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lunes, 19 de septiembre de 2011

4957.- RAFAEL LARREA


RAFAEL LARREA (Quito, Ecuador 1942-1995)

No es que yo me olvide
de los grandes momentos,
de aquellos que acumulan sangres y glorias
pues amo
todos los pasos de la humanidad que asciende

Poeta, periodista y catedrático. En los años sesenta integró el movimiento cultural Tzántzicos. El escritor Pablo Yépez sostiene que Larrea "caminó dentro de la irreverencia y con la voluntad suficiente para construir una alternativa vital; desarrolló una propuesta y la potenció, cantor de los sueños y la ternura, de la cotidianeidad y su esperanza: escritor que afinó su palabra en el diario batallar por la vida."

BIBLIOGRAFÍA
Poesía: Levantapolvos (Quito, 1969); Nuestra es la vida (Quito, 1978); Campanas de bronce (Quito, 1983); Bajo el sombrero del poeta (Quito, 1988); Nosotros, la luna, los caballos (Quito, 1995); La casa de los siete patios (Quito, 1996). Consta en las antologías: Lírica ecuatoriana contemporánea (Bogotá, 1979); Palabras y contrastes: antología de la nueva poesía ecuatoriana (Cuenca, 1984); Poesía viva del Ecuador (Quito, 1990), y La palabra perdurable (Quito, 1991)




CAMPANAS DE BRONCE

Yo fui el primero.
Amanecí ataviado de arcoiris.
En una piedra muda grafiqué mi procedencia
y quizás algún día hable y nos lo diga.
Yo fui el primero que bebió del agua,
quien tocó el árbol por primera vez,
medité y soñé e interpreté mi sueño
y gocé del canto de innumerables aves.

Me llaman Jumandi. Pero mis otros nombres
verdaderos tan sólo yo los sé.
Archidona y yumbo, alama y zumaco
cuanto más atrás, otros nombres tomé.
Como una hormiga trashumante bajó mi espíritu
las turbulentas aguas de mi río-mar
y jamás me dejé vencer,
ni por la naturaleza.

Pregunté a mis sueños y vencí,
vencí a la boa y su lengua peligrosa y maligna
como la de todos aquellos extraños
que tantas veces derroté.
Soñé con un vuelo de eterna libertad
y larga vida
y soplé vientos sobre mí,
sembré dudas y selva y oculté
mis conocimientos y aventuras.
Y maté al agresor y levanté
mis humanos trofeos,
y los cantos de guerra con que me defendí
en mi suenan y suenan
llamándome.

Nadie hubo aquí antes de mí.
Yo fui y soy el amo y el señor
de esta orquídea.

Desde el Pichincha,
desde las verdes pajas del páramo
se extienden mis venas,
frailejones, chuquiraguas, chaquiñanes,
delicados arroyos, poggios, pacchas,
vertientes de entusiasmado canto,
mis venas,
con la niebla de los bosques cubiertas,
arropadas con humo,
bañadas con carbón,
dulces líquenes y musgos
arbolillos, flores escritas en granito
milenario
y sombríos soles cual sonrisas.

Mis venas,
mi pelo,
mi trenza,
mis chischís.

Venas de tierra, cornisa, alero,
zumbido de quindes y de abejas reinas,
retos de diostedés y alas de guacamayos.

Mi rostro,
sus rincones, historias y leyendas
de cal y arena, sangre de argamasa,
rostro sin fin, sin eternidad,
y en las sienes, aplomas blancas,
nieves serenas, abuelas.

Mis ojos de buey,
mi nariz de águila, de cóndor mi aliento,
mi piel de naranjilla delicada,
mi piel de barro con paja,
de noche cerrada mi piel.

Mi corazón de cascada, alta y brillante, sonora.

Mis pies partiendo, yendo, andando, nunca quietos.

Mis manos, arrugas de montes, redondas colinas,
abismos, saltos, trotes de mínimos ríos
que se unen abriéndose camino hacia el mar
para besarlo con mis labios de piedra,
con mi lengua serrana, selvática, violenta,
con mi lengua golondrina, gorrión, gaviota,
cantándole canciones de miel, de mora y de viento.


Yo,
que me descubrí temblando, desnudo,
tocando rondador, tambor, pingullo,
bailando hasta que la luna se ponía,
hasta que el sol en puntas venía,
cuidado por mis huarmis cariñosas,
siempre bellas,
de una belleza mía,
contagiosa,
huarmis de un tiempo antiguo,
mi propio ritmo,
mi mundo,
mi monótono tono
que me llamaba a bailar en callado vuelo
sobre mi propia tierra,
con nubes en los hombros
para que pesaran mis muslos
para que pisaran y pisaran duro
mis pies,
acariciándola, repitiéndole
que era mía, mía, mía,
por mí,
por todos nosotros runas
dancé y dancé
hasta ponerme triste.

Ahora me veis
levantado,
cholo alzado,
más alto que diez nubes,
más duro que cien foetes lanzados
contra el odio que me tienen
los que me explotan y oprimen.

Por eso,
aquí me tienen,
mírenme, deléitense, asústense,
recuéstense en mí,
no me corro,
corazón soy
y en el pecho me quedo.


Por eso,
si me ven armado de mi cuero mestizo,
blanco a medias,
indio-castizo cuero,
zambo-mulato cuero,
negro-colorado cuero,
cholo, chazo, shuar, cofán,
quaiquér, auca u otavalo,
armado y desarmado,
enamorado y pobre,
chispo o entonado,
entredormido y entresueño
de zapato, de pata, de alpargata,
de chusma, de sombrero, de faja,
de rosado, de verde, con careta,
no se asusten,
no,
ámenme lo mismo,
porque soy tú,
y tú eres nosotros,
y más que todo eso,
todos somos de abajo,
del piso mismo,
de la tabla que habla,
de la hierba que mastica viento,
carihuairazo, palenque, pelo de choclo, sicce,
de origen humano, animal, vegetal, mineral,
de origen real, telúrico, grandioso
yo soy este otro,
estitico,
eso mismo

¡Y aquí me quedo!
Me quedo en ti
tierra, pájara, mujer.
Y para decir: ¡te amo!
me subo al cerro,
a la luna me empino para amarte,
para besar tus pies soy lengua de vaca,
cuchillo soy para acabar con tus penas,
me acuesto en tu pecho de rosas y angustias,
en ti me esparzo, en ti me siembro,
de ti florezco,
en tu boca me vuelvo sol,
me siento en tus portales,
con mis cabellos detengo el viento,
como un cometa pendo de tus techos
junto al toro, a la libre, al perro,
a los recuerdos,
me estiro y amplío mi amoroso amasado lodo,
por ti recupero la razón,
en ti me reconozco,
en todo tu esqueleto, tus venas, tu rostro
en brazo erguido, en tu pecho de ariete,
en tu grito de foete, en tu ternura de gota,
y en mis brazos te levanto,
orgulloso y propio.

En este enredo de nombres, de hombres,
de matices, me quedo, nos quedamos.
Me radico, me raíz, me empujo
el magma de este vientre andino,
de esta entraña cascájica, quebrada,
de esta peña, esta rosa, esta tonada,
me quedo, nos quedamos

Abrazados a las lluvias,
a estas desnudas nubes pasajeras,
viajeras, pájaras mojadas, despeinadas.
En estas medicinales aguas de toronja,
yerbaluisas, marialuisas, quijijes, lópez,
congos, sánchez, valdiviesos, chiluisas,
caizapantas, higuerillas, buganvillas,
tálamos, espinas, uvillas,
en estas huecas citadinas, vespertinas,
calladas y oscuras golondrinas, y
heroicas huestes obreras, campesinas,
me quedo, nos quedamos!

¡Acento mío,
voz grave mía,
violín de mi costilla,
silbido e mis sienes,
en ti me quedo,
lleno de ser por fin
mi propio yo,
mi propia tierra,
mi propio pueblo,
yo!











Poema del libro Nuestra es la Vida


Cantemos a boquejarro
las canciones del futuro, compañeros.
Cantemos la libertad,
ya no en bandera,
sino en nutridos puños y ovaciones.
Cantemos la empresa de las manos juntas
de los caminos de todos,
la de los bosques y estrellas,
todos de todos.

Cantemos pelando el grito,
las canciones del futuro, compañeros.
La canción del pan y el panadero,
la del poder y el obrero,
la de la hierba alta y verde,
la canción del cansancio alegre
y la del descanso verdadero.

Este mundo pertenece
a quienes aún hoy de pie duermen
a quienes con el un ojo sueñan
y con el otro vigilan.

Este mundo pertenece a quienes
por cantar son perseguidos.
Aún por la noche persiguen
a los que traen el sol en octavilla.

Cantemos en horizonte,
las canciones del futuro, compañeros.
La canción del pasado abierto y explicado,
la canción del avance permanente,
la canción de la vida, compañeros.







NO CABE HACERSE EL LOCO

Después de lo que hemos vivido,
qué mejor saber que no han terminado
con nosotros.
Hemos resistido con gran ternura,
sentimos la fe del científico en su obra,
la pasión siempre renovable
del revolucionario.
Hermoso es contar
con una mínima parte de la verdad
y así decirlo.
De qué sirve volverse el loco,
el que no comprende lo que pasa,
lo que ha sucedido en este mundo?
Para qué sirve
ahora, pretender que nosotros no nos
equivocamos nunca.
Yo sí dije, como suena la frase.
De este golpe,
salimos golpeados todos.
Los que avanzamos, ahora lo entendemos mejor.
Y sabemos distinguir
a los que retrocedieron a tiempo
Los que se abrieron, los que se vendieron,
los cobardes, los confundidos, los temerosos,
los acomodados,
Para qué quieres mentirme con tu cara,
si viro la cuadra
y me hallo frente a tus ojos colorados,
incrédulos,
que son cuna y pañuelo
de desgracias mayores que las mías?.
Avantí, trabajadores,
siga elm undo su camino.
Por el grande, magnífico,
irreptible espacio,
vaya la vida
alumbrada con soles y estrellas.
Quién se puede sorprender de lo insólito?.
Guardadas están
las distancias,
los sentidos,
los valores,
y cada uno de los pasos
que el ser humano ha dado
desde el primer día.
Ninguno de esos heroicos esfuerzos
está perdido.
Sólo se ahogó, quien se soltó de su barca
No volvemos a comenzar tampoco.
Solo estamos en otro estadio.
Para cada generación,
un enigma distinto. Avanti.
Avanti, gloriosos pueblos!








HABLA ZARATUSTRA

Yo
no tengo cosas,
tengo
tiempo que se va.
Respiro
al aire que es de todos,
y camino por calles
cuyos nombres no sé,
y no me angustia este vacío
pues yo se a dónde voy.
Amo al sol
y lo consumo despacio,
astillas para el ánimo,
para el frío de la columna vertebral;
creo en la virginidad de la noche
como en mí mismo,
y no creo ser el único ingenuo.
Mi insignia es vivir
sin cadenas,
y estoy con aquellos
que aspiran a vivir cien años más.
Cuido el humo, los manglares,
las luciérnagas,
y trato de entender por qué los seres
mueren,
deseo intuir los cambios,
pero, felizmente, me equivoco muchas veces,
y dudo,
dudo,
éso me ha salvado de los maremotos,
de las traiciones.
Todo lo que tengo
se lo dejo a los demás.
Esto soy.
Esto tengo.
Esto quiero.
Y este es mi testamento.
Así habla
Zaratustra López Maygua,
los domingos
mientras toma helados
de mora y naranjilla
en el parque de la Alameda
con la mujer y los guaguas







PONGO LA LUZ

cerca del muerto,
la corona de velas,
la flor,
la primavera.
Le cuento cosas que harían sonreír
a una tapia.

Y sigue seco.

Ante tanto entusiasmo
parece que su índice me llama.

Le pregunto: ¿hablas?
Pero, en la boca sólo un diente de oro,
y, más allá, un algo así como garganta
sin más trueno que la soledad
de un blanco hueso.

Quizá la muerte misma no sea nada,
si no recuerda,
si no cuenta,
no tiene qué perder,
calla y calla,
es todo un muerto respetable, la muerte.

¡Quién sabe!
A lo mejor, no vale nada.
¡Como si no hubiera nacido!

¡Manavali!









¿QUE BUSCAN,

hermanos,
en esta oscuridad de muerto,
ayudados sólo por ese trapo negro,
esa lágrima,
ese desnudo pie
clavado en el piso del cuarto?

¿Qué cosa busca el obrero
más allá de su telar,
de su paciencia creadora?
¿Qué hay más allá del salario?
¿Cuál es el horizonte del músculo?
¿Tras tanto esfuerzo, qué más hay?
¿A dónde fue a parar el descanso,
para variar?

¡Ah! mis hermanos hombres,
lo que queréis, lo que buscáis
es otro mundo en este mundo.
¡Qué bien!









EL AMOR

es la única red
que atrapa al pez
para salvarlo
de la muerte








ME DIJO:

yo sola,
soy un ala;
si te unieras a mí,
seríamos un granito de arena.