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viernes, 23 de diciembre de 2011

5685.- VICENTE LAMAS





Vicente Lamas nació en Asunción, capital de la República del Paraguay, el 31 de mayo de 1900, hijo de Vicente Lamas y de Clementina Carísimo Jovellanos.
Poeta nativista y urbano a la vez y periodista desde muy joven, cursó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de la Capital, de su ciudad natal, y escribió versos desde su niñez.
“Introvertido, la parquedad o el silencio guardaban sus hondas reflexiones y juicios, aflorados con su ropaje de elegancia en sus notas periodísticas y aún más en sus poemas cristalinos. Modesto y honrado a carta cabal, prefirió la ríspida senda de la pobreza a los beneficios fáciles de los acomodos y las obsecuencias”.
Fue colaborador regular de varios diarios locales y de algunas revistas argentinas y uruguayas y director de “Guarán”, revista aparecida en 1939, y del periódico “El país”, vespertino asunceno.
Trayectoria
En 1931 obtuvo el segundo premio en los “juegos florales” organizados aquel año por la Municipalidad de Asunción.
Su obra poética, que en opinión de Teresa Méndez-Faith “...capta momentos y cuadros típicos del campo paraguayo y al mismo tiempo refleja la economía verbal y el cuidado formal típicos del soneto...”, es vasta en su cantidad, si bien publicó un solo libro, “La senda escondida” (1956). El resto de su producción está disperso en periódicos, revistas y antologías literarias diversas y de ella se ha hecho una clasificación que abarca las “Estampas rurales” (con poemas entre los que sobresale “El tropero”), los “Motivos urbanos” (representados por “Ante el monumento a Antequera”) y el denominado “Hondamente” (donde figura su célebre “Canción del miliciano guaraní”).
En una autobiografía -uno de cuyos fragmentos transcribe Carlos R. Centurión en su monumental “Historia de las letras paraguayas”- Lamas escribe, jocosamente: “Nacido en el Siglo XX. De la generación intelectual del 23, con Raúl Battilana, Heriberto Fernández, Hérib Campos Cervera, José Concepción Ortiz, etc. Estudios secundarios hasta bachiller. Lecturas desordenadas y sin método alguno. En cuanto a ideologías, izquierdista, pero no zurdo. Periodista desde los diecisiete años. En realidad me inicié en el periodismo a los doce años llevando viandas a un hermano que trabajaba en “El Diario”. Colaboré en revistas nacionales y extranjeras como “Guarania”, “Leoplán”, “Mundo uruguayo”, etc.


Últimos años
Falleció en Asunción el 15 de julio de 1982.












CAPECE FARAONE


Aquel muchacho triste, huraño y sensitivo
que amó la novia trágica de Poe y de Verlaine,
se fue tras la derrota de un ensueño perdido
vistiendo sus miserias de olímpico desdén.


Bohemio trashumante, su sueño extenuativo
supo de lo divino, de lo humano también.
Capece Faraone, hermano intelectivo,
que olvidado te pudras, de los hombres. Amén.


¡Qué mala fue la vida contigo! Solitario.
tus penas arrastraste hasta el Monte Calvario,
con la dulce sonrisa de la resignación.


¡Qué mala fue la vida! Qué larga tu agonía
¿Tu delito? La gracia de soñar noche y día
y tener, como brazos, abierto el corazón.


En: Guarania. II (16), 20 de enero de 1935










BOSTEZO


Tristeza de domingo, buzón que en cada esquina
se abre en el bostezo de todos los hastíos.
Tristeza de domingo en los barrios humildes
donde vaga la pena como un niño perdido.


Yo te llevo en el alma.
Yo también te he vivido.
-obrero de una idea que nunca ha de ser carne-
¡tristeza del domingo!


Hay en ti la amargura proletaria que gime
de una copla canalla en el gris estribillo,
que un tenor extrangula ortofónicamente
en la unánime pena de un ruin conventillo.


(La mucama y el turco enredan su novela
escrita en el idioma de la cursilería:
lo vulgar y lo ingenuo perfuman el suburbio
con su romanticismo de Agua de Florida.


Es día en que la inédita tragedia de los pobres
florece la engañosa piedad de su sonrisa;
y, borracha de un mismo alcohol ilusorio,
la tristeza derrocha níqueles de alegría).


¡Oh, tristeza aldeana del domingo asunceno!
Yo te llevo en el alma, yo también te he vivido.
Lo vulgar y lo ingenuo envuelven al suburbio
donde vaga la pena como un niño perdido.


En: Guarania. III (33) 20 de julio de 1936











MISERERE


La muerte, la celosa amante de los buenos
lo arrebató a la lacra de los mundanos cienos.
Y su espíritu alado ascendió al ideal,
pobre el fango grosero del vivir material,
pues ya ha mucho su alma tuvo sed de infinito,
padeció la nostalgia de ese anhelo bendito,
al sumirse en la noche del sempiterno sueño,
en la región de angustia donde muere el ensueño,
irradió como un triste, melancólico cirio
en su frente el divino resplandor del martirio.


¡Oh! dulce Jesucristo, piadoso Nazareno,
ruega por el justo; fue dulce y fue bueno.
La tu misericordia prodígale, Señor.
que él también fue un apóstol de piedad y de amor;
él tuvo como Vos su calvario doliente,
la amargura de espinas coronóle la frente!
El también perdonó con amor sobrehumano
y trató a sus verdugos, dulcemente, de hermano;
derramó como Vos, soòador Nazareno,
muchas lágrimas dulces por el dolor ajeno.


Y es por eso que os pido con el alma contrita,
que la paz en su tumba sea eterna infinita...
Fue su ensueño más puro, su mayor ambición
todo entero trocarse en un gran corazón,
y por eso a pedirle fue al amor su pureza
y al beber de su fuente se llenó de tristeza.
Y apurando ese cáliz de tantas amarguras,
su corazón magnánimo se desbordó en ternuras;
su corazón doliente que templó el sacrificio
irradió entre los hombres como un gran beneficio.


Y por bueno y por dulce lo castigó la suerte
con el frío cauterio del dolor y la muerte!
Vos que sois de las almas el divino rocío
y que sois la justicia absoluta, Dios mío,
al alzar yo del alma esta humilde plegaria
sobre su tumba fría, lejana y solitaria,
os imploro Señor, con el alma contrita
que la paz en su tumba sea eterna, infinita


En: La Senda Escondida. 1ª ed. - Asunción: El Arte, S.A. 1956.












EL HIJO AUSENTE


¡Un año ya! Hace un año
de esa negra pesadilla,
en que al cerrarse sus ojos
para la noche infinita
abrió el puñal de la angustia
en mi pecho su honda herida,
que muerde y sangra implacable
y jamás se cicatriza.


Un año, en que para siempre
se cerraron sus pupilas,
flores del alma entreabiertas
al asombro de la vida,
como dos capullos tiernos
tronchados por la ventisca,
como dos estrellas mansas
que se quedaron dormidas.


Qué fría estaba su frente,
qué frías sus manecitas,
y qué frío el desconsuelo
de tu pena y de la mía!
Jesucristo, vi tu rostro
reflejado en su agonía.
Vi tu rostro que en la muerte
como un lirio florecía
sobre todos los dolores
de la vida.


¡Qué larga noche, Dios mío,
qué espantosa pesadilla!
La densa sombra de duelo
que las cosas envolvía
y se espesaba en el alma
y en el alma nos dolía,
no podía disipar
la pobre lámpara amiga
que nos prestaba, piadosa,
su humilde llama amarilla,
menos triste y menos pálida
que sus yertas manecitas.


Jesucristo, vi tu rostro
reflejarse en su agonía...


Eran de cera sus sienes
y de cera sus mejillas,
lirios de cera sus dedos
y de hielo por lo frías.
Ese hielo que me quema
y me emponzoña la herida,
que la ahonda y la revuelve
pero no la cicatriza.
Esta herida que hace un año
prendió como una flor maldita,
la noche en que para siempre
se durmieron sus pupilas.


En: La Senda Escondida. 1ª ed. Asunción: El Arte. S.A. 1956
















ASUNCIÓN


Asunción, mi Asunción, benditas seas.
Meca radiante, urna de mis sueños,
cuna de mis amores y esperanzas.
Este canto te debo.
Yo te diré en mi verso modernista,
en las estrofas de mi canto nuevo,
los gozos de mi alma alucinada
en las pascuas floridas del ensueño.
Florezcan para ti todas las rosas
de mi lírico huerto,
como un incienso milagroso y puro
en la piedad humilde de mi verso.




I


Virgen india dormida en la leyenda
milagrosa de un sueño,
Mbaé-verá-guasú resplandeciente
que idealizara un imposible anhelo,
te presintió, opulenta en tu belleza,
el genio aventurero
de los recios varones de Castilla,
hombres de escudo y corazón de fierro,
que un día hasta las faldas florecidas
de tu vigía, el lambareño cerro,
trajeron la simiente de otra raza
y la divina luz del Evangelio.
Vinieron sin más arma que su audacia
por la ruta perdida del misterio,
trayendo como norte y como guía,
el ideal destello de un lucero.




II


En tu nombre simbólico palpita
un futuro soberbio:
asumir y ascender, tal el destino
que traza el poder mágico del verbo.
Te acuna el río manso, tu Poeta,
con arrullos eternos,
y abraza tus rodillas su homenaje
azul, humilde y bueno.
Su canto sempiterno es un poema,
una plegaria, un rezo
que susurran las olas melodiosas
en la ondulante música del ruego.
En el teclado azul del río entona,
y en las flautas del viento,
el órgano profundo de la selva
un poema sinfónico y soberbio,
que como cataratas de armonías
y una lluvia de pétalos,
embalsama y endulza tus encantos,
Princesa indiana de un divino cuento.




III


Tu noble alcurnia de prosapia hispana
y guaraní, reviven en tu seno;
la prócer altivez de tus casonas
y el alma soñadora de tu pueblo.
El recuerdo, ese aroma del pasado,
florece en tus aleros,
pareciera que absorto y fatigado
se hubiese echado a descansar el tiempo.
Tus patios cordiales como nidos
aroman de prestigio romancesco,
la piedad que florece en tus naranjos
y en la ternura de tus jazmineros.
Al alado prestigio de tus gracias,
al embrujo sutil de los beleños,
se aduna la opulencia deslumbrante
de la pompa oriental de tus paseos.
Y el purísimo azul, profundo, único,
de tu límpido cielo,
refleja los más puros idealismos
como en mágico espejo.




IV


Matrona augusta, madre de ciudades,
del Buenos Aires regio y opulento.
En tu matriz fecunda y dolorosa
los siglos concibieron!
Templo de libertades y tribuna
gallarda del pensamiento
do se elevó magnífico y rotundo
el grito vertical del Comunero.
Ese reto romántico y sublime
que aun vibra puro, solitario, inmenso,
como el faro radiante de la Idea
iluminando el ara del Derecho!
Envío:
Jerusalén soñada del Poeta,
villa heroica y gentil, mágico templo
de la gracia y eterna maravilla,
urna vibrante del más puro sueño.
Vuele a ti, Madre augusta, enamorada,
la alondra de mi verso,
como un pájaro loco y armonioso
en las pascuas floridas del ensueño.










BLASÓN


Corre en mis venas en oleadas de fuego ardiente,
la sangre roja de los altivos abencerrajes,
que en la caligie de los desiertos brama potente
de los leones en el rugido fiero y salvaje.
Del indio triste las amarguras llevo en la frente
con el orgullo del que no sabe de vasallajes,
y con el ansia de luz que aspira loco y vehemente
un balbuciente batir de alas en el boscaje.
De ahí mi orgullo y mis tristezas y mi hidalguía;
de ahí el secreto de mi incurable melancolía,
y mi infinita pasión de estrellas, cielos y mares.
Por eso a solas cuando divago, mi alma se enflora
del panteísmo de la opulenta selva sonora
y la molicie voluptuosa de los aduares.










CANCIÓN DEL MILICIANO GUARANÍ


Vibre el crótalo nativo
de la lírica cigarra
y retoce en el pandero
toda el alma castellana.
Cesen sus hondos lamentos
melancólicas guaranias
y estalle en notas heroicas
una polca paraguaya,
en simbólico responso,
que ha muerto en tierras de España
José Aparicio Gutiérrez,
miliciano de la raza.


Pon el luto de tus trenzas,
morena que le esperabas,
en la guitarra aborigen
como cintas perfumadas,
para cantar la partida
de quien prendiera en su espada
un destello de idealismo,
como la rosa encarnada
que prendiera en tus cabellos
en ofrenda perfumada.


Pon el luto de tus ojos,
morena que ya no aguardas,
para que sea más honda,
más sentida y más amarga
la canción de la partida
hacia la luz del mañana,
de quien cayó sonriendo
por su honor y por su raza.


José Aparicio Gutiérrez,
miliciano de la raza,
por tu muerte no tañeron
las simbólicas campanas,
y sí el clarín masculino
de las gestas libertarias!


Aparicio, por tu muerte
no doblaron las campanas.
Con las rosas de tu sangre
adornaron la mortaja
que te envolviera en el claro
resplandor de una Alborada.


Miliciano guaraní,
Miliciano de la raza
has saldado tú la deuda
que debíamos a España;
Don Quijote no está solo
en los campos de la Mancha.












EL ANGELITO


Hay luto en el rancho. Bajo la enramada
de los jazmineros profundos y añosos
se inicia el velorio; llantos silenciosos
diluyen los ecos de alguna balada.


Circulan los mates de aloja dorada
y la caña alegre. Flirtean los mozos
y entre un dicho fuerte y una carcajada
tiritan los cirios como los sollozos.


De pronto aparece la madre en el fondo.
Su dolor intenso se ha hecho más hondo
y en una plegaria su pena reclina.


En tanto una lumbre de amor infinito
parece posarse sobre el angelito
e irradia en su frente, serena y divina.


(De: Cía. Editora Paraguaya,
Poetas Paraguayos, Vol. 1, 1940)












EL TROPERO


Como un absurdo y bárbaro cortejo,
cruzó la tropa mugidora y fiera.
El poncho del tropero en la carrera
fulgió como un relámpago bermejo.


La borrosa acuarela del paisaje
cobró a su paso alma y colorido,
y el silencio llenóse del latido
potente del tropel raudo y salvaje.


Cuando la tarde en sus murientes oros
ensangrentó de múrices infaustos
la fiera cornamenta de los toros,
paró el tropero su caballo inquieto
y -cual un semidiós en holocausto-
lanzó un grito profundo como un reto.













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