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lunes, 14 de noviembre de 2011

5344.- MAXI REY


Maxi Rey (Benimariel, León, 1942) es Catedrático de Lengua y Literatura Española en el IES Silverio Lanza de Getafe. Maxi ha escrito obras cortas de teatro, representadas por la compañía La Escalera, de la que ha sido director y que no han sido publicadas. La única publicada y representada ha sido Baño caliente. Ha escrito también narraciones cortas, premiadas y, por supuesto, poesía, varios libros no publicados.
Escuela de mujeres ha sido fruto de las preocupaciones de los dos últimos años.
Ha grabado en vídeo cientos de lecturas poéticas; ha montado películas: Cara de poeta (Tertulia R. Montesinos); Carlota Cuesta; Ángel González en Candás; Victoriano Crémer; Sinodal de Aguilafuente (primer libro editado en España) y minimontajes para You Tube.







5. EL HOMBRE QUE VE TUS ANSIAS

5.1.
No prestes atención al que ha visto en tus ojos
tus ansias apagadas, sin conocerte.
Estate tranquila
porque no te hablará de esas ansias,
ni de lo que haces cada día,
ni te preguntará cómo te llamas.
Te hablará de la ermita encendida
en lo alto del cerro.
No te preguntará la causa, el motivo,
que te lleva, con tus amigas, a subir paseando
todas las semanas al alto,
dejando sola, por unas horas, la casa ordenada.
No sabe siquiera si trabajas
porque hoy es domingo
y las colinas están llenas de luz,
desde aquí, sobre los oscuros valles.






9.2.

He sentido el fuego de la piedra,
he utilizado con pasión la palabra
en las grandes decisiones de la empresa,
en las entrevistas de mis viajes a países asiáticos.

He luchado contra las oscuras fuerzas de la mentira
en las declaraciones a la prensa sobre los proyectos.
He asumido la responsabilidad que me corresponde
en las malas operaciones y desastres económicos.

He sentido el frío de hombres importantes
en las deliberaciones del consejo de administración.

La savia, el fuego, el sol
que me trae el hombre desconocido
son míos, crecen en mí, solo míos,
aunque no se vean, por haber sido destrozados
en la soledad de los aeropuertos.






No sigas al hombre que viene de lejos
y te habla de la fuerza de la tierra,
desde el agua turbia de tu alma.





No creas al hombre desconocido,
a ningún hombre que te hable
en la tarde sobre una colina.







No mires con atención a un extraño
que acaricia la piedra del muro de la vieja ermita
como se acaricia el alma de la amante dulce,
que calcula su edad centenaria, firme
en las leves columnas que se elevan desde el suelo.










He bromeado o he hablado del tiempo
con las personas que viajaban a mi lado,
con la que coincidía en una sala de espera,
con la que leía mi periódico por encima del hombro,
con la que hablaba de política o religión.









Me he instalado en la comodidad
y he olvidado preguntarme por el origen
de una fiesta, de un árbol o animal, de un rito,
del ritmo lento de las estaciones,
de una humilde piedra junto al río,
del río mismo y de las fuentes.









He sentido la fuerza de la naturaleza,
he sentido la fuerza de mi cuerpo,
en las miradas acariciadoras de este hombre
sobre mi cuerpo, sobre mis pechos;
los rayos del sol sobre mi sexo
me han hecho perder el sentido.








En la colina, entre los robles y las encinas,
rodeada por los cantos y bailes de mi pueblo
celebraré los esponsales en una fiesta de primavera.
Gozaré con él sobre la hierba durante el día y la noche
para que mi sangre fecunde montes, arroyos y llanuras
hasta el mar inmenso de los sueños.