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lunes, 20 de diciembre de 2010

2745.- JORGE MARTÍNEZ MEJÍA


Jorge Martínez Mejía, (1964), Las Vegas, Santa Bárbara, Honduras.
Director de la Editorial Grado Cero y Productor de la Revista de Literatura Metáfora de Honduras. Fundador del Movimiento Literario Poetas del Grado Cero, Una causa perdida. Guionista y productor de televisión. Nació en Las Vegas, Santa Bárbara, Honduras, donde inició sus estudios, destacándose por su entusiasmo por las letras y el teatro. Continuó su carrera de Literatura en el Centro Universitario Regional del Norte (ahora Universidad Nacional Autónoma en el Valle de Sula), donde dio a conocer sus primeros textos poéticos a través de boletines y suplementos literarios. Incansable animador cultural, coordinador de talleres literarios, de lectura creativa y editor, se ha dado a conocer sobre todo como poeta y ensayista. Dirige la Revista de Literatura Metáfora... Autor de Papiro (2004), Las Causas Perdidas 2009, El Mundo es un puñado de Polvo (Novela, 2009), actualmente edita Cadáveres Existenciales, texto híbrido de su experimento poético.




El mar de nuestros días

A Manuel Zelaya Rosales, Presidente de Honduras

Vendremos intrincados, como simples instrumentos salidos del mar, sólo para volver a levantar las piezas de junco, para vernos, blancos o negros soldados, listos para la batalla, guarnecidos y con la mirada puesta en el ejército, en la mirada oficial, en la corona.

Sin rodillas nacimos, y más ángeles se nos juntaron después de la cárcel. Después de miles de horas nacimos hechos ya árboles con frutos, ya calaveras revestidas de sueño, ya sin máscara. Ellos eran el hacha en el cráneo y jugaban con nuestros cadáveres como dados y se disputaban nuestras humildes vestiduras de manaca y hojas de eucalipto. Ellos reptaban por las paredes de nuestra cédula celeste, en el acuario, como antiguas tortugas, y se adherían a la sangre y a la sed que no había muerto, que solamente sufría en silencio el tajo limpio de sus empuñaduras.

Pero volvimos intrincados y sabios en el rastrojo, en el naufragio, en el músculo molusco de los ríos, en el cordón umbilical de la miel y las abejas. El amor es una bruma, nos dijo nuestro Lázaro, pero también es el fuego oculto en la ceniza. En el hirviente verano de aquel año, su manto fantasma forjado en solitario, encontró la forma de metal y de tenaza.

Yo, el vil poeta, también forjé mis imágenes para hacerlas rugir en la guerra, y ahuyenté a las hienas con mi sangre jactanciosa, con mi profundidad, con mis descalabrados dioses.

Volvimos, intrincados y sabios, dispuestos para el mar de nuestros días.






La convicción del invicto

Ellos eran burdos para matarnos, pero nosotros demasiado mansos para morir. No teníamos justicia ni descanso. Sólo nuestra libertad profanada y un derrotero de rebaño habituado a marchar silencioso por el oscuro valle. “¡Oh patria, nos sentimos demasiado tristes y cansados para seguir muriendo!”, dijo un poeta mustio tirado en la hierba. Nuestra mansedumbre fue símbolo del escarnio y de nuestro orgullo extraño. Prisioneros y dóciles ambulamos miles de noches y miles de días infinitos. Por las tardes nos vimos marchando en la inmensa caravana contemplando los pies heridos de los ancianos y las lágrimas en los niños. Nada poseía nuestra gente más que los viejos y raídos sombreros. Las mujeres, acostumbradas a la sumisión y al llanto, no lloraban, su altivez y una inusitada valentía eran la señal más clara de nuestra humilde gesta. ¡Yo vi a nuestro pueblo victorioso en toda su derrota! ¡Le vi andar con un solo pie, descalzo, y vi su casa desvencijada y su cielo claro, y vi su llanto contenido, escondido en sus manos! Nos mataban nuestros mismos hermanos por la vileza del dinero, eran burdos para asesinarnos; pero nosotros demasiado mansos. Un maestro dijo que nuestro pueblo era sabio, que sabría alcanzar su libertad. Y nuestro pueblo luchaba en mansedumbre, sin odio, con la invicta convicción de un viejo árbol.





Las Causas Perdidas

El mecenas de los poetas ebrios

Me dispensé la literatura como un ladrón de la comedia humana. Hurté la ciencia y el mal en un magnífico volumen, durante una noche que tropecé con la cabeza de un viejo parecido a Baudelaire. Escribí mi primer Góngora a la orilla de un pueblo de mineros donde los niños nos hicimos hombres a los catorce años. Fui el mejor bebedor, el mecenas de los poetas ebrios, de los fumadores de marihuana. Una mujer me besó en la calle de los burdeles para asombro de la muchedumbre. Estuve encerrado en una prisión antigua y los reos me elevaron en hombros gritando mi libertad. He vivido sin retirarme y sin renunciar a mi nombre ni a mi causa. Un día volveré desde el fondo de mi tumba para tomar mi puesto.



La poesía ha muerto

De esa famosa joven melancólica no recuerdo ni el nombre que tenía.
Sólo sé que pasó por este mundo como una paloma fugitiva:
La olvide sin quererlo, lentamente, como todas las cosas de la vida.
Nicanor Parra

Con esfuerzo escribo este fárrago.
A mí me tocó decir que la poesía ha muerto,
sin ambages y sin metáfora.
La pequeña difunta debió morir con sol, y sin embargo llueve,
quizás sin relación porque ha nadie le ha importado nunca la poesía.
Es mejor que haya muerto. Ya era fea, roñosa y prostituida.
Era difícil colocarla en las librerías, apestaba, era invendible,
nadie podía invertirle un céntimo.
Los bribones la usaban para sus viajes a Barcelona, México, Bogotá y Buenos Aires,
todos con ínfulas de literato, mientras la pobre puta,
la perra callejera se moría de inanición.

La poesía ha muerto, señoras y señores (Suena el teléfono. Aló Jorge, sólo queremos saber si va a venir porque hace una hora que lo estamos esperando)
La poesía murió de flaca, de falta de poetas y de musas,
murió de carencia y de puta.

Pero los bellos animales siguen existiendo, y el tren, y el camino y los filósofos
(Jorge, va a venir o no, porque ya sólo están tres muchachos
y lo estamos esperando en el taller de poesía).

En la hora que menos imaginamos sólo un pájaro canta bajo la lluvia,
y de lo único que dispongo es esta verdad aterradora:

La poesía ha muerto.






Un sepulcro sin luto

Es quieta la mañana en que la poesía, débil y miserable, ha muerto.
Oportunamente un gallo fatigado lanza su grito triste, indigente,
absurdo, apenas audible en medio del trajín.

En el pueblo, hoy hubo celebración con cielo encapotado.
Un niño recitó un poema inaudible y sin anuncio vomitó
mientras el arlequín danzaba con su pañuelo de colores.

La poesía ha muerto y es mejor.

Devastado por el olor del museo en la ciudad de Octavio Paz,
me miro los pies pequeños y mis libros escritos con cierto
manejo de la metáfora y sentido de la sombra.
Todo ha estado bien, la poesía me ha sonreído desde niña.

Mi viaje en avión, mi mujer, mi compañero poeta que no sabe nada
de poesía y sin embargo hoy leerá sus dislates transmitido por satélite.

Desde lejos me seguía, con su oficio de musa y sus ojos de invierno.
En mi infancia me dio la orfandad, y el sentido de paria en la metrópoli,
y de mi brazo roto se sostuvo. No ha sido un crimen, era necesario
que muriera, sin lágrimas, bonita, lista para un sepulcro sin luto.







Esto no es literatura, mucho menos poesía

De manera inevitable, en la ribera de mis Causas Perdidas, un poeta se ha lanzado y ha dado de bruces contra la corriente. Como sobre una rampa, sin química ni sport, el poeta me ha visto en amena charla. Yo le he divisado armónico, en éxtasis, iluminado con su canon a cuestas, terriblemente iluminado. Ha mencionado que en mi poesía algo se sale de contexto. Ya nadie me atrapa, le he respondido, estoy libre de poesía. Ahora doy clases de confort en el arte y me interesa sólo el vértigo y la destrucción. En medio de la atmósfera diluviana, el poeta me mira empequeñecer desde lo alto, y se lanza contra toda mi sangre y contra el fuego de mis Causas Perdidas. En la tromba, mis versos heroicos se aíslan en su charco, hoscos, huraños, sin perdón, y el poeta, inaudito en la novedad muda, acelera el navajazo en una de mis joyas. Ya en la soledad y después de mis magras viandas, lo he sabido. Esto no es literatura, mucho menos poesía.









Continúo en escena

A Giovanni Rodríguez, extraordinario poeta hondureño

Continúo en escena, cada vez más trivial y próximo a una verdad material en la que mi propia vida cambia. Quizás yo mismo sublimo mi pequeña historia de antihéroe y paradójicamente me acerco al desaparecimiento del poeta que soy. Aquí no hay una escenografía, un proscenio, una candileja o una tramoya de donde pendan los proyectores para alumbrar a nadie. Aquí estoy yo solo y mi verdad. La ciudad es un sueño por el que he caminado sin rumbo, un ideal que no se realiza sino en el forcejeo de quienes la habitamos. Jamás saldremos de aquí, de esta envoltura de aire enrarecido y cada quien encarnará su papel aunque no quiera. Yo soy el mito, mi utopía, y no soy arquetipo de nada, y no obstante siento mi rostro convertido en la infame figura de Jorge Martínez Mejía que intenta liberarse de mí. Lo he escogido a él porque encarna perfectamente el rostro novelesco de un poeta que renuncia a su esencia, a su sueño. Jamás será un poeta liberado, demasiado bien le queda el papel y su apasionamiento lo ubica en el límite, en el extremo favorable para su interpretación. Su vehemencia, su sacrificio cotidiano, su posibilidad para profundizar en los secretos del arte, su habilidad con el lenguaje; todo lo eleva como mi candidato preferido. Cuando me he puesto a pensar en otro que tenga su perfil, su impasibilidad, su aire guerrillero, su tesón, me he turbado con deleite. Sólo él puede renunciar a lo que ama, a su dulcísima mater. En los entreactos conversa con sus amigos y su hermano y poco a poco va tejiendo la historia de su renuncia, va construyendo su propia leyenda, sus nuevas ilusiones de salirse de la época. Y la episteme se alza en su corte sincrónico y lo cruza y lo parte en dos y la verdad le pasa por encima. Somos demasiado débiles para conocer lo que hay más allá de los grandes relatos. Somos frágiles. Como la arcilla nos humedece la historia y la leyenda y cada cual juega su papel, su acto, y exhibe los hilos del único guión posible. Mi rostro de poeta se va desdibujando en la medida en que me adentro en la intimidad de Jorge Martínez Mejía, y su fuerza racional y su juego de matarse supone que hay un hombre detrás de ese nombre. Es necesario un acto para empezar una nueva escena, un acto de conciencia, una renuncia profunda, un olvido exacto, las palabras dichas con la precisión cirujana que rompan el último hilo de la historia. En el escenario, Jorge Martínez Mejía interpreta el mimo que golpea el vaso de cristal en que sufre su encierro.









Mi pobre y fea musa

Mi más hermosa musa es la más fea de todas las musas literarias.
Renegada, apestosa, apócrifa y sin baño. Sus manos pequeñas
y arrugadas son un ramillete de hojas mustias o una pata de gato.
No hay erección cuando la veo, no es como las otras.
De no haber sido tan fea hubiera sido putita o habría muerto
tísica en cualquier esquina del barrio.

Mi pobre y fea musa. Se pone triste cada vez que la regaño.
–Bañate, le digo, hacete algo, arreglate el pelo,
untate en las uñas un color verde o negro.
¡Perdete de este cuarto!

Yo ya no quiero verla, me da asco su grueso pelo graso,
pero no es fácil alejarla; se lanzaría a un barranco.

Y quizás eso es lo que quiero. Ver como se estrella,
como se hace pedazos, pero tener que recogerla,
dar cuentas de sus cosas, guardar su retrato,
meterla en un cajón; eso sería absurdo.
No puedo, no es mi trabajo.





Todo ha conjurado

Para que la poesía muriera nos pusimos de acuerdo y fuimos cínicos, claros, impasibles. Conjuró nuestro aburrimiento de toda esa perorata sobre la belleza, quedamos hastiados de Octavio Paz, de su mayéutica seudo socrática, de su abismal cerebralidad, nos cansó también Sabines, buscamos un poco de frescura y sólo había música, baladas insufribles. El cielo tenía un encanto de basurero y las ratas y su perfume salobre seguían recordándonos las calles de un Baudelaire abuelo. Para que muriera la poesía se desvaneció el torrente de Rimbaud, las alturas de Neruda, el bramido de Vallejo. Pero ya antes nuestro desdén desangraba su cólera golpeando con el muñón la pared de las ranas y su croar hecho a base de palabras incongruentes…¿Qué putas es la poesía? ¿Una larva francesa convertida en lengua de vaca? ¿Ladrillo? ¿El fustán de una vieja que hace pan casero? ¿Una piedra mítica de Grecia? Conjuró toda esta resbalosa e insalubre caries de la palabra. Algunos confundieron el autismo de Hölderlin, se arrinconaron en los manicomios y se hartaron un mendrugo sacado del mero culo de Dios, para nada. Todo ha conjurado. Ni soy el último ni el primero, pero es menos mi albedrío cuando estoy a punto de pegarle un vergazo al cadáver de esta pobre muerta con la que me encuentro a solas.

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