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viernes, 13 de enero de 2012

5808.- MAURICIO VARGAS ORTEGA


Mauricio Vargas Ortega (Santa Ana, COSTA RICA 1971). Se graduó en la Universidad de Costa Rica (UCR) en el Bachillerato en Filología Española y en la Maestría en Literatura Latinoamericana. Como escritor, ha destacado principalmente como poeta, pero pronto publicará su primer libro en prosa: Para que la patria no sea el silencio. Memorias de Alberto Lorenzo Brenes. Una historia íntima de la Revolución del 48. Sus poemarios son Desfigurando Sombras (Líneas Grises, 1994), El valle de las ventanas (Municipalidad de Santa Ana, 1995), Preguntas para inviernos (EUCR, 1996), La ceniza de los péndulos (Ediciones Perro Azul, 2001), Entre nieblas (ECR, 2001) y Retratos al anochecer (EUCR, 2006).








CELEBRACIÓN SANGRANTE


Somos carniceros del silencio que surge del Nilo, amenazante.
Los origamis de las sombras, en la gran ciudad,
prefiguran una historia construida con el mismo material de
las masacres.
Son los niños los que siempre sobreviven, atestiguando su
tragedia.
Sobrevivientes lívidos, flacos como el favor de las ventanas,
cicatrices de la ciudad inmensa.
Hay una pregunta en el viento que se olvida.
¿Qué no daría yo por ver tus manos descender hacia mi
frente,
justo antes del beso de la luna?,
¿con cuánta sangre se compra el derecho de poder dormir en
el desierto,
sin el asedio de los alacranes y la muerte?
Son millones de perros moribundos descifrando la mañana,
aquella mañana roja que vino a buscarnos;
nosotros durmiendo en el cuarto contiguo,
mientras las multitudes en el metro viajan de la asfixia al
silencio.
Hoy caminamos por una ciudad que no existía en los
recuerdos pero sí en la sombra;
oscuridad de cementerios marinos y viajes al infierno
emocionados.
Las cabezas cortadas de los mártires predirán el futuro.
Nosotros aterrados miraremos hacia un lugar distinto.
Todo es el peso de los ojos muertos,
la sed indecisa de la sangre;
los filosos cuchillos donde yo te esperara, mujer de los
desiertos,
desastrosa silueta que se erguía sobre sus propios
fantasmas.
Isaac está muriendo nuevamente en las manos,
en las grietas de todas las manos asesinas del mundo.
Acercate a las dagas.
Hay silencios en ellas que aún llevan tu nombre.








LOS INSECTOS Y LA NOCHE


II


La naturaleza pétrea de las alas, la belleza de las últimas linternas en las sombras, la sensación de ser mirados por ojos azulísimos, el brusco tañido de violines que se arropan con el día y con la noche, como cometas ágiles que supieran cantar en su agonía. Toda la ternura de una velada familiar y sincera, la risa de los cuerpos que obedeciendo a las estrellas se han unido, reagrupando sus mares y sus costas. Por la frágil sencillez y por las voces que agrupadas en las cosas les dan vida.


En una tarde cualquiera retornan, y los incrédulos lloran por las aras deshechas.


En una noche cualquiera, como cualquier noche perdidos por el puerto de Inmanar, el estiércol repasa su invisible en la espejeante claridad de los calabozos; el lodo recuerda comuniones y el polvo que vaga en el viento, se pierde de sí para sumarse al anverso con destellos somníferos. La suma de las cosas en la noche repasa su destino y no lo logra. Nada basta ya para mirarnos, si los ojos de Dios han vuelto a renacer y están volando. Nada importan las noches que vendrán. Los insectos ya vuelan, y la noche renegrida vuela también, hasta donde el llanto y la sangre alcanzan.






VISIÓN DEL INVIERNO


En tu noche había faroles,
espadas de fuego milenario,
receptáculos de un dios que abandera la muerte entre la
niebla.
En tu noche los relojes eran negros,
horas traicioneras que enclaustraron las casas
para luego decir que el silencio es blanco
y que todo ropaje ensombrece la terrible belleza de la nieve.
En mi sueño también están las luces,
brotan de los últimos faroles y temen no poder contra la
muerte.
Si las luces no están en el silencio,
los abismos correrán hasta alcanzarnos;
las dagas volarán a nuestro encuentro;
las sogas cantarán como cigarras del odio
que no cantaron nunca antes del día cero.
Para no matarme ante el sol de los inviernos, escribo estas
palabras
que fueron tuyas y robadas por mí ahora renacen
como quien escribe el cielo en medio de un rojo
que se inventa en el altar del sacrificio.
Suspendo las prisiones de los días
y me arriesgo a besar las calaveras
sumergidas en los templos que la nieve recuerda en otro
sueño.
La planicie de la luz sin una sola noche deletreando las
estancias,
la felicidad aneblinada,
oculta,
tímida entre los pesares eternos que nos sueñan.
El mar de la nostalgia hace más que bella la soledad de los
abrazos.
La casa es un rojo laberinto,
incapaz de descifrar los sonidos de la noche,
el árbol y la piedra y el camino;
los fantasmas que habitamos en una sombra espesa;
nuestros cuerpos,
inmensamente calientes contra el frío
y una vez más las linternas,
su negritud y la huída,
su levedad y su fuerza.
Esta vez no eran los trenes,
ni los buses,
éramos nosotros ante una Liberia antigua
como una sangre que supo guardar su fuerza por milenios.
Si se venciera el sueño nuevamente, amor,
llevame en silencio a esa tierra de vientos.
Traé con vos las espadas,
los escudos,
los recuerdos.


La suerte está seca y se incendia.
Si me quedo dormido podrás alcanzarme
en la sombra mortal de los higuerones,
en los caballos que corren
por ser el mañana un jinete herido lleno de distancias.
Podrás alcanzarme en las risas de las viejas calles
y la burla de las casas viejas.
No olvidéis que mi cuerpo es una iglesia antigua.
No olvidéis que también doy a otro sueño
donde el invierno traza una red de luces,
muralla contra el hombre que se lanza a la muerte.
No olvidéis entonces este dardo tranquilo
que quiso ser un cuervo,
un país,
una Liberia distante que imagino en tu sueño
como si fuera mío.
Pero también hay muerte.
Se introduce en las fosas de mi piel y tus manos.