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lunes, 30 de enero de 2012

5901.- RAFAEL GÓCHEZ SOSA




Rafael Góchez Sosa (EL SALVADOR, Santa Tecla, 23 de diciembre de 1927 – 16 de diciembre de 1986) fue un poeta y docente salvadoreño.
En su juventud Góchez logró ser titulado como contador, y fungió además como maestro de educación media en la especialidad de estética y letras. A finales de la década de los años 1940 partió a Honduras a trabajar en las bananeras de este país, como un trabajador más. De regreso a El Salvador se dedicó a la docencia y al periodismo, además de contraer nupcias en 1957. El siguiente año fundó el Liceo Tecleño.
Su primer éxito en el ámbito poético fue en los Juegos florales de Sonsonate en 1959, formando parte en ese tiempo de la llamada “Generación comprometida”. Ganó otros concursos, entre ellos los Juegos florales de Quezaltenango con los trabajos Desde la Sombra y Los Regresos en 1967 y 1970, respectivamente. Otro de sus logros fue el haber ganado la II Bienal Latinoamericana de poesía en Panamá en 1972.

Obra
Luna Nueva, poesía, San Salvador, 1962.
Poemas Circulares, poesía, San Salvador, 1964.
Voces del Silencio, poesía, San Salvador, 1967.
Poemas para leer sin Música, poesía, México, 1971.
Cien Años de Poesía Salvadoreña: 1800-1900 con Tirso Canales, crítica histórico–literaria, San Salvador, 1978.






CENTROAMÉRICA


¡Oh madre Centroamérica!
sereno espacio del azul marino,
deletreado sendero
que conduce a la tierra prometida.
Telúrico reclamo
por la dicha suprema de la unión.
En ti los pinos sueltan su verde crin al viento
para zurcirlos las nubes del verano.
En ti las tardes mueren
musitando el recuerdo
de la indómita raza primitiva.
Tus venados son voces para anunciar el salto
del nuevo amanecer por que luchamos.
¡Centroamérica mártir!
Insinuación de celestial remanso
donde juega el quetzal
con el zenzontle niño.
Noticia jubilosa
presentida en rosales y claveles.
Mano extendida como abierta palma
hacia la azul promesa de las horas que vienen.
¡Centroamérica Madre!
Cuando llueva el manjar de tu palabra
unida por el hombre,
te esperaré en la ruta
del común calendario de tu mares.
¡Y un nuevo sol motivará mi sangre!










DUDA


Cierra la tarde su balcón sonoro.
¿Adónde se irá el sol cuando se apaga?
llevo ésta duda gris como una llaga
nacida en la raíz de lo incoloro.


Es un dolor que por dolor lo imploro.
Un grito...una luz...es una daga.
Es leve góndola que vaga
en el vaho sin fé de mi decoro.


¿Adónde se irá el sol. Habrá una tierra,
otro mundo sin llantos y sin guerra,
una patria de tibios colmenares?


La tarde desvanece sus encajes,
y aquí, frente a la voz de los paisajes,
está mi duda deshojando altares.












CLAMOR ETERNO


Hay un clamor que siempre va conmigo.
Una inmensa oquedad desamparada.
Un algo que se pierde en la ensenada
donde cata la sal y muere el trigo.


Es una sombra que en las sombras sigo
hasta el limite azul de la alborada.
Busco el resumen de la muerte ansiada
en la sencilla cruz de algún amigo.


¿Qué habrá después de los dolientes pinos?
¿Habrá flores, cocuyos y caminos
o simplemente oscuridad de cueva?


Ah las esquinas del buscar en vano...
Mientras siembro granizo en el verano,
ruego a la luz de la ansiedad que llueva.










LA COLINA


La ciudad se hace musgo en la colina
y el musgo allá, puede juntar senderos;
sabe cosas que saben los luceros
cuando hacen pan su corazón de harina.


En su pecho suicídase la espina
para no herir la fe de los viajeros.
Es tan grande en abril en sus eneros
que en su tarde la tarde no declina.


Decir bandera es comprender la altura
y decir Santa Tecla la figura
de una verde esperanza colinera.


La colina es mensaje, amor, cimiento,
porque ella es hija del volcán y viento
y puede aprisionar la primavera.










SIEMPREVIVA


Era una noche de ansiedad lejana.
Una noche de signos vacilantes.
Una espera quemando los instantes;
era el silencio gris de la campana.


Y yo rendido, desde mi ventana
la ví pasar, Mis ojos anhelantes
la siguieron. Sus ojos -dos diamantes-
rasgaron con su luz mi luz profana.


Llevaba en sus dos manos un lucero;
en su boca las brújulas de Enero
y en la frente una Diana pensativa.


Y pasó... Y perdiosé en la floresta.
¿Su nombre? ¿Su por qué? Nunca hay respuesta.
Esa noche nació una siempreviva.












De la palabra al fuego


Ahí está la palabra.


Recogedla.


Haced con ella
el agua poderosa, establecida
desde el rocío anunciador
de la esperanza, hasta el brazo de los mares
o del llanto.


La palabra era. Ha sido siempre.


Estuvo con el hombre
primitivo
y está en el primitivo anhelo de entendernos.


Está en las vértebras del frío, derrotada,
pero está.


Vedla en el silencio
volcánico del pueblo. Miradla
historiando el barro
en el muslo de nuestra
raza y viento.


La palabra vive, conduce.


Prologa las edades.


Se toca en la herida del desvelo
lo mismo que en la luna
jubilosa de los sueños.


Se intuye la raíz de su distancia
en el puerto
de la sangre.


En todo.


Aquí.


En el ángulo inexacto de los cementerios;
en el sexo tropical
del vientre
púber;
en suelos agotados, sin emblemas;
en simientes de paz, guerra o cansancio;
en la pátina cruel
de los olvidos; en las islas
del loco; en el pecado;
en la sed; en las uñas del miedo;
en los escapularios del invierno,
en esto, en aquello, en todo: ¡la palabra!


¡Recogedla, señores de la siesta,
y haced con ella las sandalias
para llegar al fuego!












Poema del retorno


He vuelto. Estoy aquí.


Respiro por la herida de esta noche,
por los huecos ladridos de mil perros, por la luna
vacía de los huérfanos,
por lo que está presente y sin embargo lejos.


He regresado. Vengo
a decir flores de olvido, la voz
desamparada en los ciclos del hambre,
el corazón
del agua para la sed viajera.
Vengo de allá, de donde mariposas resuelven
sus colores sobre el llanto.


Vengo del labio
donde el beso no llega porque perdió las huellas
del amor.


Vengo
del fuego negro y pordiosero que adivina
la sombra en el insecto. Vengo del húmedo
recuerdo que deja un crepúsculo
de invierno, de las uñas del miedo sobre la madrugada
y sus aires de viuda
solitaria, del ámbito del loco
que amanece
desnudo porque las ropas queman.


Vengo del vaso enfermo que la razón impone
para negar sonidos,
lluvias, miel.
Vengo...