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miércoles, 20 de agosto de 2014

BEATRIZ E. MENDOZA [10.952]



Beatriz E. Mendoza 

Nació en Barranquilla, Colombia, en 1973. Estudió Comunicación Social en Bogotá y asistió a los talleres de la “Casa de Poesía Silva”. Tras su grado emigró a Estados Unidos donde ha trabajado como periodista en importantes medios de comunicación en español. Ha publicado cuentos y poesías en las revistas literarias Baquiana, Puesto de combate, Narrativas, Letralia, Conexos, Nagari y en el suplemento dominical del periódico El Heraldo. Su relato “Toñita” fue incluido en la antología “Rompiendo el silencio” de Editorial Planeta. En 2011 Editorial MediaIsla publicó su poemario “Esa parte que se esconde”. Algunos de sus escritos se encuentran en su blog: 

www.paramatareltiempo.blogspot.com



Esa Parte Que Se Esconde

De tu cuerpo intocable sólo reclamo
una muesca del iris de tu ojo izquierdo
que hice mía una noche en que me hundí en tus ojos
hasta que la luz del día los invadió cegándome.

De tu cuerpo intocable sólo reclamo
ese centímetro de piel en tu espalda
que bauticé a punta de besos hace ya mucho tiempo
consumida por un amor que ahora sirve de nada.

También (se me olvidaba)
un cachito de tu pelo
y el lunar que tienes en el lugar impúdico.
Pero sobre todo, sobre todo es mía,
esa parte que se esconde a los ojos del mundo.






Cámara de Torturas

Átame.
Ata mi cuerpo al tuyo
Con una sola y extensa caricia
interminable como esta noche.

Átame.
Encadena mis pies a tus pasos,
mis manos a tu pecho,
amordaza mi boca con tus besos
y venda mis ojos con tu llanto.

Tortúrame con el peso implacable
de tu cuerpo sobre el mío
y entierra el filo de tus caderas angulosas
en la carne blanda de mi vientre blanco.

Asfíxiame con tu respiración.
Abofetéame con tu cabello.
Quema mi piel con el contacto de la tuya
y marca mi rostro con la huella de tu lengua al rojo vivo.
Fustiga mi espalda con tu saliva ardiente
y doblega mi cuerpo bajo la fuerza de tus manos.

Cuando me rinda,
cuando me entregue,
cuando por fin confiese,
recoge mi cuerpo abandonado
y deposítalo en la celda inexpugnable de tu piel
tras los barrotes de tus piernas y tus brazos.

Da entonces a mi boca
el alivio de tus líquidas palabras,
a mi frente el descanso del sueño.
Sé mi salvador y mi verdugo
y espera junto a mí
la llegada del alba,
el arribo de la próxima jornada.







Cuando Vuelva

Cuando vuelva
estarás esperándome
y sabrás que he llegado
porque una brisa suave,
que huele a mar y a río,
invadirá tu cuerpo
como en un presagio.

Cuando vuelva
tiraré por el suelo las maletas
junto al tiempo de espera
y mi vida con otros
y correré a encontrarme con tus ojos
para ver si aún estoy ahí dentro.

Nos miraremos como extraños.
Estarás ante mí como en un sueño
y no le creeré a mis ojos
que te imaginaron,
que miraron tus fotos
todo este tiempo.
Mintieron.
Sí, claro, ya recuerdo:
el arco de las cejas pobladas,
el verde de los ojos profundos,
el blanco de tu piel suave.

Cuando vuelva
besaré tu boca como por primera vez,
me darás tu mano en un contacto tímido,
de mariposas volando en el estómago
y temblor bajo los pies.
Yo tendré un regalo para ti:
mis senos cargados y el hueco de mi vientre.
Tú tendrás para mí
el olor de tu pelo y el sonido de tu voz.

Cuando vuelva
pegaré mi cuerpo al tuyo
y te tendré desnudo entre mis brazos
como tanto anhelé.
Después,
en un silencio de habitación en calma
y con una sonrisa de placer,
te comeré a besos.

Cuando vuelva
si regreso
será para quedarme.








Tus Manos

Tus manos
no fueron hechas
para armar avioncitos
o apretar botones.

Tus manos
grandes
fueron hechas
para mi cuerpo,
para sostenerlo en el aire
o arrastrarlo por la cama.

Tus manos son
para hurgar en mis entrañas.
¿Qué harán ellas sin mi cuerpo?
Estarán vacías,
pálidas.

Hace rato no me extrañas
pero tus manos,
tus manos
por la noche me reclaman
y se te hinchan los dedos
y preguntas qué pasa
y tú, tonto, sólo ignoras
que ellas en mí,
a fuerza de caricias,
hicieron su casa
y ahora vagan solitarias,
nómadas,
ajenas,
sin que sepas
que tus manos
aún me aman.








Huyes de mí

Por qué huyes de mí
niño asombrado
si lo nuestro pudo ser
no más que un juego tonto
y con tu negativa
lo has tornado
en obsesión fatal,
comportamiento impropio.

Olvidaste ya
que fuimos puro verso
que hace sólo unos días
que tocamos el cielo
y tu sudor perlaba
y me inundaba toda
y tu sonrisa ingenua
habitaba mis besos.

Quiero ir hasta tu puerta,
pedir explicaciones,
plantarme frente a ti
con las manos en jarras,
tirarte contra un muro,
violarte con dulzura,
decir que ahora te odio,
gritar de pura rabia.

Mas no tengo el valor
y me consuelo
dejando en estos versos
toda mi ira,
escribo estupideces,
me encapricho
y te mato de amor
todas las noches.

Tonto, tonto, tonto
y más que tonto.
Te di mi corazón
a cuentagotas.
Hoy huyes con él
y te maldigo.
Por eso amo el papel,
este es mi grito.







La Otra

En la tranquila soledad de mi oscuro apartamento
vive una mujer pequeñita como una hormiga.
Casi todas mañanas la sorprendo mirándome
enigmática y ceñuda al otro lado del espejo.
Por las noches me la encuentro escribiendo
volcada en un diario, con los ojos volados.
Esta mañana tropecé con ella.
Me encaró de repente mientras me vestía.
Sacó del armario lo que debía ponerme.
Me disfracé de ella sin oponer resistencia.
Siempre tiene una cara diferente,
pero los otros la confunden conmigo
Ha llegado incluso a usurparme en la cama:
ayer la sorprendí con un hombre que era mío.
Y está sola, muy sola,
incluso aquellas veces que amanece contigo.






Cámara de Torturas

Átame.
Ata mi cuerpo al tuyo
Con una sola y extensa caricia
interminable como esta noche.
Átame.
Encadena mis pies a tus pasos,
mis manos a tu pecho,
amordaza mi boca con tus besos
y venda mis ojos con tu llanto.
Tortúrame con el peso implacable
de tu cuerpo sobre el mío
y entierra el filo de tus caderas angulosas
en la carne blanda de mi vientre blanco.
Asfíxiame con tu respiración.
Abofetéame con tu cabello.
Quema mi piel con el contacto de la tuya
y marca mi rostro con la huella de tu lengua al rojo vivo.
Fustiga mi espalda con tu saliva ardiente
y doblega mi cuerpo bajo la fuerza de tus manos.
Cuando me rinda,
cuando me entregue,
cuando por fin confiese,
recoge mi cuerpo abandonado
y deposítalo en la celda inexpugnable de tu piel
tras los barrotes de tus piernas y tus brazos.
Da entonces a mi boca
el alivio de tus líquidas palabras,
a mi frente el descanso del sueño.
Sé mi salvador y mi verdugo
y espera junto a mí
la llegada del alba,
el arribo de la próxima jornada.






En el harem

Zoraya bailaba
en el harem,
su cuerpo
movido por las olas
de un mar
bravío
azul
turquesa.
Su cuerpo
poblado por mil almas
es un vaivén
columpio
zigzagueante,
dorado,
hermoso,
plano.
Zoraya,
hendijas en sus ojos,
perdida entre las madres,
traficada,
exprimida
y explotada
Zoraya rebosa
de sexo,
de amor,
de puro gozo,
de baile,
de flautas
y tambores.
La avispa en su cintura
es una ofensa
no para el Pashá
para sí misma.
Quebrada sobre sí
por no parir
ni haber parido,
Zoraya,
la hembra,
la lejana,
baila
triste,
desafiante.

Un traficante
observa.
Desde la pluma
de su almohada
dibuja
su figura
espigada
cartel que anuncia
regocijos
de otros
hombres
menos
mezquinos
que él
pero igual de
sanguinarios.
Zoraya lo mira
sin saber
que el invitado
es su verdugo
y baila
para él
no disimula.
Llena de hastío
espera quieta
que termine
luego se lava
y llora
sin saber que
ya en su vientre
hay una luz,
un hito.
Zoraya no sabe
lo que espera
al otro lado,
tan sólo
vive,
come
y danza.
Una señal
anuncia
el cese de la luna.
Zoraya acaricia
su ilusión
como los hombres
atesoran
su cuerpo
y esconde
su redondez
en gasas.
El maleante
descubre
la charada,
puñal en mano
dispone el cese
y Zoraya
pierde un niño triste
de olor a viento.
Ahora sus ojos
son vacío,
su piel,
alfombra pisoteada,
su baile,
columpio quieto,
desierto,
abismo,
nada.
Zoraya espera
en el harem
su cuerpo
estático
sin mar
es arena
polvo
llaga.