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viernes, 22 de agosto de 2014

YOANDY CABRERA [10.995]

Yoandy Cabrera (Foto cortesía del autor) Yoandy Cabrera (Pinar del Río, Cuba, 1982) es licenciado en Filología por la Universidad de la Habana (UH) y máster en Filología Clásica por la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Ha sido profesor de Letras Clásicas en la UH. Obtuvo el premio Dador de Investigación en 2009. Actualmente es editor y crítico de poesía. Realiza el doctorado en Filología Griega en la UCM. Antes del Éxodo. Plagas y otros poemas AMANECER Esta mañana las palomas son barcos de nieve navíos que se precipitan sobre las olas del asfalto Las palomas no sonríen pasan taciturnas sin mover la cabeza sus patas no hacen ruido Los picos de arcilla Dios barre el corredor las empuja por cordeles en sus pechos Las palomas están muertas de mentira blanca epidemia de alba en sus plumas el pecho gris cuando resbalan en el polvo ANTES DEL ÉXODO. PLAGAS VI Leña o carbón hierve la ropa en el patio ceniza en el agua ceniza que adelgaza y purifica las sábanas mi madre se dobla y revuelve el viento levanta el polvo encendido como úlcera en sus ojos la vara de Aarón vertical hacia el cielo ceniza en el pecho IX Todo habrá de perdonársenos la torpeza de escribir en la penumbra el chocar con las palabras monstruos invisibles el milagro de palpar la tiniebla como si fuéramos una familia egipcia Moisés extendió su mano hizo de la noche un denso muro donde inclinarse al prójimo era hundirse en él asomarse al abismo Moisés apagó el rostro de Faraón y quedó su seno llama negra alumbrando en el silencio X El primogénito que vive tras el molino ha visto a la familia hebrea matar un cordero mojar un hisopo en sangre poner una señal sobre el dintel de la puerta El hijo de la molinera no ha comprendido el ritual pero hubiese ofrecido un animal a Jehová si las plagas sucesivas no hubieran destruido todo el ganado Deseaba pintar su puerta con sangre anunciar también aunque fuese egipcio la dádiva lejana y oscura que lo hacía estremecer A medianoche su cuerpo tembló como cordero blanco ante el ángel de la muerte ADÁN EN EL ESTANQUE Génesis 3:22 Como una fruta que la luz muerde el cuerpo del hombre costilla de agua en el Éufrates descubre su desnudez se bendice su dedo es dios modelando el agua busca en lo frugal y vacuo aliento perenne aura perdurable en la transparencia pasa la mano húmeda por los labios la agita modela su perfil en el aire rompe el pacto del viento y la soledad extirpa con su diestra lo invisible lo amargo funde su reflejo en el trasluz rostro réplica que le ayude a construir lo que pudo ser MOIRA Pasa la mano por el viento de la noche que como tosco muro se detiene y como músculo de ásperos bloques cenizos grises callados trae noticias amargas baldosas de un rojo profundo casi muerte Palpa el duro corazón de la noche las varas enconadas contra tu piel los balcones vengativos y cortantes de la sombra Hurga en tu abdomen vulnerable en la pálida masa de tu pecho y ve cómo el alcohol de unos días que fueron cándidos y dulces bajo el sol de abril se han vuelto un dios terrible fuerza desafiante contra lo que el dedo acarició y te vuelve un ser irracional te empuja a subir espesos montes donde cortas enloquecido el cuerpo antes venerado En la paz de tus ojos está el éxodo de todo lo que amaste y el revés de esta bondad te golpea el rostro con su alto paredón Vas perdiendo hasta el silencio y la palabra que antes se ofrecía como un don es hoy bestia huidiza Todo te abandona todo lo abandonas Pero a veces lo que amas vuelto sombra cruza los contornos del viento y como el rostro decapitado en las manos de Ágave torna a hablar en susurro semejante a los días en que un dios te cantaba al oído DÁDIVA Tras el heno encendido de la noche una lámpara que alarga mis dedos escuálidos reptiles de argamasa y sombra Tus palabras queso frío sobre la mesa o ladrillos con los que diseñabas un camino Para quién erigías solo acodado en ti inaccesible como esos ídolos en óleo que penden de la noche escalera vertical lengua cuadrada Ahora vislumbro todo el horror es una gota que se desliza entre las ramas es la muerte el don más acabado que un hombre puede ofrecer a otro hombre MANÁ Asumo hace tiempo prefiero asumir que el pan lo envía Dios aunque cueste centavos Por eso el cuadernillo como una miniatura del libro de la vida en que se marca a diario las veces que acepto la levadura ácida como don celestial POR CINCO AÑOS de madrugada sobre este banco contra algún muro a cielo abierto en la escalera en un pasillo bajo la luz de la patrulla tristes y azules en aquel cine en una pista contra un cartel y sus consignas de patria o muerte nos desnudamos SE PERMUTA Lo primero es descolgar los ídolos fusilarlos en la caída vender los libros ahora que cumples veinticinco años y tu vida se levanta como una verdad miserable como una lectura incompleta degollar los animales uno a uno recoger las fundas almidonar el viaje como posible envolver la falsa porcelana derribar la cerca los arbustos envenenar los diques con la ausencia cerrar la puerta de enfrente como Ícaro bajar hacia la capital del agua fundar islas en la caída cantar a tus padres una nana hasta la tumba reconocer al final que nada se ha movido que somos una pose para una foto de familia contemplándose en las aguas del fregadero o en el cristal de la cómoda que devuelve como una bofetada el rostro que quisimos permutar

RODOLFO MARTÍNEZ SOTOMAYOR [10.994]


Rodolfo Martínez Sotomayor

Rodolfo Martínez Sotomayor (La Habana, 1966) poeta, narrador y crítico de Cuba. Llegó a los Estados Unidos en 1989.

Obra:

Ha publicado los libros Contrastes (La Torre de Papel, Miami, 1996), Claustrofobia y otros encierros (Ediciones Universal, Miami, 2005), la compilación de textos Palabras por un joven suicida: homenaje al escritor Juan Francisco Pulido (Editorial Silueta, Miami, 2006) y Tres dramaturgos, tres generaciones (Editorial Silueta, Miami, 2012). Cuentos suyos han sido incluidos en recopilaciones y antologías como Nuevos narradores cubanos (Siruela, Madrid, 2001), traducido al francés por Edition Metalie, al alemán por Verlag, y al finés por la editorial Like, Cuentos desde Miami (Editorial Poliedro, Barcelona, 2004), La isla errante (Editorial Orizons, París, 2011), Cuentistas del PEN (Alejandría, Miami, 2011), Reinaldo Arenas, aunque anochezca (Ediciones Universal, Miami, 2001). Su cuento Encuentro fue traducido al húngaro por la revista Magyar. Algunos de sus poemas aparecen en las recopilaciones Poetas del PEN, (Ediciones Universal, Miami, 2007), La tertulia (Iduna, Miami, 2008), y La ciudad de la unidad posible (Editorial Ultramar, Miami, 2009), traducida al inglés por la misma editorial. Ha publicado críticas de cine, de literatura, de teatro, artículos de opinión en revistas y periódicos como: Carteles, Diario Las Américas, Encuentro, El Nuevo Herald, El Universal. Fundador y Presidente de la Editorial Silueta; codirector de la Revista Conexos.





El viaje

a Lavinia Sotomayor Arcís

Llegarán de un momento a otro,
el doctor ha dicho que se agotó la esperanza,
me parece que hace un lustro yo era un niño
y tú jugabas a estar muerta sobre una cama;
el llanto era la voz del pavor cuando te palpaba inmóvil.
Hoy quisiera que todo fuera un sueño
y tú estuvieses jugando nuevamente.

Ya llegaron,
esa enfermera con la espátula ha escondido
su constante sonrisa
para decir que quieren verme.
Deben haber elegido un doctor muy locuaz,
ayer fue una diletante con poder;
alguien que lleva tu apellido, dicen que administra
esta antesala de la muerte.
En este país siempre hay razones junto al miedo
para un trato especial;
tu hermano con su omnipresente cámara y ese séquito
de intelectuales que te sigue a todas partes,
te hace lucir importante ante sus ojos.

El dólar es un estímulo vital
para la consciencia en esta isla.
El dólar es un médico muy prominente, a veces, por supuesto;
él te ayudó a prepararlo todo de antemano,
por eso dicen que todo lo planificas, en eso coinciden
los que te odian y los que te aman,
pero nadie pone límites al azar;
eras un caótico con suerte hasta hoy,
ellos no lo saben, no se explican dónde estuvo el error,
si todo había salido tan bien,
ellos no lo saben, pero tú sí,
por eso no los culpas,
si pudieras odiarlos todo sería más simple,
pero sabes que somos víctimas
de un diseño fatal.
Esa atonía es algo que te duele;
el amor y el odio ya te son ajenos.

Uno tras otro los escalones son un tejido
del tiempo,
y te llevan hasta ese solar donde tu madre saca música
con sus nudillos contra el lavadero de cemento
y ese día las lágrimas eran un sucedáneo a sus cantos cotidianos,
la causa es un intruso desconocido
que chapea lo que llamas tu bosque
donde esperas a la niña bailarina
y pretenden convertir en un parque estatal.
Han dicho después que soy un niño agresivo
que se abalanzó con un machete
sobre aquel invasor que huyó despavorido;
ya no hay lágrimas sino risa en el rostro de tu madre,
quien le hará la historia orgullosa a todos los mensajeros
del norte que pasan por tu casa,
aun cuando hace mucho que dejaste de ser un niño.

Si pudieras tener aquel machete
para hacer correr a la muerte, despavorida.
Cuando niño todo era más fácil,
al final, por más que luches, te espera la derrota.
Aunque hayas evitado el elevador,
el paso sobre peldaños no puede ser eterno
y es inevitable que se abra la puerta
y que ese doctor sin rostro te diga la noticia,
ya todo ha concluido, tu madre ha comenzado el viaje.








Reposo

a Rigoberto Martínez

Trepa al árbol y
busca el gajo más fuerte
para sostenerse,
se oculta con las hojas y divisa desde allí
la tendedera donde sus camisas
flotan como velas de barcos.
Puede ver a su madre que lo llama,
pero él permanece en silencio,
todo luce más pequeño desde arriba,
su padre coloca la hamaca verdeolivo
entre dos vigas de hierro.
Apenas concluye su faena,
llega ese amigo de la casa
que siempre viste de uniforme.
Su madre ha detenido el llamado
y  prepara café,
algo ha pasado que la irrita,
ya no ha querido ofrecer la taza.

El hombre sólo hablaba de los tiempos pasados,
de un preso contemplando el disparo
de fusiles y la muerte.
Recuerdan el miedo y los llantos
de aquel que ve su posible futuro.
Ahora su madre ha lanzado la taza contra el pavimento
El hombre se ha marchado de prisa,
su madre no quiere que regrese.
Su padre habla de un viejo agradecimiento
entre tantos gritos sin un orden preciso
Se rompe con su pavor el gajo ya no tan fuerte.
su padre escucha el chasquido y mira hasta
la copa del árbol.
Recibe ahora al niño que ha saltado por el aire
hasta sus brazos,
luego solo quedará el recuerdo de
las caricias de su madre,
Su padre, después de un beso, lo coloca
sobre la cuna
que cada día se hace más pequeña;
le repite la promesa de nuevos juguetes
y él se duerme entonces,
como si la vida siempre fuese un sueño.








a Yusimí Sijo

Entre guizazos, la niña acude
a sus juegos cotidianos.
La saya de nubes se ha teñido de hierba
y ella trepa sin miedo esa colina.
El niño que llega
a la frontera de cercas que delimitan sus casas,
es ahora un reflejo
en sus grandes pupilas de niña inquieta;
que zapatea sobre un pedazo de madera
recién descubierto,
como en un tablado infantil improvisado con prisa.
Un brazo se agita en el aire
y la mano abanica el espacio.
Su muslo naciente
es ahora una imagen
en los ojos del niño,
que deposita la memoria
en el altar de la inocencia.
La lluvia los aleja
y la futura tempestad,
es un estruendo
que los hace mirar al cielo.








Cuento de hadas

a María Cristina Fernández

Llega la noche, y el bosque de Sherwood
deja de ser una negra espesura,
se traza un camino de luz
y la aparición entre robles
canta un mantra que tú desconoces.
Como la promesa del verbo hecho carne,
ha llegado hasta ti, el hada azul
de los cuentos.
Ella pretende detener al leñador,
pero es frágil y apenas se escucha;
desconoce que el Ogro se apresura
a levantar puentes
que atraviesen el bosque.

Ella tiene el color del sol
y  todo el misterio de los Elfos,
pero el Ogro ha construido
árboles de piedra, como torres de Babel,
ha hecho prisa de la calma
y  tapiado todas las ventanas
de la selva.
él llegó aprisionando en frascos de ámbar
el olor de la lluvia.

Ya ha comenzado la tala inevitable,
y esa mujer se trepa a la secuoya más enorme
para salvar la tierra.
Mientras tanto, tú, decides finalmente
no quedar impasible,
te pones el dogal de caballero andante,
y la memoria te lleva
hasta los invencibles molinos,
dejándote apaleado.
Te despojas de esa inútil vestidura,
sabiendo que no es posible una victoria honorable.
Serás el caballero de la mesa redonda,
pero Excalibur requiere de mucho esfuerzo
en tiempos de pocos herreros.

El hada se transforma en mariposa,
y el Ogro coloca redes que demarcan las fronteras,
ahora has tomado un Carcaj  y una ballesta,
pero no quieres poner una manzana
sobre la cabeza de tu hijo.
Sacrificar a otros para lograr una hazaña,
te pareció siempre detestable.
Y renuncias de una vez a ser todos los héroes
que alguna vez has venerado,
y te tornas en un duende que detenga el hacha
con pociones de invierno,
y en ese instante se posa
sobre tu pequeñez, la mariposa
que vuelve a ser el hada azul
y ha salvado tu bosque;
haciéndote olvidar que fuiste alguna vez
el cómplice del Ogro.






Evasión

poema que tomo con el consentimiento 
de su autor de la selección poética
La ciudad de la unidad posible 
(editorial Ultramar)

Una mujer se escuda en la tristeza
para culpar a la vida de sus errores.
Un hombre descubre que ella le es infiel
y envuelve de agasajos a su tiempo,
pretende impedir la inevitable estampida

Ella dice que su amante es un bosque
de abedules entre un largo espacio de arena
Un oasis para viajeros bíblicos
que persiguen a una estrella,
Una sombra en pleno día como huella de sol
Una sinfonía para sordos
Una danza para quien mira detenido,
postrado,
los pasos ajenos

En ese momento de nada valen los recuerdos de una época
feliz…

Lo no vivido pesa más
que un conocido pasado
transformado en tediosas memorias

El misterio es aquello que se desea y no se conoce aún.





MABEL CUESTA [10.993]



Mabel Cuesta 

(Matanzas, CUBA 1976) es ensayista, poeta y narradora. Graduada de Licenciatura en Letras Hispánicas por la Universidad de la La Habana en 1999 y Doctora en Literatura Hispánica por la Universidad de la Ciudad de Nueva York en 2011. 

Ha publicado Cuba post-soviética: un cuerpo narrado en clave de mujer (Cuarto Propio, 2012); Inscrita bajo sospecha (Betania, 2010); Cuaderno de la fiancée (Ediciones Vigía, 2005), y Confesiones on line (Aldabón, 2003). 

Sus cuentos aparecen en Las musas inquietantes (Ediciones Unión, 2003); La hora 0 (Ediciones Matanzas, 2005); Havana Noir (Akashic Books, 2007); Two Shores: Voices in Lesbian Narratives (Grup Elles, 2008); Dos Orillas: Voces en la narrativa lésbica (Grup Elles, 2008); Nosotras dos (Ediciones Unión, 2011); así como en las revistas Words Without Borders, Conexos y Surco Sur. 

Poemas suyos han sido recogidos en Antología de la poesía cubana del exilio (Aduana Vieja, 2011) y en las revistas Linden Lane Magazine, Literal y Ars. 

Ha publicado recientemente: Bajo el cielo de Dublín (Ediciones Vigía, 2013), el poemario obtuvo el Premio Digdora Alonso 2012 que convoca la casa editorial Vigía y Ediciones Matanzas.

Sus trabajos de crítica literaria pueden leerse en publicaciones especializadas de Cuba, Estados Unidos, México, Honduras, Canadá, Brasil, Colombia y España. Es profesora de Lengua y Literatura Hispanocaribeñas en la Universidad de Houston. 





Fuera del diván

Porque esta vez no morirás,
María García Granados
vengo a llevarte pequeña en el regazo
a explicarte algunas cosas
que fuera del diván fueron dictadas
en mi oído
ese placer ignoto al morir infante
para ser rescatada después
por ti misma
cuando te haces adulta
y entiendes
que ningún amor
absolutamente ningún amor
es infinito.

Vengo a llevarte,
María García Granados,
a otras tierras más amables
tierras con mar
con flores amarillas
que saben de la lluvia
y la gracia
de no esperar
de no compadecerse
en la imagen del espejo
ese único amor
que eres tú misma
hija del presidente
o del villano
crustáceo
o centauro
fundidos los dos
en la más brutal iniciación
allí donde pierdes
unidad
sanidad
sentido del matiz.

Vengo a recordarte
que has muerto en vano
que ya no dependerán de ti
los sábados de gloria
ese minuto en que bajas al abismo
para alzarte después
sacudido el polvo
el innecesario dolor
con que helaron tus vísceras.
Vengo a decirte,
María García Granados,
que sólo los niños mueren
y es tuya la misión
el deshacer el lazo de la historia
no ser más de Guatemala o Matanzas
no el maltrecho sujeto del deseo
para poeta alguno
sino simplemente
María
la que te lleva y me lleva en su regazo
la que protege y vela
la que no vuelve
a desandar el infinito vacío
de los pechos
o los ramos de lirios
que no pondrán en tu tumba
ni obispos ni embajadores.







De alguna guerra o enfermedad aberrante todos íbamos a morir
María Elena Hernández Caballero

No pude decir que no sabía de dónde
vendría el golpe
-lo supe siempre.

Quieta lo esperé por meses
años para descomponer mi cuerpo
abierto exclusivamente a tu deseo.
La enfermedad de la que hablaste
ya había llegado
puño en el vientre de nosotras dos.

Sucedería alguna mañana de misa.
Tu madre y la mía lo habían pactado un siglo atrás.

Tu madre quería matarte
verte fundida contra aquella pared
-no sacarte más-
condenarte a mi rabia
mi desamor suyo.

Mi madre en cambio lo escribió
sobre mis pechos
andaba acariciándome
cuando súbita paró la mano
dijo basta de este amor que me negaron

Fui
ese día y muchos otros
niña descalza a la orilla del río
bofetada gratuita
canto que salía a por ti
-tan febril estabas.

De alguna guerra o enfermedad aberrante todos íbamos a morir.

Todos menos tú y yo.
Nosotras moriríamos de un golpe
-en la madre o en la sien-
un golpe que quietas esperamos

Estos dos poemas pertenecen al libro en preparación Fuera del diván






Cristo mira en Cusco a Pachamama

Desciende herido
es la sombra del puma
parece decirle
burlona
la serpiente
el pájaro que no será
la estación imposible de la lluvia
Cristo viste faldas
y al centro de su cena
un cuy se dispone
también inerte
al sacrificio
tiempos de animal
parecen fundirse
Patas arriba
Pizarro
lava sus manos
apostólica coartada
esquina
lienzo frutal
tiempo repetido de Conquista
Cristo olvida
promesas de luz
regresos inservibles
Cristo negro
piel de llama
electro-cirios para cuidar su eternidad
protegiendo del viento
útil aún en su espesura
Cristo oro
lejos al fin de Nazareth
Roma o Basilea
no mira atrás
nuevo es el camino
nueva la destrucción
también la temblorosa maravilla
Cristo  joven
desentraña
solo
ese malentendido que llaman
su palabra:
sangre del Inca que no tendrán
sangre eterna
recogida y fértil
en cualquier templo del sol
a mediodía
Cristo vientre
Canta  feroz
la Pachamama.








ENCUENTRO
                                   a Elegguá
                                   a Maya

yo era una piedra,
una forma sobre ti en el camino
arista afilada
cuchillo del guerrero
que fui
de una vez

sangrando
la mano
quiero decir
el borde
con que arrastré tu corazón hacia mi abismo
negro en la noche de Cuba
que era en ti memoria

donde puse
cicatriz
dedo en la llaga
y un trago de aguardiente
tras mi puerta
tuya

abre el caramelo
con que Elegguá
abrió el camino
ponlo en mi boca
no será de hambre que muera el cuerpo
que un día entregaré
sin que importe el fatum repetido

recorre con tu dedo el cráter
alísalo con la lengua
recuérdalo después

yo era una piedra
un trozo de roca que esperaba

tu paso o la zancada
pequeño dios
garabato
enseñáme a rodar
finamente por su espalda
pequeño dios
no permitas
que  olvide en qué trozo del camino está mi casa
el claro de luz donde me hallaste




miércoles, 20 de agosto de 2014

JOAQUÍN BADAJOZ [10.951]

jochy

Joaquín Badajoz 

(Pinar del Río, CUBA  1972)
Miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE), de la American Comparative Literature Association (ACLA) y de la American Association of  Teachers of Spanish and Portuguese (AATSP). Miembro de los consejos editoriales de Glosas (ANLE), RANLE (Revista de la ANLE) y OtroLunes (Madrid/Berlín). Ha publicado ensayos, reseñas, crítica de arte, poesía y narrativa en revistas y antologías de EE.UU., España, Francia, México, Panamá, Polonia y Cuba. Coautor de Enciclopedia del Español en Estados Unidos (2008), Hablando bien se entiende la gente (2010) y Diccionario de Americanismos (2010). Es columnista de El Nuevo Herald (EE.UU.), editor de portada y noticias de Yahoo y director editorial de Editorial Hypermedia (Madrid). 






Octavio Paz es convidado a cenar
en los altos de la calle Almirante


Ah, que me quede a tu manera pides;
la nieve en el ala sempiterna,
sobre la novia o sobre mí o sobre nada.
El aguamiel ordeñado a los magueyes,
en disparos fugaces, en vitolas,
el humo es el ave que pernocta
por sobre las pupilas y los cielos.

Un hombre, el otro, o lo que queda,
se precipita al centro de su sombra;
descubre los mundos paseantes
donde los vientos estacionan sus moliendas.
Y repasa en la memoria las caídas y el tiempo
que falta, para que el tiempo y su caída no agoten.

Ah, esto, lo que quedó del viaje al que llamamos vida.
Lo tocado, lo bautizado, cuando el lenguaje
y la gracia una mezcla deslumbrante eran.
Lo que nombraron otros y la voz
va dejando sembrado o lo subvierte.
Así ha sido asomarse a la vida por el ojo
del primer hombre.

Y que me quede pides.
A mí que al habitar las ciudades tardo
y al fundar siempre temo que el acto me consuma,
que la mano me diga sólo piedra.
Mi verso es una pose,
porque no he sido ungido
ni ustedes tampoco.
Así que a bajar las ínfulas
y a transitar humildes los mundos sutiles,
donde la mano grave pronuncie ese gesto
al tocar con cuidado.
Que la pupila beba y que deje.






La curiosidad

Para un poeta la curiosidad ha sido el comienzo de todo.
Es invierno, pero acá el verano es casi una condición humana.
Has conocido a una mujer solitaria
vistiendo una sombra de lágrimas
una claridad de nácar y peces
como un moribundo girasol.
Sientes su respiración húmeda,
que no alivia ninguna palabra.
Se acerca tímida, de una manera sospechosa,
que aprendes a amar demasiado.
La soledad siempre es patética.
Pero ella reduce tu desarraigado y vegetativo ser de contemplaciones
hasta que quepas en una pupila
o en el piercing que lleva bajo el labio.

No puedo amarla, me conformo con su pálida ausencia,
una libélula flotando sobre una cárcel de agua.
Ella repite: nunca.
Como si una palabra bastara
para que desaparecieras.
Viene escoltada por pájaros negros
que recuerdan que se acerca la noche.
No tiene nombre esta mujer ni rostro,
es solo piedra golpeando la tormenta.
Sumando ausencia a tu plan de mañana
para que la vida continúe su poderosa caída.
Podemos dejarnos ir y ser libres
pero no de la memoria.
Olvidar es perder dos veces.
Vendrá puntual, vendrá
como una mariposa de fuego
que crece hasta cegarte.






Euritmia

Fray su nombre lo he olvidado variaba los acordes
de antiguas concupiscencias con su órgano potente
componiendo registros que embalsaman y hieren
silbados al vaciar las espadas en los moldes.
Empeñado como está en la casadera sobrina en enaguas
atizar el infiernillo de las fraguas lo sofoca
y resiste posesiones de ángeles tentados en las sienes
que alocados palmotean tamborines y panderos.
Estas dobles visiones del confesionario el martillo
en el yunque las aldeanas de generosos senos
sudando los entrepechos explotan los corpiños.
Hades y limbos y cielos desciende en sus ascensos
que de herrero y corifeo le tiemblan las carnes
tan cerca del infierno como está cuando se salva.





Anusim: La herida (I)

Una huella por donde quiera, un hilo de agua, el rastro.
Donde digo cierro los ojos, voy ligero,
escribo alguien suspira, entra al mundo tristísimo,
lo azotan, le deshollinan los pulmones.

Hombre sin ombligo, hilando la madeja solar sobre la hierba,
tienes una herida abierta, te escapas en vendaval por el costado.
El hueco donde la duela se convirtió en vihuela,
y fabricaste de tus entrañas una mujer amada.
¿A dónde fue a parar la carne, la arcilla adónde
en su vuelo de albatros enterró su pico,
dejándote más desolado que un cadáver?

Hemos cambiado de nombre, de religión, de idioma.
Pero esa hebra tenue que ensarta los siglos,
la gota de resina que fulminó a la abeja en pleno vuelo,
la sangre que se oxidó sobre la piedra,
el cáliz que recogió el semen vital y fecundó su vientre,
han dejado su rastro ¿o no?

En la ciudad de los brazos abiertos, la aldea que nadie recuerda,
entre tambores y panderetas, bailan las jóvenes descalzas.
Una nube se levanta del suelo, la mano gira, los otoños pasan.
Tras ese remolino se ven zarpar barcas en la noche.
Casi nadie sobrevivió al doloroso parto de las naciones.
Fueron cayendo como guillotinas las fronteras,
un ras de mar, un diluvio de ejércitos barrió con todo.
No sé cuando comenzamos este viaje que no termina,
que no conduce a ningún sitio. Partimos de una aldea
que no era mejor que esta aldea nuestra del exilio.
Entonces, como ahora, nos despertábamos
sudando frío a medianoche, con la boca reseca.
Fue entonces que comenzó este juego de confundirnos.
Ponernos una máscara, cambiar de nombre,
volvernos agujas… este juego de aprender a olvidar. 

Sangre de Benjamín. Llanto de Jeremías. Grito de Aarón.
Nos volvimos la hoguera en el vientre del pez.

Ahora caminamos entre rostros petrificados,
seres que la nostalgia y el rencor hizo mirar atrás.
En el próximo crepúsculo, bajo el mismo sol que alguna vez
alumbró la ciudad sepultada por tormentas de arena,
escucho el restallar de las lenguas órficas,
la lumbre de la casa
donde comenzó el ritual de la fecundidad eterna.

No sé cómo he llegado a este lado del mar.
Mientras sueño con una tierra de la que nunca he partido.
Romperé el ánfora de los siete sellos.
Viviré una maldición que es sólo mía.
Mientras lo miran absortos los fijos, los errantes y los mixtos,
repitiendo un ritual de hace 14 siglos, un hombre reparte en Zephath
trozos de pan del árbol de la vida.





Judah Loew defiende la judería de Josefov

Un hombre acorralado, armado solo de palabras,
puede engendrar un monstruo más grande que su miedo,
hilvanar los cuerpos de los que lo rodean,
atraer como un imán humano energías desconocidas
hasta tejer una masa compacta
inexpugnable como un muro de piedra.

Un hombre a punto de perderlo todo
suele recibir estas revelaciones.
Por ejemplo, que una clavija indómita toma forma en tu mano
cuando has llegado al hueso de la palabra.
Detrás se esconde un mundo de energías caóticas
a punto de estallar.
Un mundo que se abre,
una llave que te dieron desde la infancia
para que la pulieras hasta entrar en la cerradura.

La palabra hecha carne
tiene una fuerza que a todos nos aterra.






Apuntes sobre unos versos de Joaquín Badajoz

Por Yoandy Cabrera


La poesía de Joaquín Badajoz forma parte del conjunto mistérico que rodea a este ser humano, es prolongación de sí y, al mismo tiempo, como él mismo escribe, es “horizonte más allá de mis manos”. Los ademanes, la mirada, las palabras, el verso, los silencios, el paso firme y al mismo tiempo onírico, el buen trato conforman en él una atmósfera enigmática, que nos insta a buscar en la palabra escrita, en lo que ha publicado aquello que se esconde y persiste, como un don arcano y sombrío, en el fondo de sus ojos. El misterio es, sin dudas, el combustible de la literatura. En Badajoz es también el punto inicial de interés para acercarnos a su poesía.

Pero el verso en nuestro dandi es también oculto, esquivo, pues la mayor parte de su lírica permanece inédita. Podemos conocerla aún por espejo, oscuramente, de modo fragmentario, esperamos algún día mirarnos en el sistema poético que se intuye a partir de los poemas que ha dado a conocer, como si viésemos, de una vez, cara a cara.

Lo que más llama mi atención en la poesía de Badajoz es que posee un dionisismo contenido, una expansión báquica, descomunal, whitmaniana llevada a unos moldes que encierran esa titanía verbal; la línea textual es mare magnum que choca con los muros estróficos, Prometeo encadenado, pero vivo y rebelde, Evohé cantado por Apolo.

Hay cavilación y mucha labor limae en sus textos, el primer verso que hoy propongo, por ejemplo, es una condensación del caos, el Apocalipsis casi esculpido en ocho palabras: “Bajo el acero plomizo que sorprendió las llamas”.

El misterio que su persona despierta no se descubre ni se desvela al leer su poesía, al contrario, toma otros cuerpos, seguimos viendo oscuramente, avanzando en y hacia el enigma. El ente Badajoz alcanza en la palabra otras dimensiones, otras cimas de lo secreto, encamina hacia otras búsquedas que lo multiplican y lo ocultan, que lo definen y a la vez lo protegen. La poesía debe ser también ocultamiento y ello nos remite a esa verdad acuñada por García-Marruz: “solo procura/ que tu máscara sea verdadera.”

Ya dentro del verso, continúa el carácter críptico, la primera estrofa de “A la sombra de unos versos de Rimbaud” es gongorina, hiperbática y al mismo tiempo parnasiana, caótica desde el orden que la nombra. Las metáforas paradójicas (“hoguera de vidrio”, “dardos de agua”) son otros modos de oponer y conjugar lo apolíneo y lo dionisíaco, las dos fuerzas que mueven todo el texto, a mi modo de ver.

Hay belleza en medio del fuego, de la sequía; sobre el primer incendio los jóvenes incendian el cielo, el verso es el camino hacia otra siembra, otra sirga (no ya la del inicio) que supera los propósitos de los poetas mismos, “ebrios buscadores de alguna alquimia nueva” que “alzan la vista al cielo y se los traga el mar”:




A LA SOMBRA DE UNOS VERSOS DE RIMBAUD

A l’aurore, armés d’une ardente patience,
nous entrerons aux splendides Villes.
Arthur Rimbaud (Une Saison en Enfer)


Bajo el acero plomizo que sorprendió las llamas,
danzantes y escurridizas sobre los cuerpos bellos,
dorados almendros muertos de las brujas de Salem,
muchachos tristes siembran espigas de invierno.

Campos donde pastarán mañana los soldados
mientras hilvanan riendas que nunca han de usar,
aleteantes caballos del letargo marino,
fuego de la escayola en una hoguera de vidrio.

Volátil como el fecundo pájaro de los augurios,
ángel de la marisma, zurcidor de herejías,
esclavos somos de un verso infértil, una rima,
que se seca y curte con el sol y el salitre.

Verso de mis ojos, horizonte más allá de mis manos,
siempre lejos cuando arde la llama en el testero
—libre humeante pletórico de brumas violáceas—
agua que me seca, sobrio navegante,
unos muchachos locos han incendiado el cielo.

A la sombra de un verso, un fresco manantial
que anida en su cauce la fronda sublime,
una corteza ajada por dardos de agua,
pájaro frágil que canta y llora al no ser.

Amanece en la estación de los poetas vivos,
tierra baldía, tierra hacia donde has de remar,
sobre la arena inermes los nuevos sirgadores
han tomado de navío una isla a la deriva.

Hay poemas sobre los que una cruz alarma a los tiranos
y una infusión desciende al interior de la mañana,
región donde se embridan ciclones y angustias,
donde ebrios buscadores de alguna alquimia nueva
alzan la vista al cielo y se los traga el mar.




En ese horizonte que parte de su verso, que no puede retener ni capitanear, en el mar que es al mismo tiempo salvación y fatum parece estar la confirmación de ese ritual báquico, apocalíptico que se impone desde la primera frase.


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En “La cuerda rebelde que aguijonea la muesca” tenemos una versión de opuestos también, los “pájaros heridos” descansan “con angustia” y al mismo tiempo “despreocupadamente”. Pero lo más interesante no es la fusión del dolor y el reposo, sino la composición anular del poema: comienza hablando de los pájaros heridos y en el cierre el propio sujeto lírico pretende descender como un pájaro, cernirse, de modo que padezca en él la culpa del cazador y el aguijón de la presa, la rara y compleja bienaventuranza del dardo lanzado y/o recibido:



LA CUERDA REBELDE QUE AGUIJONEA LA MUESCA

En la temporada que anuncia la veda,
descansan con angustia los pájaros heridos
despreocupadamente sobre el abrevadero,
se apacienta el temor, su lluvia de alfileres
sobre la nuca desnuda.

Flota el quinto mandamiento,
como una nata pulcra en el filo del sable
deshilacha el invierno con sus manos de ángel.
Son tantas incontinencias que provocan el gesto.
La saeta es la mano que se ovilla
en torno a un corazón que quiebra;
arpegio que procede del silencio en la cuerda,
el segundo en que se tensa y vibra,
el respiro contenido,
el ojo,
la pupila,
el rostro y sus protuberancias de marfil.

Como si alguien echara su suerte o su pequeña aldea,
un hueso maldito por sobre el hombro,
acecha la bestia y tiene un cuerpo bello
abierto a la temporada de las aves que emigran.

Ha quedado el polvo como una manta que perdona
/o que esconde,
capa traslúcida que se avejenta,
surca la piel de los pómulos y abomba los párpados
mientras ensucia el agua cristalina y los metales.

En la pureza hubo tiempos
en que depositó su almíbar el fuego en la ceniza,
hoguera donde deshumedece sus pies el caminante.

Mas el ánfora maldita ya no está,
se derramó el elíxir,
se levantó la veda.
Hay minúsculos vientos que aciclonan el pecho,
que dilatan la fiebre de los huecos del rostro.
Hay muertes pequeñas que no valen la pena
y dejan la resaca de la angustia
que nos envuelve en vidrios la espalda
y nos aturde.

Basta que me cierna como un pájaro y descienda,
bienaventurado sobre la escarcha que abriga al abedul;
dichoso de haber sido
el cazador,
la presa,
el silencio en que se encorva la madera
y la cuerda rebelde aguijonea la muesca,
y el ojo,
la saeta,
el corazón,
el ojo.


En este poema, la yuxtaposición da velocidad al texto, encarna el descenso, el saetazo, el golpe. Persiste la tensa búsqueda de un sentido común entre el padecimiento y la dicha, entre el orden y el dolor, para alcanzar la sintaxis exacta y contenida de la desesperación.




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La primera persona que cierra “La cuerda…” se impone desde el primer verso en “La despensa”, poema que aúna dos pares opuestos: juventud vs. vejez y amor vs. guerra, dos de las líneas temáticas más universales dentro de la lírica de todos los tiempos, desde Arquíloco, Anacreonte y Horacio hasta Manuel de Zequeira y Jesús J. Barquet. Temas también quijotescos, que siguen trenzando y tensando en antítesis las inquietudes de Badajoz:






EN LA DESPENSA

Ya pasó la juventud y fui enrolado en el ejército;
pero no pasó el tiempo de la angustia
ni la vigilia
ni el anatema como un golpe de culata en los riñones.
Era débil entonces para echar la piedra cuesta arriba
desgarrando la carne y abriendo los caminos.

Tomé mi puñado de ceniza,
la que habría de untarme sobre las lágrimas
y las pestañas, sobre el pelo rucio,
sobre las ropas rasgadas para pedir clemencia
y sufrí por primera vez el desengaño.

No pude hacer el amor aquella tarde.
La carne que persigue el soldado con la avidez de un preso,
tenía un sabor ácido y el olor de la piltrafa hervida
que devoraban los perros cada madrugada.

Estaba ebrio, el fuego del alcohol de los cañones,
me quemaba las vísceras.
Era el sexo de un payaso grotesco cabalgando una búfala.
Su carmín, su aliento extraño de una noche,
se mezclaban con el sudor de mis axilas.
Me sentí ya un hombre, calmando las heridas del amor
con la lujuria.
Al cerrar los ojos vino a mí todo el azoro,
la muerte del niño que escribe poemas en el aire.

En qué animal extraño la vejez me ha convertido.

En la foto desdibujada me veo joven fumando un cigarrillo,
el kepis ladeado, el sambrán al cuello.
Ese cinturón de hebilla militar que alguna vez estalló
sobre la espalda de un soldado.
En esta despensa, con meticulosidad de almacenero,
escondo las fotos del pasado,
las historias que prefiero olvidar,
y la memoria,
sobre todo la memoria de un tiempo
que nunca fue mejor.


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En “La inmensa brevedad del ser”, desde la pareja de sustantivo y adjetivo en el propio título se alude a la oposición, a la conjunción paradójica. El poeta se pregunta dónde está la trascendencia, cuáles son los problemas principales que han de ocupar a un nuevo héroe. Las oposiciones están entre el presente y el futuro, entre lo que es y lo que (no) será, entre “la calma y la tormenta/ que enhebran los días de esta ciudad desamparada”, entre la eternidad y un día. La insularidad o la relación con el mar, que ya se hacía notar en “A la sombra…”, aquí se robustece, así como las inquietudes en el decir y su inevitabilidad que son otro eje temático frecuente, “la palabra retorcida,/ el verbo que te vence”:


LA INMENSA BREVEDAD DEL SER

Alguien debe preocuparse de la calma y la tormenta
que enhebran los días de esta ciudad desamparada.
Un archipiélago es más que un puñado de piedras
/lanzadas sobre el mar,
trasciende,
sin nada de los supuestos sueños que sacuden
a los habitantes de una tierra a la deriva,
los que saben que a lo sumo en un siglo
las serpientes polares se tragarán los puertos,
el muelle donde besaste a tus hijas,
la casa que fue volviéndose un rincón imprescindible,
alrededor de la mesa de cedro, sobre la verja,
bajo el árbol deshecho en hongos
que de certeza no aguantó las lloviznas más crueles;
pero un archipiélago no es una inmensa pradera,
no puede sumergirse dócilmente
al peso de una mano que se esconde.
Alguien debe ocuparse de la capa de ozono,
de la polución, del cáncer, de los hijos de Dawn.
Alguien debe picarse las venas
y escribir en la puerta de espinas
otra fórmula para volverse mártir.

Quién puede maldecir, lanzar un trozo de muerte
/a la escudilla,
vestir de hombre su cuerpo inmaculado,
ser del no ser, el bosque, una escalera.
Dónde la gloria tempestuosa de una herida
reparó en el prosopon, la máscara dramática
minutos antes de que el bosque de helechos
germinase de las paredes rotas.
Este invierno la lluvia es pertinaz,
los hombres se cuelgan su precio y sus virtudes,
mientras los peces beben con insobornable
tranquilidad de los manteles,
almidonados, estrictamente blancos,
donde no quedan restos de abundancia.
Para el hombre que vive, gasta y muere
nada valdrá una cruz astillada,
la otra mitad de una adolescente temblando de deseo,
la palabra retorcida,
el verbo que te vence;
para el hombre que aparte de morir un poco,
/cada noche,
no ha puesto el día anterior su piedra para la eternidad
sobre el relámpago,
sobre la adoración del fuego,
sobre el acto de parirse y evitar la mueca,
nada puede significar
esta ciudad pequeña con todos sus excesos y sus gritos,
o el hecho de vivir al filo de su sombra
sobre un puñado de peces que reposan.


Actores_teatro_griego
Actores_teatro_griego

En el texto de cierre, tenemos un homenaje a Lezama Lima, titulado “Último descenso místico de San José Lezama”. El poema me recuerda la tesis que defendió Norge Espinosa sobre Orígenes como caos y no como telos: “patrón de la censura y los escándalos”, “haber sembrado una tormenta”. Badajoz, en medio de un homenaje personal, intenta mostrar la complejidad de semejante figura canonizada ya, si no por la iglesia, sí por sus fieles y devotos lectores. Erótica y misticismo, abismo y salvación, duda y fe, vida y muerte se complementan en estos versos que proponen otro culto, otra revelación, un nuevo ángel que viene a anunciar y a ordenar, pero que es más bien arcángel de escándalos y tormentas, lo cual, en definitiva, lo hace más trascendente y perdurable, hasta hoy, en el panorama literario cubano:


ÚLTIMO DESCENSO MÍSTICO DE SAN JOSÉ LEZAMA

Como órgano, como respiración espesa,
en el sueño del ave transitoria
ponemos la fe de alguna herida,
se agita la hebra de agua en el ovillo
mientras un hombre contempla su retrato.

Sucesos de la resurrección del polen en la mandrágora
embridados sobre una cruz de carne.
Id y construid una iglesia católica
que el que esperó en las tardes el aroma
/del trigo maduro
tiene una bofetada de paciencia en la mejilla.

Homosexual han dicho
/sin ver el rastro de invierno que se escapa
reposando en el oro purpurino de los bosques,
sin ver que hay fragmentos de otras temporadas,
trozos de ciudad, tormentas,
angustias de una casa que nunca dio su rostro,
tumefactas las piernas
y adoloridas del peso de un corazón
abierto a gritos por la noche.

Quién sabe si eran alas de libélula
o el manto de una virgen,
denso pendular acompasado y rítmico
que denota la angustia en quien se esconde.

De qué manera colocar el óbolo
/para atravesar los laberintos,
si las balaustradas recuerdan
/los brazos en tercio del amante.

Dónde encerrar la bestia asustadiza,
apartarla del temor de las mareas,
para que te perdonen haber sembrado una tormenta.

San José Lezama, patrón de la censura y los escándalos.
En qué preconcebido rito brotará una espina,
mediodía en que se multiplicó una piedra
y se hizo fuerte el amor y se hizo fuerte,
petrificado en las vetustas catedrales
/el fruto de la vid,
la herida coagulada en el acto de la duda.
Sangre de la nueva alianza, derramada
en el octágono crepuscular de los altares,
chorreante sobre los capiteles
en los santos.
Mientras se transfigura el hambre,
mientras el cuerpo espera
una puesta de sol en el gatillo que ajusta las arterias abiertas
/de un suicida.

Ya el tiempo de morir es cotidiano.
La ceremonia de reposar los brazos sobre el sexo
cubriendo el cuerpo de nostalgia.
Si el tren de mi amor se aleja lentamente,
bucólico divertimento que detuvo
como un disco afectado
/el momento del adiós.

Id y fundad una generación de pueblos,
el peregrino tiritar del fuego chamuscado,
la esperma que acrisola y abriga la asamblea,
casa donde aquilate el verbo una aureola finísima,
lacerante pico desgarbado
/de un ave que retorna.

Id y celebrad la despedida.
La última cena, la de hace veinte siglos;
sobre la piedra en que tiraba la red el pescador
una joven entona un canto bizantino
ceremonia de espera por un hombre que vuelve
donde todos los martirios son tonadas sordas
que van dejando un humo estacionario en la pupila
pócima volátil para los tiempos muertos.


lezama

Conocemos de la obra de Badajoz lo que nos ha dejado (entre)ver. Parecemos niños asomados al borde del telón de un gran teatro, del gran teatro del mundo. Punta de un iceberg. Apenas la primera revelación de un corpus orgánico que construye, como Heráclito, a partir de las oposiciones y las tensiones, el orden del mundo, la armonía universal: un pájaro que desciende, como Lezama mismo, asumiendo su herida y su aguijón; la epifanía de un poeta que viene a dejarnos el caos como recompensa, engendro, salvación, como nudo de nuevos e infinitos nacimientos; un soldado que no se reconoce al envejecer o que no logra hacer el amor después de hacer la guerra; unos muchachos que llevan el fuego hasta la estación celeste; un sujeto lírico que pretende hacer del verso una estación medible, perdurable y que al final se pierde en la inmensidad del mar y el horizonte.

Cada vez que Badajoz enuncia, se nos revela, crea sendas inesperadas en el aire, en el fuego, en la tierra, en la mar; toda definición suya es otro camino hacia el misterio. Cada palabra que ofrece nos acerca y nos aleja más de él, de su verdad. Cosas de los oráculos y la poesía.



http://nombrarcosas.wordpress.com/2013/09/08/apuntes-sobre-unos-versos-de-joaquin-badajoz/