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martes, 12 de agosto de 2014

FERNANDO DENIS [10.882]



Fernando Denis 

(Ciénaga, Magdalena, Colombia 1968). Ha escrito La criatura invisible en los crepúsculos de William Turner (1.997), considerado uno de los mejores libros publicados en Colombia durante el siglo XX, Ven a estas arenas amarillas (2004) y El vino rojo de las sílabas (2007). Su poesía ha comenzado a despertar interés dentro y fuera de su país, y su libro, La geometría del agua, publicado por Grupo Editorial Norma, presentado en la Feria del Libro de Buenos Aires, y en Maguncia, Museo de papel, grabado y estampa de Argentina, se está traduciendo al inglés, al francés, al alemán, al ruso y al bengalí. Contemporáneos como William Ospina (Premio Rómulo Gallegos 2008), Juan Gustavo Cobo-Borda y José Ramón Ripoll coinciden en señalar que Fernando Denis es una de las voces actuales más originales en la poesía de América Latina. Se preocupa también por el paisaje exterior, como el que contienen las tonalidades de la naturaleza. Algunos de sus poemas se inspiran en las pinturas crepúsculares de William Turner. La cadencia y la sonoridad de sus poemas recrean imágenes, músicas y conceptos decimonónicos como el prerrafaelismo, corriente artística de la era victoriana que lo ha impresionado; en algunos poemas como los monólogos de sus personajes femeninos, las voces tienen mucha fuerza íntima. La embajada de Colombia en Delhi y la academia de letras de la India, Sahitia Akademy, editaron sus poemas en inglés y lo condecoraron como el poeta más representativo de su país y una voz literaria sobresaliente de las letras contemporáneas.







MÚSICA

No solamente has sido música para encontrarte. 
También tu canto enrojeció los bosques donde fui forastero, 
donde bebí el agua dormida que reflejaba tu desnudez 
y los campos de uvas azules. 
Recuerdo que tu música en esas florestas era una piel. 
Música de Vivaldi, violines rojos, 
canciones de amor eterno, rojos aposentos para la ternura. 
Todos los pájaros de esta isla solitaria saben que tu música 
arrulla el silencio de la memoria mientras duermes. 

Y arde el rocío. 
Arden en la sombra de tu cuarto los felinos. 
Otra vez los gatos volvieron a tu sueño. 
Recuerdo aún qué albos eran al llegar la noche.
En los muros, en los tejados, 
las aves vigilan la luz de tu ventana, 
el sonido de tu voz 
Reflejando el tiempo en los cristales.





¿PUEDE EL ARTE SER INVISIBLE?

Aquello que te mostro la noche en su crepúsculo.
Tristán e Isolda 

Ya los sagrados mitos que conspiran
en el sueño del mundo te anuncian.
El tiempo invulnerable legó su clepsidra
a las estrellas,
y ese oro brillará toda la noche para urdir
otra y otra calle
cuya duración es mi miedo y mi esperanza,
mientras las horas cambian como el mar
y crece el verso que deberá acompañarte hasta el fin.
Los dos tallaremos en el instante,
en los colores del instante,
la forma que evocará nuestro destino
bajo el álgebra de Dios;
y será más virtuosa la soledad
cuando diga tu nombre,
y soñará el tiempo que ya te ha visto,
que eres igual a este abrazo inmenso.

Tú, con el mar ardiendo en los ojos, me dirás:
“Vine a mostrarte los colores de las cosas que sueñas”.

A punto de perderme en el incesante crepúsculo te diré:
“El color de perderme tus ojos después de haber leído Tristán e Isolda”.





LA CASA EN LA ARENA

¿Por qué no vienes ahora y miras
entre las acacias y los estanques
esta casa de oro viejo y de música
que levanté con un verso de Virgilio?

¿Por qué no tocas con tus lluvias,
con la sal de tus mares, con tus colores
traídos de regiones extrañas
la casa del sentido y del lenguaje?

¿Por qué no la decoras con tus palabras?
Mira la nube roja sobre la verdeante conífera
que arroja zafiros en el lago.
He habitado la soledad y la fiebre
en hermosos lugares
y en los espejos.

Entra en esta casa habitada por signos,
por sueños que han atrapado la densidad del mundo
y por niños que se esconden en tu mano.





RETRATO

Otra vez va creciendo la luna en la
sombra vegetal.
El sueño te despierta, anochece,
vives en los lugares donde respiro
y bajo la misma luz donde te leo.
En el espeso follaje sestea otra luz.
El otoño; más allá, detrás del río
que es fiebre y juventud, el mar olfatea
el tiempo de los cazadores de aves
del Caribe
con colores más vivos.
Un viento estremecido de luz y arpegios
deslumbra en las aguas tus ojos
y tu boca
a punto de pronunciar tu nombre.
En la soledad mortal de los que trafican
con pájaros 
y con colores,
el cielo enrojece 
en los sensitivos paisajes de tu memoria.
En las azules atmósferas de las colinas
del norte.
Una niebla de cobre dibuja
mis manos, después el pecho y el rostro
allí donde tu deseo me hará recordarte.





LO QUE REMEDIOS DICE 

Estoy tan sola.
La lluvia llora y esos amarillos en los árboles
son pájaros.
No sé por qué el mundo me mira.
Me asomo en las mañanas al cielo de Macondo
y entonces cae la lluvia.
El cóndor observa con sus ojos móviles
mi cabeza rapada.
Sé que hay un espejo que se parece al agua.
Soy hija de la forma de los colores
y Remedios me llama.
No me gusta ser mirada porque sufren
y aún cuando soy hermosa nunca me veo.
Aquí en este mi cuerpo de niña
¿está acaso el paraíso?
He buscado la fealdad,
pero en cada palabra que digo se mueven las aguas
y hay luz en los robles
y la memoria de los hombres se detiene.
Podría ayudarme dar belleza a los poetas
¿y que el amor sueñe conmigo?
Ebria de mi niñez, de soledad y tiempo
espero en este baño
donde mi desnudez se prepara
para ascender y hablar con el cielo.





LO QUE DICE UN ORNITÓLOGO PRERRAFAELITA

Pienso en mi dorado siglo diecinueve.
Aquí cada verso reclama entre bosques lujosos
Y delicadas cumbres de seda
Los imperiosos colores que visten a la reina Victoria.
Bajo el sueño de rostros de doncella
El relámpago enciende mármoles y espejos.

Pienso en el mar del siglo diecinueve.
En ese enorme lienzo semejante al mar
Que estremece el lenguaje.
Todo sucede infinitamente en el esplendoroso 
Plumaje de un pájaro.
Pienso en el pájaro que está en la punta del pincel.

Y escribo esto porque escribir no es más
Que una reflexión sobre la muerte.
Ante esta luz que reinventa mi psicología
Debo en seguida crear mi propio mito
O me veré perdido en el mito de alguien
Que no conozco.

Si el cielo muriera conmigo en mis ojos  abiertos
Borraría el crepúsculo.
Podría ofrecerla a la reina este puñal ensangrentado
Después de mi suicidio.

Pienso en la muerte del siglo diecinueve.
Muero, quiero entrar en la metamorfosis.
Arriba los pájaros trazan la muerte de mi pupila.






ESCUCHANDO A HOMERO

De una tela de Darío Ortiz.

¿Dónde han quedado las voces, oh sombra?
¿El mar que las trajo, el verso y el terror, dónde están?
Entre arenales cuatro hombres me persiguen,
cuatro rayos que no pueden ver mis ojos apagados
a esta hora en que Grecia espera ser iluminada.
Caerá una lluvia de oro para las mentes.
Yo hablaré entre los mármoles y las velas con la voz de las islas,
les daré mi nombre a las cosas que al mar entregué.
El mensajero de los dioses me trajo la lengua griega,
el sabio consejo de Ulises.
Me dolió la suerte de los guerreros bajo la luna
que todavía sangra en las orillas.
Oh musa, háblame.
Ya que me has otorgado la edad y la antorcha
pero también el laberinto,
dime ¿cómo puedo negar algo tan bello?
¿Por qué detrás de los libros viajeros
la rosa aún conserva la forma que le diste?
Oh noche,  espejo, mar incansable resonando como una cítara,
puedo hundirme contigo ahora detrás del viento
y ahogar mi voz en los colores como los pájaros.





JUANA, RECOGEDORA DE CARACOLES NEGROS

Cuando detrás del caro cortinaje que corrige la luz del sol
y la de sus ojos, se riega la noche,
ella sabe dónde queda la fuente de grandes caballeros
de mármol, y en la hierba del claustro
empieza a recoger los caracoles.
Son los caracoles negros de la isla de K.
En su canasto de luminosas antenas, aún respira el olor
del invierno, o el olor de una lluvia que trepida
cuando es verano.
Y recorre los cuatro corredores de cuatrocientos años
que a su edad tan breve conoce de memoria,
Ignorando el falso mapa, el falso arquitecto,
el falso dios que la espera en el umbral rocoso,
sin puertas, de la mansión donde habita.
La noche llamea y en sus columnas corren los sonidos;
en el segundo relámpago ella descubre la estatua de bronce,
la gran noche de brillo y asombro,
y entre sus cabellos de falsas olas marinas
deja caer los caracoles negros que se pierden, pero sus
reflejos quedan como un destello único
ante el que despierta de súbito, y el recuerdo
sólo es una luz.
Ella está de rodillas.
Se levanta.
Y regresa. 




EL RELOJERO EXTRAVIADO

Siempre va y viene esperando la hora, sube y baja
los doce escalones de la escalera circular
y luego bebe agua en la sala
en un jarrón antiguo que gotea doce veces cada
veinticuatro horas.
Después de la última campanada de la iglesia de San Juan
recibe en su jardín la lluvia
para llenar el jarrón, y vuelve a la sala, a su taller,
y entre arenales termina la clepsidra.





UNA CARTA DE CAMILLE CLAUDEL A RODIN 

A Flora Martínez.

¿Dónde dejamos las palabras que una vez
Levantamos con barro y madera?
¿Quién puede quebrarlas ahora que el otoño
revienta en los campos
y se oxidan los ríos y los árboles con otro
fuego más profundo? 
Hay algo de ese fuego en los muros del manicomio.
Hay mucha tristeza en esa fuente que mana
el agua del olvido,
no la fuente que vi en tus ojos cuando me besaste
y yo me ahogaba.
No creo que otro monólogo pueda decirlo,
no esa misma soledad embriagando
el delirio de estos colores. 
Dejo el cielo junto a los jardines de Francia,
en aquellos ojos tristes que me ven
cuando quiebro el horror que te hizo bello.
¡Oh Rodin! La muchacha en llamas se está despidiendo.
¿Cómo sabías que había gente dentro de esa gran piedra blanca?,
me preguntó un niño que me vio llorar
con su lindo gato en los brazos.
No sé lo que ocurrirá después,
no conozco otro infierno donde pueda esculpir tu rostro
sin que tu ambigua mente de piedra me haga daño 





PIRANESI, CANTO DE PIEDRA

Aquí, ya estás aquí, canto de piedra.
Se abre entre tus muros un golfo de ojos, 
lleno de cantos antiguos 
y de voces, voces antiguas que encienden los oídos del romano.
Aquí siempre esa silueta, esa mano de mármol 
recorriendo las calles, 
dejando un color violeta en los espejos, 
narrando las fuentes con susurros, 
los balcones y las azoteas con voz de madera, y enfureciendo 
los jardines con violines rojos después de la lluvia.
Nadie se ha sentido tan herido en Roma, nadie ha visto 
esa música incesante que se desangra en el crepúsculo.
En la piedra quedó el dibujo que arrastró el mar hasta la orilla, 
el rostro de una niña griega que iluminaron los relámpagos.
Sé que hay música roja en este otoño en los patios, en las arenas 
donde ella caminaba.
Piranesi soñó que dejaba la escultura en el desierto.
Y después en el mar de Venecia, en ese prodigioso 
laberinto de las aguas.
Herido por las simetrías, en un cuarto rojo habla con las sombras.
Las injurias recordándoles que su morada está en la luz.
Y se duerme en el suelo, rendido, sobre los planos 
ominosos de sus cárceles,
mientras en su cerebro se repite el bullicioso 
canto de los pájaros. 
En el sueño traza la geometría de las cosas, 
derrite las auroras de Italia sobre las ciegas imágenes.
Y siente su propio fantasma atravesando 
los jardines nocturnos como una luna,
en el huerto la unánime luz del crepúsculo 
deja tatuado al pavo real. 
Y él mira de nuevo el cielo esparcido como un campo 
en llamas. 
Acaso ese cielo cotidiano es un bosque milenario
y hay que llevarlo en los ojos, 
hay que llenar los ojos de memoria.
Y siempre despierta bajo la catedral en penumbras,
y los vitrales magníficos le recuerdan
el campo estremecido en la noche por las lámparas de oro. 
Abre su puño 
y descubre en su mano abierta el plano del laberinto. 





OTRA VERSIÓN DEL MAR

En los sitios donde la espuma teje su tela de araña, su manto azul,
su verdeante enciclopedia de luz y de sombra y de abismos,
el mar traza la geometría del agua,
y de su grave herida roja brota un crepúsculo manchado
de tierra y de cielo: gritan los acantilados de mármol, brama el mar
en el cuenco y en la palabra, en la luz de su tumba,
lima sus lenguas y sus dialectos de oro,
y su oro estremece mis días en la orilla, mi desesperada biografía de escribano,
mi cansada geografía de parajes anónimos,
de bosques y llanuras junto al violeta salvaje
donde deja sus huevos el pez leñador,
estremece mi tiempo alucinado de fabricante de relojes de arena,
los pájaros que llevo dentro en mi vida de árbol,
los nombres que llevo grabados para siempre
en mi vida de piedra.





UNICORNIO

Hay un mar detenido junto a la página gris
de San Juan de la Cruz,
hay un color violeta trenzando dos fuegos,
anudando los sueños del domador de serpientes,
hay una herida en el recuerdo del pájaro carpintero,
en la madera de sus violines,
hay un espejo en el fondo de un arroyo,
hay un sable ensangrentado, un jinete de bronce que llora
y una lágrima en la piel de un caballo,
hay una risa en un sótano,
hay un negro caracol que baja las escaleras de caracol
de un templo,
hay un ejército de salamandras esperando a los romanos
junto a la hoguera,
hay un cielo de octubre sobre una lluvia de marzo,
hay un cántaro en la noche lleno de rojas cigarras.
Y detrás de estas imágenes
te veo a ti desenredando tus cabellos
del cuerno del unicornio.





EL HEREDERO

Mientras hablo el lenguaje de los trece alfareros junto a tu puerta
para darte la vasija del agua que te bañe, el canto de barro y el amor,
mientras hablo el idioma de las siete reyes ansiosos
que me envían con sus cartas,
mientras transcribo las fórmulas de los cinco alquimistas que llenaron
mi bolsa de oro,
mientras soy el mensajero de los doce apóstoles que me envían
a traerte la palabra, el bálsamo del mundo,
yo soy el hijo del lenguaje y verás en tu palabra mi esplendor:
en el vivo y refulgente plumaje del ala del pájaro seré un color,
en la margen del rio de escarcha y de fuego seré una huella,
en el oro terso de la empuñadura de la espada seré el brillo,
en el espeso follaje del bosque donde alucina la mandrágora
y hiere el espino salvaje, seré el crepúsculo,
en la cadencia misteriosa de cada gesto tuyo seré la caricia.





VERANO

En colaboración con William Ospina.

Un cielo me habla de otro cielo,
una luz que corrige las horas,
los gritos de la roca del sacrificio,
alucinado pastor de sueños.
Atravesemos el huerto del ahorcado.
Despacio, es por aquí el camino al puerto
y a la nave.
Tus pasos resuenan en las islas.
Habrá otros azules,
otra forma de mentirles a los rojos espejos.
Con sal en los labios he de recitar cada minuto de tu huida,
cada parpadeo tuyo junto a los lagos,
cada asombro bajo la encendida cabellera,
bajo el tumulto de los bosques.
Al alba ya ladran los mastines de piedra,
graznan los cuervos polvorientos.
Quema todo tu oro en nuestra sangre, oh verano.





CINEMATÓGRAFO

A Carlos Mayolo y Pacho Bottia.

Todas las imágenes del mundo
en un cuarto vacío, en un alucinante
salón de sueños.
Todas las palabras reunidas
en unos labios que quieren dar
con el verso que retenga
para siempre
tu primera imagen.
Todos los lugares pasan como el sueño
como si estuvieran en cintas negras,
en la extrañeza de una pared
donde empieza el mundo...
Poco a poco va creciendo una música
que durante siglos arde
y devora el tiempo.
Todas las imágenes que no conservan
en sus cámaras los espejos
vivirán para ti algo
más hermoso que la vida
y te darán los ojos.





¿AMAZONA O WALKIRIA?

En las orillas de tus ojos, en las orillas de los ríos, la noche trascribe tu memoria.
Yo recojo los restos de luz y de sombra y de colores que al alba me regalan los bosques.
Bajo lentamente por el canto de la llama y me detengo  en la soledad de tus manos.
En tus manos levanto mi carpa. En tus manos leo la historia del mundo.
Tu nombre me trae los murmullos de una ciénaga remota al atardecer,
sus fábulas  envueltas en papiros de sal bajo los almendros de las playas,
su olor a hierba quemada por  relámpagos, por crepúsculos, por salamandras.
Los manglares gimen bajo el rastro de tu mirada, bajo el rastro de tu sueño,
mientras la noche abreva tus caballos en un verso de Richard Wagner.
Quiero ser testigo  de tu  imagen en el agua, del agua de tu desnudez  invasora,
busco tu imagen tallada en el agua que baña los sembrados,
las espigas de oro viejo que a  mediodía se vuelven llamas,  
los platanales donde verdean  y las nubes,  los pájaros, el espino y  la soledad de mi madre.
El  cielo  baja con sus rojos leopardos y con antorchas  hasta tus ojos.
Yo me acerco  muy lentamente  al borde de tu cuerpo desnudo y brillo,
leo la sed guerrera en tus labios  luminosos,  abiertos a una roja palabra
y  lleno  mis cántaros vacíos  con tu  agua y con tus  besos.





ELVIRA

Se han roto los muros del amor, se han roto los espejos.
Bajo la conciencia del mundo aún vive el iris y la flor.
En la negra noche,
aún respira la canción salvaje en el  pecho del árbol
y el rojo bebe sus otoños,  y junto a ese bosque
donde la verja y el tiempo tienen su crujido, 
al pie de la tumba donde muere la noche
mi aliento de fuego no borrará la escarcha, mis manos ansiosas 
no tocarán tu ceniza; 
inútil serán para nosotros ahora las candentes plegarías tuyas
que en mucho tiempo quemaron mis oídos,
inútil el verso blanco en la negra noche, Oh hermano.
En alguna geografía del sueño
mi amor enfermará de amor como el tuyo, mi amor
Erguido bajo los inviernos deletreando lo incomprensible,
Tejiendo la madeja de la sombra para cubrirme del frío.
¿Dónde descansar el llanto y el deseo de diluirme con tú
En un verso?
¿Cómo apartar estas piedras, esta oscuridad, este miedo?
Ya el  azul  distante que tú nombrabas 
se ha vuelto una gris tormenta, un paisaje muerto
donde me despierta el graznido de sus cuervos.
Aquí estaré hasta que amanezca, hasta que el luto cierre mis ojos.
No bastará el mar para ahogar esta soledad, 
ni estará la estrella en lo inmenso para guiarme hasta la puerta.
Beberé insaciable las horas de este día misterioso, su miel delicada 
hasta que brote un capullo en mi garganta de tanto hablarte,
de tanto suplicarle a la piedra.
En tu corazón hambriento habrá un  sitio para mí 
al lado de una bala,  en ese complicado laberinto 
donde duerme el ruiseñor 
y al amanecer te regala su música inmortal.





JUANA

Usted no conoce las criaturas que atraviesan estas aguas en la noche,
no conoce las sombras que escriben en la orilla.
Bajo la rojiza cabellera del sauce
la luz va buscando su forma, va tocando con sus nudillos
los portales del  sueño,
camina con paso sereno de luna llena
hasta que penetra en mi buhardilla.
A la hora en que las barcas dormidas apagan sus velas
yo enciendo el arpa de ónice,
y mientras la noche va esculpiendo sus sábanas blancas
en los bosques,
en las casas donde el búho contradice el silencio  de los que duermen, 
el brillo de mi música va dejando caracoles dorados sobre la playa,
vientos que encienden el nácar de las cosas, el azul de las piedras.
Es verdad que pocos me conocen, casi nadie, sólo algunos
que no pueden vencer la curiosidad.
Soy una niña que viste de azul, que busca en la noche la caverna
donde el viejo cazador de libélulas
guarda las monedas de plata, la roja ouija de plata;
esa tabla que sirve para hablar con los muertos.
Si usted supiera cuántas cosas del otro mundo se esconden detrás
de mis palabras, cuántos misterios dormidos bajo las estrellas;
y  cuando cante el gallo, al alba, si usted fuera mi amigo, 
yo le mostraría los  poemas que me regala la que vive más allá 
de los manglares rojos, la mohana, la mujer del agua.
Parece que estuviera loca, por sus alborotados cabellos;
más de una vez la he visto cantando, arrojándole piedras
preciosas a la ciénaga.
Y  bajo la luna llena no hay una mujer más hermosa.
Dicen que nadie la ha visto, nadie en estos antiguos, reverdecidos
parajes de la tierra.
Dicen que son cosas mías, cosas de niños.
Pero yo la llamo con mi arpa de ónice, con mi música
que brilla en  la niebla





POEMA DEL CAZADOR DE AVES

Es  probable que el otoño ya haya madurado sus  hojas, que  haya enrojecido
los bosques y en las orillas del Magdalena  el viento recoja sus cáscaras doradas.
A esta hora ya debe ir detrás de tus huellas,  detrás de la fosforescencia 
que tus cabellos arrojan sobre los prados. 
En invierno yo buscaba tus ojos en los pantanos, tu risa de agua inundando
las estancias vacías, los estanques rebasados de colores  del otro mundo,
mientras abajo, en el  claro taller de metal y fuego, yo forjaba mi arma
para raptarte.
¡Cuántas veces pude encerrarte  con mis pájaros y siempre te me escapabas!
La noche urdía  su misterioso  destino, te vestía de luz y de sombra para que los astros
bajaran hasta tus manos blancas y te calentaran el rostro. 
¿Cómo puedo amarte si corres todo el día de un lado para otro y no logro detenerte?
¿Cómo besar tus labios llenos de canciones remotas, de sagas que repites  junto a los lagos,
de poemas  celtas que recitas de memoria?
Al alba me despierto ebrio en los graneros,  con mis ropas sucias por el hollín 
de la madrugada, y el aroma del mar me recuerda tu aliento,
Entonces me enveneno otra vez  de ti, de tu pureza infinita,  de tu ternura de árbol,
Y me arrojo a buscarte.  





EL PAJARO LECTOR

William Ospina  le contó a Juana la historia  del pájaro lector.
Era un animalito de dos patas y dos alas con cara de niño,
y ojos con ojeras marrones como anteojos.
Se comía la letra B de los libros de la biblioteca de Alejandría,
antes del incendio.
Cada día había menos libros en los estantes con la letra B.
¿Y por qué no se comía la doble V, por ejemplo?,
preguntó la niña, intrigada, con los ojos muy abiertos.
William  le respondió:
Juana, la doble V es un veneno para los pájaros lectores.





HIJA DE LA CIÉNAGA

El viento sobre el mapa me dicta tus pasos, la geografía que inventas
a cada instante.
Yo sé los rumbos, las puertas cerradas que se abren en otros versos,
y  en la mano tuya aún veo los astros, el tarot de tus huellas y tus lunares,
la estrella escrita en la plenitud de tu destino, 
la callada geometría de tu tacto sobre el mundo.
Soy hija de la ciénaga
y  en tus sueños resplandece mi larga cabellera de agua.
Podría decirles  que el amor estuvo aquí,
y que su verde enredadera te envolvía poco a poco
mientras la piedra te convertía en una estatua.
Oh, forastero, tú que trenzas la aurora 
y con magia en los labios sedientos me nombras;
tú que también enfermas de esplendor  mis oídos y mi noche, 
mira las sílabas tuyas  volando en las ramas, 
mira tu laúd de fuego durmiendo en las torres.
¿Cómo te digo los límites donde me oculté para soñarte,
la insaciable luna que gastó su moneda roja  en las playas?
Nunca te vi,  pero sé que en las noches mi música encontrabas;
mi mano se alargaba para llevarte en la espesura,
para ser guía y canción como Virgilio.
Acércate a la orilla,  alza la llama hacia tu noche.
¿Cuántas veces la letra en el agua  ha herido tus retinas?
¿Cuántas veces la ola  ha vociferado el nombre de su hija
bajo un cielo sin murallas?
La gitana del mercado de aves te dará el animal nocturno, 
te dará la aguja que te lleve entre las sombras desnudas
hasta el alba de cal y cenizas, 
y espera a que despierte tu laúd junto a los manglares
y podrás encontrarte conmigo.





AJEDREZ

Blanca o negra la tinta
con la que escriba tu nombre
siempre ganarás nuestra partida.





ATRIO

Escribo para que la luz de la escritura grabe en el sueño la voz de la piedra, 
la voz del espejo quebrándose bajo el invierno de las ciudades, 
la voz del rayo en la sombra del animal salvaje,
la voz antigua que perdura  en el arte, 
en la mano cóncava que me devuelve su imagen sobre el papel en blanco,  
ya convertida en luz y en palabra.
Velo junto a  la  palabra y quedo  rendido en su regazo, en su cóncavo reflejo, 
y allí sueño que soy  el mismo que viaja a diario entre sus verdes y amarillas metáforas 
como un pájaro, que canto y mi  voz medita  bajo su llama.
¿Cómo entrar al poema? ¿Con qué manos para esculpirlo, para levantar su torre? 
Abro el mapa, busco la geografía de tantos años, tanta luz escrita en las sombras, 
y más abajo, a orillas de un mar casi abstracto, detrás de un patio con dos palmeras 
que dialogaban sobre el tiempo, allí estaba yo hurgando en los cajones, con mi linterna de niño o con una vela encendida  navegando en las tinieblas de mi cuarto 
en busca de un papel y un lápiz.
La historia de mi vida es casi la historia irregular de mi poesía. 
Sólo escribo para preservar un carácter, para intimar con una dignidad y una conciencia 
que congenie con la belleza del mundo, y en ocasiones capturar ese esplendor antiguo, 
esa magia única que sólo se percibe a través de la creación 
y que me devuelve el deleite de sentirme un verdadero hombre. 
Cada página requiere una proeza, una curiosa habilidad que represente una vivaz, 
una poderosa y sutil presencia del lenguaje, 
un temperamento agudo capaz de templar su violín 
y escuchar al ángel que está detrás de todas las cosas. 
¿Quién puso esa música en mis oídos desde muy temprano? 
¿Quién me visitó en las noches del trópico 
con la música del verso que enfermaría de esplendor y belleza mis oídos para siempre? 
Mi historia es casi la historia irregular de esa música, 
el secreto de sus imágenes esparciéndose  por las arenas de la playa como un rumor antiguo.





EL ESTANQUE DEL AHOGADO

¿Ves a esta hora las lámparas en el barro, las piedras blancas
Erigiendo leones en la sombra, las aguas esculpiendo
Montañas azules llenas de pavos reales y de astros,
El cielo con sus rojas heridas descendiendo sobre tantas rosas,
Sobre tantos oros enfermos,
Y el viento que agita el bosque desnudo, tortuoso,
Y muerde los almendros, y barre una casa 
De viejo color amarillo?
¿Ves los jardines vigilados por murciélagos,
Entre las verjas oxidadas, entre los matorrales,
Una cabeza de mármol en las manos de una niña,
Un fuego antiguo en sus ojos azules
Donde arden las islas, los desmesurados valles rojos
Que custodian halcones, y lunas, 
Y un cielo atrapado en dos arcos?
El alba se vuelve un abandonado granero en llamas,
Un sueño del paisaje, y después un zafiro.
Detrás de las arenas movedizas, detrás del mar y el trueno,
La tela resplandece, 
Brillan los violines de plata junto a la tumba,
Caen otros colores destrozados por el día
Y manchan un bello crepúsculo de Virgilio.
Mira esta música, este derrotado cuerpo, este rumor nocturno
Que busca tu mano de nieve,
Y sueña que corres  tras el increíble otoño que sangra 
Millones de estrellas
En el fondo del estanque donde estáticos tus ojos me miran.





MENANDUS

Hay un recuerdo entregado a la fiebre,  a la noche 
entre sus negros arbustos, y una bella arqueología de barro
emergiendo de tus manos diáfanas.

Despacio, debajo del siglo de Van Gogh,  arde
el último girasol, el más estimado color amarillo
sangrando junto a los rotos zapatos de un campesino
de Arles.

Y poco a poco, emergiendo del aire enfermo, 
una  oxidada luna va devorando las orillas  del autorretrato,
y él murmura en la sombra 
que entre el lápiz y el papel
hay un sendero que conduce al pozo donde el  azul piensa
en el violeta,
donde la que  dibuja en los espejos 
esconde sus bodegones llenos de iguanas. 





ABSTRACTO DE LA LECTURA

Se abre la noche, se cierran las puertas del mundo.
Donde otros seres habitan la enfermedad de tus espejos
otra noche va quemando sus orillas en hojas del árbol
de la demencia.
Colores aún no inventados por el fuego escriben en tus páginas
la ciudad que no recorriste,
sin letras, sin párrafos en los ojos del calígrafo.
El mar que ha dado memoria a tu olvido en los grabados
lentamente se ahoga en tu cuarto sin sombra.
Dormido ya sobre dibujos alucinantes,
sobre la geografía pintada del amor imposible
leerás con la lupa la luz del otro mundo,
la irrefutable luz que te borra del papel en blanco;
pero escuchas su bramido,
la soledad de aquel que te espera en los estanques,
en las cobrizas trampas de los sótanos,
ese mismo que trazó la mentira sobre muchos mapas
y escaló los muros y los arduos metales para robar el libro.
Entras de nuevo en la noche, en su roja sangre 
que arde como tinta en tu cabeza.
Entras en su bosque medieval
lleno de pequeñas criaturas que te leen 
en una lengua desconocida
la escritura del doble.









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