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martes, 2 de septiembre de 2014

FERNANDO BANDINI [11.052]


Fernando Bandini

(1931-2013)
Poeta, filólogo, traductor y profesor universitario italiano, nacido en Vicenza en 1931. Humanista fecundo y polifacético, es autor de una deslumbrante producción poética que, anclada en los ecos de su densa formación cultural y en el magnífico equilibrio entre la experimentación lingüística y el ritmo prosódico, le sitúa entre las voces más sobresalientes de la lírica italiana de la segunda mitad del siglo XX.

Inclinado desde su temprana juventud hacia los saberes humanísticos y el cultivo de la creación literaria, cursó estudios superiores de Letras y, una vez doctorado, emprendió una brillante trayectoria docente que le condujo hasta la Universidad de Padua, para ocupar una plaza de profesor titular de Métrica y Estilística. Sus constantes vínculos con la enseñanza le llevaron también a impartir varios seminarios de literatura comparada en la Universidad de Ginebra (Suiza).

Al tiempo que desplegaba esta intensa actividad docente, Fernando Bandini fue desarrollando una fructífera labor de investigación filológica que quedó plasmada en numerosos artículos, ensayos y estudios críticos, entre los que cabe recordar aquí los dedicados al análisis de la literatura italiana del siglo XVI (con especial atención al Manierismo) y los centrados en los Cantos del gran poeta romántico Giacomo Leopardi (1798-1837). Además, realizó una importante labor de traducción que, reforzada por sus vastos conocimientos humanísticos, le permitió verter al italiano algunos de los poemas más representativos de las obras de Horacio (66-8 a.C.) y Baudelaire (1821-1867).

Considerado por la crítica especializada como uno de los grandes poetas neolatinos de la lírica italiana contemporánea, el autor de Vicenza ha ido construyendo pacientemente una sólida producción poética que se caracteriza por su premeditado antilirismo, su búsqueda constante de sugerentes modalidades expresivas y su gusto por la fusión de los más diversos estilos e, incluso, lenguajes (es frecuente en su obra la combinación del idioma italiano con otros términos y expresiones procedentes del latín clásico y del dialecto véneto). Surge así, en su pluma, el poema como un complejo entramado de referencias cultas que, pese a su rigor formal y su hondura intelectual, alcanza una clara y equilibrada formulación lingüística que le permite llegar con nitidez a toda suerte de lectores. Su experimentalismo, pues, queda en todo momento sometido al control del poeta y a su necesidad de expresar, con sobriedad y limpieza, un mensaje de hondo aliento poético en el que no tienen cabida los artificios retóricos innecesarios ni las licencias al uso entre otros autores de su generación. Esta sobria depuración de la poesía de Fernando Bandini puede apreciarse fácilmente en estos versos suyos que a continuación se transcriben: "Y hecha la hermosa costura en los párpados, / ¡duerme, mi niño, duerme! / Ni una gota de sangre te ha salido / de las pestañas. Estrellas enormes / flotan por el aire. Tu manita / cuelga de la cama. ¡Cómo te asemejas / al pequeño rey de los Cimerios / que duerme en la orilla del Mar negro! // Y ahora que tienes la hermosa costura en los párpados, / duerme, mi niño, vuela / por etéreos reinos donde es débil el pensamiento. / [...] // Que los otros se larguen, / yo incubaré tu sueño en su huevo. / Emplearé látigos de zarzas con que lastimar / el lomo de los perros callejeros / que vagan alrededor de tu sepulcro" ("Berceuse", de Santi di Dicembre).

Entre los poemarios dados a la imprenta por Fernando Bandini, cabe resaltar los titulados Memoria del futuro (1969), La mantide e la cittá (La mantis y la ciudad, 1979) -donde el poeta de Vicenza aborda el tema de la extinción de la humanidad por medio de la alegoría de la desaparición de las aves-, Santi di dicembre (Santos de diciembre, 1994) -cuyo título procede del poema en latín "Sancti duo decembris mensis", situado como eje central del poemario- y Meridiano di Greenwich (1998) -en el que, en palabras del crítico Silvio Ramat, "el amor a los astros, a los pájaros y a las plantas, en el consolidado dominio del azul, lo incita a dar un más amplio espacio a lo antiguo; mejor dicho, a la mitología de lo antiguo, donde todo parece naturaleza, incluso la poesía"-. Conviene añadir, a propósito de esta valoración de Ramat, que buena parte de la temática central de la producción lírica de Fernando Bandini se sustenta, por un lado, en la memoria de lo antiguo (que le proporciona no sólo palabras y argumentos de inconfundible aroma clásico, sino también ese equilibrio sosegado de sus ritmos), y, por otra parte, en la salutación exultante de lo que está por llegar (que le mantiene viva es tenaz búsqueda de nuevas fórmulas expresivas adecuadas a los tiempos actuales, pero desprovistas de los adornos y alharacas desgastados ya por el abuso de las vanguardias).






Yo incubaré tu sueño en su huevo

Y hecha la hermosa costura en los párpados,
¡duerme, mi niño, duerme!
Ni una gota de sangre te ha salido
de las pestañas. Estrellas enormes
flotan por el aire. Tu manita
cuelga de la cama. ¡Cómo te asemejas
al pequeño rey de los Cimerios
que duerme en la orilla del Mar Negro!

Y ahora que tienes la hermosa costura en los párpados,
duerme, mi niño, vuela
por etéreos reinos donde es débil el pensamiento.

[...]

Que los otros se larguen,
yo incubaré tu sueño en su huevo.
Emplearé látigos de zarzas con que lastimar
el lomo de los perros callejeros
que vagan alrededor de tu sepulcro.

 ("Berceuse", de Santi di Dicembre)








da Appena uscito

Zampette d’uccello

E tremo sempre perché sei piccola
e la neve qui intorno così vasta,
tu fuscello di brina
che a toccarlo si spezza.

E la neve non sembra nemmeno
sentire il tuo peso.

Ma a me
ti aggrappi forte, inventi sconosciute
tenerezze carnali
con una voce d’orca che vorrebbe
spaventare anche i grandi,
ardore smisurato con zampette d’uccello.





da Futuribili

Quattro passi

Forse perché c’è qualche
parentela tra cicuta e mandorlo
(e lo conferma in ambedue l’amaro)
mi scheggia l’osso la pallottola
diretta ad altri. Forse
perché c’è qualche oscura
connivenza tra la neve e il fuoco,
nel refolo che passa
sento frusciare i piedi dei vampiri
lungo gli asfalti della città lontana.





Futuribili

Non ci sono serrature alle porte
dopo le bombe.
Si può entrare e uscire a piacimento
c’è un viavai di guerrieri.

Gettano biglie d’acciaio
contro i vetri superstiti,
saccheggiano,
fanno all’amore sul pavimento
delle cucine vuote.

Io vorrei ritrovare la regina Ginevra
ma sono troppo stanco.
Sulla strada per Gorre è stata violentata
da un birmano e da un greco.






da Il filo del discorso

Il filo del discorso

Da quadro a quadro il filo del discorso seguire
senza che troppa tensione lo spezzi
o becco ostile lo intacchi

da sinopia a sinopia
nel pomeriggio di pioggia che fa
alto lo scroscio

finché il cielo rispunta dalle nuvole
e ci prende per mano
verso un viola-melanzana-yaèl

con passeri sulle torri che rimproverano
gli indugi (vocine squillanti di collera)

di chi non vuol muoversi
di chi resta attaccato al soffitto
come un moscone grasso.

E dal viola al nero
il filo del discorso ostinati seguire
verso i fischi di un’alba melone-amira finché

oh, Har hatzofim!
ali ha ciascuno al cuore ed ali al piede.





Règia Parnassi

Fastidio certo un paesaggio dal nulla
col Règia Parnassi evocare
e non possedere il divino
istinto che dice con nuove parole
la luce di settembre.

Evocare dal nulla
il merlo poliglotta, inghiottire sospiri
per una moto che romba nel chiaro
e per l’uva, per l’uva
che non ha più il privilegio
di apollinei palati.

Ma disamo la morte malgrado
le sinistre sirene di film e poemi
la disamo e distacco
da un soffio la bolla più pura,
la più precaria e inutile libero
dalle parole.

E rataplan trovare da splendere
su tutto con bolle precarie
e vedendole alzarsi nel vento
non soprassedere
sapendo che a esse è negato
di durare oltre l’attimo, cingersi
di alone immortale.





Nessuna parola

Così abbagliante ormai
la distesa di neve che la retina non ce la fa.
Tutto è silenzio dopo la schianto dei rami,
nessuna parola aveva colto nel segno.






da Lapidi per gli uccelli

I

Il disegno del tempo non aveva previsto
i nuovi aspetti della voluttà
quando la primavera scintilla sui vetri
o in pioggia si scioglie dentro fogne e cortili.
Nel lampo di cristalli e allumini
il colore della terra si svela
per indizi malcerti, sebbene qualcosa
d’insolito urge il sangue. Ora le ombre
si fanno più distinte nel chiaro,
i rumori delle stanze si confondono
ai cori dei clacson
e i quartieri tremano al vento favonio, segnale
della dea che rinasce divum hominumque voluptas.
Torna il suo soffio vitale e s’impenna
su gasometri e torri
dentro l’azzurro così vasto e quieto.
Allora spiegami tu cosa scrivere
se saccheggiato è il mondo e il poeta una logora
istituzione fra tante. Bambini,
fuochi-fatui-bambini,
accesi un momento su una terra di fosfori
e sepolture gridano.


IX

E tutta questa gente che mi supera
senza voltarsi indietro, non badando agli ehilà
che grido alle sua spalle
(spalle piegate in avanti nello
sforzo di andare più in fretta più in fretta).

Non li ho veduti in viso e non mi hanno guardato.
Erano indifferenti agli incontri sporadici
ai saluti e agli allarmi
E vanno (me lo mormora la mia bile crepata)
al posto che anch’io so, che vorrei anch’io.
Con nuche altere e certezze nel passo
caracollante e superbo quali
nella mia vita non ho mai osato.

Ma io non vado verso, io mi sono fermato,
per questo qualcosa riesco a vedere.


XIV

Lui non credeva che
fossero morti tutti gli uccelli e i fiori
malgrado le notizie dei giornali
e il colore del cielo ormai caduto
in mille pezzi.

Lui per i monti invasi
dalle vespe in collera del nevischio
vagava e non aveva per quel mondo
tante volte pestato con trepida
felicità, non aveva da opporgli
che la noia del sangue.

E la neve dove le scarpe
d’amianto stampavano orme copriva
formicolanti città dalle mille
zampine…

E lei lontana così lontana
in quelle sue tenebre,
uscita ormai dagli alberi e dal vento,
si toccava la faccia
per ritrovarsi e volentieri avrebbe
piantato i denti candidi e minuti
in qualche gola vivente pur di
riavere ancora nelle vene il fiotto
del suo bel sangue
e i bioccoli di lana sulle siepi
e i sassi e i tordi…

e ora lui nella sua tuta
d’argento per strapparla
agl’inferi doveva rinunciare
ai mille piani immaginati,
guardare avanti e non curare il rombo
di sotterranee macchine.
Fendeva il fioco barlume che un vento
intermittente soffia dal profondo,
e l’ombra dell’amata lo superava
esile e lunga; finché
promemoria di un corpo, fantasma
di un fantasma svaniva
in una nuova densa oscurità.

Alle spalle sentiva il ronzio
del robot: lento
esecutore dei patti e custode
di quella morte che gliela faceva
remota, ancora la relegava
nell’indefinitezza.

Così pesantemente avanza
senza voltarsi namque hanc dederat legem
inferna dea,
risalendo da tonfi e da odore
di fissile polvere, rigido il collo
che al muscolo fiaccato
dal casco di cristallo era un acuto
dolore. E quando

si fu girato (ma perché?), al colmo
di un cieco impulso si era girato (per
vedere cosa?) – solo allora seppe.
Lei gli gridava: “Mi riportano sotto.
Addio. Ricordami. Non condannarmi se
tendendo a te le mani non più tua…”.

E allora seppe quanto
fosse quella galassia desolata.
E lei
che il sottosuolo chiuderebbe nel suo
impenetrabile grembo sottratta
alla luce, negata per sempre
al potere della parola

si allontanava in fretta
verso il rumore della città di Dite.






da Dedicata ai satelliti dei principi


VI

E sventolanti immagino, o città
bandiere sui tuoi tetti, in sogno ascolto
suoni di corno in via Catena e il murmure
della burrasca che dilava
le statue e i passanti in fuga.

Oppure ti contemplo mentre cade
dal cielo basso un’invernale manna
rendendo calma e candida e compatta
l’aerea inafferrabile realtà
del tuo essere, del tuo provocarci.

Allora esco dalla nebulosa
delle mie mentali creazioni
ricevi l’orma della mia scarpa. Il pugno
come una palla di neve ti comprime.






da La mantide e la città

Amnesia

Giorno per giorno qualche nome si eclissa
dalla mia lingua e dalla mia memoria,
usuali parole come sedia bottiglia
Oh, trafelate corse per riprenderne
possesso! Annaspo naufrago
in un mondo che sempre più smarrisce
i suoi eoni, balbetto
come Mosè presso il roveto ardente.

E con nervoso tremito pronuncio
casa farfalla mela
per esorcizzare la buia notte
che si avanza a grandi passi;
ma poi casa precipita, farfalla
si polverizza in porpora,
mela mi è tolta divorata dal verme
che abita il mio cervello.

Come mi muoverò, poeta senza
gli amati nomi succo delle cose,
tra i buchi d’un saccheggiato universo?






Plazer

In questo azzurro di settembre che si dilata
oltre il confine dei miei occhi verso
regioni dove non arriverò mai
ci sono chicchi d’uva che altre bocche
schiacceranno tra i denti ignorando
questo mio torrido angolo di sete.

In quell’altrove fiori d’ombra sbadigliano
alla sera di un’isola abitata
dai corpi adolescenti di Nausicae.
Non le vedrò dal mio raro trifoglio:
creste in fiore riarse dalla polvere
grucce al riposo di magre locuste.

Oltre il confine dei miei occhi il mondo
per qualche nuova sua intenzione scalpita
che io non so né mi restano giorni
per saperne di più. La notte penso
di là dalle mie tenebre una Circe
che si cala nel balsamo del mare.

(Fernando Bandini, La mantide e la città, Lo specchio, A.Mondadori)