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sábado, 9 de agosto de 2014

EDUARDO NOGAREDA [10.844]


Eduardo Nogareda 

(Montevideo, Uruguay  1944) es un comunicador radial, poeta, actor, compositor y cantautor uruguayo.

Estudió literatura en el Instituto de Profesores Artigas y fue docente de esa asignatura.
Vivió un largo exilio en Argentina y en España y retornó al Uruguay en el año 2005.
En 1979 coordinó una edición de la novela "La tregua", de Mario Benedetti (Ediciones Cátedra, Colección Letras Hispánicas, Madrid), para la que redactó un ensayo sobre el autor y notas de pie de página.
En 2007 recibió el Premio Morosoli a la trayectoria periodística y actualmente presenta “El truco de la serpiente” en Emisora del Sur (S.O.D.R.E.).

Bibliografía

"Estas hogueras nuestras" (Ediciones HOAC, Madrid, 1977). Ganador del Premio Poesía en Carne Propia.
"El aire es un gran animal" (Editorial Arca, Montevideo, 1986). Poemario.
“El estruendo de una mosca” (Madrid, edición de autor 1991)
“Pensado campo” (Montevideo, Ed. Artefato, Colección Delfos 2006)
Publicaciones en antologías[editar · editar código]
"Poesía desde el pueblo", de Ediciones HOAC (Madrid, 1977)
"Cuadernos de poesía nueva", del Taller Prometeo de Poesía Nueva (Madrid, 1983)
"Sesenta y seis poemas", publicación del Premio Ricardo de la Vega 1990 (Getafe, Madrid, 1991) 
Ha tenido además diversas colaboraciones en revistas literarias y trabajos compartidos.

Discografía

"Los sobrinos de la tía Purita" (Aceituna brava, Madrid, España, 2002)
"Corsoacontramano" (Perro Andaluz, Montevideo, Uruguay, 2011)








TIERRA

las manos de la mujer que desbroza el terreno
parecen las alas de un pájaro enfermo
que se mueve entre los matorrales
y no se arranca nunca a volar

esta persona entera de pronto se detiene
se yergue lentamente sobre sus pies
y se queda mirando hacia lo alto
mira preguntando
quieta como la tierra

la tierra mira al cielo desde sus arrugas
igual que la mujer
pero el cielo desde su lejana tersura
no las ve a ninguna de las dos







NO CON PALABRAS

no quiero hablar de ti con palabras sino con remos 
acostumbrados al humano trato
no con palabras sino con palancas 
capaces de pequeños actos heroicos
con objetos de mesa todos hechos con madera sin pulir
con canoas cansadas pero llenas de ilusión

no con palabras ni con pelucas
quiero hablar de ti con espesuras y distribución de colores
con ejercicios de difuminación sobre el cielo del atardecer 
en el río Cebollatí

no quiero hablar de ti con palabras 
sino con seres que dispongan de alas
con alas quiero hablar de tu vuelo
quiero que la manera de hablar de ti 
sea una traslación de materia viva
al mejor estilo de la golondrina

no con palabras ni con trajes largos
sino con rumores de agua aquietada entre árboles
que se están inclinando sobre el cauce
como hombres que preparan el amor







GOLONDRINA

subida al madero del silencio
la golondrina llama

el solitario lee ese acto natural
y piensa en colores

la golondrina no se sabe sabida






NIÑOS SOLOS EN LAS SILLAS

mira
todo se cubre de flores grises
la tierra sube desnuda hacia el cielo
la goma que rueda
sobre la calle mojada de lluvia
suena como la palabra afónica
de una persona desesperada
hay linternas que buscan como perros
y hay por todas partes niños solos
niños solos en las sillas

la noche está hecha una vieja huraña
no se ve el nombre de nadie
en la niebla de las esquinas
la tierra sube al cielo con los ojos abiertos
hay linternas que buscan como perros
y hay por todas partes niños solos
niños solos en las habitaciones
están en los balcones con las manos cruzadas
se pegan a los cristales
de las ventanas
con las pupilas encendidas
se repliegan detrás de las puertas
con las cejas en alto

todo se cubre de flores negras
todo se muere un poco en los portales
en las farolas
en los tejados sin luna
y en tu boca        madre
en tu boca

mira
se han detenido las linternas
la tierra sube a un cielo de ojos abiertos
y hay por todas partes niños solos
velando horribles palabras





AIRE ABIERTO

cuando ha dejado de llover
y se adivina un sol distante
del otro lado de los médanos
entre las casas de aguas dulces
aparecen imaginaciones

el día se pone
lento de carros y blando de suelos

la nostalgia apaga el pucho sobre el balastro

con las pestañas cubiertas de polvo
acude un forastero
cuando entra al bar su estatura es de ciprés
cuando sale su mirada es de cangrejo




Estos tres poemas pertenecen al poemario Hoy el cielo es un paraguas que sostiene un triste (Estuario editora, 2009).







AUNQUE LA ORQUESTA SE DUERMA
(Ediciones LO QUEVENDRÁ / revista de poesía / 2013)

PRIMERA ENTREGA

PRÓLOGO DE GERARDO CIANCIO

La poesía de Eduardo Nogareda: 

que las palabras salgan de sus habitaciones
 “no con palabras ni con trajes largos
sino con rumores de agua aquietada entre árboles
que se están inclinando sobre el cauce
como hombres que preparan el amor”
E. N.
 “la armadura de inconstantes juncos
que contiene las palabras y los actos”
E. N.


La producción poética de Eduardo Nogareda (Montevideo, 1944) tiene en el campo literario uruguayo una presencia que se remonta a más de cuarenta años. Claro que la irrupción del último gobierno dictatorial; el exilio del autor, primero en Buenos Aires (1973 -1976) y luego en Madrid, y su regreso a Montevideo, ocurrido en el mes de octubre de 2005, motivaron, quizás, una discontinua visibilidad / invisibilidad del poeta en tanto firma autoral que requiere su urgente recepción crítica, como, de pronto, más importante aún, impidieron un masivo acceso a los públicos lectores.
 Promovió este fenómeno, además, el hecho de que las publicaciones en libro de Nogareda son relativamente escasas. En ese sentido, si nos detenemos a estudiar su bibliografía, observamos que dos poemarios vieron la luz en Madrid con un hiato de tiempo significativo: Estas hogueras nuestras, 1978, y El estruendo de una mosca, 1991; al tiempo, sus otros tres libros publicados en Montevideo (sin considerar el presente trabajo que el lector tiene en sus manos) siguen un patrón similar: el libro[1] titulado El aire es un gran animal es de 1986, Pensado campo del 2007 y Hoy el cielo es un paraguas que sostiene un triste se editó en 2009.
 Se suman a este modo de producción en formato libro los dos discos que editó recientemente: Ruido de poemas (el autor junto a Fernando Pareja) y Corsoacontramano (con textos y música de Eduardo Nogareda, excepto el tema “El vals del cortocircuito” perteneciente, en música, a Manuel Picón), ambos presentados en Montevideo en 2011.
Ahora bien, hasta aquí la obra más conocida, más referida o “hallable” del autor de Pensado campo. Pero como consignaba unas líneas más arriba, debido a las fechas en las que comienza a publicar, su corpus poético se inserta en la tradición poética de la Generación de los sesenta. Eduardo Nogareda integraría así una segunda promoción de ese grupo histórico en nuestro devenir cultural: en 1971, poemas suyos aparecieron en una revista/cuadernillo poético que, como tantas publicaciones uruguayas, particularmente revistas, no salvaron la barrera del primer o del segundo número. Me refiero a Baldosas. Tres poetas participaron en ella: Horacio Buscaglia[2], Cástor Bóveda, un ciudadano español que vivía en Montevideo y después del golpe de Estado regresó a España, donde publicó varios libros de poemas, así como el autor de marras[3]. Baldosas se presenta al público en una edición rústica, muy precaria (como precaria era la existencia y las situaciones de muchos uruguayos en esa época), fechada en noviembre de 1971, que exhibe una suerte de justificación o sentido de existencia en verso[4], a modo de frontispicio para ingresar a una poesía combativa, rebelde, coyuntural, pero con muchos textos que hasta el día de hoy se sostienen y forman parte de una interpretación de nuestra historia reciente en años difíciles para el país y para los jóvenes, de convulsión política y una tormenta mayor en ciernes.
 Por otra parte, ya viviendo en Madrid, el libro de 1978 fue ganador del Concurso de Poesía “Noticias Obreras” convocado en abril de 1977. Estas hogueras nuestras se publica así, junto a otros cuatro trabajos ganadores, bajo el título, que oficia como paraguas nominal, Poesía en carne propia (Madrid, Ediciones HOAC, 1977)[5].
 En algunas antologías aparecidas en Madrid, se registran poemas de Nogareda: en Poesía desde el pueblo (Madrid, Ediciones HOAC, 1977) y en Sesenta y seis poemas (Madrid, El Cazerón, 1991, poemas publicados en el marco del Premio Ricardo de la Vega realizado en 1990). Incluso en la publicación del Taller Prometeo de Poesía Nueva de Madrid, en su Cuadernos de poesía nueva (Madrid, Año IV, Nº 34-35, setiembre de 1983[6]), y en el Suplemento Especial Nº 11  dedicado “a la poesía uruguaya de hoy” de  La revista del Sur, de Montevideo, se consignan poemas del autor.
Hagamos un breve tour de force poético por los libros de Eduardo Nogareda más identificables desde una perspectiva actual. En primer lugar, El aire es un gran animal se estructura en tres secciones: “Aire poco”, “El aire es un gran animal” y “Aire en movimiento”. Cada una gira en torno a un tópico que vertebra la zona poética transitada, y entre las tres constituyen una unidad temática y retórica muy evidente por su tono, ritmo y tematización. Este libro formula un territorio poético enigmático, un distanciamiento de extrañeza casi brechtiano. Leemos versos que construyen un clima onírico, una forma de lejana cepa surrealista que quizás alimentó, en algún momento, las lecturas y el imaginario creativo nogaredeano:


 “En el fondo de tus ojos jadeaba un animal
que había perdido los signos del aire
Yo
como una pesadilla tuya
 no acertaba a encontrar el lenguaje de ayudarlo”  (op. cit. p. 7).

Y en el mismo poema anota:

“después escribí un poema que decía que
en el fondo de tus ojos jadeaba un animal
que había perdido los signos del aire” (ídem),

lo que le otorga a la superficie profunda del texto un carácter circular, casi de claustrofobia verbal, sin dejar de ser un juego serio, eso lúdico que tiene todo buen poema y Nogareda lo ha captado con particular justeza.
 La atmósfera del libro se desmarca de cualquier tipo de referencia, tanto es así, que los motivos poéticos del aire y del animal, confluyendo, fusionándose, distanciándose en algún momento, vuelven a la lectura del poemario, en cierta forma, autorreferencial, un gran animal de aire, un aire percibido como un gran animal, que se autofagocita, se muerde la cola:


 “a las lágrimas les crecen uñas
el aire es un gran animal”  (p. 21)
 o bien,
 “el sol se ha derretido
sobre un gran animal de aire”  (p. 22)
 o este casi díptico pleno de un sufrimiento extraño pero no ajeno al dolor, al pathos peor:
 “el gran animal de aire se queda callado
hace tiempo que vuela herido”  (p. 23).


En el prólogo a su libro El estruendo de una mosca (Madrid, 1991), Nogareda hace la siguiente reflexión personal, pero abarcadora, según entiendo, de su programa poético posterior: “me gusta importunar a las palabras y obligarlas a salir de sus habitaciones.” Quitarles el confort a las palabras, remover el código de la lengua que permanece fijo y aparentemente inmutable: ése podría ser el rol clave del poeta. Es éste un libro maduro, con un manejo del lenguaje arriesgado y un nivel de metaforización que le da al volumen un cierto valor agregado. Por ejemplo, el título podría explicarse a partir de los siguientes versos que construyen una hipérbole asociada a la noción nostálgica de la distancia inquerida:

 “El estruendo de una mosca que vuela
del otro lado del mar
no me deja dormir”  (p. 21).

 Asimismo, en el poema “Un asesino anda suelto”, se vierte una de las búsquedas que ha realizado el poeta (tanto en lo versal como en lo musical) a través de los años: debemos “conocer el escondite del verso desnudo”  (p. 28), es decir, lo primigenio, el origen, el pre-arte, lo informe, esa primeridad que puede devenir en un hecho estético.
 Quince años más tarde, casi como un hito, una marca que señala su retorno a su ciudad natal, a su país, publica Pensado campo (Montevideo, Artefato, 2007)[7]. Como en el anterior trabajo, se alternan fotos de Marina Pose, artista plástica y compañera de vida del poeta. Esto suma a la propuesta artística una dimensión icónica, una doble lectura, una deriva polisémica que la enriquece, particularmente si consideramos que en el libro montevideano las fotografías tienen al pie un fragmento poético que dialoga con ellas, en una dialogicidad de ida y vuelta, generando así nuevos interpretantes, nuevas posibilidades cada vez que nos enfrascamos en la lectura/visualización del poemario.  El libro tiene además dos prólogos de diferentes autores, de los cuales extraemos sendos párrafos plenos de aciertos:
“Este campo de Eduardo Nogareda es el ‘suelo del cielo’, un campo grande y solo, por el que podrían pasear del brazo Rubito Lena y Don Antonio Machado, con el tiempo y el ritmo de un film polaco para poder quedarse un poco más de este lado de la vida.”[8]
 “En este trabajo de Eduardo, por lo tanto, desechada quedó la presunción de una denominada ‘poesía popular’ en procura de una fácil lectura y aceptación. Menos aún es éste un libro para leer en un ómnibus o en una sala de espera como mero pasatiempo, pero ello no implica la concepción de una poesía hermética. Aquí la palabra es símbolo y susurro: para llegar a su esencia sólo es preciso un oído atento y una memoria sensitiva.”[9] 
 Pensado campo nos presenta a un poeta en su plenitud que construye una nueva ruralia (ajena a cualquier clase de nativismo que se postule como búsqueda del color local) como si fuese un ebanista dieciochesco, pero con palabras, y logra imágenes de gran delicadeza, como, por ejemplo:

 “la noche repartida en pequeños ruidos
rueda roma y ronca bajo el techo”  (p. 43).

 En Hoy el cielo es un paraguas que sostiene un triste (Montevideo, Editorial Estuario, 2009), el hablante poético (“un paseante solitario” – p. 36- casi rousseauniano) recorre varios de los tópicos que obseden su obra: el amor, la soledad, la distancia de la tierra y los seres queridos, el mundo de las animales (muchas veces como alegoría de la dimensión humana), la cotidianeidad, la palabra como un instrumento privilegiado para generar representación, la realidad y las versiones de esa realidad posible, la cultura como referencia intertextual que ayuda a comprender el mundo, el acontecer diario de la ciudad, etc. Pero, como siempre, en la construcción, en el diseño final del poema, encontramos ese misterio que envuelve, que rodea a la verdadera poesía:

 “sangrada la túnica del discurso
la palabra plegó las alas y se retiró” (p.12)
 o
 “es triste  ver a un hombre grande
mojándose los pies en espuma de palabras” (p. 33).
 Asimismo, el juego con el instrumento verbal se desliza por la delicada aliteración, dando cuenta, por ende, del perfil musical del poeta, de su oído entrenado para el arte de Mozart:
 “están libando en lívidas azucenas
las abejas que incurrieron en roturas” (p. 17).

 Simultáneamente, en el corpus nogaredeano encontramos desde sus primeros textos, y en eso mantiene una consistencia poco común, un registro informal como el que refleja el tercer verso aquí citado, un recuperar la coloquialidad del discurso “de la calle” en el cuerpo de la textualidad poética:
 “me envía una señal desesperada
pero la arena la oculta dentro de su remolino
qué le vamos a hacer”  (p. 20).
 Hoy, a fines del año 2012, Nogareda publica Aunque la orquesta se duerma, libro compuesto por veintitrés poemas en verso libre, opción predominante desde sus primeros trabajos. El título del volumen está motivado por un verso del poema “Noche”, poema que tiene uno de los remates más bellos, por su potencia sugestiva, que ha logrado el autor:

 “seguiremos bailando
aunque la orquesta se duerma
seguiremos cantando
aunque se despierte de la siesta
la glándula de la angustia”.

 En Aunque la orquesta se duerma, hay una permanente referencia al universo de la música, del canto, de sus aledaños, cosa que ocurre en una zona importante del corpus nogaredeano, lo que se justifica, o por lo menos se relaciona, con su condición de hombre del espectáculo, la música y el canto: “la polca nueva”, el “acordeón”[10], “un aroma de canto”, “un santo y otro canto y otro manto”, “una frase de ropas canta bajito”, “un aviso de porcelana se desliza en silencio / por las canciones”, “hasta mañana canción partida”, “canto y cuento en una voz”, “valsecito desafiante”, “melodía aparecida”, etc. Una atenta lectura puede extrapolar esta serie enumerada arriba al resto de los trabajos poéticos de Nogareda, a sus “cestos de mimbre para sus palabras”, como dice en el último poema del libro, titulado, precisamente, “Baile”.
 También cabe destacar que en este poemario el autor se desliza por territorios más arriesgados del lenguaje, como lo hace en el poema “A quién” o, más evidentemente, en el titulado “Biografía”, donde la acumulación por adición, la enumeración casi indefinida representan un verdadero recorrido de vida. No espere el lector el relato biográfico en un sentido literal, más machadiano, por ejemplo; por el contrario, deberá hacer el esfuerzo de inferir una historia vital a partir de ciertos indicios enumerados en las palabras.
 Leer la producción poética de Eduardo Nogareda constituye un ejercicio de placer textual, pero un placer que deviene a partir de un cierto esfuerzo, una atención lectora, ya que no asistimos a una poética de lo meramente conversacional o a una propuesta que se sostenga por su simpleza. Forma y fondo, expresión y contenido, significante y significado, discurso y emoción operan en este libro, y en la poesía de nuestro autor en general, con un nivel de amalgamiento, de dominio del instrumento y de una cierta capacidad para comunicar lo radicalmente humano que no ocurre a menudo en la poesía contemporánea uruguaya.
 Notas
  
(1) Según me refirió el autor, este libro “se publicó por una gestión personal de Mario Benedetti. Yo le había entregado los originales sin pedirle nada y él los presentó en (la editorial) Arca por su cuenta.” Importa señalar en este punto que uno de los trabajos más importantes que se han realizado sobre la novela La tregua es de autoría de Eduardo Nogareda, publicado y reeditado en muchas oportunidades en la colección Letras Hispánicas de la  madrileña Editorial Cátedra (p. 11-57). En oportunidad de prologar la misma novela de Benedetti, Manuel Vázquez Montalbán toma como referencia el trabajo del Nogareda arriba referido, citándolo oportunamente (Mario Benedetti, La Tregua, Madrid, Bibliotex, S.L., Colección Las mejores novelas en castellano del siglo XX, 2001, Prólogo de Manuel Vázquez Montalbán, pp. 4-7).
(2) De Horacio Buscaglia (1943-2006) figuran los poemas “Mojo para la hora del té”, “Sueño de una noche de mermelada”, “Así nomás” y “Mojo”. En 2012, la Editorial Yaugurú publicó Mojos, libro que contiene una compilación de la obra de H. Buscaglia realizada por Martín Buscaglia y Gustavo Wojciechowski.
(3) De Nogareda destaco versos aparecidos en este cuaderno del 1971, como “Ha nacido un pensamiento / en un camino rodeado de árboles / y fresco de lluvia… / Un pensamiento de cantegriles que se agrandan / de estudiantes que se mueren / en la calle / infestados de plomo” (p. 3), o bien, “Un pensamiento de Uruguay pobre, /demasiado pobre, / en la vereda de enfrente / de un Uruguay rico, / demasiado rico…” (ídem); o los siguientes: “Americanos míos, / desde Artigas hasta el Che Guevara…/ Míos, /como son míos mis brazos; / míos, / como son mías mis rabias” (p. 10), texto que aparece reescrito, o, por lo menos, con una serie de variantes claves que lo transforman en otra propuesta estética, pero conservando, de todas formas, su contenido político:  “Sud /americanos míos /desde las estrellas / hasta la miga de pan / tibia…”, en el libro  Estas hogueras nuestras, Madrid,  1978, p. 59.
(4)  “Porque con baldosas nos defendimos /cuando la calle se llenó de plomo / de ellos y de la sangre nuestra en / cada lado en que brotó la rabia limpia / Por eso”, Baldosas, p. 1.
(5) El trabajo de Nogareda (pp. 43 a 78) demuestra un trazo poético más firme, acendrado, como si la experiencia del desarraigo lo hubiese consolidado, le hubiese afincado su voz a sabiendas de que su situación vital y creacional se desarrollaría en esas circunstancias, en ese “aquí y ahora” madrileños; no obstante, como un sector grande de la literatura del exilio, el poeta experimenta ese extrañamiento, ese estado de ajenidad que cualquier situación similar conlleva: “Esta lluvia que cae sobre Madrid/ no te conoce / y me parece mentira. / Este aire español / huérfano todavía / de los gestos de tus manos / todavía me parece irreal o mentiroso.” (p. 48), y al mismo tiempo no deja de aferrarse a sus paisajes, a su gente, a su país en lejanía, a su cotidianeidad perdida a la fuerza, planteada en este caso en una atmósfera casi benedettiana: “Sayago era verde/ o marrón, no sé…/ Quizás alguien recuerde / con mayor precisión. /Ahora me parece que era /rosado, / o azul, por las noches” (p. 74). Según relato personal del autor, vía e-mail, los poemas, o algunos de ellos, del libro de 1978, se remontan a su última etapa en Montevideo, antes de exiliarse: “En 1973 yo tenía avanzado un proyecto de publicación de un libro de poesía aquí, en Uruguay, en una editorial que, creo recordar, se llamaba Tierra Nueva. Supongo que parte de esos textos fueron a parar a Estas hogueras nuestras”.
(6) Se incluye aquí un poema que anticipa, quizá no intencionalmente, o de pronto es un leit motiv autoral, la poética “del aire” que caracteriza el libro El aire es un gran animal (Montevideo, Editorial Arca, 1986): “el gran animal del aire se ha asustado / y nos puede atacar”, op. cit, p. 54.
(7) A propósito de una muestra de la artista plástica Lucy Duarte en el Museo Figari, se elaboró un folleto que presenta el trabajo de la salteña titulado: “Pensado campo: ‘Recurrencias’ de Lucy Duarte en el Museo Figari”. Allí, Pablo Thiago Rocca, poeta, coordinador del museo y crítico de arte, escribe, luego de citar siete versos de un poema del libro de Eduardo Nogareda: “Traigo a colación los versos de Eduardo Nogareda porque ofrecen un registro del campo entre tierno y misterioso, similar al que bulle al interior de las pinturas de Lucy Duarte.” (Octiubre, 2012).
(8) Atilio Pérez Da Cunha, Macunaíma, quien titula sus palabras prologales “Campo orégano para viejos compinches”, op. cit. p. 8.
(9) Julio Garategui: “Un prólogo que no debió ser tal”, op. cit. p. 16.
(10) En su niñez y adolescencia, Eduardo Nogareda tomó clases de acordeón a piano.

Publicado por elMontevideano Laboratorio de Artes



CECILIO PEÑA [10.841]


CECILIO PEÑA   

Poeta, crítico y narrador montevideano, nacido en 1925. Murió en Montevideo en 2000. Fue profesor de Literatura en Enseñanza Secundaria, egresado del Instituto de Profesores “Artigas”; dirigió la revista literaria Psiquis (1951) y, junto a Pablo Aurelio Chiarelli y Jorge Medina Vidal, los Cuadernos Uruguayos (1958).

Colaboró en varias publicaciones e incursionó en el cuento con “La lágrima negra”, que fue traducido al inglés por Morris R. Steinberg y publicado por la revista norteamericana Poetry and Drama Magazine. Más que sus trabajos críticos, siempre con un marcado perfil docente, destacamos su obra poética: Desde Eidar, la que recibió el Premio Municipal en 1963. 

BIBLIOGRAFÍA:

El hombre entredormido (poesía), Montevideo, Comunidad del Sur, 1957.
Cuarteto del Ser (poesía), Montevideo, El Siglo Ilustrado, 1961.
Desde Eidar (poesía), Montevideo, Arca, 1966.
Cervantes (ensayo), Montevideo, La Casa del Estudiante, 1973.
Rubén Darío (ensayo), Montevideo, La Casa del Estudiante, 1973.
Antonio Machado (ensayo), Montevideo, La Casa del Estudiante, 1976.
Lorca, su lírica (ensayo), Montevideo, La Casa del Estudiante,1977.
Poema del Cid (ensayo), Montevideo, Técnica, 1978.
Quevedo, el poeta lírico (ensayo), Montevideo, La Casa del Estudiante, 1979. [2ª edición ampliada]
Rinconete y Cortadillo (ensayo), Montevideo, Banda Oriental, 1979.
La ilustre fregona, Montevideo, Banda Oriental, 1979.
Gabriela Mistral, poemas y estudio (ensayo), Montevideo, La Casa del Estudiante, 1980.
La gitanilla (ensayo), Montevideo, Banda Oriental, 1982.
Con punto y noche (poesía), Montevideo, Banda Oriental, 1985.
Pablo Neruda (ensayo), Montevideo, La Casa del Estudiante, 1987.
Hacia el sentido del Persiles (ensayo), Montevideo, El autor, 1988.
“Cantos y señas” en El País Cultural, Nº. 305, 1994.






Trilce y las rosas

Cóncava, blanda de asma
voz disparada
                    quién iba a decirlo
hasta el hoy: sonrisalba.

Trilce entonces: me muerde
alejarme de ti, volver como a hurtadillas
por estas rosas
                     presas en el Prado,
las mismas en luztiempo.

(Marchas estridan lejos
Caldera rota:
                        es esta
de mango negro, sabio)

Y el teléfono entonces y el telé–
              "Si suena y suena el teléfono
              y la otra voz está ausente
              todo es adrede
              El mundo algo quiere."

Y el telé
fo.
              (Me confundían entonces
              desde tu casa
              con quienes bien sabemos...)

Previo: tu mundo estaba...
                                      no sé dónde.

Y el teléfono aquel ya no era el tuyo
Trilce entonces, que ahora
besotravez, en sueños:
maravilla de dos: viva tijera...
Cortamos rosas, mapas,
uno que no se explica.

(¿estridan los silencios
ecos
de aquellos en el mango
desta caldera rota, negro y sabio?)

Tu voz, cóncava de asma
Trilce viuda en el Pra–
do.





La vida, esta visita
feroz y dulcemente ahora

(Quizás una tenaza
que amo)

La vida esta visita

Y por qué puerta
vino.





La vida, esta visita
feroz y dulcemente ciega
esta tenaza púrpura
este amor clandestino, sin pregunta.

Y el címbalo,
con que quiero llamarla, por más cerca.

La vida, esta visita
sin motivo.





La vida, esta sintaxis
viva, y el diccionario
quemado juntos, como
invento derivando.

La vida, esta sintaxis.





"Vida", insomne palabra
de aquel texto escolar
                                      –¿era el de sexto?–
Laocoonte juvenil viene venciendo
dibujada serpiente... se miraban.

Hoy las serpientes –tantas–.
                                        No renuncio.

La  fourchette

1

La fourchette en mi plato reverbera
tiñéndose. Se crece

y es horquilla en mis ojos; puede
con toda rauda tierra
a compás y despacio

La fourchette alza el trozo:

es carne de mis álguienes.

2

Resta la letra para–
petada en sí,
fuera de sí rugiendo

Va el mensaje con rabia
y humillación:
                    resuelto.

3

Mis versos... esta pájara
de papel que atribúlase
vuela
(disparate escribirse)

La pájara se estrella contra firmas
de ex alumnos ignotos; en el marco
solfeos amarillos.
                                Los ocres
me recobran pese a todo.
                                Reinicio.

4

La fourchette reverbera.

                                                                                           (Del libro inédito Boomerang)





viernes, 8 de agosto de 2014

ORFILA BARDESIO [10.840]



Orfila Bardesio 


(18 Mayo 1922 en Montevideo; † 14 Octubre 2009)
Nació en 1922 en Montevideo, URUGUAY. Destacada poetisa y docente uruguaya. Desde niña tuvo el impulso de escribir sobre los juegos compartidos con otros niños: la alegría, la risa, el temor. Recibió una sólida educación humanista y religiosa. Estudió en la escuela pública y en la Universidad de Mujeres, dirigida por Alicia Goyena. Trabajó como docente en Secundaria y en la Biblioteca Nacional. 

En 1939 apareció su primera obra de poesía: "Voy", le siguieron "La muerte de la luna" (1942) publicado en Buenos Aires y "Poema" (1946). Tuvo buena crítica y fue acogida entre los escritores de la Generación del 45. Jules Supervielle, la alentó en su obra y fue quien la definió como "una gran poeta"; cultivaba la amistad de Clara Silva, Esther de Cáceres y su esposo Alfredo Cáceres, Joaquín Torres García, Paco Espínola.

En 1950 se casó con el poeta y escritor de cuentos infantiles Julio Fernández (1929-1974) y se trasladaron a Treinta y Tres, ciudad donde ejercieron la docencia: Orfila como profesora de Literatura y su esposo de Idioma Español. Fueron los años más fructíferos en su creación literaria, tenía una actitud autoexigente. En la temática de sus poemas surgen la naturaleza y los animales, una profunda ternura por las cosas y los seres, un amor hacia todo el universo. Le canta a la Vida, al Amor y a la Muerte.

Orfila ha declarado: "Pienso que la Poesía no es el Mar.... Es el Fuego. Si, Fuego como toda la Creación, como el Universo... Pienso que es un Amor ardiente. Una luz intensa, no de fuera, sale afuera, ilumina, quema ciertos objetos, con un arrebato que no puede sostenerse mucho tiempo".

Orfila fue la única poeta cristiana y católica de la Generación del 45, también una de las menos conocidas. Sus reflexiones religiosas se combinan con las inquietudes existenciales: mantuvo un diálogo con Dios. La figura de Jesús y la simbología cristiana nos acercan a temas bíblicos y a poetas místicos de siglos anteriores. Su trilogía "Uno", editado en tres períodos (1955, 1959 y 1971) fue galadornada en cada edición con el premio del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay.

Después de la muerte de su esposo, se radicó en Montevideo y siguió publicando: "Canción", dedicado a sus hijos en 1970, "Juego" en 1972 y su principal obra "El ciervo radiante" en 1984, donde el animal representa la figura de Jesús, de la resurrección. Escribió también un ensayo literario-religioso "La luz del ojo en el follaje" en 1989.

Ha dado numerosas conferencias y colaborado en revistas literarias nacionales y extranjeras. Notable poetisa, creativa, expresiva, llena de energía, Orfila ha escrito durante casi cuatro décadas. Su último libro "La canción de la tierra", fue publicado pocos meses antes de su muerte.

Orfila Bardesio falleció en octubre de 2009. 





El   desconocido

Oh tú, el desconocido,
a quien mis venas no recuerdan,
cuyos ojos nunca llegaron,
oh tú, el extraño,
completamente dueño de la aurora,
estrenando las piernas
en la llanura verde
como el ciervo el salto,
hundiendo en la luz los dedos,
oh tú, el de espacio limpio
como un espejo,
fuerte como el olor de la resina,
estatua con un poco de arcilla
no retirada todavía,
oh tú, el recién nacido,
mimbre esbelto de varas verdes
a la orilla del agua,
candelabro llameante,
tú que apareces de pronto
como la visión al alma,
como el movimento
al quieto, las manos
llenas de cunas,
como el pan al hambre,
ven a mi oído
rostro que nunca tuvo sonido
en mis radares,
y como sal quemando lo conocido
usa tu traje de muchas puertas,
Prometeo recién llegado,
pisa mis hojas secas
y dame como un pez, el día,
ven, camina con paso selvático
ante mi vida quemada,
manifiesta lo nuevo,
irrumpe de las sombras
con el fuego en la mano
sobre la tierra fría,
suene la luz
su flauta en mis piedras,
oh tú, el callado
como la noche de los ciegos,
avanza, avanza, Lázaro,
con tus silencios estrujados.
No dejes a mi niño, muerto.

                            Montevideo, Verano, 1998







El carro de ojos

Tú que levantas de la tierra los ríos
como hijos ondulantes,
arrojas las cenizas
con los llantos de oro del otoño
y con tu cabellera musical
llenas de chispas el silencio
tú, vencedor de la tristeza,
vencedor de la pena,
vencedor del miedo,
vencedor de los pianos
lluviosos de la muerte,
acércate a habitar el día
con un rayo en la mano,
el pecho abierto
como la playa blanca
de una gran confianza,
mientras dejas
muriendo el pasado
como toro de sombra
por el sol herido,
detente a la puerta
de la tarde inclinada
sobre el lago,
detente como un carruaje negro
ante la luz de la luna
los caballos espantados,
oh grito en llamas
corriendo sobre arena desierta,
detente.
Mírame con tu carro de ojos.

Montevideo, Verano, 1998








El cisne

Cisne, cisne, cisne,
brillo blanco,
movimiento nuevo
sobre las aguas ciegas
navegando,
luz con cuerpo,
libro ardiente,
libro que viene
desde el sueño
los sueños asombrando,
rey en llamas,
¡alúmbrenme la muerte
tus estrellas!

                                Montevideo, Verano, 1998








El salto

Tú que puedes saber
el secreto cautivo de las rocas
y descubrir lo que se oculta
en el fondo del mar,
asciende a la superficie del espejo
con cabellos de noches empapadas,
mueve tus manos
de chorros brillantes
abriendo como alas
inmensas de murciélago
tu manto majestuoso,
dinos que los peces son días
y las olas palabras coronadas,
arruga la quietud mohosa,
con una nave nueva,
con sonido oceánico
golpéanos el misterio gastado,
de nuestro miedo
no tengas piedad,
tú que puedes, de pronto,
hacer una fiesta de palomas
blancas con la espuma,
danos buenas noticias,
asómbranos con aves
de alas soleadas,
tú que puedes tejer
una serpiente que se levanta
y se hunde
sin perderse en la Muerte,
acuérdate de la niña
que venía corriendo a escucharte
y sus oídos en la arena
disputados por los mastines
del ruido,
salte del agua
el oro de los tiempos
que no fueron.

Montevideo, Verano, 1998
                
(Del libro inédito Canto al Desconocido)







ORFILA BARDESIO, (1) COMO LA POESÍA

por Héctor Rosales

¡Dame mi paso en esa catedral, / mis pies en esa tierra,
mi fuerza en sus victorias, / y déjame anidar en el secreto
aunque la luz me toque desde lejos!
O.B. (2)

Durante años, coincidiendo con el invierno y la temprana retirada del sol, siempre que visité (nunca antes de las cinco de la tarde) aquel apartamento montevideano del barrio Pocitos, yo sabía que la mayor cantidad de luz, cultura, calidez y afecto los encontraría en el domicilio de Orfila. Y así fue.

En la calle José Ellauri, muy cerca de Bvar. España, los árboles abundantes conocían la profunda mirada de la poeta, que posaba en ellos innumerables senderos para sus reflexiones, proyectos y diálogos. La vivienda respondía al universo bardesiano: dignísima sencillez, contacto permanente con libros, fotografías, música, cualquier vehículo donde la belleza y el humanismo fueran fuentes de vida, soportes del ánimo, horizontes.

Hasta allí fueron mis pasos y los de amistades muy queridas a lo largo de más de veinte años. Allí vivió y trabajó una de las cinco o seis poetas más esenciales de las letras uruguayas e hispanoamericanas y, en lo estrictamente personal y literario, una de las tres o cuatro voces que más me interesaron e interesan de aquel país, cuya poesía escrita por mujeres es de las más relevantes del idioma. Esta es una afirmación nada caprichosa, ni mucho menos “patriotera”, sino avalada por el criterio de lectores extranjeros de primer nivel, que repararon en las cualidades de autoras uruguayas con mayor tino y entusiasmo que la propia y tantas veces sorda sociedad.

En la madrugada de este miércoles 14 de octubre, en su Montevideo natal (había nacido en 1922), fallecía Orfila Bardesio. Sus hijos comunicaron sobriamente por mail la muy triste noticia. Me invadieron el silencio y los recuerdos como si el océano intentara ocupar una pequeña botella de vidrio.

El mes pasado Orfila llamó por teléfono para preguntar si recibí un libro suyo (en agosto envió un volumen editado en la década de los ochenta). Le dije que sí, que ya tenía ese título desde su publicación, y que la carta adjunta me dejó muy contento. La poeta estaba pletórica de energía desde el otro lado de la línea, nada indicaba que aquella brevísima charla sería la última que mantendríamos.

En junio, aprovechando un viaje fugaz a Montevideo (muy pocos días para ver a mis familiares más directos; pedí que no se comunicara mi presencia en tan corta ocasión), saqué tiempo de no sé dónde para visitar a Orfila.

Esa merienda final, entrañable como las anteriores, presidida con el característico té, escones caseros y/o tostadas que la anfitriona ofrecía a sus invitados, nos reencontró en un diálogo privado donde nuestra amiga compartió varias opiniones que hoy cobran implacables resonancias.

En determinado momento de la charla Orfila giró su cuerpo hacia un amplio ventanal paralelo a la calle. Sin dejar de mirar en esa dirección, comentó que meses atrás había estado releyendo poemas suyos de distintos libros y que, en general, no llegó a entender el significado de fondo que hizo posible aquellos textos...

Todavía con su cabeza orientada a las vecinas arboledas, añadió que quizás había un único poema que ella podría atribuirse, un texto que seguía considerando sustancial en toda su obra. Hizo varias pausas, bajó la mirada y luego la dirigió hacia mí para preguntarme si podía recitarlo. Algo extrañado, aunque lleno de curiosidad y gratitud, le dije: por supuesto.

Creí entenderle que el título del poema era “Retrato” (3). No explicó a qué libro pertenecía. Con lentitud, firmeza y el tono más adecuado al poema, Orfila impregnó el ambiente con los siguientes versos:



SUEÑO

Al poeta Jules Supervielle

Mi estirpe es un jardín de hojas profundas
que bajaron a besarse la sombra, con ternura.
Mi antepasado, un elefante
de escandalosa piedra y de roca animal.
— Mi antepasado fue un espacio
ensordecido por el peso—.
Mis abuelos paternos fueron robles.
Mis abuelos maternos, dos manzanos.
Mi madre, el último eslabón de la cadena,
me alumbró de un trigal.
Yo dudé ser espiga o mujer.
Lloré de no poder ser mundo,
y me crecieron largos brazos.
Lloré de no poder acostarme
a ser todo, y el surco, generoso,
entró en mi cuerpo.




¡Hace tanto que vengo!

¡Hace tanto que vengo
que todavía no he nacido!
Mi luz es de una estrella
que no ha brillado aún
y mi día es ayer.
Cuando me llaman,
mi nombre tarda siglos en llegar.
Las cabras de mi nombre no me encuentran.
— De silencio es el nombre de todo—.


Busco las manos mías, para darlas.
Para poder andar en el presente
busco mis pies entre los siglos.
Mis pasos todavía no han llegado a mis piernas.
¡Naufrago en tantos ríos
para encontrar mis lágrimas!
Si a veces digo algo,
es sólo una noticia...
¡tanta distancia me separa de la boca,
tantas palabras, de la voz!
Mis ojos, detrás mío, viajan
entre raíces y animales, apurados,
para que pueda ver cuando me muera.
Mi corazón demora.

Mi cuerpo tiene forma de paciencia
de caracol que espera ante una puerta.
Mi vida es un recuerdo
errante en la memoria de la tierra.
Mi pensamiento aguarda
despertar de su sueño en otro sueño.
Mientras tanto, alcanzadme las cosas
vibrantes del día, vosotros,
hojas de sueños diferentes.
— El día es una carta para mí—.
Vendrá la muerte enérgica
y cederá la puerta.



Apenas superada la magia de aquella audición, traté de expresarle torpemente cuánto me había gustado el poema y que lo recordaba de alguna lectura mía. Pero, al mismo tiempo, yo estaba reconociendo en esos versos, en la forma que la autora los comunicaba, un premonitorio anuncio de despedida.

La sensación ya provenía de su poemario publicado este año (4) y de la puesta al día con su memoria juvenil, con sus años de formación, en las crónicas aparecidas pocos años atrás y que la autora tituló “El pasado cultural uruguayo”. (5)

En ese presente de junio montevideano 2009 “su corazón ya no se demoraba”, sus ojos vislumbraban la puerta, la estrella brillando detrás.

Aquel poema pertenecía a una trilogía, “Uno”, galardonada en cada edición con el correspondiente primer premio del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay. En ella descubrí algunos de los mejores poemas que yo haya leído jamás. Sumando el libro “Juego” (1972), estamos ante la columna vertebral de la poesía de Orfila, y ante cuatro de los poemarios más relevantes de la historia uruguaya, aunque quizás debería decir continental o universal.

En un ensayo inédito (6), el profesor y crítico literario español Jorge Rodríguez Padrón, apuntaba al respecto:

Entre 1954 y 1971 se cumple el trayecto primordial, y central, de la obra de Orfila Bardesio: la realización de un libro escrito en tres etapas que son, a la vez, otros tantos momentos o movimientos (modulaciones) de la totalidad a la cual se refiere su breve y esclarecedor titulo, “Uno”. Todo había comenzado en “Poema” (así, en singular), y este segundo poemario a la misma idea nos acerca: escritura que busca plenitud, experiencia que no debe reducirse a una parte de la vida, ni ambicionar un lugar en la poesía de su tiempo. La propuesta resulta mucho más atrevida que eso, y más renovadora en consecuencia: crear un espacio en donde esta palabra satisfaga su necesidad de ser, centrada en sí misma y en la visión que hace el poema, o los poemas que son el poema. No separar, unirlo todo; pero sin que las unidades menores cedan un ápice en su autonomía, haciendo que confluyan en la mayor que las acoge, abierta maravilla en donde empieza a vislumbrarse el territorio total de la existencia.

La poeta más aislada de la “Generación del 45”, la más fiel a su independencia, la que permaneció durante más de setenta años escribiendo una poesía que nunca le abandonó, se ha ido físicamente hace unos días. Ella fue una de las dos personas que más cartas me escribieron (todas manuscritas) en esta vida, junto a Rolando Faget, también poeta e inolvidable amigo nuestro (nacido en 1941), que se adelantó unos meses en el largo viaje.

Pienso en ellos sabiendo que no han tenido ni tendrán la repercusión de las partidas de Idea Vilariño y Mario Benedetti (las dos figuras más notorias de aquella generación uruguaya) en este funesto 2009.

Pero vuelvo a leer la dedicatoria, la caligrafía firme de Orfila en este pasado otoño montevideano y en su último poemario: “con amistad fuerte como la poesía”.

La veo entera entre estos papeles suyos, entre sobres y libros, fotos, pájaros, tierras, cielos y abrazos. Entera en su fe y en su palabra. Poeta verdadera donde las haya. Como deseo que la encuentren, más adelante, sus nuevos lectores, quienes sabrán quererla.

Para ellos y ustedes informo de un título de Orfila, “Dieciséis odas y una canción”, publicado hace pocos años y disponible en internet. (7)

Y aquí mismo entrego unos versos recientes de la poeta, de pie en el umbral, remitidos por sus hijos en este miércoles del adiós.

En adelante, cualquier pájaro hablará de Orfila, de su largo y bello tejido vital, fuerte y hondo, como la poesía.




EL TEJIDO (8)

Ahora
que estoy
tejiendo,
los puntos
me salen
de la sangre
y de los ojos,
los números.

Ahora
que estoy
tejiendo, veo
el tiempo
dar pasos
inevitables
en las carreras,
sola,
por sus relojes
sometida
más que las aves
y los peces,
voy con lágrimas
y nadie se da cuenta
que el tejido
mide mis horas
y son pájaros
de mi vida:
lo que les doy.


Héctor Rosales
Barcelona, 18 de octubre de 2009

_________

1 Foto: Orfila Bardesio en el Parque del Rhin (Köln, Alemania), 17 de julio de 1993.

2 Fragmento del poema “Paisaje”, del libro “Juego”, Montevideo 1972.

3 Originalmente titulado “Retrato (De “Uno / Libro Segundo”, Montevideo 1959), tomado de la “Antología Poética” (Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo 1994), donde aparece con su título definitivo: “Sueño”.

4 “La canción de la Tierra”, Cal y Canto, Montevideo 2009. Hay otra edición del mismo año, publicada en Cataluña bajo el título de “La cançó de la Terra”, ed. bilingüe catalán/castellano, con traducción y prólogo de Liévana Medina.

5 “El pasado cultural uruguayo”, edición al cuidado de Liévana Medina, Montevideo 2006.

6 “Convivio”, libro inédito dedicado a las obras de Concepción Silva Bélinzon, Orfila Bardesio y Circe Maia. Sin ninguna duda: la más notable aproximación a la poética de estas autoras.

7 “Dieciséis odas y una canción”, 1ª ed. en formato pdf, Palabra Virtual, México 2005. http://www.palabravirtual.com/pdf/odas_bardesio.pdf

8 Inédito, julio de 2009.