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viernes, 23 de diciembre de 2011

5669.- VICENTE CERVERA SALINAS





Vicente Cervera Salinas, poeta y ensayista español, nació en Albacete en 1961. Su tesis doctoral versó sobre la clave lírica del escritor argentino Jorge Luis Borges. Desde 2004 es catedrático de literatura hispanoamericana en la Universidad de Murcia.


Obra


Poesía
De Aurigas inmortales, Comisión del V Centenario, Murcia, 1993. Prólogo de Antonio Colinas.
La Partitura, Vitruvio, Madrid, 2001. Prólogo de Antonio Requeni.
El alma oblicua, Verbum, Madrid, 2003. Prólogo de Antonio Cillóniz.
L'anima obliqua, Levante Editori, Bari, 2008. Traducción de Elsa Rovidone. Prólogo de Gabriele Morelli.
Escalada y otros poemas (2010)


Ensayo
La poesía de Jorge Luis Borges: historia de una eternidad. Murcia, Editum, 1992.
La poesía del logos, Murcia, Editum, 1992.
La Poesía y la Idea. Fragmentos de una vieja querella (Premio Nacional "Anthropos" de Ensayo, 1992). Universidad de San José de Costa Rica, 2001. (Segunda Edición: Murcia, Editum, Editorial El Otro@El Mismo, 2007). Prólogo de José María Pozuelo Yvancos.
La palabra en el espejo. Estudios de literatura hispanoamericana comparada. Murcia, Editum, 1996
El compás de los sentidos. Murcia, Editum, 1998.
El síndrome de Beatriz en la literatura hispanoamericana, Iberoamericana Vervuet, 2006. Con él recorre el tratamiento de la Beatrice de Dante Alighieri a lo largo de los siglos en la literatura occidental, especialmente la hispanoamericana, y su deconstrucción en el último siglo.


Edición
Henríquez Ureña, Pedro: Historia cultural y literaria de la América hispánica. Edición de Vicente Cervera. Verbum, Madrid, 2007
Piñera, Virgilio: Cuentos fríos. El que vino a salvarme. Edición de Vicente Cervera y Mercedes Serna. Cátedra, 2008.














Poemas de
El alma oblicua


Cubierta de El alma oblicua, de Vicente Cervera Salinas.








Los zapatos amarillos


Con su base de madera aparecían,
escondidos, fascinantes, imposibles
y señeros. No podía sustraerme
a su extrañeza: me postraba
y descubría. Hipnotizaban un deseo
despojado de cuitas: alegre y
puro. Ni las botas azules, ni
la airosa abotonadura abierta
en los de cuero. Sublimaban
el airoso ritmo del claquet, la
contradanza del charol, el arabesco
entobillado del flamenco. Solaz del
pícaro, refugio fulgurante del payaso,
talón de Aquiles del dorado dandy
adamascado. Confundían su tamaño
con mi pie, y en mis manos, destellaban
movimientos en potencia. En sus pasos
presentía los latidos del sonriente
bienestar. Ni de cristal ni de heliotropo
su materia: de la arena y del azufre
de los sueños. Lamidos por su orilla
vigilante, irradiaban luz sus vetas
pinceladas. No era maldad su
extravagancia: eran la urgencia
cenital. Era el ardor del caminar
sobre la tierra, con un gesto de
imprudencia y de jactancia, rebosante
y gualda. En su suelo, ciertos signos
no leídos inscribían historias para ser
sentidas: indicio amable de que nunca
contendrían más función que la de
ornar las ondas del descanso.
Que su huella no será sino
la ciega geografía donde anidan
los heraldos amarillos. Mensajeros
de regiones que no fueron
profanadas, ni en sonoros
pasos del vértigo vertidas.














Significantes


Amor reside en los significantes.
Lo que escucho es tan sólo lo que tú
me expresas: sabe a tu voz, brota
en tu grafía. No hay remisión
posible a otro concepto. Si se alza
un árbol ante mí, es ése y no cualquiera
el que ansío que contemples; en este tronco
se agita cuanto falta; en esta rama
erguida, yérguese la maravilla
de saberte. No piso otro suelo
ni beso otra respiración. Nada se aleja
de la forma que la esculpe. El color
se demora en la instantánea. La letra
agrava el ángulo de su figura;
anuncia la mañana
tu clavícula. El sonido de tus sueños
la desnuda. Lo lejano es infinito
sin tu sombra. Los nombres de los otros
se me olvidan. Los objetos
que no tocas, pierden brillo y densidad,
y se extravían. Nada saben.
Nada indican. La memoria es carne, y
la apariencia, realidad. Más cuando
el signo que es metáfora recupera
su articulación, algo
comienza a expirar. Surge, hostil,
el reino de los ruidos.
Y todo grita su silencio
y todo vuelve al sinsentido.














Cautiva


De la impostura al cautiverio
no hay un abismo,
tan sólo un fuego que flota
y de pronto estalla. Deja así
la estela absurda de los pies
con barro y sin huella. La ocasión
deshabitada que se humilla
como la cifra cautiva
de una ecuación sin resolver.












Al que quedó


Siempre hay alguien que se va.
Acarrea el peso de un encuentro
a deshora y, sin gemir, despide
las distancias, desgranando afueras.
Sube al barco y colabora en el desdén
universal, que nos hermana con el ser
del peregrino. Y favorece un tiempo
dilatado, inaccesible a los rencores
y al fracaso. Deja paso así
la envidia al generoso aliento de lo
que vendrá. El que se fue te
deja entre la piedra y la canción
un eco grávido, un poso hecho
de roca y melodía, que te lanza
y te detiene. No habrá lugar
para la faz del maldiciente
si ha sentido la partida como
parte de su ser. Ni la fracción
habrá ofrecido nunca tanta luz
como el entero. Ni lo disperso
tanto don como el global. Siempre hay
piedad y protección para el que parte
porque siempre está el lugar
del que quedó.


À celui qui est resté






Il y a toujours quelqu'un qui s'en va.
Il porte le poids d'une rencontre
à contretemps, et sans gémir fait ses adieux
aux distances, et égrène l’ailleurs.
Il monte sur le bateau et participe à ce dédain
universel qui nous fait fraterniser
avec l'être du pèlerin. Il favorise un temps
dilaté, inaccessible aux rancoeurs
et à l'échec. L’envie cède ainsi
sa place au souffle généreux
de ce qui adviendra. Celui qui est parti
te laisse, entre la pierre et la chanson,
un lourd écho, un sédiment fait
de roc et de mélodie, qui t’emporte
et te retient. Il n'y aura pas de place
pour la face du médisant
tant qu’il aura senti ce départ
comme une partie de son être. Et la fraction
n'aura jamais offert autant de lumière
que l'unité. Ni jamais la dispersion
autant de dons que la globalité. Il y a toujours
pitié et protection pour celui qui s’en va
car il y a toujours le lieu
de celui qui est resté.










EN BUSCA DE CARLOTA


No buscaba a la mujer, sino su cuadro.
El retrato que admiramos, nos deleita
y sume en confidencias mudas. Pero
al tiempo que el dibujo huía
y mostraba sus contornos fantasmales,
la mujer aparecía. Me invitaba
a recostarme en el diván de los helechos
para ahondarme en el presente, que mostraba
cálida y sincera. Me admitía
como socio reservado y elegido. Cedía
su asiento, sus cigarros, su almohadón,
su botiquín, su arena y sus heridas:
el collar de la familia, el galope inicuo
del latido que se enferma, los frutos
de su cuerpo y la inicial de sus
ensueños. Aquel día se multiplicó
por tres, y fuimos cómplices de una
ciudad que se vestía de escenario,
para un drama improvisado, de
deleites sin pasión, pero con alma
y sed de ser. No era la dama de
atributos victorianos cuyo vértigo
ascendió de entre los muertos. Era carne,
era herencia de otros pueblos peregrinos,
era madre y era hermana. Testigo,
reina Mab y, sobre todo, era pregunta.
El cuadro se diluye, al fin silente,
innecesario; la mujer acude.
¿Cómo ocultarle quién soy?
¿En qué retrato de palabras
y de gestos me hallaría?






De "La Partitura"






Arriésgate:


Arriésgate si reconoces raras
las respuestas que recorren los ríos
y las ramas. Si ruedan desvaríos
en las rocas y se enredan las caras
del rostro arrepentido; si reparas
y revisas los relojes tardíos,
y te encuentras riquezas y amoríos
que ya no rinden sus razones claras,
recuerda: es que el riesgo te reclama.
Al retoño renacido, arrójate;
al rencor renuncia, que nunca hermana;
al reflejo repentino, entrégate;
no resguardes el rigor de la trama
que resta soterrada: Arriésgate.












DE Escalada y otros poemas





ESCALADA


Avanzo instintiva,
luego, cabalmente.
Descanso si mis pies
se fatigaron en exceso
o si latía en desmesura
el corazón. Observo siempre
cuanto brinda la arriera
y madre Natura. Y de ella
pretendo incorporar algún
apunte a mi persona;
reposo cuando el sueño me
reclama y dejo que me venza
sin darme nunca por
vencido. Si me asaltan
los ladrones de mi paz,
procuro ahuyentarlos
con el don de la mirada.
Intento que del trecho
recorrido me acompañen
las señales aprendidas, y proyecto
el tramo que me resta
por hollar, obedeciendo a la ley
de la materia y al mandato
más robusto de la fe. Llevo
en la cartera talismanes
que aprendí ejercitando el arte
de la memoria:
un libro de mi padre,
un poema de mi amiga,
y siempre voy contigo,
en la andanza de mis pasos
o en la percusión de los ecos
y en la luz que todo irisa.
Dejo que me asalte la canción
si mi suelo forma arena;
cuando hay peñas, amortiguo
con las suelas del equino,
atento a los follajes que diviso.
Entono versos cada vez que la sombra
de la certeza deja al descubierto
superficies de hondonadas
y prosigo veloz en mi lentitud.
No porto reloj en mi pulsera;
surco el tiempo con la escala
de cada decisión. Al error,
le presento mis disculpas,
y le concedo al extraño
el beneficio de la duda, para
no inclinar con su lastre las espaldas
laceradas, y no reconocerme
sólo en el reino de la culpa
y sus fracasos. A menudo medito
sobre el límite entre el centro
y sus innumerables periferias,
recibidas o nuevamente formuladas.
Atajo el cinismo y la presión
de la rutina con las palabras
que instauran la fortaleza
de lo desconocido, o de lo eterno
restaurado. Arranco algunos brotes
del almendro en flor para regalar
ramos de aromas efímeros
y, en el recuerdo, permanentes.
La distancia de lo andado nunca
es mayor que el continente imaginario.
Y si lo fuere, será que el tiempo
consumido había sido el otorgado,
el necesario, el que la sabia mano
sobre mí depositó. Otra imagen
del mundo sobreviene, sin que
el sentido de lo hollado desfallezca.
Escudriño las fauces del león
y de la tórtola aboceto isocronías,
y aligero así cuanto se inclina
a la caída. Mudo u órfico,
rico en tesoros de huellas vivas
que manos ajadas me hacen
observar, susurra alguna voz
que ya debo detenerme.
El viaje en espejo coincide
entonces con la serie y el contraste
de estaciones. Hinco el talón.
Miro en torno, y advierto
-sorprendido- que el camino era
un ascenso y el viaje una
escalada, que permite recostarme
en su penumbra vertical
donde distingo una constelación
de brezo y piedras,
que un sol terrestre hace
brillar.