BUSCAR POETAS (A LA IZQUIERDA):
[1] POR ORDEN ALFABÉTICO NOMBRE
[2] ARCHIVOS 1ª, 2ª, 3ª, 4ª, 5ª 6ª 7ª 8ª 9ª 10ª 11ª 12ª 13ª 14ª 15ª 16ª 17ª 18ª 19ª 20ª y 21ª BLOQUES
[3] POR PAÍSES (POETAS DE 178 PAÍSES)

SUGERENCIA: Buscar poetas antologados fácilmente:
Escribir en Google: "Nombre del poeta" + Fernando Sabido
Si está antologado, aparecerá en las primeras referencias de Google
________________________________

domingo, 26 de diciembre de 2010

2821.- DIONISIA GARCÍA



Dionisia García nació en Fuente-Álamo (Albacete) en 1929. Reside en Murcia desde 1970. Su obra poética está recogida en Tiempos del cantar (Poesía 1976-1993) (1995); posteriormente han aparecido Lugares de paso (1999) y Aun a oscuras (2001).

• Poesía
El vaho en los espejos, prólogo de Miguel Espinosa, Murcia, Patronato de Cultura de la Diputación Provincial, 1976
Antífonas, introducción de Francisco Alemán Sainz, Murcia, 1978
Mnemosine, Madrid, Rialp, 1981, Adonais
Voz perpetua, Málaga, 1982 (edición no venal)
Interludio (De las palabras y los días), prólogo de Manuel Mantero, Barcelona, Los Libros de la Frontera, 1987, El Bardo
Diario abierto, Madrid, Trieste, 1989
Las palabras lo saben, Sevilla, Renacimiento, 1993
Tiempos del cantar (Poesía 1976-1993), estudio preliminar de Ana Cárceles, epílogo de Miguel Espinosa, Barcelona, Los Libros de la Frontera, 1995, El Bardo
Lugares de paso, Sevilla, Renacimiento, 1999
Anche se al buio / Aun a oscuras [edición bilinguë], edizione di Emilio Coco, Bari, I «Quaderni della Valle», 2001

• Narrativa
Antiguo y mate (Relatos), Murcia, Editora Regional de Murcia, 1985
Ideario de otoño, prólogo de Carlos García Gual, Albacete, Diputación de Albacete, 1994 (aforismos)
Imaginaciones y olvidos, Madrid, Huerga & Fierro, 1997 (relatos)

• Ensayo
Larga vida (Vida y obras de Emma Egea), Cartagena (Murcia), Fundación Emma Egea, 1995




El vaho en los espejos

(1976)


Eheu, fugaces...

Horacio, Oda XIV, Libro II

Cuando vuelvas, ya no estarán aquí;
serán otros los que pinten los postes,
los que abracen a las muchachas rubias
y regalen mecheros automáticos;

habrá cambiado la moda su color:
los zapatos morados envejecen
sobre sus plataformas,
sobre su tiempo corto en menosprecio.

Hoy he querido dilatar la noche
para oír la música del clavicordio,
que llegaba tenue desde la ausencia;
alguien supo sacar la melodía,
guardada tras el umbral del tiempo.

Las muchachas se fueron;
en su bolsa de paja
guardaban un casete.

El autobús arrastró las sonrisas.

Un aire fresco me hizo preguntar:
¿estará aquí la verdadera melodía?








Nocturno en la ciudad

Era flaca y metálica,
ojos entretenidos en el azul del cielo,
los pies resquebrajados, y un olor agridulce
de paloma empapada
en el vaho del viento y de la bruma.

Tibio amago de rosa maltratada,
corredora de noche;
en el día, dormido anda su cuerpo,
roto hasta la cintura,
de abrazar en desvelo
unos cuerpos anónimos,
apremiantes, viajeros,
turbios y singulares.

Cintura rota,
difuso amanecer señalado de ojos;
bocas, que en el hondo silencio
de la noche tararean canciones,
y aguardan, impasibles,
en detenidas horas.








Ante la tumba de Miguel Hernández

Tres palomas tocaban desde dentro:
asta, pico, diente de caracola;
punta a punta sobre la tierra blanca,
para que allí quedara el aliento,
el sentir que deshecho se muriera,
en el amanecer quebrado y seco.

Un hombre mal trazado, letras negras,
con tres vocablos justos y unos años.
Tú que naciste agreste y buscador,
pisando líquenes, saltando tormos;
atento al despertar de las mañanas.
Casi rasgado el telo de la aurora,
extendías las manos, y era tuyo
el clamor, el gorjeo y las plumas,
toda la libertad que ahora queda,
en pizarras de greda y entre el viento.





Antífonas

(1978)


Shakespeare no tuvo bicicleta

Fue peatón de amores en Stratford,
Shakespeare no tuvo bicicleta;
levantó remolinos de tierra
en ardiente alegría
hasta cubrir distancias
y llegar a la casa
de Ana Hathaway,
que esperaba, y ofrecía el abrazo
a su fiel peregrino.
Ahora, los muchachos,
los amantes de Stratford,
van buscando en la ruta,
pero ya no hay señales:
fueron borradas por tantas bicicletas
que sólo el aire guarda
intactos los recuerdos,
palpitaciones vivas
del corazón de un joven.





Mnemosine

(1981)


La soledad es un fuego

Tu cuerpo roturado maldecía
el rastrojo y el yermo,
al ventisquero que avivó la llama,
y a mí, por mencionarlo.

En aquel desvarío de lo lúmbreo,
hablabas de recinchos y vencejos,
mala tierra y malos moradores.
Yo abarcaba tu cuerpo,
tu piel de cobertizo;
besándote las manos, susurraba.
Me apartaste, unciste tu brial,
vi tu crin y tus brazos de leño
tentando entre las luces;
desde la oscuridad,
y el fuego lejanía,
abocabas la hiel de tu redoma.

Abrazaste la lumbre,
ese fuego secano
a ras del horizonte,
donde la soledad se hace maleza
y el hombre escupe barro
para sentir el eco
y alertar a los cielos
de su dolencia cósmica.

La soledad es un fuego,
un aire maldecido
en aliento de caos y de costumbre.

Con la aurora volvías;
te acercaste desnudo y abrasado.
Era tu cuerpo un garfio
flagelado y deshecho,
que supe revivir
desde mi carne ahumada.








Mar violeta

Aquella mar violeta que Homero percibió,
¿es este mismo mar que admiramos ahora?
Sobre lechos de espuma, una franja encendida
agolpa el horizonte y traspasa los barcos.

Hemos adormecido en el manso presente,
una frágil verdad que esconde lo tangible,
y es el eco del mar, en alboroto hundido,
el que nos hace ocasos desde su firme adentro.

Espectáculo mudo anega las miradas,
las épocas remansan en un vaivén quebrado,
borrando al regresar las huellas de los ojos.

No quiero ser tortura, negaciones y llanto;
mientras nos entregamos al mar y a los colores,
me invade el sufrimiento de las cosas que acaban,
al no poder sentir esta misma hermosura
fuera de los recuerdos, que surgen ya pasado.

Otra vez el otoño trae una cinta de mar,
una advertencia intacta en los matices nuevos.

Fugaces pasajeros, abrazos de inquietud:
¿quién podrá comprender la permanente dicha,
el beso singular de la cosmogonía?







Interludio

(De las palabras y los días)

(1987)


Charco de la Peña

Camino del peral, cuando San Juan llegaba,
y junio, ya maduro, nos invitaba al árbol.
Hermosos frutos, contados uno a uno.
En nuestras manos la jugosa pulpa,
goteando el agua.

Cesta de caña transportada por tres generaciones,
en otros junios de horizonte dorado,
al declinar la tarde.







Domus habitatae

Casas de infancia protegidas por rejas,
anchos umbrales y aromas de membrillo.
Fachada a medio sol; primeros saludos.
Jornaleros con sus ruidos, buenas y malas nuevas.

Pastizales. Lugar a tejavana.
Añoradas encinas, tierra roja.
Entraba el campo en las habitaciones.

En la ciudad, compartida vivienda:
dolor y llanto ajenos,
sin comentar que ha llegado el verano,
que es hermosa la fiesta de los días.






Lugares de paso

(1999)


Instantánea

Del brazo de mi padre por la avenida airosa,
en busca del amigo, que al fin vimos.
Era marzo con sol, y se acercó un fotógrafo
dispuesto a detener aquella escena.
Nuestros abrigos largos, la sonrisa;
el gozo elemental de la existencia,
marcado para siempre en blanco y negro.

Presidía la puerta de Alcalá,
con sus rosas y grises en la piedra,
rodeada de atmósfera inocente.

Han transcurrido más de treinta años,
y atravieso el lugar en automóvil,
al paso, las arcadas de piedra ennegrecidas,
su insolente esplendor ajeno a la premura.
Voy a ver al amigo, anciano y solo.
Es primavera inquieta, sin fotógrafo,
y mi padre no está.






Alvarado

Quién pudiera dormir sin haber sido,
sin llevar a la noche tantas escenas muertas
que tornan nuestros sueños infelices.
Entre las limpias sábanas, el cuerpo distendido.
Previa la oscuridad, donde se alojan
momentos y lugares, nos poseen y rompen
todas las armonías.

Esta noche de julio es Alvarado,
habitante del Bronx, quien me visita,
con su angustia de una muerte temprana.
Viene, se posesiona, y punza su estilete.

Deja el lecho de ser albergue grato,
sólo desasosiego hasta el amanecer,
cuando Alvarado huye, se aleja entre la niebla,
hacia el rincón que ocupa en el recuerdo
de aquel lejano viaje.





Aun a oscuras

(2001)


Mientras conmigo voy

Luminosa mañana. Nada teme al olvido.
Yo celebro con ella la fiesta de las calles.
Poco más tengo cierto en esta vida breve
que comenzó otro día de hace ya muchos años.
Me preguntas si creo, si busco otras verdades.
Aquí estoy viendo el mundo. Camino sin respuestas,
a la buena de Dios, que no es tan mala cosa.






El sol de la viña

Sobre la viña el sol espejea en los pámpanos.
Este apreciado bien llega de prisa,
más que la oculta luz, tan deseada.
Temo que llegue el tiempo de marchitas apuestas,
y lucho por salvar el cansado entusiasmo
para seguir serena
hacia el lugar que llama en lo secreto.
Crece el tiempo, casi llega a la boca.
Quiero permanecer donde fui siempre;
ahondar en la pasión
capaz de mitigar las desventuras.
Que los claros alivien las insistentes sombras,
y un beso, de señal, mi frente roce,
para saber, al fin, como el sol de la viña,
dar luces al verdor, y agradecer el gesto.






Visión esperada

Eran las horas calmas de la siesta
en el patio encalado;
el jazminero ofrecía su aroma.
Dormían en el casa.
Sólo yo vigilante,
y vi pasar el tiempo
con su carga de muerte:
un humo que ascendía
convirtiéndose en nada.
Años atrás, muchos otros gozaron
la luz del jazminero,
y apenas son memoria.
No sé por qué locura
ha merecido el hombre su exterminio;
ser apenas la hora de la siesta,
caer en el olvido,
tras soportar la carga
de un cuerpo malogrado
que a su final camina,
y en el hombro de Dios
lastimado reposa.


LEER UNA ANTOLOGÍA DE SU POESÍA:
[http://www.abelmartin.com/aper/dgarcia/2001.html]

No hay comentarios: