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lunes, 2 de enero de 2012

5734.- ÁNGEL GAZTELU




Ángel Gaztelu (España, 1914- Estados Unidos, 2003)
Sacerdote y poeta nacido en Puente de la Reina, España, en 1914. Junto a su familia se instaló en Cuba a los trece años de edad y se hizo cubano, no solo al adoptar la ciudadanía, sino por su sensibilidad. Prácticamente en los mismos días en que recibió la orden sacerdotal, tras haber estudiado en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana, se daba a conocer como poeta, al acompañar a José Lezama Lima en la revista Verbum, en 1937. También colaboró con Espuela de Plata (1941) y Nadie Parecía (1943). En 1944 participó en la fundación de la revista Orígenes. En 1940 y bajo el título Poemas publicó un cuaderno con sus versos de aquella época. Su más celebrado libro fue Gradual de laúdes, editado por primera vez en 1955 e ilustrado por René Portocarrero, texto reeditado en la década del 2000 por Letras Cubanas. Desde 1988 residió en Estados Unidos, lo cual no impidió que mantuviera un vínculo muy vivo con la cultura cubana. En el 2002, con motivo de la entrega del Premio de Crítica de Arte Guy Pérez Cisneros, visitó por última vez Cuba y sostuvo un encuentro con Cintio Vitier, Fina García Marruz y Roberto Fernández Retamar, en la Fundación Ludwig de Cuba. En esa oportunidad, expresó: “El cuerpo de esta Isla siempre vivirá en el tiempo y nada ni nadie podrá reducirlo a cenizas”. A los 89 años de edad falleció en EE.UU. el poeta cuya obra fue definida por Cintio Vitier como “fina captación de lo cubano”.
La obra poética del Padre Gaztelu, “descubierto” por Juan Ramón Jiménez durante su visita a Cuba en 1936, se inicia desde muy temprano con su colaboración con Lezama en las revistas Verbum (1937), Espuela de Plata ( 1941) y Nadie Parecía (1943) y se consuma en la fundación del grupo Orígenes en 1944, junto a la generación de intelectuales que marcarían indeleblemente la cultura cubana. Se concentra dicha obra, fundamentalmente, en estos libros: Poemas (1940), Gradual de laudes (1955, primera edición, de las cinco que tuvo) y Poemario (1994), pero éstos son apenas como la “punta del iceberg” de incontables textos dispersos e inéditos que algún día valdría la pena publicar, pues no sólo sus cartas, sino la más mínima nota escrita por él, rezuman poesía por los cuatro costados. No sabía hacerlo de otro modo. (últimamente, por ejemplo, escribía sus homilías –con esmerada y pulcra caligrafía- coleccionándolas organizadamente por ciclos litúrgicos). A todo esto es indispensable sumar la extensa bibliografía “pasiva”: Antologías que lo incluyen, artículos sobre él en diferentes publicaciones, etc.
En la última ocasión en que lo visité, me obsequió una fotocopia del cuaderno inédito de poemas de su juventud (1932-1934) que, según la nota –de su puño y letra- a manera de introducción, se los había dado a Lezama, siendo él aún seminarista, y que fueron “hallados entre sus papeles y libros del escritorio de la casa donde vivía” poco después del fallecimiento de éste y devueltos a Gaztelu por un amigo. De entre esos poemas me impresiona el primero, titulado “el Ángelus”, inspirado –según otra nota marginal suya- por la contemplación de la “crepuscular pintura de Millet”, reseña espléndida del cuadro (¡Ahora sé por qué me atrajo, como un imán, en el Louvre!), concluyendo una estrofa que bien podría autodefinir la vida y la obra del sacerdote-bardo.



Ojos que me habéis mirado
tan profundamente el alma,
que toda la habéis ganado
para vuestra noche y calma.

Lumbres que me habéis herido
con ímpetu tan certero,
que morir a lo vivido
es vivir por lo que muero.




Por eso el alma pena mirando a las estrellas y al mar
confía sus voces;
su voces que en rumor de la paloma aprenden
la espuma del nombre.
Del nombre en quien todo renace y vive eternamente
florido y joven.
En esta noche he vuelto a encontrar un nuevo gozo
de indecible calma.
Frente al mar sereno, se siente al Dios, que
nos perdona y ama.








Siento ahora golpes de agua en mi frente
que aceleran mi sangre con ímpetu claro de gracia.
Es profunda la noche, como un pozo, como el pozo
que soñara
de la eterna Palabra el diálogo del agua viva,
donde ha de hundir el alma para el fruto la pasión
de sus raíces.






ANHELO

Quiero ser como el río, Señor,
dócil al cauce que le da forma;
quiero ser río de amor
siempre y cuando tú seas mi norma.

No me detendré a mirar la flor
Si su cristal espeja y se transforma,
ni me quedaré con su color
que es vano si tu luz no lo informa.

Pura el agua, si es que se remansa,
será para contemplarte mansa
del íntimo recodo en la calma

vislumbrando en la gama y en la flor
las huellas de tus pasos, Señor,
río de amor, remanso del alma.

(De Gradual de laudes)






¡Oh noche, oh cena dulcísima, oh visión encendida
en la luz de tu rostro.
¡Oh manjar, que te come el hombre y se encumbre
más que el ángel
cuando todo el cielo emigra, derramándose en su pecho,
enciende la sangre y hace del alma, tálamo de Dios,
selectísimo.






Y mi nombre, Señor, escríbelo con el fuego de tu sangre,
de tu sangre imborrable, más rica que la plata y el oro,
en el libro de la Vida.
Es todo lo que quiero pedirte, Amor, esta noche a la paz
de tus estrellas.







Azucena: tu candor
nieva el nombre de María,
clara alba, puerta del día,
fuente de gracia y olor
que ordena al hombre el amor.
En el huerto del cantar
viste al Amado gozar,
recreándose en tu aroma,
cuando empezó la paloma
con la flor a despuntar.10




Miraba la noche el alma
y era tan fina su pena,
que deshojaba la calma
remota de la azucena.

Nunca, noche, comprendí
como anoche tus querellas,
cuando en tu raudal bebí
efusión de tus estrellas.