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jueves, 22 de septiembre de 2011

4985.- ALFREDO BUXÁN


Alfredo Buxán
Corcubión (A Coruña, España), 1950
Ha publicado Legado de ternura (Cuadernos de Cántiga, Madrid, 1989), Cantar de ciego (Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1991) y Liturgia de la heredad (Cuadernos de Cántiga, Madrid, 1991), todos ellos volúmenes de poesía, y las novelas El lugar de las apariciones (Germanía, Valencia, 2001) y Enroque (Inéditor, A Coruña, 2007)
y Las palabras perdidas (Poesía 1989-2008) (Bartleby Editores, Abril 2011)




Las palabras perdidas
(Poesía 1989-2008) (Abril 2011)
Bartleby Editores
http://www.bartlebyeditores.es/ficha_obra.php?
genero=poesia&id_genero=1&id_obra=164



DONDE NACE LA LLUVIA

Yo miraba nacer el misterio del alba.
Ha venido a mi frente, como una usurpación,
el caserón en ruinas donde nació mi padre,
donde mi padre, a buen seguro, pediría morir.
El tiempo ha conseguido entumecer
el vigor que sostuvo sus columnas,
los escalones sólidos, la enérgica fachada
que merodea, virgen, en mis sueños.
Mi vida ha transcurrido dejándose mecer
por la dulce nostalgia de su aroma:
la severa mirada de la abuela,
la dudosa intemperie de los largos pasillos,
la fruta a buen recaudo en la alacena,
las mazorcas de leche, el lavadero,
el pasamanos cálido, la tamizada penumbra
de las habitaciones.
Allí, cuando era invierno (no olvido
que fue hermoso), pasé unos días solo
en el último piso, entregado
al estudio como si fuera un monje
rodeado de códices antiguos, lleno de frío,
feliz como las piedras. Y callado.
La mano, aquella tarde, persuadida
del génesis, grababa palabras inmortales
en un libro de niebla.
Lo que a la postre hubo es la memoria
de la lluvia, que caía incesante:
como si para mí llorase el universo.
La imagen imborrable de un muchacho
que delicadamente acoda el alma en la ventana,
con lentitud de estatua.
La mirada de magia de un muchacho
que sólo quiere ver cómo zarpan los barcos,
hundidos para siempre en la ciega tormenta
de los años,
hacia el cielo infinito.








ELOGIO DE LA QUIETUD

Nada tienes que decir, después
de tantos años de inútiles esfuerzos
por nombrar lo indeciso.
Te ayudan a saberlo un puñado
de libros, la atroz benevolencia
que adiestra tu mirada,
los continuos achaques, la soledad
y los amigos.
Tu corazón pervive
como aguardan las piedras
en la orilla del río.
Son hermosas y limpias como tardes de otoño.
La suave tolerancia que propicia la edad
te permite mirarlas con un resto
de emoción, te induce
a compartir su invisible desgaste
con indiferencia.









CONSEJOS PARA SEGUIR (O NO)
CUANDO CONVENGA

Aunque es de noche,
no tomes de mí el aliento entrecortado,
el gesto hosco,
el temor a los túneles vacíos,
este dolor de huesos tan temprano,
este hábito enfermizo
de hacer preguntas a las cosas
sin concederles tiempo apenas
para hilvanar una respuesta.
Tampoco heredes
mi falta de holgura para ganar el pan
y escapa de un trabajo como el mío:
es preferible mendigar que recibir limosna.
Piénsalo bien, no es una paradoja.
Acaso una inscripción en la pared del metro.
No vayas a perder demasiado tiempo
en leer lo que he escrito, sólo me defendía.
Todo lo más, para paliar una tristeza
contumaz, algún poema viejo
puede servir de distracción
en una mala tarde.
Tal vez lo más hermoso
–toma nota–
se haya quedado bailando en las ramas
de los árboles, ciertas conversaciones,
descubrimientos, ciertos ritos
que tú has visto volver
de tanto en tanto: aprópiate,
sin el trámite de pedir permiso,
de mi facilidad para reír
y de mi esfuerzo por ser libre
–sobre todo por dentro–,
rescata mi pasión
por las cosas en apariencia inútiles o frágiles,
mi culto a la amistad y, por añadidura,
al vínculo del vino,
mi afición a los juegos de palabras,
mi dependencia de la música o del mar,
que viene a ser lo mismo,
mi búsqueda devota del silencio
entre ola y ola,
mi toque de balón
y mi visión del juego en general.









DECÍAMOS AYER

Toqué entonces el mundo: lo hice mío, fue mío.
Han pasado los años.
Ahora ya sólo soy
el que recuerda, el que vivió, el que escribe.
ELOY SÁNCHEZ ROSILLO


He encontrado en las páginas primeras
de la mañana, por sorpresa, el hilo
de la memoria, el esquivo poema
que contiene la vida. Es muy temprano.
Estamos en septiembre, queda poco
para decir adiós a todo esto
hasta el año que viene.
Hace días que llueve mansamente
sobre el mundo, hay un cazo de leche
y un presagio que humea en la cocina de carbón
como una despedida. Qué pronto pasa un año.
La abuela corta el pan en rebanadas
todas iguales, como si fuera un dios,
y me mira muy hondo cuando dice:
e cedo, negra sombra, ¿ti nunca tes acougo?
No sé qué contestar, todo es confuso.
Tengo muy pocos años –me supongo–
y hay cosas que no entiendo todavía.
Le pido que me explique las razones del frío
o cómo puede ser que aquel muchacho
llegara a presentir, siempre callado,
lo que iba a ser la vida después de algunos años,
lo que iba a estar haciendo en esta tarde
sin nadie: devanar la madeja de los días,
volver la vista atrás, tirar del hilo.









HUERTO DE LOS NARANJOS

Cómo explicarle a nadie que nacimos
en un rincón azul del paraíso
y que el jardín existe. Mejor no propagarlo.
Que cada uno cumpla su destino
y la marea negra que regresa
una vez y mil veces a la costa
–chapapote de muerte que se mete en las casas–
no alcance nunca las raíces de los árboles
que nos dieron el aire, y con el aire el sustento:
el mismo sueño cada mañana al levantarnos,
la mancha imborrable de las moras en los dientes,
la huella del nogal en la palma de las manos
como feliz estigma que todos compartimos,
la luz del merendero bajo la parra hinchada
y las uvas amargas, el viejo laberinto
de las flores, el columpio y la barca de piedra
que surcaba las aguas para hacer sin descanso
cada día cien millas, cada vez un viaje,
las peras de San Juan y las manzanas ácidas,
el canto de los mirlos, las mazorcas de leche
que merendamos alrededor de la casona,
las tijeras de podar junto a la escalinata,
la humedad de la hierba, la fruta machucada
que sólo sirve ya para compota,
todo eso,
el caminito de los caracoles
en la lluvia y su rastro de baba en la conciencia,
las sardinas asadas al volver de la playa,
el pringue de las manos plagadas de rasguños,
el sendero de grava, la leña hecha montones
y a resguardo en un rincón de la tapia,
los taludes de tierra en que nos revolcábamos
con saña de piratas, las ciruelas pisadas
y la certeza de que el mar no se iba a mover.
Estaba siempre allí para entregarse a nosotros.
A mano izquierda según se baja hacia la plaza.
El mar y sus secretos. Mejor no propagarlo.
Qué más da que lo crean o lo ignoren
si nosotros sabemos, cuando muere la tarde,
que aquella felicidad existe todavía.
Existe y tiene nombre aunque no lo digamos.





CUANDO LA NOCHE ENTRE

Cuando la noche entre en tus huesos con afán de herir,
cuando la vida muestre su lado más oscuro,
piensa en mí, no te rindas, recuerda aquel minuto.
Busca en tus sábanas un residuo de mi sueño.
Atrapa en el aire el humo de nuestra mirada,
un ala de aquel milagro que detuvo el tiempo.
Protege la belleza de tu tez africana
bajo la luz del rincón donde yo te escribía.
Husméame sin miedo. Cierra los ojos. Duerme.
Me verás llegar desnudo a acariciar tu espalda.
Como llegaste tú. Como siempre estás llegando.







LOBO

Ni una palabra de aliento perdura
en la lengua del lobo, desorientado y solo
en la ciudad. Ni un aullido de gozo
en su corazón. Sólo la eterna sed
de adentrarse en el bosque con sigilo
y descansar,
el deseo de no oír el trajín
de los cazadores cuando despunta el alba,
la esperanza de borrar para siempre
el miedo de la persecución, el sudor seco
en la pelambre de la nuca,
la llaga viva en la planta de los pies,
el velo de angustia que desarma su mirada.
Sólo un salvaje anhelo de silencio
que le devuelva lo que nunca tuvo:
unas horas de quietud, el milagro
de un sueño sostenido, no percibir
la sucia mordedura del pánico
fundiéndose allá dentro, en la médula
de sus huesos, donde arraiga el misterio,
en el puro reducto inaccesible
donde el alma rendida se cobija
para no desfallecer, donde se multiplica
el rencor o todo lo contrario,
la música
sin trampa de la vida.




UN SUEÑO

Se me ha ocurrido proponerte un sueño:
cierra los ojos frente a la ventana.
Tras el cristal ruge un abismo.
Duerme.
Cuando el sol primero de la mañana
o el sutil arañazo de la pena
te despierten, no dudes: busca mi olor
en la almohada o un rastro de mi sien
-pongo por caso- en tu cadera.