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miércoles, 14 de diciembre de 2011

5525.- JOSÉ LUIS APPLEYARD



José Luis Appleyard fue un poeta, dramaturgo, abogado, periodista y editorialista paraguayo que nació en Asunción, Paraguay, el 5 de mayo de 1927. Falleció en Asunción en 1998.
Su educación primaria la hizo en la Escuela Normal de Profesores, y la primera parte de sus estudios secundarios los realizó en el Colegio San José de Asunción, concluyendo su bachillerato en el Colegio San Martín, de Buenos Aires, Argentina.
Optó al título de abogado por la Universidad Nacional de Asunción y se desempeñó por aproximadamente una década en su profesión, para luego volcarse de lleno al periodismo y a la poesía. Ruth Vera

Primeros pasos
Fue uno de los discípulos predilectos del culto sacerdote español César Alonso de las Heras, en el Colegio San José. El Padre Alonso es una figura fundamental en la difusión de la gran poesía española de las llamadas generaciones del ‘98 y del ‘27, y forjador de numerosos talentos para las letras paraguayas, desde la Academia Literaria del Colegio San José, primero, y luego desde la Academia Universitaria. De ésta última institución, Appleyard fue presidente y activo referente.
Pertenece a la llamada “Generación del ‘50” en la poesía paraguaya, junto a José María Gómez Sanjurjo, Ricardo Mazó y Ramiro Domínguez, entre los representantes más notables de ese período.
Durante casi dos décadas hizo parte del cuerpo de periodistas del diario “La Tribuna”, de Asunción, medio de comunicación en el cual cumplió además las funciones de Jefe del Área Cultural y director del suplemento cultural de los días domingos. Fue editorialista en el influyente matutino asunceno y con el nombre de “Monólogos” publicó una columna que logró gran popularidad al encarar temas de actualidad candente escribiendo “como habla la gente” en el Paraguay. Trabajó asimismo en el vespertino “Última Hora”, donde su columna “Desde el tiempo que vivo” era uno de los más esperados por los miles de lectores del rotativo.
Invitado por varios gobiernos extranjeros, entre ellos los de Estados Unidos de Norteamérica y Alemania, visitó numerosos países, brindando charlas, conferencias y recitales con sus poemas.

Trayectoria
Desempeñó funciones de Presidente del PEN Club del Paraguay y, siendo Miembro de Número de la Academia Paraguaya de la Lengua Española, fue secretario de la importante institución cultural.
El también poeta y crítico literario Roque Vallejos escribe en la nota introductoria del libro “José-Luis Apppleyard - Antología poética”, publicada en 1996: “...Tiene poemas de notable mordacidad social que habría querido Rafael Barrett incluirlos en sus “Moralidades actuales”. Tal su poema “Hay un sitio” que dice en uno de sus fragmentos: Hay sinónimos claros, transparentes: / ser libre es vegetar sin albedrío, / robar es trabajar, amor es odio, / y vivir es morir desguarnecido. / La soledad se llama compañía / y el traicionar, ser fiel a lo amigos. / La novedad, vejez. Todo lo nuevo / tiene una oscura pátina de antiguo. Con sobriedad y sin arrebato, Appleyard describe con penetrante fidelidad y crudeza el estado de trabucamiento espiritual, el vaciamiento semántico de las palabras y los sentimientos embozados que instaló el largo régimen autoritario que entronizó en el país un clima deletéreo e irrespirable durante más de tres décadas. Un poeta que ha edificado toda su obra sobre el eje acial de la libertad no podría -ni lo ha intentado- propugnar una moral dogmática que fatalmente habría de llevarlo al mero prosaísmo doctrinal”.
Por su parte, Hugo Rodríguez-Alcalá, investigador insigne de la literatura paraguaya escribe: “Appleyard da a la estampa... el libro más bello de su promoción: Entonces era siempre. Entre los de la Academia Universitaria, Appleyard es el que desarrolla más cumplidamente los temas del grupo: la nostalgia de un tiempo ido, el amor adolescente, la magia de la niñez no muy lejana. Todos estos temas están en Entonces era siempre, poemario en que el poeta evoca la niñez -éste es el sentido de la palabra “entonces”- y el mundo mágico de los días felices de la inocencia de los juegos”.

Su estilo
El propio poeta, en un breve escrito de junio de 1981 que abre su libro “Tomado de la mano”, en relación a sus poemas expresa: “Y es así como, tomado de la mano de ellos me he visto a mi mismo en una larga trayectoria de años, de días y de horas que me dieron un poco de todo.
En ese transitar apoyado en mis versos me he sentido triste y feliz, Me he sentido abrumado por la soledad y más aún por la compañía siempre pasajera. Me he visto niño en Areguá. Me he visto joven estudiante en Buenos Aires. Me he sentido de nuevo en la Academia Universitaria, esa hermosa experiencia que un grupo de amigos creara. Y también me he mirado a mí mismo, blancos ya los cabellos, cana la barba, así como soy hoy”. Y agrega: “Los ojos de quienes me lean no verán lo mismo. Pero puede ser que reconstruyan no mi imagen, sino un camino a cuyos bordes está siempre la vida. Si tal se logra, los versos habrán cumplido su misión de dejar algo de mi voz en estas páginas. Si no, seguirán siendo hijos, me fueron naciendo en la mayoría de los casos con dolorosa angustia, hijos míos que quedan indefensos, solos e indefensos de quien les dio la efímera o definitiva vida en un poema. Quedan con el lector, desamparadamente solos, esos poemas. Que ellos digan, si es que la tienen, su verdad”.

Distinciones
En 1961 ganó el Premio Municipal de Teatro con el drama poético sobre la independencia del Paraguay al cual tituló “Aquel 1811”.

Obras
Aunque ha escrito otras varias piezas breves, casi toda su producción teatral permanece inédita.
Año Obras
1953 “Poesía”, junto a otros miembros de la Academia Universitaria.
1963 El poemario “Entonces era para siempre”, su primer libro (1963).
1965 “El sauce permanece” (1965),
1978 “Así es mi Nochebuena”.
1981 libro en el cual figura el poema “Cigarra, tonta cigarra”, magníficamente musicalizado por Maneco Galeano, “Tomado de la mano”.
1982 “El labio y la palabra”.
1983 “Solamente los años.
1965 En narrativa es autor de una novela: “Imágenes sin tierra”
1971 “Los monólogos”
1983 “La voz que nos hablamos”
Año Últimas publicaciones
1988 “Las palabras secretas”, un poemario.
1993 “Desde el tiempo que vivo”, una serie de sesenta breves relatos poéticos en torno a los sucesos más significativos del segundo milenio de la Era Cristiana, libro que lo hizo acreedor del Premio Municipal de Literatura en 1994
1997 Por su último libro, “Cenizas de la vida”, mereció el máximo galardón de las letras paraguayas, el Premio Nacional de Literatura que le confirió el Parlamento Paraguayo en ese mismo año.





EL TIEMPO

Ya es ayer pero entonces era siempre
un trasegar de horarios inmutables
Desde la noche al sol.
Cada semana
era distinta e igual a la siguiente.
El niño desdeñaba el calendario
y su patrón reloj era el cansancio.
Edad sin equinoccios, sólo el tiempo
de ser feliz entonces ignorarlo.









TÚ, DEL SUR

Tú, del sur,
de esa tierra
que huyendo de los trópicos se sumerge en el río;
de allá donde se borran las fronteras del alba,
de allá donde florece la arena en la simiente,
de allá trajiste, niña, tus ojos de agua y malva.

En las manos de espuma del viento sur crispado
tú viniste, pequeña;
aún están tus cabellos aromados de espigas
y de campos tranquilos,
y hay un verde remoto de movidos maizales
en tus ojos, sureña.

Del norte va mi voz
en brújula de sueños
buscando abierta y dulce la rosa de los vientos
para saber del sur,
y saber que en él vibra
la canción de un arroyo
de palabras inmensas
que le roba a tus ojos
la guaca transparencia
para teñir el mar.

Del norte va mi voz
hacia las noches claras
que tiemblan en las aguas del Ñeembucú dormido.
Del sur viene tu nombre
aún mojado de estrellas,
hecho luz en la calma rumorosa del río











YO

Yo cuando siempre y por entonces mudo,
abierto hasta el dolor, sin presentirlo,
sol de mi sombra y amparado escudo,
aullantes de nostalgias mis sentidos,
yo sin saber, y oscuro retenido,
agitando rincones agoreros,
buscando entre las risas otros labios
de azucenas lloradas de aguaceros.

Yo siempre así, sin fuerza para el río,
para nadar lo gris de la corriente,
hecho de asa inerte y sollozada
en la inquietud de ser adolescente.
Yo sin virtud, que por matar la mía
abandoné el silencio y la espectancia
y oscureciendo el tono de mis ojos
dejé morir sin rosas una infancia.

Sí, siempre yo y ya nunca consentido
de un huérfano dolor y canto mío,
igual a todos y aterido y triste,
yo frente a mí y ya nunca niño mío.












COLOFÓN

Todo puede volver,
pero este amargo corazón de patios,
esta víscera ardiente que revuelca
su agónica vivencia entre la sangre,
que late, sueña, duele y se desvela,
este pedazo viejo de mi carne
adherida a un pasado,
apretujada a él como en un beso,
hacinante de ayeres,
adustamente mía,
esta víscera trágica y absurda
que se está yendo siempre
y que se aferra,
este pedazo de mi vida en siempre
necesita y no puede
regresar.

Huyen las tardes,
laten los veranos,
los perros muerden el osario cárdeno
de la desesperación de los crepúsculos.
Las viejas cuentas de gastados brillos
amparan la mudez de los rosarios,
la tarde, el tiempo, el sol, la lluvia, el viento,
las palabras margas,
los ojos que miraban y se han ido
y dentro de mí mismo,
crepitante,
este reloj de carne que se muere,
que sigue yendo siempre,
que sigue trajinando,
este pedazo de mi vida en siempre
necesita y no puede
regresar.

















HAS VUELTO, VAGABUNDA

Yo no sé por qué has vuelto.
No lo sé, Vagabunda.
Quise haberte olvidado,
quise haberte dejado más allá de los cerros.
Has roto las distancias
y como esos juguetes
que uno cree haberlos perdido ya en la infancia,
apareces de nuevo
en un cajón dormido de un desván olvidado.

Otra vez, Vagabunda.
Con tu rostro hecho tiempo,
con tus manos de niebla que acarician y aman.
Vagabunda de siempre, tu cabellera loca
rae cubre y me descubre solo, entre tanta gente
que no existe, que se ha ido, que se ha muerto.
Y en una duermevela que no es sueño ni vida,
te pienso, Vagabunda, tal cual eres, cual fuiste
antes de todo tiempo.
Cuando una tarde sola, hecha de loma y cielo,
llegaste hasta mis manos, corriendo con tus besos
y haciendo que ese día se convirtiese en vierto
y ese viento en nostalgia. ¿Te acuerdas, Vagabunda?

Fuimos hasta el arroyo y floreció de berros,
fuimos hasta la casa y se llenó de mangos,
fuimos hasta la tarde y se llenó de estrellas
y en tus ojos la noche combinó los luceros
con los cantos de mayo.
y todo hubiese quedado como siempre si no fuera,
diablesa Vagabunda,
por tu regreso insólito.
Volviste hasta mi casa, volviste hasta mi cielo,
te tendiste de sombra en esa misma cama de mis sueños
y desde allí sonríes
hecha una sola cosa con la tenue caricia de las sábanas.
Siéntate, Vagabunda.
Tomaré un cigarrillo como aquéllos de entonces,
y no lo fumaré.
Sencillamente lo tendré entre mis dedos
mientras me cuentas tú
tantas cosas de siempre que nunca las supiera.

Tu infancia, Vagabunda. Siempre eludes el tema
cuando yo lo planteo.
¿Dónde estuvo tu infancia?
¿En qué cerros lejanos dejaste tus juguetes?
¿Quién llevó tus muñecas en la Noche de Reyes
y quién puso tus sueños en tus ojos de niña
y quién rompió tu risa para hacer cascabeles?
Tantas cosas tú tienes que contar, Vagabunda,
que no habrá un solo tiempo para tu voz de niña
ni yo tendré distancia para saber que puedes
regresar cuando quiero.

Cuéntame cómo eras cuando cruzabas, loca,
las veredas del viento,
con las trenzas al aire, los pies descalzos, limpios
dejándole a la arena la huella de sus ecos.
Tus pies, Mi Vagabunda,
que superando sombras te llevaban tan lejos;
tus pies alados casi, tus pies de niña siempre,
tus pies de adolescente,
de doncella en descanso,
de querubín dormido,
de arcángeles en celo.

Te callas, Vagabunda, y me miras y dices
con tus ojos las cosas que callas con tus labios.
Tus labios son el roce de beso apenas dado,
de una caricia tenue, de una gasa rosada,
de un delirio de días,
de un noche que sueña ser siempre madrugada.
Bésame, Vagabunda, ábreme las heridas,
destroza cicatrices, vente a mí, vente pronto
y deshace mis sueños,
borra con esos labios toda la sal ajena
de mis lágrimas truncas,
haz un camino eterno transitado tan sólo
por tus besos de nieve,
de nieve blanca y tibia,
de algodonosa bruma, de amanecer sin albas
de dolidos ponientes.
Así yo entre tus labios,
buscando una salida
para morir de sueños,
como una rosa mustia,
en esa comisura más pura de tu boca.
Bésame, Vagabunda, bésame como siempre,
llenándome de rosas los ojos y la frente,
poniendo una corola de jazmines, de pámpanos
en mis sienes desiertas.
Bésame, no te muevas, hazme nuevo, de nuevo,
recupera mis años, junta los meses muertos,
rompe la cárcel pútrida con que me cerca el tiempo.
Y quédate conmigo, así, quieta, sin sombras,
como una orquídea nueva en este viejo tronco,
arrugado y rugoso, cuya savia transita
lenta y triste y sin fuerza.
Quédate, Vagabunda, tállame tú de nuevo,
pon en mis ojos verde,
pon en mis ojos sueño.
Sé viento entre mis ramas,
sé el ave de mis nidos,
sé la paloma nívea
que surque la tranquila claridad de mis cielos.

Ahora sé por qué has vuelto.
Me bastan tu mirada, tus ojos que me horadan
el pensamiento muerto.
Ya sin decirme nada, sin que tu boca rompa
el silencio que marca hoy todos mis momentos.
Así te estás quedando regresante y perenne,
como dueña de casa que me habitas y moras,
como anfitriona buena,
como esposa sin tacha,
como madre de un hijo
que se le ha vuelto grande
sin haber sido niño,
como el hada madrina de un hogar sin infantes,
como aquella hada buena con varita y encajes
cuyos velos filtraban la luz, el sol, el aire.

Te quedas, Vagabunda.
Ya lo sé, porque es tarde.
El corredor se ha vuelto de sombras y en la calle
los sonidos se vuelven más transidos de miedo
y los pasos de siempre
se detienen y vuelven a pasar por la misma
vereda de setiembre.

Con tus dedos de niebla enciendes los faroles.
Tu voz busca la música que de la tarde sale.
Te vas y entre mis libros
abres un viejo tomo
y te acomodas, dulce, te vuelves un recuerdo,
un viejo trébol mustio y amarillo y dormido.
Sin que yo me dé cuenta, te quedas en el libro,
te conviertes en trébol,
te vas, quedándote, en un libro de versos.

¡Mátame, Vagabunda,
sé un veneno en mis dedos
para que cada página del libro que no leo
se me torne un beleño!
¡Mátame, Vagabunda,
ya que sé por qué has vuelto!
Llévame hasta tus tierras,
a tu infancia, a tu reino
y allí de nuevo todo podrá ser lo que quiero:
un niño que en tus manos aprenda el alfabeto
en donde un verbo solo se construya y conjugue,
un verbo, Vagabunda,
que te diga: te quiero.











SEÑOR, LA PERFECCIÓN

Estas tierras ajenas que no ofrecen
la más pura versión de mi propia memoria,
que son sólo el pretexto renuente
de mirarme a mí mismo en un rajado espejo,
protagónica antítesis de historia.

Es difícil decirlo.
He estado, estoy aún, en esta tierra única
en donde la versión del hombre es la perfecta,
en donde se asa unánime al tierno vellocino de Jasones
y se lo bebe, vergonzoso, en ghettos del alcohol
o se lo degusta pluralmente
en lo amplios comedores de su pueblo.

Señor, la perfección.
He sabido de cosas inhumanas.
Las hay todos los días.
He sabido de monstruos que curtían
la piel del hombre en vocación de artífices,
pero hoy soy testimonio de mi época
porque he encontrado, Señor, la perfección.

No hay letanía capaz de destruirla,
no hay conjuro capaz de romper el hechizo;
son doscientos millones de personas perfectas
que han llegado a la cima
y que aun quieren más.
Son perfectas y piden ser ultra-pluas-quam-perfectas,
son unánimemente colectivas y ansían
exportar al espacio su manera de ser.
Los he visto comer. Los he visto vivir.
(En esta tierra única es prohibido morir)

Los he visto, y he sido testimonio de un mundo
que ha logrado, a sabiendas, ser el mundo mejor.

Señor, solo te pido que me entiendas.
Consérvame imperfecto. Dame aristas, perfiles
y aparta el dulce cáliz de tanta perfección.

Nueva Orleans, abril de 1969












LA MANERA DE SER

Desde el lugar maduro que el tiempo me depara
hasta la línea ocre de cada atardecer
hay un juego que el viento
no deshace ni el tiempo
puede lograr romperlo con despojos de ayer.

Puedo estar con cualquiera que conozca mis ojos,
puedo ver en los suyos la violenta alegría
recamada de luces,
pero sólo en mí mismo atisbo la respuesta,
encuentro la pregunta que formulé hace tiempo
y hoy es sólo motivo de una sonrisa mía,
que sin ser prepotente,
ni sabia, ni soberbia
refleja ante mí mismo
la manera de ser
que me ha dado la vida
durante tantos años de buscar la palabra,
de saberla en mis labios, de no poder decirla
con el sonido claro de tantos otros días
que sumados concientes,
convergen hacia el vértice que me hace enmudecer.

La vida es un perjurio que ve parir la muerte,
la noche, una distancia que no puede volver.
Ya nuevamente solo, yo soy mi compañía,
mi sombra permanente -la seguidora fiel-.
Después... será mi siempre,
la vesperal sonrisa
y un milagro en mis manos,
la torcida memoria que me lleve hasta donde
pueda volver a ser.











LA SOLEDAD

Las viejas horas de los ojos
tiemblan junto al claro vibrar de los rubíes,
mientras el pulso ahonda
artesianos de sangre y busca
la inencontrable excusa del vivir.

Hay muros y hay rincones en la casa
en donde ella se esconde, transparente
acecha desde ellos y de pronto
con felina avidez
lanza sus garras ahogantes de dolor

Oh soledad, espejo heladamente neutro de mi mismo
nada detrás de tí,
ni tan siquiera el mercurio fugaz de los cristales.

Aulladora de sombras, enteramente mía,
y dedicada al más solícito cuidado de mi sombra;
aya, nodriza negra,
que amamantando oscura y agria leche
desbordas de amargura estos labios que tienden
su sed hacia el pezón nocturno de tus pechos.

No quiero ser de tí,
quiero fugarme de esa tu larga sombra que me invade
y que llega reptante hasta la mía.

No quiero ser de tí,
pero me entrego, porque tu voracidad de madre uránica
abre tu seno inmenso,
y me invita al monólogo eterno con la nada.

(Recuerdo que hace tiempo
cuando las horas daban el motivo fugaz de las palabras
ya supe yo quién eras
y cómo, sentándote a mi lado,
me hablabas con voz vieja
diciéndome al oído
la verdad de tu sola, completa y estupenda compañía,
la verdad de mí mismo y de mi entraña absurda
la verdad de mi propia,
definitiva,
plena,
completa soledad).














EL CEÑO DEL DICTADOR PERPETUO

¡Qué figura difícil!
¡Qué figura compleja!
Hay algo que me atrae en su ceño fruncido,
en su misión de Patria.

Fue honesto y minucioso
honesto hasta en lo mínimo
No fraguó su conquista con gestas libertarías
pero hizo libre a un pueblo
Duro, seco, inclemente hasta consigo mismo,
su única pasión fue un pueblo adolescente.

No fue ambiguo y su título de Dictador Perpetuo
lo recibió, valiente,
y con él gobernó como tal, con vigor de un asceta,
de un misógino puro
que impuso con su fría pasión de gobernante
el logro de su meta.

La historia aún no ha dictado
su fallo inapelable,
pero ya su figura se comienza a agrandar
en proporción directa al paso de los años.

Fue heridor de mi sangre, pero yo lo respeto:
cuando el Norte es tan alto,
no conviene aferrarse a privado recuerdo

Seco, frío, implacable,
enigmático y triste,
su duro ceño indica no un carácter siniestro,
sino la voluntad hermética y tozuda
de liberar el suelo de tierra prometida
que es simplemente el nuestro.












ESTE NO SER

Las cosas están aquí, en nosotros.
Las miramos pasar -pasan las cosas-
y una complicidad pone su nido.
Lo queramos a no, así vivimos.
Diciendo las palabras que no dicen
lo que deben decir, que no decimos.
El agua sigue siendo clara
y el cielo tiene nubes, al poniente.
La vida es una forma de evadirnos
en constante tornar de este presente.
Una mano no busca la otra mano
y la boca se finge en la sonrisa.
Quién está atrás de quién y quién lo sabe
si los quienes son siempre los de siempre.
Ayer pude a un amigo haberlo visto
y hoy ya no está, no por haberse ido
sino sencillamente porque
pudo decir lo que no hubiese dicho.
Mejor no preguntar. Las cosas pasan
y seguirán pasando y nuestros ojos
de tanto verlas dejarán de verlas.
A veces, un recuerdo de otro tiempo
pudo ser esperanza, pero siempre
seguimos en lo mismo, que es no ser.













ME DUELEN LAS PALABRAS

Me duelen las palabras,
se me incrusta el sonido de sus voces deshechas
cuando son sólo el cauce
del tributario río
que se vuelca en las ondas
serviles de un mar muerto.

Las palabras me duelen como duras espinas
cuando rompen mis carnes con ponzoñosa carga.
Me duelen cuando inventan un mundo fementido,
una escalera turbia de oscuras falsedades
y dan al verbo carga de túrpida falacia
y lo encierran en celdas
para que sólo digan
las falacias que muelen los trapiches del miedo.

Me duelen las palabras.

La voz que amaneciera en los claros oídos
de un niño que es distancia
se ha esfumado en sus ecos
y su puro sonido se ha torcido en el ronco
bramar que cotidiano acrece mi desprecio.

Y me vuelvo hacia mí
hacia ese mundo que ha abolido el ruido
donde, muerto en los labios,
el sentido del todo me ofrece su misterio.

Me duelen las palabras, las de todos los días,
las que mienten y matan.
Las palabras me duelen
y las callo evitando develar su secreto.

Me duelen las palabras,
me abruma su dicterio.











EL LABIO Y LA PALABRA

Para Jerónimo Irala Burgos

Para que el labio acepte la palabra y el beso,
para que sepa, trémulo, la voz y su misterio;
para que pueda dar de sí mismo la fuerza
de ser el testimonio de ese pacto secreto;
para que los silencios congelen en la boca
la maldición naciente y el temido desprecio
y para que ese labio se nutra en la agonía
constante de la vida
para decir el Verbo,
para llegar a Él,
pisando nuestra tierra, nuestro barro,
el camino de alimañas infecto,
para ser, para siempre, el Otro redivivo,
es preciso vivir, pero vivir muriendo.

Porque ha llegado el tiempo que no ceja,
el tiempo que traspasa los sentidos,
el tiempo que era nuestro y sin embargo
se nos ha vuelto absurdamente extraño.
El tiempo, mi Señor, que nos transita,
incansable y fugaz, el tiempo nuevo
que al tocarnos la frente se convierte
en el recuerdo gris del tiempo viejo.

Yo necesito el labio y la palabra
para hablarte de Dios, mi compañero,
para hablarte de Tí, que me persigues
paciente y seguidor, de enero a enero.
Yo necesito el labio y la palabra,
necesito tu amor, la maravilla
de encontrarme a mí mismo en Tu sonrisa
que abona mi madero y me lo astilla.

He gastado los años de mi vida
buscando la verdad que Tú me diste.
La perdí no sé cuando, como pierdo
las cosas que me son, que son mi origen.

Déjame la palabra, consérvame este labio,
aguárdame, no esperes que yo caiga
otra vez y otra vez,
porque mis llagas están hediendo ya.

El labio y la palabra ...

¡Mátame, que de amor
se está tiñendo el alba!