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miércoles, 8 de febrero de 2012

5975.- BAUDELIO CAMARILLO



BAUDELIO CAMARILLO. (Xicoténcatl, Tamaulipas, MÉXICO 1959)
Periodista y profesor de literatura. En 1993 obtuvo el Premio de Poesía Aguascalientes con el libro En memoria del reino.

OBRA PUBLICADA
Espejos que se apagan, Zacatecas, Universidad Autónoma de Zacatecas, 1988; La casa del poeta y otros poemas, México, Editorial Cuarto Creciente, 1992; En memoria del reino, México, Instituto Nacional de Bellas Artes-Editorial Joaquín Mortiz, 1994;Huerto infantil, Querétaro, Presidencia Municipal de San Juan del Río 1996.





Luna llena
I
Aprendí de los griegos
que los ríos son dioses
que abandonan a veces sus palacios
y se echan a andar por los caminos.
Si esto es así,
el Guayalejo debe ser un dios fuerte,
bello y fogoso
para que la misma Diosa Luna
baje todas las noches
a su lecho.


II
No hay agua esta noche:
es la luz de la luna
la que llena este cauce.
III
Cruzamos el río bajo la luna llena.
Tocamos las piedras bajo el agua
con nuestros pies desnudos.
Teníamos que cruzarlo como se cruza un sueño
que después se hará sangre en nuestro cuerpo.
Caminamos despacio para beberlo todo.
Ya estamos en la orilla.
Desde esta parte el río, a la luz de la luna,
es un collar de oro
que nadie arrancará de nuestro pecho.


(En memoria del reino)












Cuarto menguante
I
Era una calle oscura de Noviembre.
Unas cuantas estrellas tiritaban dormidas
soñando en emigrar hacia mejores sueños.
El mundo estaba frío,
helado venía el viento,
pero toqué su piel, su pecho ardía
y para calentarme un poco el corazón
arrojé uno por uno mis huesos a la hoguera.
II
Afuera quedó el viento, la lluvia de granizo,
el vulgo enfermo y pobre tropezando agotado
por la calle tortuosa de nuestro fin de siglo.
Nada nos importó.
Afuera el Bien y el Mal
se quedaron tocando a nuestra puerta.
III
Las tres de la mañana.
Por calles silenciosas vende sueños la Luna.
Vengo de un largo viaje,
tanto peregrinar gastó mis fuerzas
y a paso lento vuelvo como un rey expatriado.
Pero nada me importa: he tocado la luz,
la he amado largamente
y tengo para siempre mi sueño iluminado.
¿Qué brilla en la memoria que hace más pura la mirada?
Doy vuelta en una esquina.
Triste violín del viento en un árbol desnudo.
Miro al cielo de nuevo:
mañana entra la luna en su Cuarto Menguante


("Historia de la luz")










En Memoria del reino






Río Guayalejo


(fragmentos)






Agua Materna


I


Arteria de estos campos.
La maldad crece lejos del brillo de sus aguas.
Es un río solitario en el pecho caliente de este trópico.
La luz que entra en sus aguas olvida pronto el cielo
y en el fondo las piedras son huevos de cierta ave
que no sabe volar
sino en el corazón.




II


Peces fuera del agua son nuestros corazones
lejos de esta corriente.
En el lecho del río dormitan los recuerdos.
Cada atardecer vuelan gritos de muchachas
sobre las tibias aguas de este sueño;
nadan en él, en él se bañan
y las aguas se endulzan con sus cuerpos.


Una de ellas,
la más hermosa ninfa que cruzó esta corriente,
me dio a beber el sol que atardecía en su boca
y no hay noche en mi cuerpo desde entonces.






III


Todos los días, por la angosta vereda
que nos dejaron los abuelos,
bajamos hasta el río
como bajan los pájaros al atrio de la iglesia.


Con gritos y canciones adornamos la luz
y el aire de verano que son nuestras estancias favoritas.
Somos aves buscando agua para beber,
para hundir nuestro asombro,
para dejarnos llevar por su corriente.




IV


Un enorme sabino con tres siglos de sombra
hunde sus largas ramas en el río.
Desde su copa el sol salta desnudo al agua.
Se sumerge y emerge y nada hasta la orilla
y nuevamente sube y se lanza.
Así es todos los días.
Cuando llegue el invierno
le haremos un lugar en nuestro patio
y él, que todo lo graba en su memoria,
nos hablará del tiempo en que la luz
andaba por la tierra sonando cascabeles.




V


El verde de estas aguas
no se marchita nunca en nuestros ojos.
Cuanto más contemplamos ese follaje intenso de sus olas
tienen más savia nuestros huesos.
Aquí nacimos. El barro que ahora somos
se amasó con esta agua
y el aliento de Dios
no pudo desprendernos de esta tierra.












Pesca nocturna


I


Entre el coro de ranas
desliza el río su cuerpo de serpiente.
Un agua pura y mansa en esta noche a oscuras
riega frente a nosotros una parte del cielo.
Hemos venido aquí para pescar:
sacaremos estrellas en nuestras viejas redes.
Pero mientras mi hermano termina de fumar
y yo contemplo el agua tranquila de la noche
en voz baja mojamos recuerdos en el río.




II


Ah, memoria que sólo con harapos
reconstruye aquella vestidura.
Qué desnudez tratamos de cubrir
evocando a retazos antiguas maravillas?


En voz baja vestimos nuevamente los días
que hace tiempo guardamos,
en voz baja otra vez caminamos descalzos,
en voz baja no hay muertos
ni lágrimas que aumenten el caudal de estas aguas.
En voz baja soñamos que volvemos
o volvemos soñando
a nuestra infancia.




III


Al igual que las piedras en el fondo del río
habitan nuestros ojos
años que la corriente de estas aguas no arrastran.
Más ancho y caudaloso en su mirada
mi hermano rememora sombras de antiguos sauces,
sabinos desgajados por la espada del rayo,
niños que ya no están.


¿En qué noche se pierden?
Es difícil saberlo.
Al igual que este río somos aguas que pasan
y el tiempo y el olvido
limitan
nuestro cauce.




IV


En sus partes más hondas y calladas
el río baña secretos que esta noche acechamos.
Peces grandes y hermosos
emergen con la red que la memoria tiende.


Hace veinte años estuvimos aquí;
en años sucesivos la corriente arrastró
río abajo nuestra infancia.
Y río abajo también tuvimos novia,
río abajo fuimos padres,
adultos,
gente seria y precisa.


Ahora, cargando nuestra red,
río abajo volvemos buscando nuevos peces
y así seguimos,
río abajo
hasta la muerte.










Cauce interior


I


Como todos los niños, hicimos barcos de papel
y nos subimos en ellos
y nos fuimos.
Después tuvimos uno verdadero,
una lancha pequeña,
y en ella recorrimos la misma trayectoria.


Hoy poseemos las dos cosas.
Cada mañana nos esperan.
Mas preferimos los barcos de papel
porque desde ellos el río se hace ancho
como el mar que nunca hemos conocido.












Arpegios


(fragmentos)




Una noche tus muslos se abrirán como un libro para mí.
Y como un libro te leeré,
como un poema con olor a deseo,
deleitando pausado las sílabas de luz
que guardas al vestirte.


Y una noche también conoceré la música que llevas,
el pentagrama de tu cuerpo
cuando te acerques vestida solamente del color de tu piel
y el deseo encienda un aire de orquesta entre tus pechos.


Y haremos el amor como boca y palabra,
como el violín y el arco iluminados por el genio,
como la ola y la arena
hasta dejar un cúmulo de espuma
caer en nuestros nombres.


Sí, una noche tus muslos o tu libro o tu música
se abrirán para mí.
Embestirás frenética mi destello unicorne,
sembrarás el silencio con gemidos dorados
y yo descansaré por fin sobre tu sueño
y arrojaré largas noches
al cesto de basura.














He despertado y oigo
el canto de los pájaros que anidan en tu sueño.
Una luz que abre puertas
y descorre cortinas nos encuentra desnudos.
Duermes aún.
La luz penetra en ti como en el agua,
tu piel llena de sol las paredes del cuarto.


No hay una nube que cruce por mi voz,
ningún rastro de niebla en mi garganta.
He despertado con la palabra clara;
de tu cuerpo sin sombra surge el día.
Quisiera despertarte con ramos de rosas
y de besos
y entrar por tu mirada hasta tocar el árbol
donde cantan los pájaros.


















Más allá de tu nombre están las playas.
Eres agua que abrazo con los cinco sentidos.
Voy hacia todas partes,
bebo en todas tus luces,
te lleno de palabras
y gaviotas.


















Nada pudo la noche.
Nada pudo el invierno ni la lluvia
contra el verano intenso de mi carne.


Ahora estamos desnudos.
Comenzaré a besar tu piel,
a ararte con mis manos,
a fecundarte toda,
hasta que broten flores en tu cuerpo.


















Lo sé muy bien
y sé que lo presientes:
dondequiera que ponga en ti mis labios
estoy besando mi propio corazón.




















Ella besó mi pecho
y floreció de pronto un campo de amapolas
en mi carne.
Una piedra podría dar flores hermosísimas
si labios como aquéllos la besaran;
cuánto más este cuerpo:
tierra húmeda
y fértil.






















Escombros


(fragmentos)




I


Un dolor guía mi mano hasta tocar escombros.
Como una campana movida por el viento mi corazón repica.
Estoy solo en la noche,
solo con el escalofrío que me recorre
y el alarido en círculos llevado por mi sangre
y el peso que mi voz tiene en la sombra.


¿Por qué no estoy dormido?
¿Desde qué oscura sed tiembla mi boca?
En mis ojos estalla un tiempo negro,
en mi sangre el insomnio forma coágulos;
mi sombra es tan oscura
que deja manchadas las paredes.






II


Duele en la oscuridad tocar escombros.
Después de haber amado el cuerpo queda a oscuras.
Hay por ahí recuerdos,
astillas que fingen ser luz bajo los párpados,
vagos rastros de oro sobre la piel enferma.


Lo demás es la noche.
Lo demás es el viento de la noche.
Lo demás es el olor del viento de la noche
y uno anda en la noche
como por una ciudad
desconocida.






III


Limpio mi cuerpo, amada,
en el agua más pura que corre por mi sueño.
Lavo estas manos que te recorrieron
y este pecho sobre el cual floreciste.
Lavo las piernas que hasta ti me llevaron
y los brazos que en vilo
sostuvieron tu sueño.


Limpio mi cuerpo, amada,
de derecha a izquierda y de norte a sur
hasta borrar tu nombre.
Pero es sólo un momento:
al cabo de cien o doscientos latidos
la podredumbre vuelve a salir del corazón
como una espuma negra.






VII


Hay un viento en mi sueño que rompe ramas verdes,
arranca de raíz mis árboles frutales,
abre puertas de golpe,
quiebra espejos,
silba en las cuerdas de mis nervios como un endemoniado.
Después se va,
se vuelve un remolino de espuma en la garganta
mientras yo trato de ordenar mi sueño
y reconstruyo los espejos
para verte.