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viernes, 23 de diciembre de 2011

5673.- ROLANDO ESCARDÓ



Rolando Escardó
(Cuba).
(Camagüey, 7 de marzo de 1925; 16 de octubre de 1960). Funda en su ciudad natal el grupo Yarabey con otros jóvenes escritores, y sus primeros poemas aparecen en los periódicos de la localidad. Prepara la edición del libro Colección de Poetas de la Ciudad de Camagüey. Formó parte de la Sociedad Espeleológica de Cuba. Luchador clandestino, se ve obligado a salir primero de Camagüey, luego del país, marcha a México y más tarde a Yucatán, donde permanece hasta el triunfo de la Revolución. De vuelta a Cuba dirige las actividades del INRA en la Ciénaga de Zapata, después se entrega a la preparación del Primer Encuentro Nacional de Poetas y Artistas Revolucionarios, a celebrarse en Camagüey en 1960, en estas labores le sorprende la muerte el 16 de octubre de 1960, producto de un accidente automovilístico. Su obra está recogida en dos tomos titulados Las ráfagas y El Libro de Rolando.


Bibliografía
Jardín de piedras en Islas. Santa Clara, 3 (3): 147-154, may.-ago, 1961).
Libro de Rolando. Poesía. Pról. de Virgilio Piñera, La Habana, Eds. R. 1961.
Las Ráfagas. (Poemas). Pról. de Samuel Feijóo. Santa Clara, Universidad Central de Las Villas, 1961.




Fuego negro


Tus ojos me hablan de extraños mundos
a los que no he viajado
ciudades
sitios aislados
fantasmas míos
que reconozco huyendo
de tu abrazo.


Bien mío
estrella
signo que vienes a este valle de lágrimas
quién podrá detenerme
quiénes se atreverán.


El filo de mi puñal brilla en tus ojos
de plata
oh alma,
en tus ojos de plata hechos para mi deleite
de instante en instante.
¿Cómo es posible
cómo pueden ser tan posibles estas cosas?
Ni yo mismo comprendo lo que me trajo
ni lo que me arrastra
mas entiendo esas realidades que me espantan
o acaso entiendo que este valle de lágrimas
no es mi casa.


Pero tus ojos me hablan de esos extraños mundos
a los que no he viajado
oh estrella
fuego negro que me matas.
















El Valle de los gigantes


La luz transforma esa pared silenciosa,
el pozo, la caverna.
La luz se cae al pozo de mi alma.
¿Dónde, dónde encontrar,
dónde una puerta abierta, una ventana,
dónde el sitio de estarme para siempre?
En esta profunda cavidad sin mapa estoy perdido.
(¿Desde cuándo se pierde lo perdido?)


Hundido entre estatuas de cristal,
tocando la bóveda del alma;
estalactitas de vueltas y arcos espaciales,
esponjas y pitares,
gotas de espanto, rocas.


Exploro el interior. Atisbo, palpo, pregunto:
¿qué estoy haciendo Dios, qué busco en la caverna?


La familia
Madre me acoge en su pecho caliente
día a día.
Abuelo y su cojez retumban el tablado.
Aurora es joven, no piensa aún en casarse:
sueña.
Olema ya comienza por pintarse las uñas.
Aún Perucho no ha muerto.)
Mamá de vez en vez teclea en el piano.
Antonio es cocinero
y Salvador es el que empuja el carro.


¡Enrique!
¡Falta Enrique! ...
(Enrique fue el que malgastó el dinero ...)
























Isla


Esta isla es una montaña sobre la que vivo.
La madre solemne
empujó hacia los mares estas rocas.
En el tiempo desconocido que no se nombra
en el límite que no se escribe
sucediéndose los deslaves
las profundas grietas:
—gargantas hasta los fuegos blancos—
llega la hora de mi nacimiento en esta isla: -
—Planeta ardiendo en el cielo—
llega la hora de mi nacimiento
y también la de mis muertes
pues al mundo he venido a instalarme.
¿Por qué esos labios se abren como túneles a los que no bajo?
sé que el hombre es un rumbo que se instala
sé estas cosas y otras más que no hablo
pero yo puedo darme con los dos puños en el pecho
feliz de esta revolución que me da dientes
aunque de todo soy culpable
de todas esas muertes soy culpable
y no me arrepienten los conjuros
que en el triángulo de fuego he provocado.


Yo soy el gran culpable
mi delito no puede condenarlo sino Dios
y aun ni el mismo Dios pudiera
(vosotros no ;lo sabéis
pues ni siquiera los colores de la bandera
os sugieren
vosotros no lo entenderéis)
y esto se quedará como un poema más en la tiniebla
como el ruido de palabras del viento que me arrastra
aunque sea la estrella del alba
pues de todas estas cosas os burlaréis
hermanos
más allá del deseo de vuestras convicciones
en la trama creada para mi deleite
pero yo sólo sé
pero yo sólo estoy seguro
pero yo mismo lo he vivido de mis muertes y nacimientos
¿y cómo puedo yo mismo así negarme
cómo podría yo mirar al Sol y no cegarme?
Pero lo que importa es la Revolución
lo demás son palabras
del trasfondo
de este poema que entrego al mundo
lo demás son mis argumentos.
No creáis en mis palabras
soy uno de tantos locos que hablan
y no me comprenderéis
no creáis en mis palabras
esta isla es una montaña
sobre la que vivo
















Las ráfagas de Rolando Escardó
por: Delia Malvina Álvarez García. Narradora y poetisa




Rolando Escardó es un poeta imprescindible de la literatura cubana, pero también es fundamental para el conocimiento mismo de su ciudad natal, que es uno de los temas más fuertes de su poesía, donde aparece contemplada desde una perspectiva, a la vez triste y hermosa.
La obra de Escardó consta de pocos textos, entre los que destaca —posiblemente como poemario esencial— Libro de Rolando, que se divide en varios cuadernos: “Poemas en la plaza del vapor”, “La casa”, “Vertes” y “Libro de Rolando”. Mucha de la poesía que escribió, se encuentra dispersa en periódicos y revistas, y hay que añadir los poemas inéditos, que algunos de sus amigos encontraron o guardaban; de estos últimos Samuel Feijóo recuperó Jardín de piedras y Las ráfagas: dos colecciones cortas, pero muy intensas y cargadas de imágenes de gran estatura, especialmente Las ráfagas, que agrupa poemas escritos entre 1951 y 1958, etapa difícil en la vida de Escardó, en la que viajó mucho fuera de Camagüey por diferentes motivos; uno de esos viajes lo llevó a la Sierra Maestra en 1954, impulsado por intereses espeleológicos, que en él fueron casi tan vocacionales como el escribir poesía.
En Las ráfagas, colección densa y abierta, aparece la ciudad como uno de los temas centrales, aunque trabajé también temas como el tiempo, la vida y la muerte.
Luis Suardíaz al caracterizar a Escardó lo describía como:


[…] un cultor del símbolo, un enamorado de todas las mitologías,
aun las más ingenuas del hombre de la calle, el prójimo sin lecturas
ni atributos posibles, que duerme sobre resguardos mágicos
en las ciudadelas desvencijadas y fuma, como un desafío excepcional,
su oscuro tabaco por el lado de la candela al son de crujientes tambores,
a la luz de velas que forman cruces entre alfileres y cintas azules y rojas.1


Escardó fue, como también dijera Luis Suardíaz, “un explorador de su ciudad”2 , Las ráfagas cuenta con una serie de poemas que la evocan de madrugada, como en “Ciudad entre ríos”, donde con el amanecer se sumerge la alegría del poeta en el amor por lo terrible de la vida:


[…]
¡ Oh! Ciudad de años míos
mi contento despierta entre tus ríos
dando hondos gritos.


Amo esta agua, todo esto amo;
lo que ha sido este espejo en que me
veo
viéndome y me espanto.


Los ríos son una imagen frecuente en sus versos; a los que se refiere Escardó son el Tínima y el Hatibonico, más bien riachuelos, pero que, como sabemos, crecen con las lluvias y pueden alcanzar caudales que los convierten prácticamente en ríos, a veces capaces de inundación. Con frecuencia en el poemario aparecen las imágenes del río y sus puentes al hacer referencia a la ciudad; esto pudiera interpretarse no solo como una descripción, sino también como un recurso del poeta para referirse a la vida que fluye, un proceso del que a veces somos espectadores (desde el puente), y a veces protagonistas como parte de la corriente de las aguas, en este fluir de un todo formado de diferentes partes, donde la pobreza de la vida, duele desde la soledad:


Ahora estoy sobre el puente,
la delgada serpiente de sus aguas
resplandece,
y la contemplan desde aquí mis ojos
hasta en las cañas bravas,
que se pierden.
.... ..
Yo estoy solo y no sé, no digo nada más
que estas palabras;
no sé… no sé. No sé… Yo no sé nada,
yo soy apenas
otro hombre cantando entre millones.
Inclinado hacia el río estoy ahora.
Mi corazón se inclina hacia la tarde
viendo pasar las gentes:
obreros embadurnados en aceite,
colegiales; crujientes carromatos
de tristes, de delgados, cabizbajos
caballos
arrastrando su pesada carga.


En “Piedra hundida”, el poema citado anteriormente, la ciudad también es un símbolo del trabajo, de la pobreza e incluso de la desesperanza; la ciudad es hermosa, pero cruel, de la misma forma que la vida; la ciudad es símbolo de vida.
También el poeta evoca en “Sonido nocturno” el ambiente de las noches de una ciudad, que se extraña en el Camagüey de esos tiempos: “La ciudad es lenta a esta hora./ Densas nubes flotan entre su atmósfera de soledad / quiebran y esparcen las formas de las cosas”.
Las nubes crean en la noche un ambiente misterioso en la ciudad, que lenta y tranquila descansa y es como si el tiempo se detuviera, como si todo quedara quieto por un momento y la vida diera una oportunidad para pensar en ella, para sentirla alrededor, para verse en su inmensidad, para asombrarse y llenarse de preguntas: “Voy por esta calle como otro hombre cualquiera,/ como otros que pasan por al-gún punto/ donde alguien se detiene cierto tiempo./ Cierto tiempo se detienen para los hombres las cosas”.
En 1953 Escardó viaja por un largo tiempo a La Habana, el impacto de su regreso se convierte en motivo de inspiración para escribir “He andado viejas calles…”; leerlo da la sensación de un cambio brusco y rápido en la ciudad de antes de su partida, y la que encuentra a su regreso, como si el tiempo hubiese volado de tal forma que todo cambiara de un tirón. Es un poema escrito en claves de profunda soledad y nostalgia:


Mudo. No me encuentro a nadie
que me salude
ni me diga nada
Soy un extraño en mi Ciudad
Mi gran Ciudad de calles polvorientas y
enfangadas.


Las mayúsculas subrayan un significado de pertenencia y grandeza muy personales para Escardó, en contraste con la capital que no puede sustituir al Camagüey del poeta, incluso a sabiendas de ese extrañamiento que él mismo percibe.
Pero pese a esos sentimientos tan arraigados que le hacen sentir la ciudad de una forma muy especial, como si huyera de sí mismo, también el poeta escapa de la ciudad en un acto de evasión de lo cotidiano, que con frecuencia hace olvidar las interrogantes esenciales de la vida: “A veces huyo de la ciudad. / Lejos, distante de su ajetreo y humos”.
Huir también es una forma de liberación; buscar lo diferente permite retomar el sentido de las cosas, deshacerse de casas y calles para ver solo llanura, es sin duda, el gesto que Escardó procura:


Corro por las sabanas
dilatadas
como un loco, a través de su
anchura desierta gritando
mis poemas.


Pero cuando el cansancio vence y todo termina, aparece de nuevo la soledad, aunque desde una óptica de renovación: “Sólo, sólo el viento y los pájaros / me acompañan cuando vuelvo”.


De los cincuenta y seis poemas que conforman Las ráfagas la mayoría toca, incluso indirectamente, el tema de la ciudad de una manera muy personal y profunda. Escardó fue un poeta lleno de metáforas a veces incomprensibles, de preguntas sobre el verdadero sentido de la vida desde la cotidianeidad, desde el sentirse parte indisoluble de un gran todo:


Digo que mi dolor es el dolor de todos
y que no sé qué hacer con tanta pena.
Reunido junto a mí, están las cosas de la vida.
Ofrezco mi corazón a cambio de lo que
te suceda.
¡Tú! que estás ahora tan distante de
mí,
que no sabes quién soy, que quizás no
comprendas
lo que hay en mi canto.


Es por este juego de símbolos que se produce la aparición sostenida de Camagüey en la obra de Escardó como la ciudad mítica, antigua y amada, punto de referencia para un continuo retorno.