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viernes, 13 de enero de 2012

5807.- LUIS ANTONIO BEDOYA



LUIS ANTONIO BEDOYA
Nació en San José, Costa Rica, el 5 de marzo de 1975. Desde muy joven, se ha dedicado a la poesía, la prosa y la música. En 2008, obtuvo el Premio UNED de Cuento, por su obra El amor de Yu. Hasta la fecha, ha publicado con esa misma editorial la colección de prosas Los relatos paganos. Otras obras suyas son la colección de poemas La posesión de este mundo y el poema largo El sol. Su última obra se titula Blanco, un poemario. Bedoya también es músico y dramaturgo, ha escrito y estrenado dramas como Himnos sacros y canciones paganas y la tragedia Seleme (San José, CR, 2009), donde se ha encargado de la dirección y las partituras. Actualmente, Bedoya reside en San José y enseña latín en el colegio; asimismo, lleva un blog llamado Cuadernos de literatura de Luis Antonio Bedoya (www.bedoyapoesia.blogspot.com).




LA OTRA VIRGINIDAD


Tras una lectura de Rimbaud


Aprendía a ver la primavera con los ojos del mar,
tras de mí no quedó un horizonte semejante.
Obedece mi corazón los signos oscuros, imposibles;
en marcha van mis amigos, sobre cerros mágicos.
Yo jamás pude encontrar la verdad.
Todos ellos cargan guirnaldas tejidas del dolor.
Sigo atascado ante una vastedad,
mi corazón llama a Mario al través de olas y olas.
Apúrome a calzar los algodones y a componer la chamarra,
cargo en mí a todo un siglo lejano, como a una guirnalda.
¿Quién, mejor que yo, por piedad, dará fe de que no existen
montes más plateados que aquellos donde danzan tranquilos
mis amables camaradas. Esta misiva es ardua, ya sin voz.
Sobre los pinos bamboléanse hordas de palomas,
pinos verdes y dorados, ¡rojos! Las palomas, como el mar.
Llenar las horas que me sobran con alucinaciones:
ello es una cuestión harto urgente… Dominio de la luz.
Si se es invencible junto a un lebrel –aún muy quieto-
¡cómo no celebrar la madrugada asaz dormido!
Crisálida violenta, primogénito del Sol. Yo callo.
Tu arma en mi pecho… toma también esta luna
verde de mi piel toda, oh caricia desvaída;
tus ojos negros –que han de ser muy negros.
Toma también mis lágrimas lloradoras de tu ausencia,
toma mi bolsa, toma mi aliento ¡melifluo saqueador!
¡Quién a trueque tomare tus labios desgarrados!
¡Sujetar tu corazón oculto, compás de todos los trenes!






El horizonte tras de mí. El horizonte invisible. El horizonte.
El laberinto. El horizonte del domingo, séptimo día,
igual que un cementerio en medio de la ciudad muerta.
Yo sólo quiero el mar.
Yo sólo quiero el sol.


(epílogo o…)








¡Juego con tus fauces, oh Destino!
Pues si osado no me empeño,
nada hay así que me divierta.




(De: La posesión de este mundo)








PRIMER INTERSTICIO


Igual que un gnomo acurrucado
arrojo, festivo, espléndido el desorden,
los cuadernos de mi vida –sus páginas desnudas.
El polvo sobre el cello y los puchinelas
-bello estertor- carcomen los muros, como páginas.
Debo a la velocidad del viento
mis últimos arrebatos de fe.
El viento ataca mi angustia y la arrastra…
al mar profundo, tan lejano.


La venda se descorre. Bajo la intensidad del cielo
multitud de aves errantes mueren su holocausto.
He aquí el cielo de los Eternos y los niños,
los conjurados contra el Padre y sus falanges de sangre.
El viento del septentrión arranca las páginas voladoras,
el viento que consume al mundo. Mi venda vuela lejos.


Ese niño contará toda la Historia,
ese niño quebrará los ojos helados del tiempo,
ese niño canta con versos fúnebres,
-ese niño- versos fúnebres y quebradizos,
versos de los niños quebrados, rotos;
versos como niños en la orilla del tiempo.
Ese niño es el Sol.


Agobia mi vaso el ruido,
mis nervios se erizan como el fuego en la cumbre,
mi corazón es un bostezo de huérfano,
una corona de flores que hace sangrar a los Cristos;
yo mismo, un Cristo, formulo proporciones
que conjuran el silencio. Llevo manchas cual trofeos.




Un escoliasta, aborto de la idea,
es blanco de mis páginas sangrantes;
así, la luz, mi puñal, lo espanta
como al perro de la calle, menos garboso.
(Tú, oh señor del Éter, ahuyéntalo aún más lejos)
Mi vida todavía no comienza. Empezaré a vivir callando.


Los cuadernos por todas partes, como muertos soldados,
los niños pisan sus páginas abigarradas
en su lúdica carrera. El escoliasta los persigue,
en vano los persigue… y el gnomo enfadado
llora en medio de la devastación, fúnebre
como un canto de madre y al viento espera
entre sonrisas que ciñen su angustia de monstruo.


En tanto la niebla cubría puentes y casas y toneles,
envuelve a los tímidos fantasmas
de este antiguo cementerio.
Yo quiero cantar a los astros rotundos,
celebrar su ciclo perfecto con vítores
y fuego, con trompas y oratorios;
y veré mi fantasma enorme
entre las llamas del levante.


El gnomo ha perecido y, ahora, es ánima de hada,
arrastra las congojas de los niños que de sueño
bostezan versos locos y escarlatas;
el gnomo ya es viento, ya es hada, ya es luz.


¡Calle la música del cello gualdo
en mi memoria desmenuzada por el tiempo;
entiérrenme las brumas del panteón
y su fatal sencillez de colono;
llámenme a las huestes de los huérfanos,
a su coro de sombra y aburrimiento!
Mi corazón es espuma herida
y helado yace su aliento
en un camino abandonado.


(De: El Sol)








NOCTURNO


Una meretriz dejó tibias
sus lágrimas en mi calesa,
al golpe del bastón robusto.


En la puerta un hombre moría
con su cara del mundo enorme;
yo dormí con su sino infecto.




En los parques de jovencitos
aquel vampiro sonrojado
muestra su costado sangrante.


Yo, puta de viril locura,
clavo los abúlicos cetros
como los lobos el colmillo.


¡Beba yo de su ojo negro,
Satán enhiesto como un roble,
del precipicio en la cornisa!


La sangre cuelga lujuriante
de mis dos ojos arrancados,
y baña el pecho de un mendigo.


¡Ese era su nombre, Julia!
Como se nombra al paraíso…
y yo agobié su caro néctar.


(De: Blanco)