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martes, 27 de noviembre de 2012

ÁLVARO MATA GUILLÉ [8683]



ÁLVARO MATA GUILLÉ (SAN JOSÉ DE COSTA RICA,1965)

Director de teatro, escritor, ensayista, dramaturgo.
Director del grupo Baco teatro-danza, de Costa Rica. Director del Instituto de Creación Poética de la Casa de Refugio y de la Revista Locutorio, editada en San Luis Potosí, México, como también coorganizador, junto a Mario Alonso López, del Festival Internacional de Poesía Abbapalabra en México, como también del proyecto Transpoesía (Costa Rica, México, Argentina). 

Tiene varios libros publicados, entre ellos Debajo del viento (Argentina 2010, Venezuela 2005), Escenas de una tarde (Costa Rica 2004 en dos ediciones), Intemperies (México 2005). Saldrán próximamente dos libros más que se publicarán en México y Colombia, como también ensayos en diversas revistas y periódicos internacionales. Con su grupo Baco teatro-danza, ha montado más de diez obras, presentadas en diversos países de Latinoamérica, como la participación en varios films, como actor y guionista.








Debajo del viento. 
Fragmentos.

me distraigo
vislumbra el fin la tarde
   y un color de almendros
entreteje el titubeo

se aposenta
como un resplandor de hojas
enmarañadas

confunde al eco

se escabulle
como un centelleo

un volver
de cierto brillo tímido

un letargo
que se desliza entre sueño
y ausencia:




qué soy

¿aire
que se diluye en viento?
¿viento
que deletrea el aire?
¿agua
por donde corren
los muertos?



pensar
nos hace extraños
pero extraño
el entorno que nos amarra a objetos de inconmensurables abismos

en los que si estamos
no estamos

y si somos
no somos;

y es otro día
atardece

el ocaso deambula
por un enjambre de tonos opacos

un estremecimiento
reverbera
silencioso,

la niebla espejea
con su itinerario perpetuo

de lodo

       lamento


otro día
atardece



…tiene
sentido transcurrir,
y esperar





La niebla
simula una mácula del celaje,
tiñe los techos
ensombrece las calles

las nubes recogen temores
y miedos

la lejanía
cubre los bajeles de la hondonada
el fragor de las campanas
que llaman a misa

el humo de las velas en las aras
atraviesa el atrio

el rezo de los feligreses
contempla la mirada abandonada de los santos,

los lienzos del retablo
la oscuridad
y las almas
en las bancas de los claustros

sorprendidas por el gesto de los hábitos
en las rejillas del confesionario;





voces
de otras voces

cantos
de otros cantos

confunden los lomos de los libros,
inclinados por el peso de garabatos,

el balbuceo de papeles,
las crónicas de las letras,





es otro día
y otro
de una mañana
tras otra

la inmensidad
enmudece,

sólo selva
           había aquí

sólo una serpiente sin alas
silbando al asecho
escondida en el fango
arrastrándose por pedruscos asentados en el cieno,

las tortugas
   como piedras en el pardo de los médanos
en los pliegues de la playa,
miran el oleaje
las goletas
y la estela de huellas en la arena;
aquí
        se entierra al sol junto a los huesos marrones
de los muertos
se ilumina la noche,
la oquedad transita por un sendero de brillos rojos,
por sueños tejidos en collares áureos
por la selva calcinada en el barro,

y la niebla
           sobre las tumbas y estrellas de granito
contempla la llovizna que persiste en el páramo
cubre la maleza,

el anillo verde de las fosas
resbalando por las piedras,
las grutas
y el correr de las iguanas
en pos del temporal de ceniza

el halo de las luces
las hojas en las tapias
disueltas en la cañada;




El sollozo
sigila en los pliegues de la tarde
en los páramos de los cerros
en alas que trepidan como larvas

acosa
las planicies de los ríos,

el fragor de la leña
mancha de hulla las vigas
los rosarios
el humo que quema las paredes




no hay
nubes
ni caricias
ni palabras
ni viento

sólo un vaho que estremece los linderos
y el hueco de los cráneos
    que relumbra en la bóveda
            de la iglesia

sólo el brillo que tiembla por muros
                                                           y letras

sólo el frío
que golpea la mañana,

abraza la claridad

se pierde
se pierde…



desdibujo
un rostro que no existe

un baúl gigantesco

ser que no es
que al salir de sus marañas
se estremece

al evadirse
se evapora

cuanto más aclara
más anubla

más pregunta
más opaca

asoma
debajo del viento,

no hay presencias

ni olvido

ni búsqueda


sólo la penumbra
cubre papeles dispersos

el parloteo de incendios
y los vericuetos

la rutina
los grillos

la luna
el viento

¿se puede ser
feliz?




La nada disgrega la nada
(Fragmentos)




El tiempo se adhiere al espacio, el espacio dibuja y desdibuja las filigranas de lo cotidiano, se prorroga en acciones que, sin poderlo superar, enfrentan lo infinito en lo finito;

relaciones, significados que se deslizan entre la negación y lo posible, entre el recuerdo, la tradición, el olvido,
entre la vida y la muerte,
el yo/otro, lo otro;

noches que perturban el día, días que regresan a la penumbra y estremecen los entresijos del lenguaje, amparado a la ambigüedad que transfigura la opaca brillantez de las sombras, 
espejeo que se fragmenta,
fragmentos que dicen y no dicen
voces que hablan sin decir;


instantes que se suman al frenesí, cobijan la inmolación,
aridez que mutila el instante, lo carcome, lo pudre, acoge el suicidio como un lamento del despropósito, como una virtud,
como un emblema que fundamenta al ser,
como un delirio que espera sin razón viable de la espera;



signos entre signos, feudos entre feudos se amontonan y amontonan la muchedumbre en la muchedumbre, acaparan la particularidad y la transforman en fragmentos;

el sentido se embota en la variedad del sentido, en la aridez de lo individual, en el equilibrio simétrico de las hormigas,
y termitas;   

imbuido,
el graderío se arremolina en las festividades del vacío y prosigue su marcha, deja atrás las ruinas de los pueblos fantasmas, los terrenos de la tierra baldía, sin prestar atención, sin observar la perenne incomprensión del entorno que al socavar lo rutinario cuestiona lo monótono con su misterio, aunque se sepa que la dirección no es dirección, ni el norte es norte,
que lo que se dice ser tampoco dice ni es, ni encuentra refugio –ni huida, ni escape, ni descanso, ni su muerte– en lo que no es,
la flor no está en la flor y uno –el yo, el tu, el nosotros– es otro,
las palabras hablan con el vidrio diluido de las voces que se rompen
y retornan a la oscuridad del vacío;

la existencia se delimita en signos, signos que reinventan signos y procuran atrapar los espejismos que seducen el sentir vinculado al entorno, la sensación que dibuja lo ausente;
lenguajes que vislumbran otras coyunturas, otros símbolos, mitos que hay que desentrañar, para entender sin entender, que los reflejos se multiplican en sus reflejos, la opacidad se expone a su opacidad,
al brillo diluido en el brillo
a la noche que persigue a la noche;

y así, a pesar de la plomiza indiferencia, a pesar de la frivolidad de las formas, de las costumbre –el miedo, el odio, la cobardía
la mentira–
el ahogo que nos aprisiona no desaparece, ni el abismo se transparenta, ni la desesperanza se convierte en esperanza que se evapora como humo sin dejar de acosar,
sin interrumpir el titubeo que destiñe la ilusión, el espejismo de querer ser en el otro, en sí mismo,
en lo otro;


sin embargo, a pesar del escepticismo que derruye la meditación de las formas, que derruye la posibilidad del pensamiento,
hay momentos de sosiego y un matiz resabia en los linderos como un vestigio,
el solaz trasluce, la apatía se distrae y el fluir que transcurre reaparece como una añoranza que aprisiona la memoria:
                                                   no es extraño, estamos hechos de fantasmas y recuerdo,
de evocación,
de pulsiones hechas limo,
de polvo olvidado en el légamo;

presencias que subyacen en los abismos de las palabras, se disuelven en la efeméride, atrapan morfologías,
lo que era, lo que fuimos,
lo que ya no palpamos;

balbuceo transformado en etimología, en raíz que presiente los destellos de la imagen;
recuperan gestos, metáforas, ecos
el canto, el grito;


corrijo, no recuperan, llevan en sí las conversaciones de los muertos, sus impresiones, sus miedos, sus asombros, el aire convertido en premisa y la premisa transformada en significados y sortilegios;


a través del pigmento de los vocablos, retorna –como un ensueño que conversa con la boca despoblada del entorno, con la soledad muda que nos abraza con el crujir de sus dientes– el sentir de abuelos y ancestros, nosotros mismos viéndonos a nosotros mismos, orfandad de saberse solos en tránsito hacia lo finito,
mientras tanto que yace en la nada del infinito:
                                                                     nacer y morir, sombras que emergen de la sombra
regresan a ella,

polvo que muerde al polvo
se vuelve ceniza; 

aún así, a pesar de la ilusión que repite hasta el cansancio, el pasado no vuelve,
tampoco existe el futuro aunque creamos en los ciclos y nos aferremos a la certidumbre de lo eterno,
aunque el sol se acueste recluido detrás de los cerros y se sumerja en la tierra,  provocando alucinaciones que parpadean con sus reflejos,
aunque la luna se deshaga en pedazos por el fragor del empíreo y en su languidez cavile en silencio el crepúsculo,
aunque lo cotidiano perviva por el sino de las creencias y el acto de fe,
de la ilusión poseída por lo sempiterno que concibe la muerte como una caída, como una continuación que va hacia el allá sin ir al allá,
como un retorno
un sitio al que vamos sin ir pero vamos,
donde se repiten los lugares como espectros,
animales
o flores;


Pero todo vuelve al mismo sitio. La ciudad –con su muchedumbre, el sopor de sus barcos–
se revela como un centelleo,
ennubla su vitalidad en el clamor de las luces,
hilos atados a creencias que piensan en lo posible
sin ser ya posible,

respuestas que no son respuestas
deseos que no son deseos
enturbian al cuerpo,
empozan el vaho en el agua
en las pústulas del espejo, convertidas en razón de la vivencia, en el aliento, en un sentir tullido,

fractura de la boca,
del diente, el ojo,
el canto

la mansedumbre se asienta con lo opaco de su luto
la historia emana con su vapor en los escondrijos,
pervierte el pensamiento,
el sentir,
la mirada;
brillo que ennegrece, pues al negar lo que somos, 
al no ser que olvida el nosotros,
se es;

la noche es afuera
adentro
habita la pupila,

la vida aquieta la vida,

la nada
disgrega la nada.




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