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jueves, 3 de noviembre de 2011

5242.- ÁNGEL SOBREVIELA


Ángel Sobreviela (nacido en Zaragoza en 1974), es licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Zaragoza. Cultiva la poesía, el ensayo, el artículo, y más recientemente, el relato.

Es autor de los libros de poesía ROMA, poema en prosa (editorial Olifante, Zaragoza, 2008) y de Epístola desde Cimeria (editorial Huerga y Fierro / Poesía, Madrid, 2007), libro este último que retoma el contacto con la concepción clásica de la epopeya y la épica, uniéndola al poema filosófico. Aparece también recopilado en la antología Poesía en la margen: antología de poetas de la margen izquierda, publicada por la editorial Certeza, de Zaragoza, a finales del 2009. Fuera de este campo, es autor también de un ensayo sobre el cineasta ruso Andrei Tarkovski: Andrei Tarkovski: de la narración a la poesía (Fancy Ediciones, Valladolid, 2003). Miembro de la Asociación Literaria Rey Fernando de Aragón y de la Asociación Aragonesa de Escritores. Ha publicado artículos, poemas y relatos en las revistas Barataria (revista de la Asociación de Amigos del Libro, de Aragón), Eclipse (revista literaria universitaria), Imán (revista de la Asociación Aragonesa de Escritores) y Turia.
Blog: http://angelsobreviela.blogspot.com/





De EPÍSTOLA DESDE CIMERIA (Huerga & Fierro, 2008)

(Del canto XIII):

(…)

Una multitud acompaña a cada hombre.
Llegamos a la plaza: nuestros muertos abuelos ven ángeles donde nosotros palomas. De noche, ven abrirse la flor de nuestro dolor; y con ojos que ya nunca se cierran, contemplan la sangre que no pueden restañar.


Desde las profundidades clamamos, donde permanecemos abandonados a nuestras palabras y discursos, a su veneno clavado en nuestras venas y del que no podemos huir. Palabras que discurren por tuberías y alcantarillas, que suben y bajan y siempre vuelven, y se nos enroscan como serpientes a cada paso incierto.
Pero en algún lugar, bajo el asfalto, está el manantial.
Un invierno llega a un paisaje y todo puede cambiar. Y la esfera se cierra, como una onda de agua fría, deslumbrante, que se curva sobre sí misma y se mantiene así, aferrando sus átomos.
Que se eleven las aguas en el aire inmóvil. Que suceda lo que ha sido deseado una y otra vez, pagado con sangre prematura en el confín del mundo... con la entrega del cuerpo sobre la palma abierta de la vasta mano del mar... con el tiempo pacientemente escrito sobre la carne, en la inmovilidad y la ignorancia de una celda que era amada.

(…)

(Dos fragmentos inéditos de la continuación de EPÍSTOLA DESDE CIMERIA, en proyecto.
Están compuestos a base de pares de imágenes, donde una empuja a la otra. Se imprime así un movimiento al ánimo del lector, una sensación de tránsito que me sirve para expresar ese acceso a dimensiones invisibles, no sólo subjetivas y no sólo individuales, del que me interesa hablar):

***

Hay un fruto madurado para nuestro mediodía, y una rama que se inclinará hacia nuestras manos. Aún hay un eco que en algún lugar reconocerá nuestro saludo, y unas voces todavía que aprenderán nuestro nombre. Una arboleda pervive esperándonos, en torno a una casa construida para nosotros. Existen palabras que se ordenarán en juramento solemne, y una memoria en la que perdurar. Hay un manto, tejido antes de nuestro nacimiento, que nos envolverá como un abrazo, junto a un frío hogar donde aún late un rescoldo.
Pero aún desearía, más que nada, el vestigio que me obligara realmente a recordar. Y, para investirme de la dignidad de tornarme recuerdo, la labor que abarcara el tiempo y en la que viviera el tiempo, circulando en sus venas recién ramificadas.
Quisiera que aún hubiera palabras para expresar lo que debemos sentir.
Hay canciones que volarán hasta nuestros labios, que han fluido entre las generaciones como aguas, y hay aguas de arroyo que acudirán redondeándose en el hueco de nuestra mano.



***


Los cuerpos se proyectan, la tierra se hace carne bajo el frío rigor de los pinceles. Brotan cuerpos y se tornan conscientes. La flor emprende el vuelo y la cumbre es pedestal. La consciencia sueña con unas alas abiertas y el alma aletea en el pálpito de la sangre que aún duda. El latido se armoniza con el parpadeo de viejo astro. Se desmaterializa la carne y redime a la tierra y al surco. La tierra es puerta de la luz, recipiente elevado que acumula la mirada de astros. Y en ésta se sumerge la estirpe y la carne de cristal, y renace brotando para la nueva cosecha en la nueva tierra.






ROMA, poema en prosa

(Fragmentos)



IV

Dos años. Dos años de nada.

Dos senos alabastrinos florecen junto al río. ¿Quién hará crecer alas a mi espíritu? Más allá de toda flaqueza, más allá de toda tierra, hacia el cielo de la fragilidad.

El sudario verde de la penumbra sobre la ciudad, rasgado con lentitud por la caricia del alba. La fascinación de todos los días. La fascinación de ver nacer la luz cada día tras la ventana extranjera. El calor emocionante del cuarto, corazón que comienza a palpitar. Abiertas las ventanas. El aire niño, con su risa fresca agitando banderas, sacude sus rizos bañados en el perfume del primer día de la Creación. La luz acude de nuevo a posarse en las frentes atormentadas de los atlantes del palazzo. La vida comienza hoy y en Roma.

Voy en tu búsqueda, mi Eurídice. Abandono el lecho, salado de lágrimas de plenitud. Recorreré las calles y plazas de mi ciudad. El dédalo de la mañana me aguarda. Te llamaré, tu nombre gritaré por palacios y ruinas, junto a fuentes, junto a sucias esquinas meadas. Buscaré tu corazón ahogado en las ondas del Tíber.

¡Oh sur de mis sures! Las sombras de la ciudad, cada uno de sus ángulos, oscuros en la mañana, rugen en tu honor.

El poeta, con el torso desnudo, se apoya en la ventana.

¿De qué se ríe Medusa? Con sangre en la boca y rosas derretidas en las manos, danza sobre el sol aplastado contra el suelo de la piazza.

Se ríe de mis pesadas manos de piedra, ríe del camino del sol hacia su lecho de espuma rosácea. Mientras aguarda la noche para peinar sus serpientes con dedos de esqueleto.







XVII

He cantado mi epopeya entre las ruinas. He removido las cenizas hasta hacerlas vivir, y conmigo esos amigos resucitados se repartieron el mundo. Les canté mi vida fijando mi origen en los cielos del verano y mi fin en su reflejo en el agua, cuando el beso de Narciso se posó en mi boca. Amado príncipe, encadéname a tu pecho. Tus labios de sangre son frutos venenosos.

Cómo el desierto se tragó mi ciudad. Cómo se ennegreció mi corona de rosas. Brindad por mi suerte, felices reyes, en mi nombre alzad las copas rebosantes.






XVIII

El desierto cubrió mi ciudad. La arena sepultó mi palacio. Hay una llama bajo el pétalo carmesí. Brisa cargada de cristal de roca, ala de paloma acariciante, lágrima inconsolable.

Junto a la iglesia, los lirios pujantes vivían su romance con la brisa de primavera y tú no estabas a mi lado. Subiré la cuesta para recibir la última luz y el primer escalofrío de la noche, y no verás lo que yo. El rebaño se aleja, los árboles se enlutan. Recibiré súbitamente el don de nombrar al dios de la fuente y no escucharás mi ruego. ¿Por qué no tengo tu mano sobre mi pecho aquí en la playa? La espuma me salpica en el fin de este día. Mares y cielos estrellados se despliegan ante mi proa: las ciudades sumergidas te recordarían. El desierto nos olvidaría juntos, si tras haber marchado en busca de Bagdad y de Balk nos tendiéramos en la arena, tocados por el dulce puñal del bandido.