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lunes, 3 de marzo de 2014

ANA TERESA FABANI [10.624]



Ana Teresa Fabani 

Nació en Concepción del Uruguay el 6 de marzo de 1922 y falleció en Buenos Aires el 21 de junio de 1949. Cursó estudios primarios y secundarios en su ciudad natal, donde se graduó de maestra. Posteriormente intentó ingresar a la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, inclinándose por la diplomacia, pero la salud no le permitió concretar sus deseos. En diciembre de 1939 -año en el que se recibió de maestra- enfermó, debiendo trasladarse a Córdoba para su tratamiento. Permanece en las afueras de la ciudad, en un lugar llamado Cerro de las Rosas, ingresando posteriormente en el Sanatorio Ascochinga. La novela citada está inspirada y refleja su vida en ese sanatorio. Regresa a Buenos Aires en 1946, haciendo viajes periódicos a su ciudad natal y a Córdoba. En esta provincia permaneció un tiempo en Capilla del Monte. 

Como si se tratara de un guión cinematográfico in racconto podríamos empezar a conocer la vida de Ana Teresa Fabani por el final. Su libro póstumo, la novela Mi hogar de niebla recrea las circunstancias que rodearon su desenlace y tal vez sea una síntesis de su legado literario.

La niebla, como una metáfora de su propia vida y de su obra, la permanente incertidumbre de vivir, la fragilidad hecha carne en su cuerpo y sensibilidad, la angustia existencial que todo lo tiñe, la soledad que no da tregua a pesar de la compañía. Ese es el marco sobre el cual se recorta la figura de esta mujer valorada y querida por sus amigos y compañeros de las letras.

Una vida que cesó tempranamente y quizá por eso fue tal la intensidad de su tránsito vital y poético: su luz brilló con vehemencia a través de la poesía y del encanto personal y fue apagándose de a poco a raíz de una penosa enfermedad.

Domitila de Papetti amplía esta reseña biográfica: “Ana Teresa fue como tantas figuras de nuestras letras, casi autodidacta. Estudió en la Escuela Normal, después, los libros de la biblioteca paterna, el roce con escritores y personalidades cultivaron su espíritu. El poeta genuino había nacido en ella. Empezó a escribir desde la más tierna adolescencia en el seno de un hogar acaudalado. Y día a día fue afinando su sensibilidad en las lecturas de Rilke, de Garcilaso, de Lope de Vega, iniciándose hacia el cómo y el por qué de cuanto nos rodea, hasta que su vida toda, así enriquecida, empezó a darse, mágicamente en el canto.

Cabe destacar que Ana Teresa Fabani junto con Ana María Chouhy Aguirre y María Adela Agudo poeta esencial de Santiago del Estero conforman una trilogía dramática en cuanto a desaparición prematura dentro de la poesía del cuarenta, reconocida por su vertiente neorromántica y su herencia elegíaca. Generación querida, sembradora de melancolía y de hermosura.”

Su primera publicación la hace en la página literaria del diario “La Calle”, de Concepción del Uruguay, el 15 de noviembre de 1943, bajo el título de “Poema”. En enero de 1947 publica en el diario “Clarín” de Buenos Aires. Luego aparece un cuento suyo en “La Nación” y otras colaboraciones en diarios del país y de Montevideo.

El único libro publicado en vida de la autora es el poemario “Nada tiene nombre”, que apareció poco antes de su muerte en enero de 1949 en ediciones Botella al Mar y tuvo una reedición en 1999 a cargo de la Editorial de Entre Ríos, que dirigía entonces la poeta Marta Zamarripa, en la Colección Homenajes, a cincuenta años de su despedida terrenal y de la aparición de su primera obra. Dicha reedición incluye poemas éditos e inéditos de Ana Teresa Fabani, los poemas que le dedicaron Córdova Iturburu, Luis Alberto Ruiz, Juan L. Ortiz y Raúl González Tuñón, los textos de Leopoldo Bröll y José Portogalo, leídos en el homenaje que rindiera a la autora la Biblioteca Popular de Concepción del Uruguay. Incluye también el texto de homenaje de la SADE Filial Entrerriana del Río Uruguay publicado en 1979.

Además de este libro de poemas Fabani escribió la novela citada al principio, Mi hogar de niebla, de carácter autobiográfico y que no pudo ser corregida pues la muerte la sorprendió cuando se iba a dedicar a esa tarea. Impresa en Buenos Aires, en 1950 esta obra, que no tuvo reedición hasta la fecha, cuenta con un sentido prólogo a cargo de Ulyses Petit de Murat (ver texto) y una ilustración de Juan Carlos Castagnino en la portada. Ana Teresa falleció de tuberculosis a los 27 años.

Muchos son los contemporáneos que admiraron su obra y su fina personalidad. En una entrevista, la poeta María Meleck Vivanco (exponente del surrealismo) habla de su singular amistad con Ana Teresa Fabani y expresa: “Tendríamos que hacerle el homenaje que se merece como mínimo en la Biblioteca Nacional. Era agnóstica, pero con mucha humanidad adentro. Yo me dormía sobre su frondosa cabellera extendida a modo de cola de pavo real y de un castaño dorado fuera de serie. Era muy fácil contagiarse la tuberculosis, sin remedio, pero los jóvenes jamás piensan en el peligro. "Mi único consuelo - me decía- es que mi cuerpo no conocerá la vejez". Con su nivel de ternura tan alto y su extraña belleza, se la veía como iluminada”.

Afortunadamente su obra y su memoria permanecen y se le siguen rindiendo merecidos homenajes a quien sin dudas, ocupa un lugar de privilegio no sólo dentro de la lírica entrerriana sino de la poesía argentina.

 por Juan L. Ortiz
http://www.autoresdeconcordia.com.ar/




PISO LA NOCHE Y PARTO. NO ES OLVIDO


Piso la noche y parto. No es olvido
este silencio que en la sien, partido,
queda detrás de mí, ni es alborada
que apenas toca el borde de la almohada.
No es tampoco la estrella que ha caído
ni es el pájaro alegre que, dormido,
deja en el aire un ángulo vacío.
Este silencio que quedó, tan mío,
es mi paso y mi voz. Y una serena
garza del río cruza leve, apenas,
la noche en donde parto y mi mirada.

Piso la noche y parto. Pero alada.
Y esto quizá ni es sueño ni sea nada. 



II

Piso la tierra y parto. Me parece 
que todo este camino fue antes tumba 
y al pisarlo mi pie se desvanece.
Si en el aire me quedo se derrumba 
desde el aire mi cuerpo, y es que acaso
haya una voz llamado al oír mi paso. 
Acaso haya una mano, que, olvidada, 
ha tirado del aire, y yo enredada 
con el aire, en el aire me he caído.

Vuelvo a pisar la tierra. Ya ha nacido
una luz que me piensa, y se ha apagado
casi al nacer. Es eso inanimado
que, atrás de la razón, me desconcierta.
Piso la tierra. Ya la huella abierta
me persigue y me cansa, y sin embargo
debo seguir el pie que se hizo largo.





SI NADA TE QUEDARA, CUERPO MíO

Si nada te quedara, cuerpo mío, 
ni la sombra ni el paso... Si ni el alma 
te pudiera quedar!... Y en esa calma 
de no ser nada más, siguieras mío...

Si nada te quedara y no sintieras
más el tiempo que pasa, ni el hastío; 
si al besarte unos labios no sufrieras 
un agudo dolor… Y aún fueras mío...

Si nada te quedara y, sin embargo, 
el viento se estrellara todavía 
contra ti, como en árbol fino y largo… 
Y al dejarte te oyera decir: mía...

Si no fueras ya más, ni más yo fuera, 
y quieto este equilibrio, cuerpo mío, 
entre tu ser y yo, se nos muriera; 
¿sentirías después que has sido mío?






DESGAJADA LA RAMA. EL ALA QUIETA

Desgajada la rama. El ala quieta. 
Quebrada la palabra en el sonido, 
y en el silencio que quedó reunido 
dejó de ser la voz y ha enmudecido.

Detenido en el límite del frío 
también mi corazón, como una rosa 
que se deshoja sobre un claro río, 
siente que nada queda de las cosas. 
Y cree que ya nunca habrá otro estío.






CAVA LA LLUVIA SU PERFIL DE ARENA

Cava la lluvia su perfil de arena. 
Y, en el tul de la tarde, la azucena 
de otro recuerdo se amanece... Y calla.
Mi voz, la de antes, me penetra y habla, 
diciendo un nombre... describiendo un día… 
volviendo a repetir palabras mías...

Cava la lluvia su perfil de arena. 
Y en esta soledad que me encadena, 
entre la lluvia te presiento, y voy

por otro tiempo. Y en tu tiempo estoy.






TODO TIENE EL COLOR DE UNA ALBORADA

Todo tiene el color de una alborada... 
La sombra que en el paso se convierte 
y la flor por la lágrima mojada 
tiemblan, porque soñaron con la muerte.

Sobre el nivel que tiende la mañana 
tiembla mi corazón que no ha dormido, 
y estalla su temblor en la campana 
donde empieza el murmullo a ser sonido.

Parece que la rosa está más rosa 
y que el dolor ni fue ni se sucede, 
y el ángulo de luz que hay en la fosa 
parece un árbol en la sombra leve.






ESTÁ LA NOCHE QUIETA... ESCUCHO EL RUIDO

Está la noche quieta... escucho el ruido
de una hoja que cae, de una mirada,
de una mano que está puesta en mi almohada
y detiene en su hueco mis latidos.
Por la sombra se arrastra un paso suave,
como quien busca un rastro que ha perdido
o trae por la tierra un cuerpo de ave.
También me pareciera que ha venido
mi pequeño y lejano hermano muerto,
y en las sombras su mano me extendiera
con temor de mis ojos tan abiertos
que a pesar de mirarlo no lo vieran.
Y junto a él, apenas leve y cierto,
siento que estará aquel que tanto amara
también mirándome como si muerto
estuviera también. Y se acercara.
Siento que el grito a mi garganta sube
y una lágrima crece a mí mirada.
Todo lo que yo amara, lo que tuve,
se fue alejando así, y ya no hay nada.






MI ANGUSTIA

Los días no me llevan de la mano 
ni la nube ni el pájaro, es en vano 
llamar al aire que habla en las colinas 
o detener la sombra en la neblina. 
Ni la luz ya del sol me dará vida. 
Pero yo pensaré que estoy dormida 
por no llorar por mí si sé que ahora 
ya no veré el ocaso ni la aurora. 
En otro país, lo sé, por otro mundo, 
sin saber sí me elevo o si me hundo,
 iré sin pie, sin nombre y sin mirada, 
iré buscando qué? ¿Será la nada, 
nada más que la nada?, o todo eso 
que existirá después será un regreso 
a una casa de antes, a una orilla 
donde la flor sea pétalo y semilla? 
Pueda ser que haya voz y haya mirada, 
que haya una mano quieta o levantada, 
que haya una brisas un árbol, una rosa, 
un perfil o un fantasma de las cosas 
que al costado de mí se han conocido.
 Puede ser todo, todo, pero olvido
 que ya no podré oír. No seré nada... 
No escucharé la voz, no habrá sonido, 
no habrá silencio, no, para mi oído. 
No habrá ni ocaso en él ni habrá alborada.

                20-mayo-1949, Bs. As. 






PERDIDA EN ESTA SOMBRA ESTOY AHORA

Perdida en esta sombra estoy ahora 
sin saber donde voy ni donde he ido. 
No me acuerdo tampoco si he crecido
después de conocerme o si de ahora 
soy de esta soledad que en mí ha nacido.
Oí pasos sigilosos que han venido
por detrás de mi sombra hora por hora
y escuché llamar nombres que he querido.
Pero ahora ya sé que no es mi oído
el que escuchó ni es voz que tenue llora
la que se oyó. Es hálito perdido
que, como yo perdida en sombra ahora,
va por el aire y en el aire asido
como la cavidad rota de un nido
roza a mi soledad. Y juntos oran.





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