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miércoles, 28 de diciembre de 2011

5706.- NUMA POMPILIO LLONA




Numa Pompilio Llona (nació en Guayaquil, ECUADOR en 1832, murió en Guayaquil el 4 de abril de 1907) fue un poeta y filósofo ecuatoriano. Cursó su educación primaria en Cali Colombia, y sus estudios secundarios y superiores en Lima, graduándose de abogado en la Universidad de San Marcos, en la que ocupó la cátedra de estética y Literatura General.
Se desempeñó como diplomático en España, Francia, Italia y Colombia; e intimó con célebres poetas, escritores como Víctor Hugo, George Sand, Alphonse de Lamartine, Cienfuegos Manzini, Núñez de Arce, Leopard y otros.
En 1882 fue nombrado rector de la Universidad de Guayaquil, en 1904 fue coronado poeta de la misma Universidad por la poetisa Dolores Sucre.


Obras Literarias
Entre sus obras literarias se encuentran diversos temas sobre los acontecimientos y circunstancias de la vida. Escribió sobre asuntos religiosos y patrióticos, estéticos y filosóficos. Buscaba los temas y los lectores. No hay una composición que no esté dedicada a un personaje o a una nación
Cien Sonetos Nuevos
Interrogaciones
Amor Supremo
Himnos, dianas y elegías patrióticas y religiosas
De la penumbra a la Luz
Cantos Americanos
Nuevas poesías
Artículos en Rosa
Noches de Dolor en las Montañas
Canto a la Vida*Odisea del Alma
Clamores de Occidente
El gran enigma
Noche de dolor en las montañas
Grandeza Moral














A don Fernando Velarde


¡No te amedrente el ponzoñoso dardo
de turba vil, que con rencor bastardo
te provoca y te insulta!; ¡firme lidia!...
¡Porque jamás vio el mundo, oh noble bardo,
fuego sin humo, gloria sin envidia!










Desde mi estancia


Al eminente crítico y poeta argentino don Calixto Oyuela


Mi ventana, que se abre a la campiña
do se extiende fantástico paisaje,
cubre del huerto trepadora viña
con la tupida red de su ramaje;


entre su fronda, hasta la oscura estancia
filtra su blanca luz la luna llena
que, alumbrando los campos a distancia,
surge en el cielo fúlgida y serena;


dando tregua a misérrimas congojas,
contemplo yo, de la penumbra opaca,
el arabesco de las negras hojas
que en argentado fondo se destaca;


de la cumbre de próxima montaña
desciende el aura y el follaje agita;
¡y siento entonces emoción extraña,
ansiedad soñadora e infinita!...


¡Afuera, allá, las mágicas florestas,
dormidos valles, encantados montes!...
¡Y esos hierros, y ramas interpuestas
ante aquellos grandiosos horizontes!...


De la terrena cárcel tras la reja,
mira así el alma con dolor profundo
el infinito que su luz refleja
en los oscuros ámbitos del mundo;


¡y así contempla en la penumbra hundida,
el lejano ideal de su ventura,
por entre las malezas de la vida,
donde, a veces, de lo alto descendida,
la divina pasión sólo murmura!...


















Noche de dolor en las montañas


A don Juan Valera


Rugió la tempestad; y yo, entretanto,
del monte al pie, la faz sobre la palma
vertiendo acerbo inextinguible llanto,
quedé en su pena, adormecida mi alma;
cuando cesó el sopor de mi quebranto,
limpio estaba el azul, el viento en calma...
¡y con asombro y amargura y duelo,
alcé mi rostro a contemplar el cielo!...


Sirio radiante sin cesar lucía;
Saturno, inmóvil, del cenit miraba
la vida universal... La Láctea Vía,
que con luz taciturna centellaba
y al orbe en ancho círculo envolvía
de brillantes escamas, semejaba
la infinita, simbólica serpiente
que se está devorando eternamente...


¡Cuánto silencio! ¡Oh Dios! ¡Cuánto reposo!
¡Y cuán honda y fatal indiferencia!
¡Cuán extraño ese todo prodigioso
es del hombre a la mísera presencia!...
¡Al comprenderlo, un pasmo doloroso
penetra y acongoja la conciencia,
y en sus abismos íntimos clarea
una tremenda e implacable idea!


Gira el mundo en el vasto firmamento
con pompa augusta y majestad suprema,
y se agita, en acorde movimiento,
de los astros sin fin el gran sistema...
¡Y el hombre pasa, alzando su lamento,
y de su propio ser con el problema!
¡Sufre y muere!... ¡y no turba su caída
el perpetuo banquete de la vida!


Ser inmenso encerrado en su egoísmo
parece el universo soberano,
o un colosal y ciego mecanismo
que gira sin cesar; ¡y el ser humano
-el que, entre todos, siéntese a sí mismo-,
la arista deleznable, el leve grano,
que va a saciar, sin que eludirlo pueda,
la actividad de la gigante rueda!


¡Un resorte es, tal vez, de aquella vasta
maravillosa máquina divina,
mas resorte que sufre! ¡Que se gasta,
y que siente su próxima ruina!
¡Ser cuya triste pequeñez contrasta
con su instinto que a lo alto se encamina!
¡Que vive un día en cautiverio infando,
eterna vida y libertad soñando!


¡Vive! ¡en su mente el doloroso drama
llevando de sus propios pensamientos;
conjunto extraño, mísera amalgama
de opuestos y encontrados elementos;
mezcla de sombra y de celeste llama;
antítesis de todos los momentos;
híbrido ser; en medio a cuanto existe,
de la fatalidad víctima triste!


Como el príncipe aquel infortunado
de los extraños cuentos orientales,
que, en su inferior mitad petrificado,
lloraba inmóvil sus eternos males;
a la inerte materia encadenado
el hombre, así, por vínculos fatales,
de las regiones ínfimas del suelo
¡ansioso mira y suspirando el cielo!


Más dichosos, del ángel puro y fuerte
no oprime el barro la sustancia aeria;
la inmóvil planta, el mineral inerte,
son insensible estúpida materia;
siente el bruto los males de su suerte,
¡pero no a su dolor y a su miseria
da una perpetua y céntuple existencia
el cristal refractor de la conciencia!


Sólo él, que se llama el rey egregio
de la vasta creación puesto en la cumbre,
sólo él recibe el alto privilegio
de la razón, con que su noche alumbre;
él tiene el pensamiento, signo regio
que en su frente refulge, interna lumbre,
del Universo misterioso espejo,
y de su propio ser sombra y reflejo.


El sol, de eterna majestad vestido,
que nace en calma allá en el océano,
cuando, como de amor estremecido,
palpita y se alza su cerúleo llano;
cuando bullente mar de oro fundido
su faz semeja; y su vapor liviano
flota en los aires, y escalando el monte,
desvanece el perfil del horizonte;


cuando, en las altas cúspides quebrados,
hieren los dardos de oro las montañas...
y de los hondos valles y collados
el humo se alza ya de las cabañas;
y el distante mugir de los ganados
se oye, y la voz de montes y campañas;
¡y de la tierra la anchurosa escena
de luz, de vida y de rumor se llena!


Los espumosos rápidos torrentes
que, de los montes rudos y sombríos
relumbrando en las ásperas vertientes,
bajan al valle; los sonoros ríos
que, en caprichosos giros refulgentes,
por entre bosques, pueblos y plantíos,
se pierden en confusa lontananza...
¡como un sueño de amor y de esperanza!


La hora augusta, callada y ardorosa
del meridiano universal sosiego,
cuando la Tierra extática reposa
bajo su blanca túnica de fuego...
Las sombras de la tarde misteriosa;
de la campana el clamoroso ruego,
mientras el sol se oculta paso a paso
en las pompas sublimes del ocaso;


Del labrador alegre los cantares,
que, más feliz que próceres y reyes,
de la diurna faena a sus hogares
al paso vuelve de sus tardos bueyes;
las voces de las granjas y lagares;
el tropel y balido de las greyes
que en silencio al redil el pastor guía,
a las vislumbres últimas del día;


Venus que asoma rutilante y pura
del dudoso crepúsculo entre el velo;
la muchedumbre de astros que fulgura
en el profundo cóncavo del cielo,
mientras cubre aún la tierra sombra oscura.
¡Y el alma siente indefinible anhelo
bajo esa inmensa y trémula techumbre
de viva, ardiente y fulgorosa lumbre!


¡La aparición de la triunfante luna
en el azul más claro del vacío,
que con serenos rayos la laguna
argenta y la montaña y selva y río...
La misteriosa oscuridad que aduna
tal vez la noche en su recinto umbrío,
mientras del mar en la tiniebla oculto
¡resuenan los gemidos y el tumulto!...


Las nebulosas noches en que vela
el firmamento sombra vaporosa,
cuando la luna trémula rïela
en la mar alterada y tenebrosa,
y su argentada rutilante estela
sigue el vaivén del onda silenciosa...
¡Y en el alma se eleva, conmovida,
como el recuerdo de otra augusta vida!


¡Las montañas inmobles y severas
que se reflejan en el hondo lago,
cuyo luciente espejo auras ligeras
tan sólo agitan, en amante halago;
sus ondas que en las plácidas riberas
lentas expiran con murmullo vago;
los nevados que elevan a lo lejos
sus cúpulas de fúlgidos reflejos!...
                                    
Los azulados pálidos albores
de la aurora en los valles indecisa;
el amante susurro de las flores
que el soplo inclina de la fresca brisa;
de la escondida frente los rumores;
de los cielos la fúlgida sonrisa;
la blanca nube que en su fondo rueda;
la tórtola que gime en la arboleda...


Del panorama espléndido del mundo
cada aspecto magnífico y diverso,
cada acento sonoro o gemebundo
del himno augusto en la creación disperso,
de un sentimiento incógnito y profundo
llenan su corazón; y al universo
estrecha su alma con gigante abrazo,
¡y unirse quiere en perdurable lazo!


¡Perpetuamente contemplar quisiera
de la tierra y los cielos la hermosura;
y, siguiendo en su rápida carrera
a la gloria e inmortal natura,
al revolver de la celeste esfera,
en éxtasis de amor y de ventura,
del éter por las vastas soledades
atravesar con ella las edades!


¡De la ley de la muerte vencedora,
gozar quisiera de inexhausta vida,
sin noche, sin ocaso y sin aurora,
sin término, ni valla, ni medida!
¡Y la infinita sed que la devora
así saciando, al universo unida,
su espíritu fundiéndose en su esencia,
abismarse en la cósmica existencia!...


¡Que es la vasta creación, con los fulgores
de sus eternos astros, con la orquesta
de sus seres, y cantos y rumores...
el coro inmenso, la perpetua fiesta
entre la cual, la humanidad, de flores
marcha ceñida, y a morir dispuesta!
¡Ifigenia inocente y resignada
ante ignota deidad sacrificada!


¡Comprende que es inútil su esperanza!
¡Que -blanco de la cólera tremenda
del destino implacable o la venganza,
o ante su altar propiciatorio ofrenda-,
por fuerza oculta arrebatado avanza
gimiendo el hombre en la terrestre senda,
a cuyo fin le espera silenciosa
la universal y sempiterna fosa!...


¡Oh indecible dolor!... ¡Oh desventura
eterna, inevitable e infinita!
¡Contradicción fatal! ¡Ley de amargura
a nuestra raza mísera prescrita!...
Si por doquier a la infeliz criatura
su propia y triste condición limita,
¿por qué esta sed que nos devora interna
de amor, de vida y venturanza eterna?


¿Por qué esta ansia de espíritu gigante
puesta en un ser efímero y mezquino?
¿Por qué este anhelo inmenso e incesante
de lo eterno, inmortal y lo divino,
si el sueño irrevocable de un instante
sólo es la vida que le dio el destino;
niebla que en el azul del firmamento
veloz agrupa y desvanece el viento?


¡No! Armada de la séptuple coraza
de firme voluntad el alma fuerte,
el golpe esperarás con que amenaza
tu inerme seno la infalible muerte,
¡oh, tú, de Adán desventurada raza,
hija desheredada de la suerte!
¡Y le opondrás la calma y la grandeza
de tu heroica invencible fortaleza!


De la enemiga tribu prisionero
y próximo a sufrir muerte cruenta,
atado al tronco el índico guerrero
las breves horas de su vida cuenta;
inmóvil, silencioso y altanero,
no a sus contrarios apiadar intenta;
su suerte acepta; y de la turba impía
desdeñoso la saña desafía;


en lo pasado engólfase su mente
largo tiempo, al rumor que en la enramada
forma el viento que le habla tristemente
de su selva, su choza y de su amada...
Levanta, alabo, la inclinada frente;
centellante recorre su mirada
de sus verdugos el salvaje coro...
¡y al fin entona un cántico sonoro!


¡Un cántico de muerte y de victoria!
¡Himno a la vez triunfal y plañidero!
Que toda encierra la sangrienta historia
de sus luchas de guerra en el sendero.
¡Apoteosis de su propia gloria!
¡Consolación de su suplicio fiero!
En su labio crispado al fin expira...
¡y el cuerpo entrega a la inflamada pira!


Así ¡oh tú, alma generosa y fuerte
que el soplo alienta de viril potencia!
aceptar debes de la adversa suerte
la injusta cuanto bárbara sentencia;
el aspecto cercano de la muerte
mirarás con estoica indiferencia;
¡y, al morir, sin flaqueza y sin quebranto,
entonarás tu funerario canto!


Y en él dirás: de tus fugaces años,
las luchas, los cuidados y dolores,
incertidumbres, dudas, desengaños...
de la instable fortuna los rigores;
de la callada edad los lentos daños;
de los seres más caros y mejores
la inesperada eterna despedida,
que extingue la mitad de nuestra vida.


De invisibles contrarios el asedio
en la terrestre encarnizada guerra;
la ponzoña letal y sin remedio
que allá en su fondo nuestra copa encierra;
la creciente congoja y hondo tedio
en nuestro triste viaje por la tierra...
¡y aquel amargo y desdeñoso acento,
muriendo, arrojarás al firmamento!


¡Del propio crimen que nosotros, reo
sufriendo atroz suplicio en la alta roca,
no, de Jove, el antiguo Prometeo
con viles ruegos la piedad invoca;
encadenado el torso giganteo,
cerró el silencio del desdén su boca;
mas, sublime, lanzó, con frente enhiesta,
a la eterna justicia su protesta!


¡Sí! que, al morir, elévese a lo menos
el grito de la mísera criatura,
y traspasando los etéreos senos,
allá resuene en la celeste altura;
que en los espacios mudos y serenos
eterno vibre su eco de amargura...
¡y que después deshágase y sucumba,
y en polvo caiga en ignorada tumba!


Al pie de los Apeninos, enero de 1872.