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martes, 29 de noviembre de 2011

5430.- JULIETA MARCHANT



Julieta Marchant (Santiago, CHILE 1985). Licenciada en Literatura por la Universidad Diego Portales. Ha publicado el libro de poesía Urdimbre (Valparaíso: Ediciones Inubicalistas, 2009) y la plaquette Té de jazmín (Santiago: Marea Baja, 2010). En el año 2008 obtiene la beca de la Fundación Pablo Neruda, y se desempeña como productora general de la revista literaria Grifo. En el año 2009 organiza, junto a Alexia Caratazos, el ciclo “desbordes: encuentro de arte femenino”; y dirige la revista Grifo. Actualmente, trabaja en la Universidad Diego Portales, cursa sus estudios de Magíster en Literatura en la Universidad de Chile, y se desempeña como editora en cuadro de tiza ediciones.



Estos poemas son parte de una plaquette llamada Té de jazmín publicada durante el 2010.

Té de jazmín (fragmento)


1
Las viejas teclas de un piano, el pedal como una huella
anclándose a las terminaciones de la que pareciera ser la última nota.
En la música están las señales, en el ritmo interno que raudo recorre
la ciudad, el territorio de lo ajeno que hicimos propio
perdidos y abiertos a las metáforas que decían viento, agua o nube.
Lo perpetuo o lo fugaz, ya no importa,
las diferencias tenues, las historias construidas en la arena
que cayendo sobre sí formaba olas simultáneas, el oleaje de la arena
su composición misma, ya no importa.
El día es uno solo, inmutable y desbordado recibe los golpes
de los árboles arqueándose y simulando la forma de los sauces,
la memoria de los sauces, sus enormes biografías intactas,
atados a la tierra, anclados al costado de los ríos, signos de líneas divisorias,
mensajes de pérdidas, ya no importa. Ni la lluvia,
ni tu mano, una sola de tus manos resistiéndose al diluvio,
la negación absurda a las huellas en el cuerpo,
la palabra falta que cargamos unida a los tobillos
y que intentamos desarmar arrastrando los pies por el cemento.

La ciudad es inmensa, pero vista desde afuera,
vista desde arriba, exhibe pequeños tajos. Desde sus fisuras
emerge el sabor del té que bebimos lentamente, como si la respiración
se fuera en eso, en beberlo, hasta dejarlo enfriarse
bajo la sombra de un ciruelo silencioso, un ciruelo que dibujado a pulso
perdió su figura original, ya no importa.
Como tu mano, la mía resistió entre la nieve,
falta del resto, resistió mutilada y certera en un paisaje blanco
que será agua alguna vez, humedad en el barro.
La ciudad es inmensa, pero vista desde atrás, desde su amplia espalda,
alcanzamos a negar los recorridos habituales, la circularidad del día,
salir, estar, entrar, estar de nuevo, regresar a la cueva negra
del día agotado en sí mismo, urdido en su propia materia.

Desde su amplia espalda, lo desgranamos, descomponiendo sus maneras,
desatamos sus puntas como diciendo nube, como diciendo merodeo en el aire,
como diciendo centro despuntado, ya no importa.

Esta música lenta que aletarga los extremos del cuerpo,
esta música contiene las señales. Si abrimos la carne,
emergerá desde los huesos, dispuesta a enrostrar las sinuosas verdades que esconde.
Sus curvas recatadas, como la sombra de alguien que se cubre con los brazos,
las posibilidades de exceder su tiempo, ya no importa.
De golpe retorna la imagen de tus manos comparándose con el espacio
que ocupaban las mías en el mundo, de pronto regresa el espejo
desde el cual descubrí breves lunares habitándote, cediéndose lugar entre sí.
Visto desde lejos, como la ciudad inmenso pero fisurado,
de ti brota una ola que girando lanza retazos de cómo te recuerdo,
ya no importa la memoria, las voces exigiendo motivos que he perdido,
el golpe que, desde adentro, marca una música en un cuerpo ahora ajeno y desgarrado,
injerto de su propia debilidad, no importa
la lluvia a la que celas, cuando rabiosa azota y moja lo que no consigues,
ya no importa la imagen de un jardín, el único jardín en el mundo
que era una ciudad, una mujer quedándose, una sombra
que en su apertura dejaba colar cuatro o cinco líneas de luz. No importa ya,
el océano de días ensanchados, sus minúsculas eternidades,
el reverso del tiempo develando la fragilidad, su hechura siempre a contrapelo,
el camino pedregoso y áspero, el camino nos encostra, importa poco
cuánto anhelamos traer del viaje, el deseo importa nada, cayendo y rodando
en esta música el deseo.






3
A pesar de los paisajes que dibujados contemplamos, en tonalidades grises
los cuerpos, el rostro de alguien encontrándose en un rostro otro,
el esbozo del deseo animal que arrancaba el aire, que con furia
botaba edificios y estructuras de metal, a pesar del viento en los surcos,
de las palabras que en sus líneas simples ampliaste
haciendo vastos terrenos, ya no importa, esta frase que se repite,
no desde mi mano o desde la escritura que inscribo, esa frase entrometida
que deambula indiferente y monótona, el pulso de esa frase,
la ilusión de que suena diferente cada vez que es escrita, ya no importa
tu lenguaje agrietado, sus curvas y texturas.

Mirar tu casa vacía desde aquí, esa casa de vidrio
que como un cuerpo transparente exhibe su estómago.
Contemplar tu casa tomada por todos los objetos
que alguna vez te rodearon y que ahora abandonaste,
tus pertenencias naufragando en el centro de la casa acuario,
intentando salvarse se agrupan para reconocerse
en lo que antes cargaron de ti. Suturo desde afuera los olvidos tuyos,
los bordes de los libros que florecen, los lápices despuntados,
una taza oscurecida por dentro, tus papeles voraces comiéndose la mesa,
la ventana entreabierta por la cual se desliza la tarde
naranja y violeta, otra tarde sobre las demás, todas las tardes en ésta.
Las suturo, desde sus cicatrices las hilo, el día es uno solo, ya no importa.
Destejida tu materia en esa casa que creí nube por estar más arriba que las otras,
desprovista de raíces pero arriba, girando a veces
sus muros delgados dejándose atravesar por el deseo
del giro otra vez no importa nada, tu casa liada a tus rituales,
varada al anhelo impreciso de transformarse en un jardín.

Repentinamente la maleza, en el precario espacio entre la pared
y los cuadros, la maleza invadiendo vacíos cotidianos,
primero el verde íntegro, después musgo y húmedo
dejándose entrever por las orillas de las cosas que olvidaste, el verde
con su inmensa presencia, completo y minucioso, clavándose entero
en las repisas enfiladas, hiriendo el suelo y la alfombra, penetrando
las capas de pintura, los ángulos que unen el techo y las murallas.
Tu casa ya no es tu casa, la visión del verde en sus posibles tonos,
una escala de colores avanzando hacia lo opaco,
desde su urgencia arrolladora irrumpe, rebasa los objetos muertos,
la quietud de una ciudad privada, ya no importa.
A pesar de la inclinación por los jardines, de la imagen
que vigilo en todos sus detalles, a pesar del relato subterráneo
tejiendo y aunando tus vestigios, la maleza finalmente es eso
un jardín excedido, un jardín conquistado por el abandono.










he construido un jardín como quien hace
los gestos correctos en el lugar errado
errado, no de error, sino de lugar otro
diana bellessi



seré la otra anclando el cuerpo en ésta
el patio trasero de lo propio las ventanas entreabiertas
yo abriendo una puerta que de cerca es el dibujo
de una puerta trazada por alguien que se me parece
la ilusión de los mapas que sólo son habitables por el silencio
y por las manos que los dibujan y se aquietan

cuál será el gesto preciso o de dónde vendrán los jardines
quién será capaz alguna vez
la primera piedra fue lanzada por alguien que ya nadie recuerda
la imagen de los árboles quemándose la otra corriendo
el fuego de los márgenes y lo oblicuo haciéndose curvo
correr es devolverse dice una voz que buscarse entre la maleza
dice los gestos vacíos no hay espacio dice acá no

lo otro es simplemente una palabra desarmándose
el eco de algo que tuvo sentido alguna vez quién
será capaz de caminar hacia el bosque sin desviarse
con el sonido de los pasos de lo negro que viene detrás quién
hará del jardín lo propio desde adentro armándose entre la ceniza
el viento levantando la tierra una mujer extranjera se voltea
alguien llama esta puerta es sólo un trazo nada más que un esbozo
de árboles ardiendo un montón de escombros a la distancia


la otra es esta que se encarna en los márgenes corriendo dejaré la ciudad la enredadera de sal que engendraste en mí/ cuerpo oscuro semilla tuya anunciando una música opaca/ los recuerdos que dejaste se arrastran trepando la cama entrometen sus manos/ puedo acabar con tu voz puedo hacer de tu lengua una línea minúscula trazo borrándote con la punta de los dedos







el verdadero texto está en el oleaje turbio
del mar
y la memoria se empeña en alejarlo
como la estela que dejan ciertos barcos
dividiendo las aguas con su huella
eugenia brito



dicen todo se resume a un hombre mirando el mar
dispuesto enfrentarse a lo inmenso
qué será el mar sino puro desasosiego
basta darle la espalda a lo que no queremos ver
y que nos coja y nos recoja dicen lo eterno
el punto exacto en el cual el cuerpo se va dicen
lo único que tengo es este cuerpo que padece otros cuerpos
dicen lo ajeno y lo propio
cuánto mar cabe en lo propio que no puede tocarse
cuánto en lo ajeno que no es sino el rastro de lo que dejamos al pasar

el mar no es más que una línea que podemos ver desde acá
lo que nos llega es su ramaje
afuera sólo bestias lobos de mar que parecieron sirenas
un hombre enfermo que creyó ver el paraíso en un mapa hecho a pulso
el viaje finalmente no tiene nada de viaje
cuando es volverse a sí mismo enroscarse por dentro
ser un imbunche cuidando lo propio
que se vuelve ajeno de pronto y regresa a apropiarse de la carne más fuerte

llueve la historia que marcó los cuerpos
llueve el olvido del paraíso me sostiene
llueve inmenso el mito resquebrajándose entre la ceniza dicen
el mito y la lluvia son una sola cosa

la furia de las bestias el carnaval de las bestias
la tierra cerrándose los árboles uniéndose apretando el follaje
no hay entrada al bosque
si hubo paraíso alguna vez no hay entrada al bosque
el imbunche es pura costra
como un paquete listo para ser lanzado al mar
en el vuelo va rompiendo sus tejidos
de qué nos cuida el que está afuera vigilando
de qué mares o qué rocas de qué marcas en el cuerpo


el mar es el que mira al hombre y no al revés dicen humareda remolinos encostran espirales olas conforman el viaje/ somos siquiera la imagen que desapareció en el pestañeo de alguien blanco entrando a un ojo semiabierto alas inmensas se quiebran antes de/ podremos soplar cenizas pero las huellas en las rodillas no

De: Urdimbre.











Invocación

te llamo con una melodía ronca
–cántame cuando estemos a solas-
para que vengas a nadar dentro del poema en estas aguas
que son burbujas apretadas que son papeles de colores armando
un collage redondo
con un centro que se ha perdido en tu nariz también redonda y
perfecta te llamo
porque el poema te busca anclado al borde de la cama
con sus manos inquietas y blandas con sus manos de niño
que necesita agarrarse
de una falda para poder salir del agua y respirar y volver a hundirse
y volver a salir
y volver a respirar el poema inquieto con cara de niño
y con zapatos de charol azul
el poema que ahora es niña –la poema-
que ahora es animalito rayado y hecho de pedazos de revistas
que ahora es bestia debajo de la tierra que ruge
que ahora eres tú dando vueltas sobre ti misma
con un vestido verde que te llega a los tobillos te llamo te llama
a través de un vaso de plástico con una pitilla atada te llamo gritando
evocando tu pelo en cursivas te llamo inflando los pulmones
para que vengas
–esto es realmente urgente-
no hay poema (ni uno solo) que pueda estar deshabitado por vos

acostumbrada a una labor extraña que cojea siempre hasta que llegas
y te hundes
y al fin nadas por aquí
por letras recortadas del diario por pedazos de libros que recuerdo
y que tan pronto
olvido tan pronto que recuerdo de pronto –epifanía temprana-
que mi labor es cuidarte
cuidarte como quien vigila a una pequeña bestia hambrienta cuidarte
como quien resguarda a la muerte y la entretiene de pronto recuerdo
que hay un solo libro grande inmenso que lo contiene todo
a vos vigilada por mí y a mí vigilada por el mundo que tiene sed