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lunes, 8 de septiembre de 2014

MIGUEL ÁNGEL ALONSO [11.074]

Miguel Ángel Alonso

Miguel Ángel Alonso 

(Valera, Venezuela, 1970). Poeta. 
Hijo de padres canarios, vive en Tenerife desde 1998. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna (2007). Aunque su actividad creadora está centrada en la poesía, también deambula sin ton ni son por las calles de La Laguna, dibuja, mete la pata casi todos los días y se desgañita en la ducha practicando el canto gregoriano. Ha recibido, por error, las siguiente distinciones: I Premio de Poesía “Ciudad de Tacoronte” 2004, XXI Premio de Poesía “Emeterio Gutiérrez Albelo” 2007, Premio de Poesía “Pedro García Cabrera” 2008, XII Premio Internacional de Poesía “Luis Feria” 2010, y Accésit en el Premio Internacional de Poesía “Tomás Morales” 2010. Ha publicado, esta vez por descuido, los poemarios: Vestigios meridianos, Icod de los Vinos, Casa-Museo Emeterio Gutiérrez Albelo, 2009; Animal perdido, Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Idea, 2009; Cuerpo habitado [1991-2009], Santa Cruz de Tenerife, Caja Canarias, 2010, Ese único río que se queda [1992-2010], Universidad de La Laguna, 2010 y Palabras en los ojos [2007-2010], Las Palmas de Gran Canaria, Casa Museo Tomás Morales, 2011.





A toda sed

Salen a mi encuentro tus parágrafos
de enciclopedia plenamente piel y polen
que aún no sé custodiar con mi
lenguaje.
Mira, el mundo suda dentro de mis dedos
que ahora mismo buscan una solución,
un desacato, un orden de espumas
sibilantes y escondidas en el puro
sí.
Me sitúo a toda sed —con los nervios
revoloteando como frenéticas polillas—
en la nomenclatura sin distancias
de tu jugosa lumbre, de tu ciénaga rotunda
y ovalada.
Sé que no tuve manos ni lengua ni secreciones
ni alfabetos propios, no los tuve
hasta que llegó el demiurgo cuerpo
tuyo
a taladrarme el ser con tanta furia que ahora
si me desplazo en ti, si te poseo;
eres tú
rompiéndome bajo los pies la tierra,
quebrándome la percepción y el diálogo
con todo lo que soy y tú me escondes.






El último kantiano

Mais nous l’appelions Bobby (…)
Pour lui —c’etáit incontestable—nous fûmes des hommes.

(…)

Dernier kantiende de l’ Allemagne nazie, n’ayant pas le cerveau qu’il faut pour universaliser les maximes des ses pulsion, il descenendait des chiens d’Egypte. Et son aboiement d’ami —foi d’animal— naquit Dans le silence de ses aïeux des bords du Nil.
Emmanuel Lévinas, “Nom d’un chien ou le droit natural”, Difficile liberté.


Estábamos retenidos en un Kommando forestal
destinado a prisioneros de guerra, no era Auschwitz,
es cierto, pero igualmente se nos obligó
a despojarnos de lo humano —aun tratándose
de sus últimos peldaños ontológicos— como ropa sucia
que ni siquiera merecíamos y a vegetar
en una abyecta periferia hecha a la medida de nuestro
ser ninguna cosa. Aun así fuimos (apenas sustancia
hendida que a duras penas lograba traslucir algún
sentido), a pesar de tantas cosas, fuimos
(signos que no decían nada, privados de su endeble
semántica y su tuétano), dale que dale; contra
viento fétido y férula marea: fuimos, fuimos, fuimos.

Los días, las semanas, los meses iban siendo
una sucesión exacta de la misma cosa; el mismo infierno
gravoso cuya gravitación y eje era la locura
moviéndose con disciplina de reloj, con crueldad
meditada hasta en el más estúpido detalle.
Los días, las semanas, los meses iban siendo
lo que nosotros éramos: nada andantina porque era
cadencioso su silogístico vacío destripado, nada
pudriéndose en los mismísimos vertederos de la nada.

Hasta que llegó el perro: su cuerpo también estaba
subordinado a la escasez y al vituperio; para él
no hubo diferencias, judíos y alemanes eran lo mismo:
entidades protectoras o temibles. Su cerebro apenas
le alcanzaba para colocar el mundo en un lugar
rasante, en línea recta con su estómago y la presencia
brutal del tiempo único; las premisas universales
no cabían en ese espacio tan pequeño y exigente.

Lo llamamos Bobby por divertirnos y, también,
para que trajera hasta nosotros algunas migajas
de un país que codiciábamos. Hasta tal punto éramos
pobres que su sola presencia constituía un lujo
que jamás imaginamos que llegaríamos a merecer,
al fin y al cabo. Éramos pobres, tanto que la limosna
de sus ojos percibiéndonos —si no con devoción
sí con afable tolerancia— nos parecía un caudal casi
inagotable y un luengo láudano para el cuantioso dolor
y la cuantiosa humillación que poseíamos: única
hacienda que se nos dejaba en compasivo usufructo.

Debo admitir, lo admito, que la fidelidad promiscua
de Bobby logró reconciliarnos con el reino rijoso
de este mundo, al que veíamos, o tal vez sentíamos,
como un espantajo indescifrable, pero todavía nuestro.

Un día lo echaron a pedradas o se fue sin más —ya
no me acuerdo—: para nosotros resultó difícil evitar
sentir su suerte como una envidiable posesión:
ser aborrecidos, qué alegría, como incómodos animales,
como objetos, al menos, cuya sola forma es execrable
y sin embargo nadie se atreve a cuestionar, a lo sumo
expeler hacia su propia suerte andrajosa, y poco más.

Naturalmente Bobby no volvió. Supongo que el camino
ya era parte inextricable de sus libérrimas cuatro patas
o del vigoro olfato que ceñía la existencia a su cuerpo
con la misma decisión que las palabras nos atan al aire
y al marasmo, a la bocanada que es mosca en boca abierta.

Durante un tiempo extrañé —extrañamos— la simple realidad
que su cuerpo, al moverse, maniataba; como si el margen de las cosas
hubiese dependido siempre de la contracción de sus pulmones
que al respirar las sujetaba. Nosotros, los judíos, nos quedamos
sin aquel único escombro que daba proporción y tamaño,
no obstante, a nuestro espíritu. En cambio los insignes
alemanes perdieron sin demasiado protocolo al último kantiano.





[Noelia]

¿Y quiénes éramos adolescentes así; tórridos
por no hablar, con las palabras rodando
hacia la consumación temprana
de unos cuerpos que aún no sabían arder?

¿Qué animal era en los ojos, qué fruta
la de los dedos si sólo la timidez
colgaba de ellos como un sol
que podía cuchichear adentro de nosotros?

Eras el primer poema, la punta
de exaltación asomando a los labios,
el sabor presentido de una saliva
llena de aromas inocentes. Tú sobre ti;

haciendo de aquellas veces un abrevadero
para el caballo de todos los sueños
a punto de relinchar, sacerdotisa
núbil de tantos y tantos años por vivir.

Eras. Y así fue como supe que respirar
tiene que ver a veces con la perfección.



[Gera]

Fueron años que ahora me cuesta recordar
sin confundirme, la memoria tacha encima de lo escrito
y abre zanjas con otra letra imposible de leer.

Te conocí en el taller de poesía de la Universidad
Católica; hoy no podría separar
aquellas horas, con su urdimbre fresca de palabras
y cauce lento, de estas, donde la remembranza
tiene su propio cuerpo lacrado por la imagen.

Adolescente fui en días idénticos a nubes
pero el organismo es un armario
en el que hemos ido guardando las páginas
del sol, los utensilios de la sangre,
devorados por el errar y la húmeda penumbra.

Era la piel como un vaso exacto
queriendo estar colmado por los excesos
de otra sed; cada palabra nombraba
con sus propios dedos el éxtasis vacío de las formas
que estallaban como elásticas semillas
muy cerca de la tierra y del jadeo.

Te fuiste a Ucrania para que la nostalgia
reescribiera cada uno de los árboles de Caracas
con una caligrafía semejante a la ceniza.

Hubo pájaros merodeando tu no estar, música
de Alexander Scriabin y poemas de Cernuda:
estas líneas escribo,
únicamente por estar contigo.
Luego me fui yo (¿venimos, vamos?). Supongo
que nuestras vidas han
ido siendo, cada una por su justo lado, ese río
que irá a dar a la mar
amoratada, pero el morir es diario

y sólo conseguimos entendernos si hablamos
el idioma del musgo y de los huesos.







[Gera]

Todo o nada —dijiste, con los labios
apretando fuertemente una porción de aire
que parecía ser el último o el primero—:
si no es la música encarnada
por la vibración arborescente de mis dedos,
si no es eso, más el abismo deslizándose
viril sobre mi nuca —dijiste—, con su hervor
de pequeña muerte que alimenta, entonces
prefiero la sangre seca de un tirón,
abruptamente entre mis venas como un pequeño
río que ya sólo arrastra el hediondo fluir
de la ceguera. Así te recuerdo, erguida
para no darle gusto a la derrota, árbol
en el que las palabras maduran por su cuenta
y no admiten otra cosa que la disciplina
del furor o el desafío.
Todo o nada —dijiste— y que las estrellas
hagan mi equipaje
en este irrevocable itinerario hacia los órganos
difíciles de la flama, hacia el nudoso
descenso donde el piano es carne y es,
de un modo único, Dios o su viscosa sombra.






[Belinda]

Blanca era tu fabla y en tu boca aún el susurro
era nieve.
Sé que estabas en la transparencia
como si otra cosa no conocieras,
como si desde ella la sangre te dibujara
en su delicado tránsito
todo cuanto hay de mirlo en las palabras.



[Iulia]

Al caminar, una luz de diamante
ata tu cuerpo volátil
a la decana fijeza de lo blanco.






[Gera]

Y otra vez Prokofiev deslizándose
por entre las ramas del almendro,
susurrando una consonancia de la carne;
otra vez tú, restituida al resplandor
de una sonrisa momentánea y lúcida,
venida de otra edad, de otro
estremecimiento en la orilla misma
de existir, rítmica en la sombra
y en el éxtasis. Otra vez la música
de las esferas, aquí, en la palma de mi mano.






[Elisa]

Íbera (o tal vez fenicia) por la redondez
altiva de tu piel
escrita con esmero por los dioses.

Tu boca es un signo, una contraseña
para desentrañar el tiempo
y su rojez nítida;

como si pudiera tocarse lo invisible
desde ella
y romperlo en mil astillas
perfectamente maduras y oleosas.

Lo sé porque, al no poder besarte,
la muerte baila
en los alrededores
de mi lengua
como tejiendo palabras en desorden.