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viernes, 21 de octubre de 2011

5189.- SALOMÓN DE LA SELVA


Salomón de Jesús Selva más conocido como Salomón de la Selva (León, Nicaragua; 20 de marzo de 1893 - París, Francia; 5 de febrero de 1959) fue un poeta y político nicaragüense.
Salomón de la Selva nació el 20 de marzo de 1893 en León, Nicaragua, hijo del abogado Salomón Selva, quien luchó contra la dictadura de José Santos Zelaya. Contando apenas 12 años su padre fue arrestado y condenado a prisión, y Salomón se presentó ante el presidente Zelaya durante una visita de éste a León y le ofreció un discurso recordándole los derechos del hombre y del ciudadano siendo del agrado del presidente, por el que Zelaya ordenó la libertad de su padre y le ofreció una beca para estudiar en los Estados Unidos, a donde se marchó contando sólo 13 años de edad.

Estudios en los Estados Unidos de América
Estudió en el Williams College en Williamstown, Massachusetts, donde más tarde trabajaría como profesor de español.
En el invierno de 1914-1915 conoce personalmente a Rubén Darío en Nueva York, a quien acompañó a una conferencia recital ofrecida en la Universidad de Columbia el 4 de febrero de 1915.1
En 1918 publica en Nueva York su primer libro de poesía: Tropical Town and Other Poems, escrito en inglés. Durante estos años frecuentó los círculos literarios de poetas jóvenes neoyorkinos entre los que se encontraban Stephen Vincent Benét y Edna St. Vincent Millay, ésta última con quien se relacionó románticamente.

Soldado en la Primera Guerra Mundial
Participó en la Primera Guerra Mundial como soldado en las fuerzas británicas, vertiendo sus experiencias en un libro de poesía, El soldado desconocido, escrito en español y publicado en México en 1922 con ilustraciones de Diego Rivera.2

Líder del sindicalismo
Se vinculó con el movimiento sindicalista estadounidense llegando a ser secretario del dirigente obrero Samuel Gompers.
Entre 1925 y 1929 vive en Nicaragua dedicándose al activismo sindical de tendencia laborista, impulsó la afiliación de la Federación Obrera Nicaragüense a la Central Obrera Panamericana, adscrita a su vez a la Federación Americana del Trabajo.3 4

Apoyo a Sandino
Hacia 1930 realizó campaña en Nicaragua a favor de la gesta libertaria del general Augusto C. Sandino, publicando notas periodísticas en San José, Costa Rica, en diversos medios como en el Diario de Costa Rica y en en el Repertorio Americano de Joaquín García Monge.5 4

Secretario privado de Alemán
En 1935 se radica en la Ciudad de México, a donde llega a influir en la política mexicana; junto con su hermano Rogerio de la Selva, llega a ser consejero del Presidente Miguel Alemán Valdés. El 4 de febrero de 1952, fue elegido miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua.6

Diplomático
Siendo designado embajador de Nicaragua en Francia, muere en París el 5 de febrero de 1959.1

Obras

Poesía
Tropical Town and Other Poems (1918)
A Soldier Sings (1919)
El soldado desconocido (1922)
Evocación de Horacio, Canto a Mérida de Yucatán en la celebración de sus Juegos Florales (1947)
La ilustre familia (1954)
Canto a la Independencia de México (1955)
Evocación de Píndaro (1957)
Acolmixtli Netzahualcóyotl (1958)
Póstuma:
Sandino (1968)
Antología poética (1969)
Versos y versiones nobles y sentimentales (1974)
Antología poética (1982)
Antología mayor (1993)

Ensayo
Los editoriales de "Diógenes" (1951); Prolegómenos a un estudio sobre la educación que debe darse a los tiranos (1971); La intervención norteamericana en Nicaragua y el General Sandino (1980); Sandino: Free country or death: articles (1984).




LA BALA

La bala que me hiera
será bala con alma.
El alma de esa bala
será como sería
la canción de una rosa
si las flores cantaran,
o el olor de un topacio
si las piedras olieran,
o la piel de una música
si nos fuese posible
tocar a las canciones
desnudas con las manos.

Si me hiere el cerebro
me dirá: Yo buscaba
sondear tu pensamiento.
Y si me hiere el pecho me dirá:
iYo quería decirte que te quiero!








ODA A LEÓN DE NICARAGUA (fragmentos)

León, copa de borde
quebrado, que me hieres el labio si te acerco
a la boca de mi alma; tu licor agrio, acorde
está con mi cariño doliente, altivo y terco.
Me miro y en ti admiro,
porque somos iguales en orgullo y en porte;
tu calor cotidiano lo exhalo si suspiro,
y ha florecido el trópico, por mi canto, en el Norte.

Como Florencia en Dante,
como Inglaterra en Shakespeare
y como Hugo en Francia,
así estás en mis versos ingleses: al tonante
verso de Whitman di tu sol y tu fragancia.

Tu fragancia en resumen
del aroma del polvo; tu olor es el del pito
de barro de los niños en donde ensaya el numen
la música de Pascuas y el son de San Benito;
pero tu sol, León,
tu sol espeso y duro, pesado y paulatino,
es metal que he forjado sobre mi corazón,
mi acero de Sigfrido retador del destino!
Cantor y luchador,
se cantar y luchar; y el triunfo no me importa,
que para el canto nunca me faltará tu amor,
y para la batalla toda la vida es corta!







Carta

Ya me curé de la literatura.
Estas cosas no hay cómo contarlas.
Estoy piojoso y eso es lo de menos.
De nada sirven las palabras.
Está haciendo frío
por unas razones muy sencillas
que no recuerdo ahora.
Tal vez porque es invierno.
Unos libros forrados
que hallarás en mi casa
explican con lucidez indiscutible
la razón de las temperaturas.
Cuando me escribas, dime
por qué hay calor y frío.
¡Fuera horroroso
morirme en la ignorancia!
Las luces Verey son
lo más bello del mundo.
La No Man?s Land parece
un país encantado.
He visto mi propia sombra
alargarse al infinito.
Y me han brotado mil sombras
rápidas de los pies.
Y se han ido estirando
más veloces que un sueño;
y después han corrido
de nuevo a mis zapatos.
Todavía les tengo
más temor a las sombras que a las balas.
Aunque son un encanto
las luces: verdes, blancas,
azules, amarillas
Me he diluido en sombras
y me he ido corriendo
a más allá del mundo.
Me han parecido música
las luces. Me he sentido
el Prometeo de Scriabin.
Después me ha dado espanto.
Unos libros forrados
que hallarás en mi casa
explican con lucidez indiscutible
el por qué de los miedos.
Cuando me escribas, dime
cómo se es valiente.
¡Fuera horroroso
morirme en la ignorancia!







Pueblo No Plebe

La independencia fue para que hubiese pueblo
y no mugrosa plebe:
hombres, no borregos de desfile;
para que hubiese ciudadanos;
para que júbilo goce la infancia
en decencia de hogares sin miseria;
para que abunden los jardínes de recreo
infantil; y los juguetes; y,
[mejores que las flores,
y más bulliciosos que los pájaros,
más dulces que las frutas,
crezcan los niños y maduren
en salud y alegría que el Estado ampare
y el buen gobernante garantice,
porque la Patria, antes que todo, es madre.






LA LIRA

¿Quién ha visto una lira?
La lira es una palabra.
Era instrumento, pero ahora
es más: es un vocablo.
Las cosas que se vuelven palabras
se magnifican o rebajan.
El lenguaje
tiene la virtud del amor:
exalta o mengua.
Por eso la lira me inquieta.
La lira es cosa muy barata.
¡Quien no tiene lira!
Yo quiero algo diferente.
Algo hecho de este alambre de púas;
algo que no pueda tocar un cualquiera,
que haga sangrar los dedos,
que dé un son como el son que hacen las balas
cuando inspirado el enemigo
quiere romper nuestro alambrado
a fuerza de tiros.
Aunque la gente diga que no es música,
las estrellas en sus danzas acatarán el nuevo ritmo.







PRISIONEROS

Son gente.
De eso no cabe duda.
Gente como nosotros,
que come, que duerme, que se entume, que suda,
que odia, que ama.
Gente como toda la gente,
y sin embargo diferente.

Como les hemos arrancado,
todos los botones
caminan agarrándose
los pantalones,
y llevan el cuerpo doblegado.
Pudiera ser el cansancio,
pero no es eso.
Pudiera ser la vergüenza...
En fin, que nos importa:
¡Son nuestros prisioneros!

Está prohibido darles cigarrillos.
Bien. Se los daré a escondidas.
Alguno de ellos debe haber leído
a Goethe; o será de la familia de Beethoven
o de Kant; o sabrá tocar el violoncello...








ÚLTIMA CARTA

Se me figura que todo el mundo ahora
debe sentir lo que yo siento.
Imagínate: ¡Hoy a salido el sol!
¡Hoy hemos visto el cielo!

Han pasado incontables aeroplanos:
todos quedamos roncos
de gritarles saludos.
¡Qué nos iban a oír!
Pero oírse uno mismo es lo importante,
oírse hasta quedarse sordo,
y ver la luz del día hasta cegarse:
¿Verdad que es muy sencillo
el secreto del arte?

Tuvimos un fuego al aire libre
hasta que nos obligaron a apagarlo.
El calor nos volvió contemplativos.
¡Todos nos chamuscamos los zapatos!
Otro descubrimiento divino:
Darse al calor hasta quemarse
es el secreto del misticismo.

Nadie ha proferido ni una queja.
Es por entero falso que tengamos enemigo.
No nos hemos cruzado ni una bala.
Sin embargo, esta noche
esperamos ataque.
Por eso te escribo.








Comienzo de batalla

Ellos dieron principio a la batalla
llenándonos las trincheras de gas.
El boche no nos halló desprevenidos:
hacía muchos días que esperabamos esto.
Arrastrándose sobre el lodo de No man´s land
ora quedándose inmóviles como un tronco de árbol,
para que no nos delataran los cohetes de luz,
ora corriendo como iguanas al quedar todo oscuro.
-¡tropezando cuántas veces,
cuántas veces hundiéndose en charcas putrefactas
y al alargar la mano sobre el suelo
metiéndola en la boca d eun cadáver!-
así, noche tras noche, nuestros hombres
llegaron hasta las trincheras opuestas
y volvieron con el mismo sigilo, el mismo espanto,
envejecidos años en una sola noche.
Todos enmascarados,
iguales a demonios,
vimos llegar rodando la amarillenta nube larga.
Las ametralladoras abrieron fuego rápido.
Las bayonetas erguidas sentían nuestro pulso.
Los dientes los hundíamos en la boquilla de la máscara.
Nada perturba el majestuoso avance de la nube.
Envolvió las defensas de alambre
y nos envolvió a todos
y se echó en la trinchera, dragón de humo,
entre un clamor de gongos y campanas
y de timbres eléctricos.
Batiendo con abanicos faraónicos
desalojamos al huésped mortal:
Fue trabajo de horas:
Allá irá, a las trincheras de segunda fila,
suavemente arrullado por el viento.
Echados en el lodo
hay muchos vomitando los pulmones.
Relinchan, presa de estertores de la muerte.
Los camilleros se los llevan con dificultad.
Los ilesos estamos cada cual en su puesto,
nos hacemos arrancando las máscaras,
y bendecimos el ron que nos reparten.
Con ojos inyectados atisbamos el frente:
¡Ya no están unos álamos que había!
Las bayonetas han perdido su brillo.
Las ametralladoras continúan sin cesar pespuntando el aire
con hilo de plomo,
y el tronar de nuestra artillería a retaguardía
crea un nuevo silencio
que sólo rompen los chillidos de mono de las granadas.







El deber de un padre cuando se va a la guerra

En el Embankment, a lo largo del río,
y en la Serpentina, y en el parque de Seven Ponds,
a todas las horas de la noche;
y en la catedral de San Pablo, al mediodía,
-en las escaleras que conducen a la cúpula,-
muchachitas de catorce y menos años
como aquella hermanita del Rey que no tenía pechos,
se dan por un chelín a los soldados.
¡Agamemnón, padre misericordioso,
yo te alabo!