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viernes, 23 de diciembre de 2011

5674.- JESÚS ORTA RUIZ



JESÚS ORTA RUIZ (El Indio Naborí)
(Guanabacoa, La Habana, Cuba, 1922 - 2005). Es considerado el decimista cubano más importante del siglo XX. El Día Iberoamericano de la Décima y el Verso Improvisado se celebra el 30 de septiembre, en honor a su fecha de nacimiento.


Medularmente improvisador, protagonizó en agosto de 1955, en el estadio habanero de Campo Armada, junto a Ángel Valiente, la que fue conocida como controversia del siglo. Ante miles de espectadores - como no había sucedido ni ha vuelto a suceder en la historia del repentismo cubano- Naborí hizo valer su hondura intimista, su magnífica afinación de juglar decimero y, en general, su excelencia en todos los sentidos; convirtiéndose en el más famoso improvisador cubano. Pero lo que realmente lo hizo trascender dentro de la décima cubana fue el haberle insuflado a la cubanísima estrofa la huella ineluctable de su elevada personalidad poética, algo que sólo había logrado Juan Cristóbal Nápoles Fajardo en el siglo XIX.


El sentido intimista característico de la obra de Naborí prueba que su formación lírica no proviene de la décima espinela sino de la gran poesía española, debido a su amplio conocimiento de la mejor tradición poética hispanoamericana. El elevado tono elegíaco presente en sus Elegías a Noel (1955) es comparable solamente con el descomunal poema cubano del siglo XIX "La vuelta al bosque", de Luisa Pérez de Zambrana o con la "Elegía a Doña Martina" de Manuel Navarro Luna.


El desgarrador himno a su pequeño hijo fallecido mostró a Naborí como la voz más auténtica de la décima nacional, capaz de apresar en sus testimonios de dolor una fibra lírica inusual.


En la entrega del Premio Nacional de Literatura al Indio Naborí en 1995, el ensayista Virgilio López Lemus expresó: El le imprimió a su estrofa de preferencia nuevos aires estilísticos, superó el gastado canto del paisaje al modo cucalambeano, incorporó a la décima una libre y peculiar tropologización, una abierta elevación cualitativa de la estrofa cantada y una mejor vinculación entre las para entonces ya demasiado distanciadas décimas escritas por poetas de notoriedades nacionales o internacionales o repentizada (de la oralidad) por poetas populares muchas veces anónimos. Con Orta Ruiz apareció el poeta que propició la conjunción entre lo «culto» y lo «popular», el necesario «puente» que viniera a dejar muy claro que la tradición de la décima cubana es una sola manifestada por diversas vías, calidades e incluso soportes expresivos tan variados, que aún hoy día sigue evolucionando.


Obra: Guardarraya sonora (1939); Bandurria y violín (1948); Estampas y Elegía, (1955); Boda Profunda (1957); Sueño reconstruido (1961); El pulso del tiempo (1966); Entre, y perdone usted (1973, 1983); Pase de lista en décimas a la medida de sus nombres (1973); Cantos breves (1978); Dos estilos y un cantar: El Indio Naborí y Chanito Isidrón (1982); Al Son de la Historia. Poemas patrióticos y políticos (1986); Entre el reloj y los espejos (1989, 1990); Viajera Peninsular (1990); Con tus ojos míos (1994); Mis nietos en escena (1995); Desde un mirador profundo (1997); Décimas para la historia. La controversia del siglo en verso improvisado, Indio Naborí-Ángel Valiente. (1997); Biopoemas (1998); La medida de un suspiro (1999); Esto tiene un nombre (1999); Décimas para la historia. Poesía oral y escrita (2000, 2004); Eros en tres tiempos (2000, 2002); Por tu milagro sonoro (2001); Cristal de aumento (2001, 2004); Epigramas de Juan Claro (2004).






CANTO A LA DÉCIMA CRIOLLA


Viajera peninsular,
¡Cómo te has aplatanado!
¿Qué sinsonte enamorado
te dio cita en el palmar?
Dejaste viña y pomar
soñando caña y café,
y tu alma española fue
canción de arado y guataca,
cuando al vaivén de una hamaca
te diste a "El Cucalambé".
Amaste a Cuba, al Caney
que, huérfano de fortuna,
se levanta como en una
persistencia ciboney.
La ceiba te habló de Hatuey,
te embridó el azul del cielo,
te conquistó el arroyuelo
con musical bienvenida
y te quedaste prendida
al verde imán de mi suelo.
Dijiste al guajiro: canta,
no llores más, infeliz,
que yo te haré una raíz
de música en tu garganta.
Tendiste bajo su planta
dulce alfombra de ilusiones;
y fuiste en los callejones
de las tierras del central
anestesia musical
aplicada a sus pulmones.
Desde entonces, el guajiro
te prendió al pecho angustiado
y ocho sílabas le han dado
la medida de un suspiro.
Te hospedas en su retiro,
lo alientas en sus labores,
melificas sus dolores
y eres, hecha madrigal,
la confesión musical
de sus tímidos amores.
Con blancura de azucena
llegaste al cañaveral
y el sol del camino real
te dio la gracia morena.
Cuando una bandurria suena
como un corazón doliente,
allí tu dices "presente"
al trovador que medita,
y no anuncias tu visita:
te apareces de repente.
A veces te desenfrenas
en combate desvelado,
cual si hubieras inyectado
sangre de gallo en tus venas.
Tiemblan las noches serenas
en que tu pasión estalla,
porque frente a la batalla
de dos improvisadores,
sueñan los espectadores
con la emoción de una valla.
Pero cuando el monte fue,
Cuba, en su corcel montada,
y la manigua incendiada
dio un grito y se puso en pie,
abriste surcos de fe
para sembrar patriotismo;
y ya con un espejismo
de libertad y derecho,
te brillaron en el pecho
diez medallas de heroísmo.
Pensaste que ya en tu frente
jamás habría una sombra,
que no tendría tu alfombra
de lirios, un cardo hiriente.
Pero, desdichadamente,
tu alegría pasó en fuga:
en tu ceño hay una arruga
y en tus ojos un desvelo.
¡Todavía eres pañuelo
que un llanto de sal enjuga!
Has visto a ese labrador
que, mientras piensa y trabaja,
es árbol que se desgaja
en lágrimas de sudor.
Y en tanto el explotador
sueña en una nueva orgía,
lo has visto en la noche umbría
desprenderse del arado,
con el hombro doblegado
por todo el peso del día.
La sordera del camino
escuchó tu grito rojo
la tarde que un desalojo
mató el hogar campesino.
Y envuelta en ese destino
de triste desalojada,
tomaste desesperada
la Carretera Central
y al verte la Capital
se volvió una carcajada.
Vals, sonata y opereta
y aburguesados danzones
te echaron de los salones
por no vestir de etiqueta.
Afrancesado poeta
te vio con fría mirada;
sólo en la pobre barriada
te dieron sombra y calor
son y rumba con dolor
de negra discriminada.
Yo desde niño te llevo
del brazo como una esposa,
guajirita lastimosa
con hambre de mundo nuevo.
Incubaste como un huevo
de sinsonte el alma mía,
desde que en la sitiería,
junto al arroyo sonoro,
como una botija de oro
encontré la Poesía.
¡Como no cantar por ti,
canción sudada en mi padre,
ritmo de cuna en mi madre
y la misma vida en mí!
Yo contigo recorrí
la ciudad y la espesura,
y en ti guardo la dulzura
de los besos que apuré
como sorbos de café
en jícara de aventura.












MI PADRE


Poeta con la agonía
de no atrapar la expresión,
de ti, de tu corazón,
me vino la Poesía.
Sentiste una melodía
honda, que no tradujiste,
y yo, el heredero triste
de tu inefable sentir,
sigo empeñado en decir
el canto que no dijiste.
Tu emoción analfabeta
era un poema frustrado.
Estaba crucificado
en la palabra el Poeta.
Y yo supe tu secreta
pena de ave sin volar,
siempre que para cantar
te era esquiva la palabra
como una jíbara cabra,
como un anillo en el mar.
Eras sonoro hasta el hueso,
y en tu pecho de paloma,
en pugna con el idioma
andaba un canto travieso.
Y como cantabas preso
en tan estrecha prisión,
un ansia de aparición
de tus cantares arcanos,
te hacía inquietas las manos
y musical el bastón.
Viejo, a orillas del abismo
gris de una muerte aguardada,
a través de tu mirada
sonreía el optimismo.
Cantante, alegre, lo mismo
que el niño más inocente,
hasta que sobre tu frente
se posó una paz traidora
y vi llama tan sonora
en un hielo tan silente.
Y luego vi el ataúd,
velas, flores, lagrimear,
¡y tu ansiedad de cantar
en una blanca quietud!
¡Y no sembrar un laúd
en tu silencio enterrado,
para que, en el perfumado
tiempo de la primavera
subas por la enredadera
a decir lo que has callado!
















LA FUGA DEL ÁNGEL


¿Adónde fuiste, ángel mío,
en la última travesura?
Tal vez quiso tu ternura
mudarse para el rocío.
Te fuiste como en el río
un pétalo de alelí;
y has dejado tras de ti
una estela de cariño,
recuerdo que, como un niño
sin cuerpo, va junto a mí.
Eres, pues, un niño abstracto
y vienes cuando te invoco,
vida intocable que toco
en una ilusión del tacto.
Te veo vivo y exacto
andando a mi alrededor,
y escucho tu voz-rumor
como de ala que se aleja-:
¡qué zumbido sin abeja!
¡qué trino sin ruiseñor!
Es que estás, aunque no estás,
cual vuelo de mariposa
sin mariposa, cual rosa
de perfume nada más.
Te fuiste y conmigo vas,
aunque el mundo no te ve,
ni sabe como yo sé
que, diluido en la brisa,
aun vives, como sonrisa
sin boca, y paso sin pie.
Es todo lo que me queda
de ti: verdad sin verdad;
una como suavidad
de seda, pero sin seda;
aroma de rosaleda
sin mas presencia que aroma;
donaire de la paloma,
pero no más que donaire;
niño pintado en el aire
hablándome sin idioma.
Una piedad de la muerte
hay en esto de mirarte
sin mirarte, y de palparte
sin palparte, ni tenerte;
pues evocarte, traerte
por la ruta de un clamor,
es endulzar el dolor
de la ausencia más glacial,
con un sabor de panal
que sólo fuera sabor.












No me asusta morir


No me asusta morir... Sólo lamento
no tener ojos para ver las cosas
que se transformarán: zarzas en rosas,
lobos en hombres, polvo en monumento.


No me asusta morir... Sólo lamento
ser sordo como el frío de las losas
cuando vengan las músicas gloriosas,
cuando una larga risa sea el viento.


Sólo lamento no tener mi tacto
cuando sea concreto el mundo abstracto
que en crisoles de sueño se moldea.


No me asusta morir... Sólo lamento
quedarme quieto cuando todo sea
la perfecta expresión del movimiento.










ELEGÍA DE LOS ZAPATICOS BLANCOS


Vengo de allá de la ciénaga,
del redimido pantano.
Traigo un manojo de anécdotas
profundas, que se me entraron
por el tronco de la sangre
hasta la raíz del llanto.


Oídme la historia triste
de los zapaticos blancos…
Nemesia -flor carbonera-
creció con los pies descalzos.
¡Hasta rompía las piedras
con las piedras de sus callos!


Pero siempre tuvo el sueño
de unos zapaticos blancos.


Ya los creía imposibles.
¡Los veía tan lejanos!
Como aquel lucero azul
que en el crepúsculo vago
abría su flor celeste
sobre el dolor del pantano.


Un día, llegó a la ciénaga
algo nuevo, inesperado,
algo que llevó la luz
a los viejos bosques náufragos.


Era la Revolución,
era el sol de Fidel Castro,
era el camino triunfante
sobre el infierno de fango.
Eran las cooperativas
del carbón y del pescado.


Un asombro de monedas
en las carboneras manos,
en las manos pescadoras,
en todas, todas las manos.
Alba de letras y números
Sobre el carbón despuntando.


Una mañana… ¡Qué gloria!
Nemesia salió cantando.
Llevaba en sus pies el triunfo
de sus zapaticos blancos.
Era la blanca derrota
de un pretérito descalzo.


¡Qué linda estaba el domingo
Nemesia con sus zapatos!
Pero el lunes… ¡despertó
bajo cien truenos de espanto!


Sobre su casa guajira
volaban furiosos pájaros.
Eran los aviones yanquis,
eran buitres mercenarios.


Nemesia vio caer muerta
a su madre. Vio
sangrando a sus hermanitos.
Vio un huracán de disparos
agujereando los lirios
de sus zapaticos blancos.


Gritaba trágicamente:
¡Malditos los mercenarios!
¡Ay, mis hermanos! ¡Ay, madre!
¡Ay, mis zapaticos blancos!


Acaso el monstruo se dijo:
Si las madres están dando
hijos libres y valientes,
que mueran bajo el espanto
de mis bombas. ¡Quién ha visto
carboneros con zapatos!


Pero Nemesia no llora.
Sabe que los milicianos
rompieron a los traidores
que a su madre asesinaron.


Sabe que nada en el mundo-
-ni yanquis ni mercenarios-
apagarán en la patria
este sol que está brillando,
para que todas las niñas
¡tengan zapaticos blancos!