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miércoles, 14 de diciembre de 2011

5524.- ELOY FARIÑA NÚÑEZ


Eloy Fariña Núñez (25 de junio de 1885 en Humaitá, Paraguay - 3 de enero de 1929 en Buenos Aires, Argentina) fue un poeta, narrador, ensayista, dramaturgo y periodista.

Hijo de Félix Fariña y Buenaventura Núñez.
Contando apenas ocho años, se trasladó a provincia de Corrientes, Argentina en donde realizó sus estudios primarios. Pasó luego a Paraná, ciudad a cuyo seminario ingresó, adquiriendo sólidos conocimientos de cultura clásica, música e idiomas tales como el latín, el griego, el portugués, el francés y el italiano.
Sin concluir sus estudios para sacerdote viajó a Buenos Aires, Argentina; donde prosiguió la carrera de las leyes, que tuvo que abandonar por problemas económicos.

Trayectoria
Se dedicó a la función pública. De esta época data una famosa anécdota que lo tiene como protagonista; dado su natural talento y su dedicación al trabajo, le ofrecieron la administración general de impuestos con la sola condición de que adoptara la nacionalidad argentina; la respuesta del poeta fue conmovedora: «Excelencia... yo tengo dos madres: una, pobre pero digna, a la que debo mi nacimiento, que es el Paraguay, y la otra, rica y generosa, la Argentina, donde he me he formado y constituido mi hogar. Permítame que sea consecuente con ambas».
Sus principios y su honestidad le valieron, poco tiempo después la asignación en el cargo ofrecido, con prescindencia de la cuestión de la nacionalidad.
En la presentación de sus Poesías completas y otros textos, la editorial El Lector señala que Fariña Núñez «... es, sin dudas, el intelectual creativo mejor formado de su generación.
Su obra ha sido una contribución esencial al modernismo en el Paraguay, además de proporcionar unos testimonios valiosos de elevación moral. Pese a no residir en el país la mayor parte de su vida,... jamás dejó de participar de la realidad y las vicisitudes de su comunidad nacional. Conciencia alerta y preocupada por los inquietantes signos de su tiempo,... puso su esfuerzo en interpretarlos con rigor y honestidad intelectual». Y en la introducción del mismo libro, el consagrado intelectual paraguayo Francisco Pérez-Maricevich lo describe como: «... el poeta de universal reconocimiento en nuestra literatura...» para agregar que la suya es «...una de las vidas paraguayas más intensas, reflexivas y de mayor elevación moral.
Es también una de las más fecundas y ejemplares, por lo noble del espíritu y la firme serenidad de sus líneas».
Es, en efecto, el poeta paraguayo más recordado en las antologías extranjeras.

Últimos años
Casado con la dama argentina Laura Fernández de la Puente, joven aún y en plena actividad creativa, falleció en Buenos Aires el 3 de enero de 1929.

Obras
Mundo de los fantoches
Centenario Paraguayo
Canto Secular - Publicado en 1911 como homenaje al centenario de la Independencia Paraguaya, uno de los más extensos poemas en toda la literatura de su país mediante el cual trató de afirmar los valores espirituales de una nación que renacía de la catástrofe, exaltando en sus versos los más elevados ideales y condenando los errores y horrores de las luchas inhumanas.
Al margen del caso paraguayo
Bucles de Oro - Un cuento que, en 1913, obtuvo el primer premio en un certamen patrocinado por el diario La Prensa de Buenos Aires y que le significó, en su momento, la consagración en su labor literaria.
Rhódophis
Las vértebras de pan
El significado de la obra de Rubén Darío
Conceptos estéticos
El estanco del tabaco

Los poemarios:
Curupí
El jardín del silencio
Cármenes
Mitos guaraníes














EGO NON SUM DIGNUS

Adoro la poesía, pero no soy poeta.
Siento como ninguno la inspiración secreta
que eleva el leve vuelo del verso al infinito
y al corazón del hombre, celestial y maldito;
pero mi voz no llega, por inefable modo,
a las fuentes profundas del insondable Todo.
El padre Homero canta con formidable acento,
y el Olimpo sagrado se estremece en su asiento.
Virgilio una elegía sobre su sepulcro ensaya,
y la divina Octavia recuerda y se desmaya.
Horacio entona un carmen de pindárico brío,
y el pueblo-rey de Roma prorrumpe en coro: "Io"
Hugo pulsa su lira multiforme y sonora,
y sale en plena noche, triunfalmente, la Aurora.
Lelian toca su flauta de argentino sonido,
y murmuran las fuentes del dolor y el olvido,
yo levanto mi acento, yo lamento mi pena,
y el alma de la especie permanece serena.
Yo alzo la voz y sangre mi corazón destila,
y el alma de las cosas permanece tranquila.
No, no, yo no soy digno de llamarme poeta.
Dante con su grandeza mediévica me inquieta,
la sombra de Virgilio me anonada de espanto,
la voz de Víctor Hugo torna pueril mi canto,
ante el verso de Goethe mi lira desfallece
y la flauta de plata de Lelian me entristece.
¡Si no hubieran cantado magistralmente todas
las pasiones humanas en sus eternas odas!
¡Si el hombre fuese, al menos, totalmente diverso
y fueran menos breves los límites del verso!
mas todas las pasiones han sido ya cantadas.
Y todas las angustias ya fueron lamentadas.
Mi dolor no es moderno, mi herida no es reciente.
Ya Safo sufrió todo maravillosamente.
El jardín de las musas está agotado y yerto.
Se han marchado los dioses y Apolo y Pan han muerto.
Me considero indigno de coronar la frente
Con el laurel sagrado del vate y del vidente.
Pero el poeta joven que plañe su agonía
en el hondón de mi alma, comprende la poesía,
cuando la madre llora sobre el cuerpo del hijo,
cuando estrecha el muriente contra sí el Crucifijo,
cuando con dulce sueño duerme el niño en la cuna,
cuando los labios se unen a la luz de la luna,
cuando el dolor inmenso de ser hombre me agobia,
cuando pienso en los ojos de mi primera novia,
cuando la enamorada sonriendo se suicida,
cuando las almas hallan deliciosa la vida,
cuando las voluntades luchan contra el destino,
cuando la verdad hace con pausa su camino,
cuando el mundo prosigue su perenne carrera,
cuando sigue avanzando la humanidad entera
cuando el mal en la tierra sin cesar disminuye
y con mayor justicia todo se distribuye.
Es fuerza que enmudezca, ya que cantar no puedo
y ya que no consigo lanzar sino un remedo
de las supremas voces del gozo y la tristeza
y de las grandes notas de la naturaleza.
Y mientras otros canten con lira melodiosa,
el fulgor de los astros y el seno de la rosa,
permanecerá mudo, me envolveré en mi manto,
esconderé mi rostro, turbado por el llanto,
y erraré solitario por la pradera bella,
como un pastor doliente, cautivo de una estrella.










LA SERPIENTE

Mi corazón es una vasta hoguera:
arde, crepita, vierte luz, se inflama
y en torrentes de fuego se derrama,
como el sol en mitad de su carrera.

Es luz que en los altares reverbera
y en celestial fulgor se desparrama,
y es serpentina y corrosiva llama
que en satánico incendio degenera.

Sobre mi corazón, volcán ardiente,
pon tu manto despacio, suavemente,
y escucha su furioso golpeteo.

Tal vez, por tus virtudes de elegida,
quede a tus pies latiendo, retorcida,
la maldita serpiente del Deseo.











¡SED BIENVENIDOS!

Sed bienvenidos, nobles uruguayos,
Hijos de la gentil Montevideo,
A la tierra solar donde durmiera
El magno Artigas su glorioso sueño,
Y donde no seréis jamás extraños,
Desde que disteis el viril ejemplo
De borrar con un gesto nuestra deuda
Y de restituirnos los trofeos.

Estáis en vuestra tierra, en vuestra casa;
La sal de la comida os ofrecemos,
Partimos el cigarro con vosotros
Y os brindamos el mate solariego.
La paz de nuestro escudo os acompañe,
Al posar vuestra planta en nuestro suelo,
Teatro del honor y el heroísmo
Y trágico testigo del denuedo
Con que lucharon vuestros fuertes padres
En singular combate con los nuestros,
Allá en los campos donde reverdecen
Vuestros recuerdos y nuestros recuerdos.
Bienvenidos seáis y enaltecidos
Al país del naranjo y del ensueño.

En su homenaje atruene el aire el himno
Que a un oriental homérida debemos;
Fúndanse sus estrofas inmortales
Con las palpitaciones de ambos pueblos;
Y, al extinguirse en la celeste altura
La postrer vibración del patrio verso,
Sientan los bienvenidos con nosotros,
En la fraternidad de los recuerdos,
Sobre la sugestión de la poesía,
La santa bendición de nuestros muertos.

Venís con un laurel en vuestras manos
De la gaya y sin par Montevideo,
En cuyo oriente asoma tempranera
La claridad del pensamiento nuevo,
Mientras Ariel, el genio luminoso,
Al centro de la luz remonta el vuelo
Y el sacro olivo de la docta Palas
Susurra gravemente en vuestros huertos.
Venís de la ciudad encantadora,
Asilo hospitalario en el destierro,
Enemiga del duro despotismo
Y amante esclarecida del derecho.
Venís de la preclara villa vuestra
A la noble Asunción del Comunero,
Cuyo destino en el pasado fuera
Cerrar los ojos de los grandes muertos,
Ya funde una nación y sea Artigas,
Ya un luchador y llámese Sarmiento.

Con la mirada fija en vuestras glorias,
Bajo la esplendidez de nuestro cielo,
Evocad el espíritu propicio
Del paladín sin mácula y sin miedo,
En el solar que viera sus angustias
y donde meditara tanto tiempo
Bajo el grave mirar del hosco Francia,
Que lo contemplaría, en su aislamiento,
Como la encarnación más eminente
De la sagrada libertad de un pueblo.
Evocadlo en sus horas postrimeras,
Agobiado de gloria y sufrimiento,
Labrando, a modo de un varón antiguo,
La madre tierra con fecundo esfuerzo,
Después de haber sembrado en los espíritus
Grandes ideas y elevados sueños.
Y jurad por sus manes y cenizas
Permanecer leales al derecho
Que sostuvo su mente generosa
En la guerra, en la paz y en el destierro.

Orientales, la tierra hospitalaria
Que os acoge con júbilo en su seno,
Conserva en sus entrañas la simiente
Que echara un día el sembrador de pueblos,
Con un altivo gesto catoniano
En la profundidad del surco abierto.
La campiña, que veis, toda florida,
Vio su figura de varón austero.
Todo este sitio sacro fue testigo
De sus meditaciones y sus sueños.
Aquí vio aproximarse lentamente
La hora fatal del último destierro,
Lejos de todo lo que en vida amara
Y ejecutó su brazo justiciero.
Y aquí cesó de palpitar un día
Su corazón, como el tayí, sereno,
Cubriéndolo de flores los naranjos,
Es símbolo nupcial de su himeneo
Con la inmortalidad augusta y pura
De las encarnaciones del derecho.

Sed bienvenidos, pues, nobles hermanos,
Al hogar que fue pío y que fue bueno
Con el titán epónimo, en las horas
En que, impelido por el hado adverso,
Buscaba entre los hombres un asilo
Donde dormir su pena sobre un lecho.
Inclinamos la frente con vosotros,
En el altar común de los recuerdos,
Ante la efigie de perfil antiguo
Del numen tutelar de vuestro pueblo.
Y poniendo su sombra por testigo,
Unos y otros, en su honor, juremos
Luchar unidos en el nuevo mundo
Por la natividad de un Mundo Nuevo.











PATA DE GALLO

Húmeda, blanda, virginal, luciente,
Está la arena, al despuntar el día,
Y en el ámbito flota todavía
Un sudario de bruma transparente.

De una higuera se lanza de repente
Un gallo en agresiva gallardía,
Y, a poco de correr por la alquería
Párase y canta con clamor potente.

Y alza luego la pata en derechura
A una polla que, rauda, se apresura
A evitar el contacto masculino.

Y la posa en la arena, muelle raso,
Donde queda la imagen de su paso
Tal como un jeroglífico divino.