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domingo, 14 de septiembre de 2014

KENIA MARTÍN PADILLA [11.080]



Kenia Martín Padilla

(Santa Cruz de Tenerife, 1986).
Es licenciada en Filología Hispánica y actualmente prepara su tesis trabajando como becaria de investigación en el Departamento de Lengua Española de la Universidad de La Laguna. En 2009 vio la luz su primera publicación literaria, el poemario Aguja de tacón. En 2010 recibió el Premio de Poesía Félix Francisco Casanova, por La esencia mordida, y una mención de narrativa en la edición siguiente del mismo premio. Asimismo, obtuvo un accésit en el Certamen Cruzarte. Por otra parte, realizó la traducción de la obra surrealista Le grand Ordinaire, de André Thirion, publicada en 2011. Ha publicado trabajos de creación y artículos científicos, y ha participado en numerosos recitales poéticos e impartido conferencias en distintos puntos del país. Asimismo, ha realizado estancias en la Universidad de Florencia, en 2008, y en la Universidad de Leipzig, Alemania, en 2012.


Poética

Una cascada de imágenes

levemente fusilada por un rayo de sol.
Cancela de sal, pitera tierna
blandiendo al mundo su caracolada
en el lento peregrinar de los siglos.









AHORA, NADIE LLORA.

Y todos son espejos de sí mismos.
Pentimento sin rostro. Un abismo
profundamente seco atesora
las claves de un suicidio
colectivo. Hay una muchedumbre
mecanizada. Un falaz presidio
auto-provocado. Entre palomas
esposadas y aromas
gasolíneos crece su podredumbre.

Todos asesinando mariposas,
mutilando la yedra,
robotizando los días con rosas
de tela, habitando fríos nichos
sin hoguera. Y sólo son caprichos
de plásticos y piedra.

Hay un cielo de petróleo, preñado
de nubes yermas. Una
luna de billetes. Hay una tierra
sin hijos. Un puñado
de farolas por estrellas. Ninguna
canción. Sombras. Cadáveres de guerra
sin su luto, muriendo cada hora.
Pero nadie los llora.

Y ríen oxidados
como férreas máquinas de escribir
con sus dientes de tornillo y un hard
disc por corazón, riendo sin sentir,
¡Viviendo sin llorar!
Riéndole al abismo y esposados
en su mundo sin lluvia y sin latidos,
ignorantes de la mar,
podridos, sin rostro, robotizados
todos como sus rosas,
suicidándose siempre, corrompidos
fríos, plastificados,
espejos, piedras, nichos…
                                            Cada hora
mueren mil mariposas
nuevas. Nadie las llora.








SUENO CON MI CUERPO DE GUITARRA.

Todos lo saben. Lo escuchan.
Mi tacón marca el ritmo
(dáctilo, dáctilo, dáctilo)
sobre los adoquines.







EN BUSCA DE MÍ

Si no fuera por
mi lovely rouge de Bourjois,
mi fard à joues de Pinaud,
y mi babyliss de cerámica,
el espejo me devolvería una imagen equivocada:
la imagen de mí misma.
La imagen que me muestra
desnuda con todas mis horas a la espalda,
vestida de melocotón y sangre,
pretérita y recién nacida,
sólo con mi voz por espada.
La imagen de mí misma
con mi rostro sombrío de todas las mañanas,
con mi carne por escudo
y el cielo en mis pestañas.