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domingo, 1 de abril de 2012

6567.- IOANA GRUIA




Ioana Gruia (1978, Bucarest) vive en Granada desde 1997. Después de una estancia postdoctoral en París, trabaja como docente e investigadora de literatura comparada en el Departamento de Lingüística General y Teoría de la Literatura de la Universidad de Granada. Además, y según informa el IAJ en una nota, es autora de los siguientes libros: 'Otoño sin cuerpo' (finalista del Premio de poesía de la Universidad de Granada Federico García Lorca en 2002), 'Nighthawks' (Premio de cuento de la Universidad de Granada Federico García Lorca en 2007) y 'Eliot y la escritura del tiempo en la poesía española contemporánea' (Visor, 2009).

Ha publicado en revistas como 'Renacimiento' y en el blog literario 'La nave de los locos' de Fernando Valls. Asimismo, esta joven ha colaborado con diferentes artistas plásticos (Mercedes Luanco, Rosa Fornals, Pilar Ortiz, María José Bustamante, Maureen Booth, Mercedes Fernández) y poemas de su libro 'Otoño sin cuerpo' han sido incluidos en el catálogo Granada. 'Ojos del Sur', publicado en 2005 en edición trilingüe (español, francés e inglés) por la Universidad de Granada, el Parlamento Europeo y la Junta de Andalucía.

La obra titulada 'El sol en la fruta', de la joven rumana, afincada en Granada, Iona Gruia, ha sido galardonada con el primer premio del Certamen Andalucía Joven de Poesía, del Instituto Andaluz de la Juventud (IAJ). Según dictamina el fallo del jurado, integrado por los poetas Rafael Espejo, Álvaro García, y el crítico literario José Andújar Almansa la obra premiada será publicada próximamente en la Editorial Renacimiento, con la que su autora firmará un contrato de edición. Además, la joven escritora recibirá 3.000 euros en concepto de derechos de autor, así como difusión de su libro en los medios de comunicación.








LOS LIMONES



«l’odore dei limoni».
Eugenio Montale, «I Limoni»


Ya no recuerda mucho aquel encuentro:
sólo el olor, el embriagante olor de los limones,
y el resplandor solar de sus cortezas.
El hombre dijo: nunca
te dejaré.
Y nunca volvió a verlo desde entonces.
Después ella se fue lejos del pueblo.


Ya no le queda mucho por vivir
y siente sólo rápidos destellos
de amor, amistad, odio o compasión
hacia personas que ahora son espectros.
Pero el olor, el embriagante olor de los limones
nunca la abandonó. Cierra los ojos
y encima de su rostro ve las frutas
y el resplandor solar de sus cortezas.








LA CANCIÓN DE NATASHA


«Después de comer, a petición suya, Natasha fue al piano y empezó a cantar. El príncipe Andrey, en pie junto a la ventana, la escuchaba mientras hablaba con las damas. En medio de una frase calló sintiendo inesperadamente que unas lágrimas insospechadas le subían a la garganta».
León Tolstoi, Guerra y paz


El príncipe Bolkonski está muriendo.
Nada recuerda y ahora en nada cree.
La guerra es sólo un ruido desde lejos.
La gloria, un algo incomprensible y hueco.


Mira sin verlo el rostro de Natasha.
Ya para todo es tarde,
y tarde la he amado,
piensa antes de pedir los sacramentos.


Pero oye de repente su canción,
que irrumpe de la niebla de los años
y de un lugar secreto de su cuerpo.


Relámpagos de vida desbocados
brillan al resplandor
de aquellas notas cálidas, punzantes.


Sabe que morirá cuando terminen.










París


La ciudad era gris, distante y fría.
Nos miraban las calles con sus ojos
de lluvia sucia y de carteles rojos.
La ciudad, sin embargo, nos quería.


Y la tuvimos siempre entre los brazos,
esperábamos que ella nos contara
nuestro amor, nuestra historia, nuestra rara
geografía de países y abrazos.


Nos amaron tus plazas y tus fuentes,
el río, los tejados y los puentes;
fuimos juegos de luz en los jardines,


fuegos de noche en hondos cafetines.
París, fría ciudad, ciudad tan fiel,
ciudad que estás escrita en nuestra piel.




LA LINTERNA MÁGICA


Un parpadeo de luz,
una pálida sombra intermitente
y la memoria de lo que ha leído
proyectan la historia en las cortinas:


Golo buscando siempre a Genoveva,
su lenta cabalgada,
el color irisado de su espectro...


El pequeño Marcel
no sabe aún la muerte de Albertina
y sigue proyectando la linterna,
la lenta cabalgada de la vida,
cuyo carácter adivina ya:
deslumbrante desfile de fantasmas.