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viernes, 9 de diciembre de 2011

5506.- CARLOS FRANCISCO MONGE


Carlos Francisco Monge es un poeta y ensayista centroamericano contemporáneo, nacido en San José de Costa Rica en 1951. Además de su actividad literaria, es filólogo y crítico literario, y ejerce la docencia en letras hispánicas en importantes centros universitarios de su país. Por su obra poética ha recibido reconocimientos en su país; internacionalamente también son conocidos varios de sus estudios literarios sobre temas de la literatura costarricense e hispanoamericana. Es integrante de la Academia Costarricense de la Lengua y correspondiente de la Real Academia Española, por Costa Rica. El Estado costarricense le ha otorgado el Premio Nacional de Poesía. Formó parte de un interesante grupo literario costarricense que durante la década de 1970 tuvo una intensa actividad, que culminó con la redacción, junto con Laureano Albán, Julieta Dobles y Ronald Bonilla, de un Manifiesto trascendentalista (1977). Su labor como difusor de las letras de su país también se destaca; tiene a su haber dos importantes recopilaciones de la poesía costarricense: Antología crítica de la poesía de Costa Rica (1993) y Costa Rica: poesía escogida (1998). En la Universidad Complutense de Madrid presentó su investigación doctoral Códigos estéticos de la poesía en la poesía de Costa Rica (1991).

Su obra literaria
Entre la poesía y el ensayo se ha desarrollado la actividad literaria de Monge. Como poeta, es autor de más de media docena de títulos; entre ellos: Reino del latido (1978), poemas erótico amorosos; Los fértiles horarios (1983), marcado por la ética y la política, desde la estética, La tinta extinta (1990), reflexión desde la poética sobre el lenguaje y los signos contemporáneos (ya traducido al inglés, con el título Invisible Ink, 2007), Enigmas de la imperfección (2002), Fábula umbría (2009) y Poemas para una ciudad inerme (2009). Su obra ensayística también se ha orientado por los caminos de la reflexión sobre el discurso poético, las direcciones contemporáneas de las letras hispanoamericanas y las relaciones siempre críticas y dinámicas entre la cultura, el discurso y la historia. Títulos significativos son La imagen separada (1984), sobre la lírica costarricense y La rama de fresno (1999), sobre temas y problemas contemporáneos de la cultura y la literatura. En El vanguardismo literario en Costa Rica (2005) señala las relaciones de las letras de su país con los movimientos históricos de vanguardia, europeos e hispanoamericanos y con Territorios y figuraciones (2009) continúa y desarrolla sus reflexiones sobre la literatura, los hechos culturales y otros ámbitos de la creación.

Sus libros
Astro y labio (1972), poesía
A los pies de la tiniebla (1972), poesía
Población del asombro (1975), poesía
Manifiesto trascendentalista (1977), ensayo (coautor)
Reino del latido (1978), poesía
Los fértiles horarios (1983), poesía
La imagen separada (1984), ensayo
La tinta extinta (1990), poesía
Antología crítica de la poesía de Costa Rica (1993), compilación
Costa Rica: poesía escogida (1998), compilación
La rama de fresno (1999), ensayo
Enigmas de la imperfección (2002), poesía
El vanguardismo literario en Costa Rica (2005), ensayo
Fábula umbría (2009), poesía.
Poemas para una ciudad inerme (2009), poesía.
Territorios y figuraciones (2009), ensayo









LOS POETAS SILENTES

Los poetas, señores, ahora descansan.
Han dejado sus liras, sus plumas;
no saltan al vacío,
no tosen sus melancolías amarillas,
no besuquean las rosas de un jardín panhelénico
y ni siquiera, señores, ni siquiera
hablan en primera persona.
Solo descansan.
¿Quién diría que hoy, espantados nosotros ciudadanos
ante la atrocidad de un crimen,
ante unos trenes rotos de esta ciudad sin límites,
ante la cruda vergüenza de unos caimanes
que devoran y sonríen,
quién diría que hoy descansan los poetas...?

Tal vez no seamos dignos de tanto atardecer acrisolado,
de la hermosura levemente triste
de una paloma en vuelo,
de la caricia pronta, del amor carnal que se avecina.
Tal vez no seamos dignos.
Nosotros, los de a pie, tan solo presenciamos
el polvo y el barullo,
la impiedad de la nada;
quizá no merecemos más
que encarnar un peligro para el bien común;
ser indocumentados, imprecisos, anónimos, anómalos.

Los poetas, señores, solo disponen
del tiempo justo para mirarse las uñas,
planear unas vacaciones en una buena playa
de azules cristalinos;
no pueden ver lo que perturba el alma,
esta ciudad quebrada,
este giro de infamias y relojes torcidos,
esta luz trasterrada que a trancos, en las noches,
nos alienta, nos ama, nos conmina,
mientras descansan los poetas
en su jardín cerrado.










PROFANACIÓN DEL QUIJOTE

Yo me pregunto a veces
por qué amar a ese tonto de capirote,
a ese sujeto soñador, solemne,
tan metido en sus trasgos,
tan zafio, tan huraño.
Me pregunto si toda la belleza
no es más que una vacía cuchillada en el aire,
un claror en la vista fatigada,
una seña olvidable.
Y más triste es aun
tratar de responderles esas mismas preguntas
a esos chicos menudos, firmes en sus deseos,
con miradas atónitas,
allí sentados ante esta cantera de dudas,
frente a este disfraz de lector traicionado,
poco feliz, perdido.
Si pudiera decirles
que las maderas crujen, ya sin culpa ni gracia,
por el tiempo,
que la noche nos deja subrepticias palabras,
que hay un polvo de siglos
gritando enamorado como si no existiesen
la amargura o la aniquilación.
Pero no hay cómo darles explicación a todo:
ellos saben que la única mentira
es inventar la gloria,
y que sus cuerpos bellos,
tan llenos de sentidos y señales,
no habrán de sucumbir.
Yo soy el obcecado,
el soñador, el torpe;
el que página a página redobla sus patrañas,
que a sus horas felices les despoja
de sus mejores palabras, de sus gestos
y de sus figuras.
Y todo mi estupor
como un alud se cae, se precipita
con las manchas del tiempo,
velando armas, huyendo
indigno de su amor.
Yo me pregunto a veces
por qué aman a este tonto, a este sujeto huraño
que los quiere de veras, que los sueña.










PREGUNTAS PARA UNA FIESTA GALANTE

¿De qué van las investigaciones más pertinaces hoy?;
¿cuál es su objeto, la talla de su nomenclatura,
la viscosa membrana
de los métodos,
de los nombres,
de las alianzas sublimes entre una tesis de moda
y las avecillas trinando y revoloteando alrededor,
alborozadas, alborotadas?
¿De qué van hoy esas palabras fútiles,
llenas de carcoma,
sabihondas de doctrinas y masas corporales,
expertas en la triquiñuela
que deslumbran a todos,
y dejan un sabroso calor,
un tenebroso aliento, un remolino?
¿Adónde vamos, hacia qué fantasías,
qué picudos delirios nos esperan;
por qué tanta colérica ceniza
hay en nosotros hoy, cuando la vida estalla,
cuando un pequeño ruido basta
para hallar el sentido, la noria del amor,
la magnolia que abraza?
Y una pregunta más: ¿por qué si dañan, si apretujan,
las palabras nos aman, nos consumen,
soñar nos dejan, y siguen compañeras
por estas tierras ávidas y nuestras?









LA LECCIÓN

Mientras el profesor prepara sus palabras,
con el mayor cuidado las elige,
las borda, meticulosamente las pule;
mientras duda un momento si aquella idea,
este concepto, la tesis tan de moda;
mientras se ajusta la corbata,
recoge su cartera, sale al público
y callan embebidos los oyentes de las manos heladas,
queda un joven oculto,
como una sombra presumida ausente para siempre,
con el mar como música de fondo,
lleno de perfección en sus caricias,
con el fulgor del tiempo
y la humedad exacta y necesaria
de otras palabras vírgenes, enhiestas;
y corre una vez más por ríos levantados;
no pregunta, no cede, no intenta la piedad
y se mira en espejos prohibidos,
sin soportar, viviendo venidero.
¿Cómo soñar lo que se pierde a trancos,
cómo llegar al punto de cuidar las palabras,
tasarlas, cautelosamente ordenarlas,
como este ínfimo instante,
tan pronto a rebatir teorías de moda,
corbatas, ceremonias, alocuciones?
Mientras duda un momento
se mira el profesor ante el espejo
y el efebo respira, fulgente,
danzando entre las sombras.









ORACIÓN MATINAL

Con qué industriosa cautela
sube el amanecer,
poco a poco, vertiendo sus engaños,
donde las sombras huyen
sin reposo, sin prisa, sin agitaciones,
desde un remoto espejo,
recomponiendo hazañas y lugares sin límite,
sin la piedad de un sueño, sin milagros.
Con qué mecánica sucesión
se mudan las figuras,
los aromas se borran,
los ríos sin su gloria dejan de respirar
y la ciudad desaparece. Y la ciudad
desaparece.
La luz se precipita a la ventura,
persigue hasta el cansancio,
ilumina, previene, busca cuerpos flexibles
y no hay más perfección
que su historia desnuda, que sus alas
sucediendo dichosas, sin olvidos, sin rastros.
Con qué cuidado exacto, inapelable,
sube amoroso el tiempo en sus fulgores,
sin humillar las sombras,
y se lanza al vacío,
como un fantasma esclavo de su música,
con su furiosa luz
por este territorio donde todo sucede,
con precisión mecánica, deciso,
sin desatino, poseso, inevitable
como este amanecer.










POLVOS METAFÍSICOS SOBRE UN AMANECER URBANO

Tan pronto como amanece,
la vida empieza a hacernos las preguntas más duras:
¿por qué el destino huraño,
por qué ese cafetín de sombras y fantasmas,
dónde aliviar las penas, si en esta calle solitaria y fétida
o al pie de una magnolia
que avanza junto al ruido y junto al río?
Y todas las mañanas,
sin otro resplandor que el polvo callejero,
oramos, devotamente oramos
por que el tiempo se apiade esta vez de nosotros,
como antes de las piedras, de los árboles milenarios,
de los riscos marcados por el viento;
rogamos contritos por un sí o por un no,
como si el día fuese una conspiración, un contubernio,
una flecha al azar.
Inútilmente buscamos misterios fascinantes,
reconstrucción de las ruinas, horas flamígeras,
ciudades inverosímiles.
Y tan pronto amanece, al estirar los músculos,
la calle nos pregunta: tanta aspereza, tanta obstinación,
¿hacia adónde conducen?;
¿qué más da, si un sí o un no
como pompas se escurren, sin mar, sin resplandores,
sin paisajes
y soportando el polvo callejero?











DONCELLAS EN EL PARQUE

Siempre al poeta
le dan vuelta las palabras;
lo aturden, lo atosigan,
pugnan por reclamar su derecho a la fama
y a los fastos mundanos;
lo obligan a pensar, a deambular
por los parques, por la habitación,
durante la vendimia,
en tiempos de aridez y carestía.
No callan, nunca se repliegan,
se quieren ver impresas, acariciadas,
lentamente bebidas,
junto a la claridad o a la redención.
Nublan el alma a veces,
se aprietan a la piel con seductora constancia,
recriminan el tedio y el silencio,
fijan su ruta traspasando el alba,
la materia, el naufragio,
el corazón iluso.
Pero el poeta, si es poeta, calla;
resiste los embates, desconfía,
enhebra con cautela y reposo
sus incidentes, su llevadera alegría,
su respiración.
Le dan vuelta las palabras,
lo aturden, lo marean
con implacable hermosura,
rapaces, codiciosas,
y él las mira a los ojos, las mide, las escudriña
como hojas secas, sueltas en el parque,
sin más promesa que el viento.