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viernes, 23 de diciembre de 2011

5684.- JOSÉ MARÍA GÓMEZ SANJURJO





José María Gómez Sanjurjo nació en Asunción, Paraguay, el 3 de febrero de 1930, hijo de José Domingo Gómez Sanjurjo y de Pura López.
Poeta y escritor paraguayo. Conforma, junto con otros escritores, a la "Generación del '40", grupo de notables literatos que marcó un hito de la producción literaria del Paraguay. En su producción se destacan la poesía y la novela, géneros literarios a través de los cuales este autor expresa su arte en forma cálida y profunda.
Estudió en el Colegio San José de la ciudad de Asunción. Comenzó su producción literaria bajo la orientación del Padre César Alonso de las Heras. El Padre Alonso es una figura fundamental en la difusión de la gran poesía española de las llamadas generaciones del ‘98 y del ‘27, y forjador de numerosos talentos para las letras paraguayas, desde la Academia Literaria del Colegio de San José, primero, y luego desde la Academia Universitaria, institución ésta última que Gómez Sanjurjo presidió por varios períodos.
Pertenece a la llamada “Generación del ‘50” de la poesía paraguaya, junto a José Luis Appleyard, Ricardo Mazó, Ramiro Domínguez, Ruben Bareiro Saguier y Carlos Villagra Marsal, entre otros notables escritores de aquel período.
A más de su innegable vocación de escritor -fue poeta y narrador en una obra no por escasa exenta de enorme valor estético-, ejerció la cátedra y se dedicó a actividades empresariales en Asunción.
Es la voz más intimista, coloquial, cálida y lírica de su generación. Su poesía se asemeja a una copa de cristal: aparece como frágil pero dura a lo largo del tiempo. La magistral utilización de los recursos estilísticos signa a fuego su maravillosa producción.


Primeros pasos
Publicó en 1953, junto a otros compañeros de la Academia Literaria del Colegio San José y luego de la Academia Universitaria del Paraguay, un pequeño libro titulado “Poesía”.
Su obra se halla diseminada en revistas y antologías del Paraguay y del extranjero. En 1978, la editorial Losada, de la Argentina publicó su primer libro “Poemas” y en 1979 “Otros poemas y una elegía”. En la contratapa del primero de los libros citados, se lee: “Su poesía, cuyo tono intimista encontró un estilo justo, de notable y eficaz desnudez, se constituyó en uno de los valores sobresalientes de las actuales letras paraguayas. Pero cabe señalar que esa contemplación de las congojas íntimas no desdeña la visión de su contorno, con exigente precisión de los auténticos creadores”. En narrativa, es autor de “El español del almacén”


Obras
En la nota introductoria de su “Antología poética” aparecida en 1996, su compañero y amigo, puntal junto a él de toda su generación, José Luis Appleyard, expresa: “José María Gómez Sanjurjo es para quien estas líneas escribe el mayor poeta lírico de la segunda mitad del siglo que está declinando. Un poeta que reúne en sí todas las condiciones como para poder considerarlo de esta manera. La amistad que nos uniera no habrá de pesar con ninguna parcialidad en lo que escribo. Si poesía no necesita de halagos surgidos de motivos ajenos a su propio valor, si es que esta palabra puede ser empleada en un campo tan alejado de todo concepto que no sea el de la belleza intrínseca y extrínseca de cada uno de los versos que sustentan cada poema”.
La autorizada opinión de Elvio Romero –quizá el más grande poeta social del Paraguay del Siglo XX- lo considera como el más inspirado e importante poeta, en cuanto tal, en su generación. César Alonso de las Heras y Juan Manuel Marcos, en un libro de texto de Literatura expresan: “José María Gómez Sanjurjo ha restituido al tema del amor humano -tan copiosamente degradado en nuestro país por un aluvión de cancioncillas vulgares, toscas y frívolas- una elevadísima jerarquía de dignidad y de nobleza, de hondura y naturalidad...”
Se casó con María Teresa Cazal Ribeiro.


Últimos años
Atormentado por la situación política imperante en su país y por el desdén hacia la actividad cultural, Gómez Sanjurjo se autoexilió en Buenos Aires, ciudad en la que falleció el 30 de mayo de 1988 cuando mucho quedaba aún por esperar de su sensibilidad y su talento.










Creció junto al andén.
la vida
se le fue para afuera, campo abierto,
saltando guardavías.


Creció junto con él.
allí tendida
tuvo la senda a recorrer,
las paralelas del riel
siempre entreviendo lejanías.


Allí creció.
Y tuvo la osadía
de no ver las luces verdes, rojas,
que a su paso se abrían.


Allí creció.
si los andenes
lo recordaran, le dirían
que anduvo sin saber por un riel
en busca de la vida,
paralelamente regresaba
hacia la muerte que le viajaba en otra vía.


Creció junto al riel.
Se quiso ir.


Tal vez se fue.
Una campana le sonaba a despedida.












I


Niño de mi país.
Criado en resolanas,
niño tostado
y atento.


Tal vez hambriento.


Algún día los que somos
como tú, de sol, de siesta,
de viento norte y de tormenta
y hemos ido contigo y hacia ti,
algún día
nos hemos de encontrar
en una piel antigua y tersa,
para reconocernos.


Y ser dueños
por una vez apenas
de un pedazo de pan, de un pastel relleno
con resolanas, hambres y silencios.


Te oí gemir
como se oye
una interminable
quebradura en la piedra.


Te oí volver
con el profundo secreto de la tierra,
ya renacida,
mujer abierta.










POESÍAS






Yo no sé qué palabras decirte cuando tienes
las manos caídas.
Cuando tienes los ojos mojados e inmensos
como si toda la ternura te cayese por ellos
velada y sumisa como el roce de una lluvia finísima.


Pones en tus párpados dormidos la curva de un
puente de silencios
como si te venciera la sombra de los volatineros
caprichos del sueño.


Te abandonas a la dulzura penosa de saber que el
amor es un cuento repetido que acaba
en tristezas,


y se te nubla el encanto de presentir que una vez
besarás estos labios con el mismo cariño
que esta noche los besas.


Yo te quiero dejar en la frente una altísima
caracola de estrellas
para que tus cabellos sueñen un camino de luces
cuando te despeinas.


Pero no puedo inventar una caricia para tus manos
cuando están levemente caídas.
Yo no sé qué palabras decirte cuando tienes los ojos
mojados por una ternura finísima.


Árbol abierto y desnudo.
Solo contra el aire.


Se ha ido el hombre verde que cuidaba estos árboles.
Doblan sordas campanas en la niebla
porque tenía los ojos vegetales.


Le lloran los pájaros, y a veces
se duele de su muerte el viento loco de la calle.
Así el invierno:
pudo ser nuestro y no es de nadie.


Vas a partir. Te vas. Sin ver
amanecer tras tu ventana.


Antes que, al nacer, su nueva luz evoque
la forma de otra luz desengañada.


Antes que alcance lividez, débil ceniza,
la pupila pálida del alba,
antes que ascienda desde lejos hacia ver lo que dejas
y salte estas barandas
y alcance el aroma, la vida donde moras,
ya deshabitada,
y mire tanto olvido, tanta espera vencida,
tanta vigilia venidera renunciada.


Que la mañana, al entrar, halle vacías
tu alcoba, tu memoria, tu palabra.


Tu alcoba, sí, este sitio
que era como un muelle donde venir a descansar
del agua amarga
y te ha visto vivir. La quieres desnudar, saberla
libre. Abandonarla.
virgen de ti, de tu silencio,
tu sueño, tu nostalgia.


No dejas una lámpara, un papel,
un libro abierto, nada.
Nada que te recuerde o te reviva en alguien como
una sombra tuya que te aguarda.


Vas a partir antes del alba.


Tenía una manera de pedir las cosas dulcemente,
como diciendo: sólo estará bien si tú lo quieres.


Desde los ojos le nacía una palabra gris como el invierno
cuando su voz iba volviéndose azul, y sin querer, hacia el recuerdo.


Tenía la costumbre de bañarse de sombra y de niñez cuando callaba.
Y regresaba luego desnudándose y haciéndose mujer y más cercana.


Me acompañaba a creer que el amor no es como el viento, como el humo.
Ella se fijaba en los luceros para que yo olvidara los crepúsculos.


Sabía que detrás de cada tarde y cada beso estaba el tiempo.
Pero al dormirse se volcaba hacia mi lado, iluminada y sonriendo.


Me ofrecía sus manos como un puerto seguro.
Yo la miraba, y así hemos vivido juntos.
Acostumbraba decir las cosas dulcemente y en silencio.
Por eso a veces la recuerdo desde lejos, y la quiero.


Tú sabes cuánto alcanza a doler sobre la vida
el sueño de llevar los ojos siempre abiertos.


Tú sabes cuánto duele
un corazón bajo el girar del tiempo
un corazón, un ancla,
y la memoria del viento.
Una luz en la sangre
urgente y actual como un deseo,
y la penumbra a veces, esa sombra
sobre el alma cuando un pájaro se ha muerto.


Tú lo sabes.
Más allá de ti todo se ha vuelto
de olvido, un olvido que nace
cuando pronuncias la palabra lejos.


Y mira: esto es todo
cuanto quería decirte. Está lloviendo.


Parece que estuvieras
aquí, fumando y en silencio.
El humo deja
deshilvanados algodones soñolientos.


Son las siete de la tarde. Tienes
el nombre del agua, en el invierno.


Llueve.
Ya sabes.


Puede llegar calladamente con la lluvia
y llamarte.


El agua tras los vidrios tiene
algo de su voz, cuando resbala y cae:
un breve golpe gris, la femenina
lentitud de un guante.


Algo leve de su voz, la abandonada
manera de robar una palabra a las nubes errantes
para guardarla, azul, junto a la húmeda
lágrima que al recordar le nace,
y verterla luego con aquella
vaga melancolía que en sus ojos dejaban los viajes.


Aún tiene su ademán, su claro gesto
esta fragilidad del viento en los cristales.
Aún su silencio,
aquel silencio que labraban sus labios hacia el aire,
poblándolo de nombres,
de palabras tristes con miedo de quebrarse.


Una tarde vieja la separa,
sólo una tarde.


Aún podría volver si desviviera
todos los instantes
que son ausencia, si borrara
nostálgicas imágenes.


Con un crepúsculo de lluvia
y un rumor igual en los ramajes.


También sabes:
Son hojas.
Hojas de otra lluvia, otro pueblo, otro paisaje.
Queda la antigua
penumbra junto a los umbrales.


(El viento tiene
algo de su voz tras los cristales.)


Puedes abrir.
No hay nadie.














NOVIA VEGETAL, viajera
de ausencia larga.


Siempre disimulando sueños, siempre
a lo lejos, lejana.
Esquiva tras los juncos
nocturnos de la distancia.


Yo no la hubiera amado tanto, pero entonces
era setiembre y hasta la piel se le aromaba.


antes de mirar, le amanecían
los ojos dulcemente desde el alma.
Su voz débil de mimbre
iba doblando lirios detrás de la palabra.
De pronto se volvía, para reír, abriendo
un balcón de camelias sobre el alba.


Yo no la hubiera amado tanto, pero era
azul de corazón y atardecer, y me bastaba.
Jugaba haciéndoles camino a las estrellas junto al agua.


Su silencio tenía
rumor de casuarinas sin viento entre las ramas.




Yo no la vi llorar, porque me iba
Quedaba tan lejana
Yo no la vi llorar, pero tendría
un agua marina trémula en las lágrimas.


Gatos del alba, ciegos,
habrán abierto las ventanas.


Habrán hallado todavía
la forma de su sueño en la almohada.
Rota ya por los espejos
su cintura de música doliente y ávida.


Habrán hallado cosas inservibles,
el suéter azul que ya no estaba.




Tálamos de yeso van cubriendo
su dulce sangre enamorada.


(Aún eras tú, y venías
sin lavarte la cara.
De azul, por los andenes,
pensativa, sin palabras.)


El alba,
ceniza de nocturnas lámparas.










CUESTA DECIR:


No,
no es nada.


Cuesta callar, y ver
la sombra de la tarde larga
caída entre sus ojos con la misma
sombra de una tarde pasada.


Cuesta volverse, sonriendo
a la sonrisa que nace en la mirada,
apenas con una luz
levemente cambiada.


Cuesta sentir, por dentro,
el peso de unas palabras:
la quiero menos. Y es esto
todo lo que pasa.


Si el aire, ahora,
resplandeciera en el día
y tuviera, como tuvo,
aquella luz compartida.


Si esta ventana hacia el aire
se abriera como se abría
libre y alta y sola y siempre
acercando un azul de lejanías.


Si ahora el viento
repitiera su nombre en las cornisas,
tan simple como un eco,
yo la llamaría.


Con una voz que fuera
la sombra de su voz. Y le daría
esto que me queda: un último
asombro de alegría.


No conoció el desdén. Nadie le ha visto
rondar el desaliento.


Solía caminar entre la noche,
demoraba su amor por las esquinas.
Su corazón de música tan simple,
pequeña voz por horas amarillas.


Nadie recuerda haberlo visto
volver, andar algún regreso.


Iba siempre hacia la misma búsqueda,
hacia una soledad igual a su aventura.


Ahora mira su voz:
una conversación fugaz, horario interrumpido,
estéril ya, y todavía
lunar de vieja claridad en nuevo río.


Si hoy pudiera
restituir aquel acento.


Si ahora se asomara
al brocal de su voz, caído cielo
circular, antiguo pozo que devuelve
una moneda azul desde el silencio.


Si lloviera hacia ayer los días que le cubre.
Si hablara desde dentro.


Quizá le queda
una palabra sin dañar, un hueco
entre la voz, una perdida,
desarraigada cavidad crecida en otro viento.


Quizá le cansa la memoria
su callada verdad, el trazo entero
de su vivir la ausencia como una
vocación arterial hacia el recuerdo.


Tal vez le basta equivocarse,
desvincular de: algún verano el tiempo
liminar de su piel, aquel instante
de oscura adolescencia ya naciendo


vertida y matinal, y para siempre
salvada en otro cuerpo.


Acaso entonces
hablara desde dentro
una palabra que ha dicho muchas veces
y se oye cada vez más lejos.


Cuando se aleja, y el sonido
de un tranquila tarde le acompaña
liviano entre la ausencia, y le despierta
colores de otro tiempo en la mirada,
es que viene hacia ti, como el verano
torna una luz habitual a las ventanas,
es que regresa a ti desde la misma
pausa del corazón donde le faltas.


Habría querido vestir todos los días
de canción la palabra.


Pero el viento es azul por unos años.
Distintos cielos abren la mañana y dañan
la claridad del sueño, las espumas
que un incesante mar destruye y salva.


Ha de ir sin ti, desierto,
límite solo de lo que tú ocupabas.


Como desde el primer olvido tiende
su despoblada música, sus alas.
Pero regresa a ti desde la ausencia
con el amor entero a las espaldas,
cuando se aleja, y el sonido
de una tranquila tarde le acompaña.


AHORA, DESDE LEJOS
Se cava la tierra, se ahonda
la tierra, y se hiende
la tierra golpe a golpe, pulso a pulso, y cada día
después del otro, y siempre
mientras dura la vida.


La tierra, sí, se abre, y nunca
se hace posible decir
dónde queda el sitio,
el simple sitio que elegir
para vivir.


Mientras la vida dura, qué lejos
el lugar para morir.


Esta es la tierra, nuestra, y tuya,
la que tú elegiste. Quisiera
rescatar, el color de ese cielo
con que tus ojos la miraban
surgiendo verde, límpida y siempre
asomada desde las ventanas grises
de tu callada Galicia nostálgica.


Porque al saberme huérfano de ti
me siento en cierto modo huérfano de patria,
de aljibe y de jazmín,
de zaguán abierto hacia todas las mañanas.


Y sin embargo, ya ves, José Domingo,
compañero y amigo y padre mío:
las cosas son así. Con este cielo
o sin él, será lo mismo.
Tarde o temprano, todas las cosas
vuelven a su sitio.


Tú sabes dónde estoy. Ahora voy
hasta la puerta cancel. Ábrela conmigo.


CAMPO LLOVIDO, campo
perdido en el agua que cae.
Sólo te salva la continua
repetición de tus palmares.


Palmas que se alzan solas,
súbitas en mitad de la tarde
mientras hablamos, mientras
inventamos un lenguaje
para no volver a las íntimas
palabras de antes.


Miras la lluvia, el cielo, y se dibuja
en la quietud tan simple del estanque
una memoria azul, el signo
con que habré de recordarte
-mira el palmar, la lluvia-
cuando hayas olvidado este paisaje
y renazca en tus ojos una réplica
de ilimitados, límpidos y múltiples celajes.