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miércoles, 5 de diciembre de 2012

GLEYVIS CORO MONTANET [8793]


Foto del autor

Gleyvis Coro Montanet. (Pinar del Río, CUBA 1974). Tiene publicado los textos: Con los pies en las nubes (Gran Premio Vitral de Narrativa, Ediciones Vitral, 1998), Cantares de Novo-hem (1999), Escribir en la piedra (Premio Alcorta de Poesía, 2000), Poemas Briosos (2003), Aguardando al guardabosque (2006), Jaulas (2009) y Mujer de letras/Woman of letters: The Spanish text and facing English translations of the poems of Gleyvis Coro Montanet (2010). Ha publicado la novella La burbuja (Premio de novela “Cirilo Villaverde”, 2006, Premio Anual de La Crítica Literaria 2007, y Tercer Premio en Concurso Interamericano de narrativa, Fundación AVON para la mujer, 2007). Textos suyos aparecen en publicaciones periódicas y varias antologías.



Todo lobby gay es poco

¿Si en plena etapa de cambio,
en una zona denominada franca,
y en un país más que menos receptivo,
sufren todavía el desprecio
de unos ojos adversos
a una cogida de manos
entre las dos,
qué será de las chicas parecidas
en aquellos países estáticos,
dados a la momificación de las normas?
Si todavía aquí,
en la dócil contemporaneidad
sin que se les martirice,
y/o torture, se les mira, a veces,
de un modo que no es el modo,
luego de que se les azotara
con piedras y picanas,
y recursos leguleyos,
y miradas incómodas,
-en ese orden descendente,
e inextinguible-,
durante siglos,
hasta llegar apenas
a una pálida asimilación
-denominada tolerancia-,
en las postrimerías universales
denominadas nuestro tiempo,
en una época coincidente
con el ocaso
de la regencia yanqui,
-que es a la vez el comienzo
de otra regencia universal:
¿la china?, que por lo visto
tampoco favorecerá estos vínculos-;
¿qué será entonces de las chicas
así, como nosotras,
de ahora y de mañana,
en esos tórridos países?
¿Y qué será de nosotras,
todavía hoy y aún mañana,
si ahora mismo no sentimos
su malestar igual que ellas?





Tanta mujer, que ya no hay dedos
Tanta mujer
de esa manera
en cualquier parte,
comida por el quejido
interior aquel,
que es un valor de uso.
Tanta mujer hervida
en el caldo mismo,
sabor canela,
de su reverberancia.
Pendiente de cada gesto
y de cada comportamiento a la caza.
(Al punto de que no escapa ni una.
Porque no estamos para pérdidas
mayores que las justas).
Tanta mujer picada
por el impulso grave
de posar la boca hirviendo
sobre el temblor de un sexo
igual al suyo.
Y así pasar la noche tierna.
Y la mañana y las tardes siguientes
a esa noche.
Y saborearlo.
Y dilatarlo hasta que se pueda.
Y adulterarlo con agua
o miel para que dure.
Tanta mujer, que ya no hay dedos.
Tanta mujer así,
desde hace tanto.






Un otro Getsemaní
A Norma Téllez, que me abrazó
y a Teresa Pérez, que lloró
mientras el tribunal sexual me condenaba.
Con lo diverso que era
el repertorio sexual
de mis vecinos y colegas,
con la de formas amorfas,
groseras y hasta penosas
con que unos y otros
se mezclaban, perforándose…
con la de coito sádico
y provisional y adúltero,
con la de nulo empate,
que había tenido lugar
hasta esa cruda fecha
del año dos cero cero nueve…
y que me prohibieran amar
y ser amada, escrupulosamente,
por una chica emblemática.
A ver, partida de genízaros,
¿cuánta llovizna de sexo miserable
no había caído ya
sobre todos ustedes?
Sé que el ancho, pero estrecho
territorio nacional
corregirá, sin prisas,
lo que nos hicieron.
Pero, caramba, compatriotas,
hijos y nietos de compatriotas,
vecinos y colegas
de mis antepasados,
parientes míos:
¿por qué me dejaron sola
con tanto que perdonarles?







EMPEZAR DE NUEVO

Tenía que ver el ímpetu
con que mi padre lo decía:
La Revolución.
Como si fuera una materia viva,
un músculo morado,
un elemento de primera necesidad.
Tenía que ver aquello, mucho más indescriptible,
de lo cubano en su peso,
en su funda violeta,
en su caldo.
Tenía que ver con la mirada
en la cresta de la masa de la ola,
o con la puesta, febril, de la pupila en la cresta
de la masa de la ola,
como con cierta estrategia
de la emoción que nunca falla.
Tenía con ver con eso.
De modo que si hoy
apenas queda
la mitad de la mitad del todo
y una salada sensación de espanto,
que la nombra
de modo breve y evasivo,
y la hace homóloga del símbolo
del estado de alerta,
y del elemento similar a cero,
cuidado. Cuidado que esto no significa
que sea irreversible la euforia,
que esté muerta y tendida y condenada la euforia,
que no pueda emerger,
más limpia y olorosa,
la vena de agua.
Ni que a la antes sustantiva
y al cabo desperdiciada emoción,
le sea imposible recobrar su fabuloso estado.
Camarada,
amigo, amante,
adversario incluso,
criatura recién parida, embrión:
los campos diversos
de la nación aguardan,
todas las plazas públicas
de la nación aguardan,
las tarimas aguardan.
La rosa y la materia pútrida aguardan.
Cientos de zonas en blanco aguardan,
como cunas,
los mejores versos
las mejores prosas,
el ímpetu
con que no sé decirlo:
La Revolución.






PROCLAMA DEL INFELIZ POETA 

Esa baba de cambio
que es la plata,
no guarda afinidad conmigo.
Lo dice la primera estrofa
de un poema tuyo a medio hacer
que es un poema trunco
precisamente porque flaco,
casi nulo, es tu capital.
Yo te consuelo, amigo,
hermano autor desconocido.
Ser escritor en un sistema
que no comprende la poesía,
es peor que la tristeza.
Lo adivinaron Homero y Maiakovsky:
había que imponer el sistema de la poesía
con la nariz golosamente hundida
en cualquier cosa con letras.
Pero también con la nariz a salvo
de cualquier cosa con letras,
habría que imponerlo.
Ser Homero y Maiakovsky
cada día. En todas partes.
De modo que si te contratan
para pegar etiquetas,
acudas a pegarlas
con el pensamiento fijo
en el poema que descansa
a medio hacer sobre tu escritorio,
y pases la jornada laboral
adivinando qué otro giro darle
a esa primera estrofa.
Y qué poner después,
y de qué forma,
en las estrofas que faltan.
Se trata, amigo,
autor desconocido, hermano,
de que a medida que hagas
por obligación
cualquier otro trabajo,
dentro o fuera de las letras
y de las palabras
que a las letras potencializan,
construyas una voz,
la misma voz
de quien no guarda
afinidad alguna
con esa baba de cambio
que es la plata.
Con una táctica así,
es innegable,
más de una etiqueta quedará ladeada
y al verlo el patrón,
te cerrará el contrato.
Pero quizás en ese ardiente
instante del despido
—todavía sin las palabras
de las estrofas que faltan—,
comiencen a brotar
las estrofas que faltan.







DANZÓN 

las amarguras no son amargas,
cuando las canta Chavela Vargas…
La mano ponme aquí, ay, Macorina,
hacia la vueltabajo de mi vientre.
Escúrrela menuda y suave entre
el pubis y las ingles. Macorina:
ataca mi molino sin preámbulo.
No importa que nos miren y tampoco
importa que nos echen si, a lo loco,
y al son de aquel, tu dedo más sonámbulo,
estalla mi faceta masculina
en tan precipitado frenesí,
que no admite la forma clandestina.
Cubana, por favor, pégate a mí.
Aplácame con creces, Macorina.
Ponme la mano aquí.






DONDE CANTO UNA CANCIÓN DESESPERADA Y GENITAL

Hay una exposición de caracolas
tocadas de algún modo por Neruda,
de pobres y marchitas caracolas
(torcidas en su efigie blanca y muda)
que ya no son amadas por sí solas
ni duermen en el mar porque Neruda
cargó a casa con ellas y juntólas
creando colección y así la duda
en torno a si una dulce caracola,
con sólo ser tocada por Neruda
supera lo que vale por sí sola,
y que es ser ella misma, sin Neruda,
—de una forma torcida y testaruda—,
nada más que caracola.


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