pertenecen a este género.

Muy joven formó parte de la corriente poética denominada "Poeticismo" con la cual ha mantenido una posición crítica sin dejar de reconocer que influyó en su quehacer poético.

La obra lírica de González Rojo se divide en dos partes: antes y después de Para deletrear el infinito (1972). El antes significa para él bocetos, ensayos, primicias y el después cuando se empieza a conformar su personalidad y sus sueños poéticos. Desde entonces el autor se propone "deletrear el infinito" mediante la poesía. Hablar del infinito es tematizarlo, decir o balbucir de todo, dice Enrique. Pero no sólo le interesa hablar del infinito sino vivirlo. "practicarlo" de tal modo que cada uno de los cantos de Para deletrear el infinito se conviertan en libros que constituyen las obras Para deletrear el infinito II (1975-1981), Para deletrear el infinito III (1981-1985) y Para deletrear el infinito IV (en preparación). Si en el primero se esbozan los temas, en los siguientes se tratan a profundidad.

Efraín Huerta escribió acerca de Para deletrear el infinito: es un libro que "no hay que leerlo superficialmente, este libro es para ser estudiado, para ser leído con mucho cariño, con mucha minuciosidad. Es un libro muy complejo, muy grande y hay que deletrearlo, hay que ir hacia él con mucho cuidado".

De sus últimos libros escritos, que pertenecen al volumen IV, algunos están publicados, otros no han corrido la misma suerte y unos más están en proceso de creación. Entre los publicados figuran: Por los siglos de los siglos (1981), Las huestes de Heráclito (1988), Apolo Musageta (1989), El Junco (2000), La cantata del árbol que camina (2000), Memoralia del sol (2002) y viejos (2002). Los textos inéditos y en proceso son : El primer burlador y otros don Juanes y la comedia urbana.

Sobre Para deletrear el infinito Federico Patán ha dicho: "González Rojo es una de nuestras voces poéticas ya asentadas y definitivas. Lo es por que sabe estructurar cada poema y sumarlos en libros así mismo bien estructurados, cuyo sentido filosófico y estético forman un todo. Lo es por que examina el mundo desde una posición asumida con honradez, palpable en la integración y en la integridad de cada poemario. Lo es por que maneja con mente diestra la ironía, máscara de bastantes inquietudes".
Y acerca de la misma obra, Miguel León-Portilla ha externado: "he leido buena parte de su libro y refrendo la convicción que ya tenía de que usted es un auténtico Cuicapicqui, forjador de cantos, en el México nuestro contemporáneo. Veo que se ha echado usted a cuestas una larga empresa. ¡Nada menos que deletrear el infinito! Poesía filosófica y filosofía poética es lo que usted nos ofrece".

Aparte de sus libros de poesía, Enrique tiene en proceso una extensa novela llamada La crucifixión de la historia. Ha editado también un libro de "cuentemas" denominado El tránsito (1990), y ha escrito otro intitulado Versiones, conversiones y perversiones, que está en busca de editor. Entre sus ensayos literarios publicados figura Prolegómenos a una sociología de la mafia literaria (1975).

Enrique ha recibido cuatro premios por su obra poética: el Premio Villaurrutia, 1976, por el libro El quíntuple balar de mis sentidos (1976); el Premio Nacional de Poesía "Benemérito de América" (2002), en Oaxaca, por el texto Viejos (2002), y dos segundos lugares: en los Juegos Florares de Oaxaca (1971) y de Querétaro (1972). Uno de los grandes méritos de Enrique es haber permanecido de por vida independiente de los grupos de poder. La de Enrique es no sólo una miltancia política sino una militancia en contra de las mafias literarias.

Pero el precio que se paga por ello es alto: marginación y cierta soledad. No obstante, en ello influye también su personalidad. Alguno de sus hijos ha dicho: "mi padre tiene una fama clandestina" y es que no le ha gustado alardear y prefiere reflexionar en su propio retiro acerca de sus delirios ya mencionados. Es conocido pero no reconocido. Toda una vida dedicada a la poesía. Sin embargo no aparece en la mayor parte de antologías y suplementos, ni es invitado a encuentro de poetas o de filósofos. Octavio Paz y el "pacismo sin Paz" lo han visto siempre como enemigo. Algunos de sus libros se encuentran embodegados, perdidos o secuestrados. Enrique ha enfrentado grandes dificultades para editar y difundir su obra, pero no por ello deja de escribir y se mantiene independiente de toda mafia y grupo literario en el poder.




PREHISTORIA DEL PUÑO


En un tiempo yo fui, lo que podría
llamarse una persona
decente


Buena educación.
Eructos clandestinos.
Modales aprendidos con metrónomo.
Y un cajón rebosante de dieces en conducta.


Pero un día,
antes los golpes de culata,
las ráfagas de párpados vencidos,
el furor lacrimógeno,
me nació un inesperado
“hijos de puta”.


Se trataba de mi primer arma,
de un odio que a dos pies
cargaba la sorpresa de su propio nacimiento.


A partir de entonces,
dentro de mi gramática iracunda,
dentro del diccionario en que mi cólera
se encontraba en un orden alfabético,
disparaba palabras corrosivas,
malignas expresiones que eran áspides
con la letra final emponzoñada.


Pero yo me encontraba insatisfecho.
Ningún hijo de puta
corría hacia su casa ante mi grito,
para zurcir el sexo de su madre.
Mis alaridos eran inocentes,
inofensivos eran
como besos que Judas ofreciese
tan sólo a sus amantes.


Ante eso,
pasé de un insatisfecho “cabrones”
-pólvora humedecida por mi propia saliva-
a una pequeña piedra,
el pedestal perfecto de mi furia,
la lápida mortuoria que encerraba
la pretensión guerrera de mi lengua.


Y ahora, en la guerrilla,
mientras limpio mi rifle,
recuerdo cuando yo era, camaradas,
lo que podría llamarse una persona
decente.








Poeta en la ventana


Enrique González Rojo
Puedes verlo todo.
El único punto ciego es el ojo que ve.
La atención no tiene cortinajes.
La intuición del poeta sabe dar
con lo escrito entre líneas
en el mundo.
Percibes que
los trabajos de lo invisible por ocultarse,
la niña a quien le roban los ojos,
las nubes triscando los pastizales azules,
son un regalo del cielo
o un prodigioso olvido
de la fatalidad.
Lo percibes,
lo anotas en alguno de los meridianos
del poema.
Puedes verlo todo
---el infinito se inicia
donde terminan tus pestañas---:
lo mismo que aquello que finge eternidad,
quietud, remanso
---como el río que desdícese en el hielo---
o lo que, impúdicamente, baila en pareja
con las corrientes de aire
---como el árbol de humo
que desteje la fogata
del trozo de madera---
todo lo puedes ver.
Menos tu ver.
El ojo el ojo.
La pupila es tu confín,
lazarillo de tu ceguera.
No puedes, ay, mirar las espaldas
de tu mirada.










A Javier Sicilia


Periódico La Jornada
Jueves 12 de mayo de 2011, p. 4


Hoy por hoy nuestra patria,
con todos sus colores desteñidos.
es tan campo minado por el infortunio,
tan infierno nuestro de todos los días,
que la poesía,
capaz no sólo de asaltar
a la belleza para robarle
sus secretos,
sino de cantar al dolor,
decir de la llaga,
ser cronista de la asfixiante y vieja forma
en que las flores saben marchitarse,
en fin, salir de su funda para soltar al delincuente
y sus cómplices de arriba,
su ráfaga de salvajes aullidos
de denuncia,
se ve forzada de pronto a callar,
a morderse la lengua,
a amurallar el grito,
a decirse ¿dónde diablos pongo
este escándalo que se instala en mi pecho,
este cementerio en llamas
que cargo a la espalda?


Un poeta, un verdadero poeta que enmudece
es en la patria de hoy una tragedia,
algo que amerita
poner las banderas a media asta.
¿Por qué, Javier, se han muerto entre tus labios
los gorriones? ¿Por qué le has roto
a todos tus lápices la punta?


No me respondas. Sé lo que te ocurre.
Si a un poeta
le dejan anegados los ojos
de lágrimas de sangre,
lo crucifican en la impotencia,
porque dejan a un hijo
convertido en memoria,
no puede sorprendernos
que arroje su lira al polvo,
esconda sus palabras debajo de su lengua
y ponga enloquecido a su silencio
a tocar a dos manos los timbales.


No puede sorprendernos.
Al principio, poeta, yo quise, como tú,
tapiarme la boca con un puño.
Decir, contigo: estoy hasta la madre,
no volveré a escribir
ni el poema atolondrado de una sílaba.
Pero después pensé
que muchos no sabemos callar,
que poemas nos salen hasta por los codos,
que más bien queremos vomitar abecedarios
aullar a voz en cuello.


Pero tal vez tu estruendo sin vocablos,
tu fanfarria de palabras sin rostro,
logre más, en el caos que nos tiene
hasta desordenadas las entrañas,
que el conjunto de poetas aullantes
que siempre hemos creído, pobres tontos,
que la enfermedad de la sordera
sólo podrá aliviarse con el grito.


17 de abril de 2011








La Torre de Babel


Albañil con delirio de grandezas.
Constructor incansable de la torre
de no acabar. Impulso que reúne
su mezcla de alma y cuerpo en cada adobe.


Aeronave lentísima que escala
por terribles centímetros al cielo,
y en que hemos ido alzando, sediciosos,
la primera escalera hacia lo eterno.


De repente un relámpago y sus quejas
de timbal malherido, nos aturde
rugiéndonos que somos en pecado,
que si el orgullo y la ambición discurren


con el turbión de sangre de las venas,
acabarán por ser tan sólo un coágulo
de glóbulos blasfemos, un olvido
del dedo omnipresente del decálogo.


Pero estoy, junto a todos, mano a la obra
más que para ascender, para que lo Alto
pueda por fin bajar hacia nosotros
trayendo el más allá bajo el brazo.


Qué temor, al dejar anclado el suelo,
cuando el mal de montaña o de infinito
nos ahoga el propósito y nos vuelve
en una procesión de peregrinos


con los pies amarrados y los ojos
viviendo una zozobra de galaxias,
subiendo, no subiendo, con el cuerpo
jugando a ser grillete de las almas.


Los vocablos encuentran en su carne
los poros del aullido. Y hay personas
que exigen un micrófono y se quedan
en medio de un desierto hablando a solas.


Alguien pensó de pronto: lo que faltan
son traductores: hombres empeñados
en arrancar la máscara a las frases
(que ladran diferencias) de lo extraño.


Pero los traductores, sorprendidos,
ven la inutilidad de sus esfuerzos
cuando, pasión en ristre, nos dan sólo
diferentes versiones del silencio.


Mi hermano, ya no entiendo lo que dices.
Tu lengua amasa sílabas y gritos
de chasquidos ignotos y sus letras
se escurren sin cesar de los oídos.


En tu voz y en tus labios ya no advierto
cuando estás frente a mí, sino tu espalda,
la inquietud de tus pies, las estridencias
volcadas a morder tu pentagrama.


Ay hermano, no escucho lo que gritas.
Tu alma me es expropiada por la bulla.
Me encuentro de rodillas, suplicando
que a la voz de mis tímpanos acuda


un vocablo no más, pero un vocablo
familiar, cotidiano, tuyo, mío,
para restablecer la especie humana,
la hermandad de la oreja y el sonido.


Amada mía, deja a mi cuidado
tus palabras. Acércate. No escucho
qué murmuras. No capto sino estática,
el ruido de los astros en su mundo


inasible, lejano, en otro idioma,
y desterrado siempre hacia el afuera.
Háblame con los ojos si no puedes
tener apalabrada con tu lengua


(cuando se halla mi oído arrodillado)
tus mensajes, tu código, nuestra habla
confidencial, con sus misivas de aire
y sus letras que vuelan en bandada.


Mujer ¿qué se ha interpuesto entre nosotros?
¿Un alambre de púas o gruñidos
que mastican su cólera entre dientes
y prohíben la entrada a tus recintos?


Y tampoco comprendo qué musita
este poeta que anda aquí en mi pecho
versificando estrépitos o ruidos
e impostando vocablos extranjeros.


No sé lo que mascullo, y aunque instalo
en todo lo que soy mi oído interno,
advierto sordomudas mis entrañas
y hablo con bocanadas de silencio.


Poco a poco también se vuelve extraño
el lenguaje de Dios, roto, perdido
en un acento ignoto que le brinda
a su predicación el infinito.


Cuando suelta su voz, yo no le entiendo
una sola palabra al absoluto.
Aunque tengo una antena, para hacerme
de pedazos de cielo, no disfruto


de los versos que dicen que Dios forja e
n sus momentos de alegría plena.
No doy con el canal de lo perfecto.
Mi oído sólo advierte la cadencia


de voces que se rompen, chocan, ruedan
hasta formar un nudo de alaridos
incoherentes, que bajan de la torre
para untarse de polvo en los caminos.


El sordomudo altísimo del cielo
envuelve en mortecina luz su indicio.
Ya el radar de la torre no registra
ningún aletear de lo divino.


Tiembla de pronto. Todo se conmueve.
¡Qué colapso! ¡Qué torpe ingeniería!
Caen piedras y esfuerzos.
Y prosigue
la confusión en medio de las ruinas.










Harem de esperpentos


Don Juan no supo cómo detener
el paso de los días.
Ni dónde guarecerse
de la lluvia torrencial de segundos
que se le vino encima.
Fue entonces que,
espiando a izquierda y derecha,
como si se cuidara de que nadie lo viese,
entró con paso firme
a la tercera
edad.
A la tercera.


Al principio, los cambios fueron irrelevantes:
las arrugas de la frente,
el archipiélago de manchas en las manos
y la propensión a contar
una vez y otra y otra
la misma anécdota
–por ejemplo la de la temeridad de acceder
a un balcón desdeñoso
con la enredadera de una serenata–...


Pero después fueron incontables
las pinceladas de tiempo
trazadas en sus sienes,
sus cejas,
su barba,
su bigote
–que le daban el aspecto atractivo,
cautivador,
inolvidable
del que paso a paso
logra introducirse en el hueco
de su propia estatua.


Cuando Don Juan peinaba canas,
rastros canosos de viejísimas caricias,
también peinaba indicios indudables
de desmoronamientos
o de rumor
de ruinas.
También vivía el inconfesado aire de fatiga
que arrancaba de su voz,
de sus gestos,
de su mirada,
y parecía demandar un lecho...
Pero sólo como el sitio
donde poder dormir,
desperezar nostalgias,
destrozar a manotazos mariposas,
tener la oportunidad de escalar
con sus manos de Sísifo
siempre idéntico seno,
besar todas y cada una de las bocas
que contiene la almohada,
y sentir, a todo, las acogedoras manos
de la temperatura;
como el sitio donde poder dormir
y dejar del lado de acá,
en la vigilia,
en la orilla del lecho,
los años,
las edad,
los trabajos eróticos
de Hércules,
el ciclópeo curriculum
de las resistencias femeninas
hipnotizadas por el péndulo
de un tiempo que corría
a favor del caballero.


Ya desde su más lejana juventud,
Don Juan se vio en la imposibilidad
de acallar la voz interna
que brotaba del hondón del cuerpo.
Esta voz se hallaba siempre a todo volumen:
sintonizada en el prurito insaciable
del tonel sin fondo.
Las tensas ambiciones que sobrecogían de común
sus entrañas,
hubieran sido la causa de que Don Juan
viviese un prematuro
círculo del infierno,
a no ser que sus exigencias
y su tronar de nervios,
hallaran siempre en su bello físico,
su ars amatoria y su fama universal,
los aliados perfectos
para garantir la puntual satisfacción
que le acarreaba
la nunca mermada maestría en la seducción.


Si Don Juan ponía el ojo en alguna fortaleza,
ésta no podía dejar de sufrir
el derrotismo de las cuarteaduras.
De ahí que Leporello llevara el catálogo
“de las bellas que amó mi patrón”
como la fría estadística
que realizan la envidia y el asombro
de las aventuras del maestro en pezones
y doctor en caderas.


¿Cómo iba a resistir una mujer
a la que cubre sólo la tunica del escrúpulo,
cuando toda resistencia es desabotonable?
¿Cómo hacer que las damas,
desprevenidas,
dejaran de cambiar
por las cuentas de vidrio del reguero
de refulgentes sílabas cautivadoras
el oro de la entrega?
¿Cómo protegerse del caballo de Troya
cuando la ciudad acumula en el fondo ansias de caballeriza?
¿Cómo hacerle frente a un deseo
que toma de la mano y levanta a otro deseo?
Don Juan terminó por convertirse
en el mayor coleccionista de concupiscencias
en lo que va del hombre.


Pero no supo detener el tiempo
o, si se quiere, no atinó a vacunarse
contra el gerundio.
Y ahora,
con los ojos papujados,
los pasos inseguros,
la papada oscilante,
se diría que las aspiraciones de Don Juan
han sido abandonadas,
dejadas de la mano de Dios
o a la deriva en los flancos oscuros
de la brújula.


Mas todavía disfruta
de indudables riquezas en su haber.
Es verdad que la prestancia de otros días
ha sido victimada por la amnesia del espejo
o también que la belleza
se asfixia inexorablemente
en su caricatura.


Sin embargo,
a pesar de las devastaciones que el reloj
ha fraguado en sus dominios,
su renombre,
su experiencia
y una audacia que sabe arrinconar a los recelos,
le permiten aún algunos triunfos.
¿Quién iba a decir que la chiquilla de quince abriles
que hablaba el amargoso lenguaje del desdén,
le abriría de par en par los huecos
de la entrega?
¿O que la joven esposa,
que urdía ya en su vientre sus mendrugos de niño,
consintiera en calzarse,
sin culpas de por medio,
su mal paso?
Durante algunos meses,


Don Juan salió a la pizca de milagros.
A rogar a lo imposible,
de rodillas,
cesar en sus rigores.
Mas después,
poco a poco,
se fue quedando a solas
con el aire angustiado de sus manos vacías.
Ni la ciencia de la seducción,
ni el prestigio universal,
le sirvieron.
La lámpara de Aladino agotó sus virtudes
y acabó por tener sólo la lucecilla miserable
para alumbrar su impotencia.


La imaginación vino entonces en su ayuda.
La cacería,
tras de amordazar la costumbre,
cambió de blanco
y el instinto sabueso remodeló
su brújula olfativa:
el Burlador decidió ir en pos de la muchacha gorda,
de la tuerta,
de la coja
y de la enana.
La imaginación vino entonces
en su ayuda.


Hay quien afirma que en este desfiladero del ridículo,
Don Juan proseguía sintiéndose
el amante perpetuo,
el hombre que sabía forzar,
con una explosiva mirada de reojo,
los rigores de una puerta
o la duda asustadiza de un prejuicio.


Después optó por incluir en su lista
una que otra mujer ya muy entrada en años.
Y es que sin duda hay ancianas
que, en medio de las ruinas de su cuerpo,
han podido conservar la soberbia a dos voces
de sus senos.
Hay mujeres que lo han perdido todo:
la línea,
la frescura,
los escondrijos todos de lo bello.
Pero tienen,
guardado en la despensa del recato,
el más hermoso pubis de la ciudad entera.
Canoso, sí.
Mas rizado por quién sabe qué dedos invisibles.
Cálido y suave,
como el mejor estado de ánimo del terciopelo.
Y es que sin duda,
aunque existen viejas arrugadas,
sin dientes
y que pueden solamente desplazarse
si un bastón les da la mano,
vistas de cerca,
cara a cara,
entre ojeras hendidas y párpados hinchados,
lucen una mirada inmarcesible,
impenetrable casi a esas sentencias de muerte
que llevan al calce
la firma del cronómetro.


Don Juan seguía insistiendo.
La voz de su organismo palpitante,
continuaba velando sus súplicas
(de pesadas rodillas)
con un ropaje de órdenes
que se daba a sí mismo.
Y él iba de una cita a otra y otra,
intercambiando visos semejantes
de derrumbe,
mechones sin raíces
o trozos de epidermis,
con brujas,
espantajos,
adefesios.


Y aunque al final tuviera
–verdadero sultán en su harem de esperpentos–
las manos barnizadas de carroña,
él prosiguió creyéndose
el perpetuo salteador
de descuidos y virtudes.
Don Juan seguía insistiendo...


Cuando accedió por fin a su agonía,
y cuando el convidado de piedra de la lápida
podía suponerse ya en camino,
nadie supo decir si los sonidos que emitía su aliento
eran estertores de muerte
o jadeos de orgasmo.
Pero tal vez Don Juan,
seductor asimismo de la muerte,
se imaginó que estaba,
al fallecer,
no rindiéndole cuentas al vacío,
sino ampliando su lista interminable
sólo con otro nombre.