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lunes, 16 de septiembre de 2013

ALOYSIUS BERTRAND [10.505]


Aloysius Bertrand

Louis Jacques Napoléon Bertrand llamado artísticamente Aloysius Bertrand (n. 20 de abril de 1807 en Ceva, Piamonte, Italia - f. 29 de abril de 1841 en París), fue un poeta francés del Romanticismo.
Escribió una colección de poemas titulados Gaspard de la nuit sobre la que el compositor Maurice Ravel escribió una suite del mismo nombre basada en los poemas, Scarbo, Ondine y Le Gibet. Introdujo el género literario conocido como el poema en prosa e inspiró a Charles Baudelaire, como el mismo autor lo indica en el prólogo de la obra al escribir Spleen de París, con la finalidad de describir la vida moderna de modo tan pintoresco como Gaspard de la Nuit lo hace con la vida medieval.
Bertrand nació en Ceva, Piamonte, Italia y su familia se estableció en Dijon en 1814. Allí desarrolló un interés en la capital de Borgoña. Sus contribuciones a un diario local le llevaron al reconocimiento por Victor Hugo y Charles Augustin Sainte-Beuve. Vivió en París brevemente con poco éxito. Regresó a Dijon y continuó escribiendo para los periódicos locales. Gaspard de la nuit fue vendido en 1836 pero no fue publicado hasta 1842 después de su muerte por tuberculosis. El libro fue redescubierto por Charles Baudelaire y Stéphane Mallarmé. Hoy se considera una obra clásica de la poesía y literatura fantástica.

Gaspar de la Noche

Gaspard de la nuit es la obra principal del autor; inaugura el género del poema en prosa, consta de seis partes que a su vez se subdividen en varios relatos. Abundan las metáforas y la fantasía en cada uno de los relatos, que nacen de las anécdotas muy peculiares de los personajes de la época.


A este poeta del romanticismo se le reconoce como el padre del poema en prosa actual. Bajo el seudónimo de Aloysius Bertrand, publica en 1836 Las fantasía de Gaspar de la noche, un poema con tintes fantásticos y oníricos que acaricia los mundos olvidados de la Edad Media. Un poema que se vale de una prosa abundante en imágenes, de lenguaje rebuscado y una sonoridad cautivante.

El poema en prosa es llamado término, género o especie literaria. Los estudiosos todavía no logran definirlo. Pero ciertamente es una forma. A veces se le etiqueta como una herramienta novedosa, ese híbrido que surgió en los ismos y que algunos insisten en utilizar. Nada más errado. Su origen tal vez sea anterior al propio Bertrand y a la prosa misma; pero es este autor quien lo materializa.

Queda estar agradecidos con Charles Baudelaire, quien recuperó aquél escrito de 1836 —y que inspiró su Spleen de París— para el disfrute de académicos y adictos a esta forma de escribir poesía.



Primer libro: Escuela flamenca
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Aquí comienza el primer libro
de las fantasías de Gaspar de la Noche


I. Harlem

Cuando el gallo de oro de Amsterdam cante,
la gallina de oro de Harlem pondrá.

     «Las Centurias de Nostradamus».


Harlem, esa admirable bambochada que resume la escuela flamenca. Harlem, pintado por Juan Brueghel, Peter Neef, David Teniers y Pablo Rembrandt.

Y el canal donde el agua azul tiembla y la iglesia donde flamean las vidrieras de oro y el stöel* donde la ropa seca al sol y los tejados, verdes de lúpulo.

Y las cigiüeñas que baten alas en torno al reloj de la villa, tendiendo su cuello desde lo alto de los aires y acogiendo en su pico las gotas de lluvia.

Y el indolente burgomaestre que acaricia con la mano su mentón partido y el florista enamorado que se consume con la mirada clavada en un tulipán.

Y la gitana que se desmaya sobre su mandolina y el viejo que toca el Rommelpot* y el niño que infla una vejiga.

Y los bebedores que fuman en la lóbrega taberna y la sirvienta de la hostería que cuelga en la ventana un faisán muerto.


II. El albañil

El maestro albañil. Mirad estos bastiones, estos contrafuertes; se les diría construidos para la eternidad.

     Schiller, «Guillermo Tell».


El albañil Abraham Knufer canta, con la llana en la mano, andamiado en los aires, tan alto que cuando lee los versos góticos de la campana mayor nivela con sus pies la iglesia de treinta arbotantes con la ciudad de treinta iglesias.

Ve a las tarascas de piedra vomitar agua desde las pizarras al abismo confuso de las galerías, las ventanas, las pechinas, los pináculos, las torrecillas, los techos y armazones, que mancha con un punto gris el ala sesgada e inmóvil del terzuelo.

Ve las fortificaciones que se recortan en estrella, la ciudadela que se yergue como un gallina en medio de una hogaza, los patios de los palacios donde el sol seca las fuentes y los claustros de los monasterios donde la sombra gira en torno a los pilares.

Las tropas imperiales se han albergado en el arrabal. He ahí un jinete que tamborilea más lejos. Abraham Knufer distingue su sombrero de tres picos, sus cordones de lana roja, su escarapela atravesada por un alamar y su cola anudada con una cinta.

Todavía ve algo más, soldadotes que, en el parque empenachado de gigantescos ramajes, en anchos céspedes de esmeralda, acribillan a tiros de arcabuz un pájaro de madera fijado en la punta de un mayo.

Y por la tarde, cuando la nave armoniosa de la catedral se adormece, acostada con los brazos en cruz, distingue desde la escala, en el horizonte, una población incendiada por gentes de armas, que flameaba como un cometa en el azur.


III. El capitán Lázaro

Nunca serían excesivas las precauciones que se tomen en los tiempos que corren, sobre todo desde que los falsos monederos se establecieron en este país.

     «El sitio de Berg-Op-Zoom».


Se sienta en su sillón de terciopelo de Utrech Johan Blazius, mientras que el reloj de San Pablo repica mediodía en los tejados carcomidos y humeantes del barrio.

Se sienta en su banco de madera de Irlanda el gotoso lombardo para cambiarme este ducado de oro que saco de mi ringrave, que aún guarda el calor de un cuesco.

¡Uno de los dos mil que una sangrienta carambola de la fortuna y de la guerra arrojó, desde la escarcela de un prior de benedictinos, en la bolsa de un capitán de lansquenetes!

¡Dios te perdone! ¡El buitre lo examina con su lupa y lo pesa en su balanza, como si mi espada hubiese acuñado falsa moneda sobre el cráneo del monje!

Ea, pues, apresúrate, maese cornudo. No estoy de humor ni tengo tiempo para espantar a esos rufianes a los que tu mujer acaba de tirar un ramo por el ojo de la cerradura.

Y necesito echarme al coleto algún que otro velicomen, ocioso y melancólico desde que la paz de Munster me tiene encerrado en este castillo como a una rata en una linterna.


IV. La barba puntiaguda

Si no llevas la cabeza en alto,
la barba rizada
y el mostacho erguido
serás despreciado por las damas.

     «Las Poesías de d'Assoucy».


Pues bien, había fiesta en la sinagoga, tenebrosamente estrellada de lámparas de plata, y los rabinos, con túnicas y anteojos, besaban sus talmudes musitando, gangueando, escupiendo o sonándose, unos sentados, los demás no.

Y he aquí que de repente, entre tantas barbas redondas, ovaladas, cuadradas, que caían en copos, que se encrespaban, que exhalaban ámbar y benjuí, se hizo notar una barba cortada en punta.

Un doctor llamado Elebotham, tocado con un gorro de franela que destellaba de pedrería, se levantó y dijo: «¡Profanación! ¡Aquí hay una barba puntiaguda!».

«¡Una barba luterana!» «¡Un capote corto!» «¡Muerte al filisteo!» y la multitud pataleaba de cólera en los bancos tumultuosos, mientras el sacrificador chillaba: «¡Sansón, a mí tu quijada de asno!»

Mas el caballero Melchor había abierto un pergamino autentificado con las armas del imperio: «Orden —leyó— de detención contra el carnicero Isaac van Heck para que él, puerco de Israel, sea el asesino colgado entre dos puercos de Flandes».

Treinta alabarderos se destacaron a pasos pesados y resonantes de la sombra del corredor. «¡Fuego en las alabardas!», les gritó riendo el carnicero Isaac. Y se precipitó desde una ventana al Rhin.


V. El vendedor de tulipanes

El tulipán es entre las flores lo que el pavo real es entre los pájaros.
Aquél no tiene perfume, éste no tiene voz;
aquél se enorgullece de su vestido, éste de su cola.

     «El jardín de flores raras y curiosas».


Ningún ruido, a no ser el del roce de las hojas de vitela entre los dedos del doctor HuyIten, que no apartaba los ojos de su Biblia tapizada de góticas miniaturas sino para admirar el oro y la púrpura de dos peces cautivos entre las húmedas paredes de un bocal.

Los batientes de la puerta giraron: era un vendedor de flores que, con los brazos cargados de varias macetas de tulipanes, se excusó por interrumpir la lectura de tan sabio personaje. «¡Maestro le dijo, he aquí el tesoro de los tesoros, la maravilla de las maravillas, un bulbo como no florece más que uno al siglo en el serrallo del emperador de Constantinopla!»

«¡Un tulipán —exclamó el anciano enojado—, un tulipán, ese símbolo del orgullo y la lujuria que engendraron en la desdichada ciudad de Wittemberg la detestable herejía de Lutero y de Melanchton!.»

Maese HuyIten cerró el broche de su Biblia, colocó sus anteojos en el estuche y apartó la cortina de la ventana, dejando ver al sol una flor de pasión con su corona de espinas, su esponja, su látigo, sus clavos y las cinco llagas de Nuestro Señor.

El vendedor de tulipanes se inclinó respetuosamente y en silencio, desconcertado por una mirada inquisidora del duque de Alba, cuyo retrato, obra maestra de Holbein, colgaba de la pared.


VI. Los cinco dedos de la mano

Una honrada familia que no se ha visto nunca en bancarrota, en la que nadie ha sido jamás ahorcado.

     «La parentela de Jean de Nivelle».


El pulgar es ese gordo tabernero flamenco, de humor chocarrero y pícaro, que fuma a su puerta, bajo la muestra de la cerveza doble de marzo.

El índice es su mujer, virago seca como un bacalao que, desde por la mañana, abofetea a su sirvienta, de la que está celosa, y acaricia su botella, de la que está enamorada.

El dedo medio es su hijo, compadre desbastado a hacha, que sería soldado si no fuera cervecero y caballo si no fuera hombre.

El dedo anular es su hija, diestra e insinuante Zerbina, que vende encajes a las damas y no vende sus sonrisas a los caballeros.

Y el dedo meñique es el Benjamín de la familia, rapaz llorón que está siempre columpiándose de la cintura de su madre, como un niño pequeño colgado del garfio de una ogresa.

Los cinco dedos de la mano son el más maravilloso alhelí de cinco hojas que jamás hayan bordado los parterres de la noble ciudad de Harlem.


VII. La viola de gamba

Reconoció, sin asomo de duda, el rostro lívido de su amigo intimo Juan Gaspar Deboureau, el gran payaso de los Funámbulos, que le miraba con una expresión indefinible de malicia y de benevolencia.

     Teófilo Gautier, «Onuphrius»


Al claro de la luna,
amigo Pierrot,
préstame tu pluma
para escribir unas palabras.
Mi candela ha muerto,
ya no tengo fuego;
ábreme tu puerta
por amor de Dios.

Apenas el maestro de capilla hubo interrogado con el arco la runruneante viola, ella le respondió con un gorgoteo burlesco de gorgoritos y trinos, como si hubiera sufrido su vientre una indigestión de Comedia Italiana.

***

Era, primero, la dueña Bárbara, que gruñía al imbécil de Pierrot por haber dejado caer, el muy torpe, la caja de la peluca del señor Casandro y haber derramado por el suelo todos los polvos.

Y el señor Casandro a recoger lastimosamente su peluca, y Arlequín a soltarle al gaznápiro un puntapié en el trasero, y Colombina a enjugarse una lágrima de risa loca, y Pierrot a ensanchar hasta las orejas una mueca enharinada.

Pero en seguida, al claro de luna, Arlequín, cuya vela había muerto, suplicaba a su amigo Pierrot que abriera los cerrojos para volvérsela a encender, de suerte que el traidor raptaba a la joven junto con la caja del viejo.

***

«AI diablo Job Hans el guitarrero, que me vendió esta cuerda!», exclamó el maestro de capilla, recostando la polvorienta viola en su polvoriento estuche. La cuerda se había roto.


VIII. El alquimista

Nuestro arte se aprende de dos maneras, a saber: por la enseñanza de un maestro,
de viva voz y no de otra manera, o por inspiración y revelación divinas; o bien por los libros, que son muy oscuros y embrollados, y para en ellos encontrar acuerdo y verdad, mucho conviene ser sutil, paciente, estudioso y vigilante.

     Pierre Vicot, «La clave de los secretos de filosofía».


¡Nada aún! ¡Y en vano he hojeado durante tres días y tres noches, al pálido resplandor de la lámpara, los libros herméticos de Raimundo Lulio!

Nada, no, a no ser, junto al silbido de la retorta refulgente, las risas burlonas de una salamandra que ha hecho un juego de turbar mis meditaciones.

Tan pronto ata un petardo a un pelo de mi barba, tan pronto me dispara con su ballesta un dardo de fuego en el manto.

O bien bruñe su armadura y es entonces cuando aventa la ceniza del fogón sobre las páginas de mi formulario y en la tinta de mi escritorio.

Y la retorta, cada vez más refulgente, silba la misma tonada que el diablo cuando San Eloy le atenazaba la nariz en su forja.

Mas ¡nada aún! ¡Y durante otros tres días y otras tres noches hojearé, al pálido resplandor de la lámpara, los libros herméticos de Raimundo Lulio!


IX. Partida para el sabbat

Se levantó ella de noche y, a la luz de la vela, tomó una botella de cebo y se ungió; después, pronunciando ciertas palabras, fue transportada al Sabbat.

     Juan Bodln, «Sobre la Demonomanía de las brujas».


Había allí una docena comiendo la sopa en el ataúd y cada uno de ellos usaba por cuchara el hueso del antebrazo de un muerto.

La chimenea estaba roja de ascuas, las velas chisporroteaban entre la humareda y los platos exhalaban un olor a fosa en primavera.

Y cuando Maribas reía o lloraba, se escuchaba a un arco como gimotear en las tres cuerdas de un violín desbaratado.

Entretanto, el soldado extendió diabólicamente sobre la mesa, al resplandor del sebo, un grimorio al que vino a caer una mosca abrasada.

Aún zumbaba la mosca cuando con su vientre enorme y velludo una araña escaló los bordes del mágico volumen.

Mas ya brujos y brujas habían alzado el vuelo por la chimenea, a horcajadas quién en la escoba, quién en las tenazas y Maribas en el mango de la sartén.
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     Aquí termina el primer libro de las fantasías de Gaspar de la noche





Segundo libro: El viejo París
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Aquí comienza el segundo libro
de las fantasías de Gaspar de la Noche


I. Los dos judíos

Vieux époux,
vieux jaloux,
tirez tous
les verroux.

     Vieja canción.


Dos judíos, que se habían detenido bajo mi ventana, contaban misteriosamente con la punta de sus dedos las horas demasiado lentas de la noche.

«¿Tienes dinero, rabino?», preguntó el más joven al más viejo. «Esta bolsa —respondió el otro— no es ningún sonajero.»

***

Mas entonces, un tropel de gente se precipitó con alboroto desde los cuchitriles del vecindario, y sus gritos restallaron en mis vidrieras como proyectiles de cerbatana.

Eran unos alborotadores que corrían alegremente hacia la plaza del mercado, de donde el viento traía pavesas de paja y un olor a chamusquina.

«¡Eh! ¡Eh! ¡Tarararí!» «¡Mis respetos a la señora luna!» «¡Por aquí la cogulla del diablo! ¡Dos judíos en la calle durante la queda!» «¡Apaleo! ¡Apaleo! ¡Para los judíos el día, para los truhanes la noche!»

Y las campanas cascadas repicaban en lo alto, en las torres del gótico San Eustaquio: «¡Din-don, din-don, dormíos, din-don!.


II. Los mendigos nocturnos

A monsieur Louis Boulanger, pintor.

     J’endure
     froidure
     bien dure

     Canción del pobre diablo.


«¡Eh! ¡Alineaos, que nos calentemos!» «¡Sólo te faltaba subirte encima del hogar! Este bribón tiene las piernas como tenazas.»

«¡La una!» «¡Vaya cierzo!» «¿Sabéis, lechuzos míos, lo que pone a la luna tan clara?» «¡No!» «Los cuernos de los cornudos que allí queman.»

«¿Roja brasa para asar una zarbacoa!» «¡Qué azul danza la llama sobre los tizones! ¡Eh! ¿Quién es el rufián que pegó a su compañera?»

«¡Tengo helada la nariz!» «¡Y yo las grevas achicharradas!» «¿No ves nada en el fuego, Choupille?» «¡Si, una alabarda!» «¿Y tú, Jeanpoil?» «Un ojo.»

«¡Lugar, lugar a monsieur de la Chousserie!» «¡Aquí estáis, señor procurador, cálidamente abrigado y enguantado para el invierno!» «¡Ya lo creo! ¡Los morroños no tienen sabañones!»

"¡Ah! ¡He aquí a los señores de la ronda!» «Vuestras botas echan humo.» «¿Y los capeadores?» «Hemos matado a dos de un arcabuzazo, los demás escaparon por el río.»

***

Y así es como se codeaban ante un fuego de teas, con los mendigos nocturnos, un procurador del parlamento que andaba de picos pardos y los gascones de la ronda, que narraban sin reír las hazañas de sus maltrechos arcabuces.


III. El farol

La Máscara.- Está oscuro; préstame tu linterna.
Mercurio.- ¡Bah! Los gatos utilizan sus dos ojos por linterna.

     Una noche de Carnaval.


¡Ah! ¿Por qué se me habrá ocurrido esta noche que había sitio donde acurrucarme contra la tormenta para mí, duendecillo de canalón, en el farol de madame de Gourgouran?

Yo reía al oír cómo un espíritu a quien el aguacero empapaba, mariposeaba en torno a la mansión luminosa sin poder encontrar la puerta por la que yo había entrado.

En vano me suplicaba, ronco y aterido, que al menos le permitiera encender su torcida de cera en mi candil para buscar su camino.

De súbito, el papel amarillo de la linterna se inflamó, reventado por una ráfaga de viento que hizo gemir en la calle las colgantes muestras como banderas.

«¡Jesús, misericordia!», exclamó la beata, persignándose con los cinco dedos. «El diablo te atenace, bruja», exclamé, escupiendo más fuego que un buscapiés de artificio.

¡Ay! ¡Yo, que esta misma mañana rivalizaba en gracias y ornato con el jilguero de orejeras de paño escarlata del doncel de Luynes!


IV. La torre de Nesle

Había en la torre de nesle un cuerpo de guardia en el que se albergaba la ronda por la noche.

     Brantome


«¡Valet de trébol!» «¡Dama de picas! ¡Yo gano!» Y el soldado que perdía mandó su apuesta al suelo de un puñetazo en la mesa.

Mas entonces, micer Hugues, el preboste, escupió en el brasero de hierro con la mueca del avaro que se ha tragado una araña al comer su sopa.

«¡Puagh! ¿Es que los chacineros escaldan ahora sus cerdos a medianoche? ¡Voto a Dios! ¡Si es un barco de paja que arde en el Sena!

El incendio, que al principio no era sino un inocente fuego fatuo perdido entre las brumas del río, fue bien pronto una de mil diablos con disparos de cañón y venga de arcabuzazos al hilo del agua.

Una turba de bufones, de cojitrancos, de mendigos nocturnos, atraídos al arenal, bailaban gigas ante la espiral de llama y humo.

Y enrojecían cara a cara la torre de Nesle, de la que salió la ronda con la escopeta a la espalda, y la torre del Louvre desde la cual, a través de una ventana, el rey y la reina lo veían todo sin ser vistos.


V. El exquisito

Un perdonavidas, un exquisito.

     Scarron, Poesías


«Mis guías aguzadas en punta semejan la cola de la tarasca, mi ropa blanca lo es tanto como un mantel de taberna y mi jubón no es más viejo que los tapices de la corona.

¿Alguien se imaginaría jamás, viendo mi pimpante facha, que el hambre, alojado en mi vientre, extrae de él —¡el verdugo!— una cuerda que me estrangula como a un ahorcado?

¡Ah! ¡Con sólo que de esta ventana, en la que chisporroteaba una luz, hubiera caído en el ala de mi chambergo una alondra asada en lugar de esta flor marchita!

¡La plaza Real está esta tarde, con sus faroles, clara como una capilla! “¡Ojo a la litera!” “¡Limonada fresca!” “¡Macarrones de Nápoles!” “¡Ea, pequeño, trae que pruebe con el dedo la trucha en salsa! ¡Bribón! ¡Le faltan especias a tu pescado de abril!”».

«¿No es esa Marion de l’Orme del brazo del duque de Longueville? Tres perritos de lanas la siguen ladrando. ¡Hermosos diamantes tiene en sus ojos la joven cortesana! ¡Hermosos rubís lleva sobre la nariz el viejo cortesano!»

***

Y el exquisito se pavoneaba, la mano en la cadera, codeando a los que pasaban y sonriendo a las que pasaban. No tenía para cenar; compró un ramillete de violetas.


VI. El oficio vespertino

Quand, vers Pasques ou Noel, l’église, aux nuits tombantes
S’emplit de pas confus et de cires flambantes.

     Victor Hugo, Les Chants du Crepuscule.

Dixit Dominus Domino meo: sede a dextris meis.

     Oficio de Vísperas


Treinta monjes, espulgando hoja a hoja salterios tan grasientos como sus barbas, alababan a Dios y cantaban las cuarenta al diablo.

***

«Madame, vuestros hombros son un tejido de lis y de rosas.» Y como el caballero se inclinara, sacó un ojo a su criado con la punta de su espada.

«¡Burlador! —púsose ella melindrosa—. ¿Jugáis a distraerme?» «¿Es la Imitación de Cristo lo que leéis, madame?» «No, es la Berlanga de Amor y Galantería.»

Mas ya el oficio se había salmodiado. Ella cerró su libro y se levantó de su silla. «¡Vayámonos —dijo— bastante he orado por hoy!»

***

Y a mí, peregrino arrodillado a solas bajo el órgano, me parecía escuchar cómo los ángeles descendían melodiosamente del cielo.

Yo recogía de lejos algo de los perfumes del incensario y Dios permitía que espigase el grano del pobre tras de su rica cosecha.


VII. La serenata

De noche, todos los gatos son pardos.

     Refranero


Un laúd, una guitarra y un oboe. Sinfonía discordante y ridícula. Madame Laura en su balcón, tras una celosía. Ningún farol en la calle, ninguna luz en las ventanas. La luna con sus cuernos.

***

«¿Sois vos, d'Espignac?» «¡Ay! No.» «Entonces, ¿eres tú, mi pequeño Flor de Almendro?» «Ni uno ni otro.» «¡Cómo! ¿Vos otra vez, monsieur de la Tournelle? ¡Estáis buscándole tres pies al gato!»

LOS MÚSICOS PARA SU CAPOTE.— «El señor consejero va a pescar un resfriado.» «¿Pero es que el galán no teme al marido?» «¡Bah! El marido está en las islas.»

Entretanto, ¿qué cuchichean juntos? «Cien luises al mes.» «¡Encantador!» «Una carroza con dos heiducos.» «¡Soberbio!» «Un palacio en el barrio de los príncipes.» «¡Magnífico!» «Y mi corazón forrado de amor.» ¡Oh! ¡Será una linda pantufla en mi pie!»

LOS MÚSICOS SIEMPRE PARA SU CAPOTE.— «Escucho reír a madame Laura.» «La cruel se humaniza.» «¡Ya lo creo! ¡El arte de Orfeo enternecía a los tigres en los tiempos fabulosos!»

MADAME LAURA.— «¡Acercaos, encanto, que os deslice mi llave en el lazo de una cinta!» Y la peluca del señor consejero se empapó de un rocío que no destilaban las estrellas. «¡Eh! ¡Gueudespin! —gritó la hembra maligna cerrando el balcón—, cogedme un látigo y corred aprisa a secar al señor.»


VIII. Micer Juan

Grave personaje cuya autoridad anunciaban la cadena de oro y la blanca vara.

     Walter Scott, El Abad, cap. IV.


«¡Micer Juan, le dijo la reina, id al patio de palacio a ver por qué esos dos lebreles libran batalla!» Y él fue.

Y cuando allí estuvo, el senescal increpó severamente a los dos lebreles que se disputaban un hueso de jamón.

Mas ellos tironeando de sus negros gregüescos y mordiendo sus medias hojas, dieron con él en tierra como con un gotoso encima de sus bastones.

«¡Hola! ¡Hola! ¡Ayuda!» Y los partesaneros de la puerta acudieron, cuando ya los hocicos de los dos flacos habían vaciado la apetitosa escarcela del buen hombre.

Entretanto, la reina se moría de risa desde una ventana en su alto griñón de Malinas, tan rígido y plisado como un abanico.

«¿Y por qué disputaban, micer?» «Disputaban, madame, porque uno sostenía contra el otro que vos sois la más bella, la más sabia y la más grande princesa del universo.»


IX. La misa de gallo

A monsieur Sainte-Beuve.

Christus natus est nobis; venite, adoremus.

     Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.

Ni lugar ni fuego habemos.
Dadnos lo que Dios nos concede.

     Antigua canción


La virtuosa señora y el noble sire de Castelviejo partían el pan vespertino, y el señor capellán bendecía la mesa, cuando se escuchó ruido de zuecos en la puerta. Eran unos rapaces que cantaron un villancico.

«¡Virtuosa señora de Castelviejo, apresuraos! La multitud se encamina hacia la iglesia. Apresuraos, por temor a que el cirio que arde sobre vuestro reclinatorio, en la capilla de los Ángeles, no vaya a apagarse, cubriendo con las estrellas de sus gotas de cera el libro de horas de vitela y cojín de terciopelo. ¡Ya suena el primer toque de campanas de la misa de Gallo!»

«¡Noble sire de Castelviejo, apresuraos, por temor a que el sire de Grugel, que camina allá lejos con su linterna de papel, no vaya a apoderarse en vuestra ausencia del puesto de honor en el banco de los cofrades de San Antonio! ¡Ya suena el segundo toque de campanas de la misa de Gallo!»

«¡Señor capellán, apresuraos! ¡EI órgano brama, los canónigos salmodian, apresuraos! ¡Los fieles están reunidos y vos aún estáis a la mesa! ¡Ya suena el tercer toque de campanas de la misa de Gallo!»

Los niños se soplaban los dedos, mas no se cansaron mucho tiempo esperando. Y por encima del umbral gótico, blanco de nieve, monseñor el capellán les regaló, en nombre de los dueños de la morada, a cada uno un barquillo y una moneda.



Entretanto, ya ninguna campana tañía. La virtuosa señora sumergió en un manguito sus brazos hasta el codo, el noble sire cubrió sus orejas con un birrete y el humilde preste, encapuchado en una muceta, echó a andar detrás, su misal bajo el brazo.


X. El bibliófilo

Un Elzevir le causaba dulces emociones;
mas lo que le sumergía en un arrebato extático era un Henri Etienne.

     Biografía dc Martin Spickler


No era ningún cuadro de la escuela flamenca, un David Teniers, un Brueghel del Infierno, ahumado hasta no verse ni al diablo.

Era un manuscrito roído por las ratas en los bordes, de escritura toda enmarañada y de tinta azul y roja.

«Supongo que el autor —dijo el Bibliófilo— pudo haber vivido hacia el final del reinado de Luis doce, aquel rey de paternal y enjundiosa memoría.»

«Sí —continuó con aire grave y meditabundo— sí, debe haber sido un clérigo de la casa de los sires de Castelviejo.»

En este punto hojeó un enorme in-folio que llevaba por título: Nobiliario de Francia, en el que no encontró mencionados más que a los sires de Castelnuevo.

«¡No importa! —dijo un poco confuso—. Castelnuevo y Castelviejo no son sino un mismo castillo. De igual forma, ya va siendo hora de rebautizar al Puente Nuevo.
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     Aquí termina el segundo libro de las fantasías de Gaspar de la noche


LEER EL RESTO:  http://osiazul.weebly.com/





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