Ismael Gavilán Muñoz (Valparaíso, Chile 1973). Poeta y ensayista.Licenciado en Lengua y Literatura Hispánica por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; Magíster en Literatura con mención en Literatura Chilena e Hispanoamericana por la Universidad de Chile.
Ha publicado los libros de poemas Llamas de quien duerme en nuestro sueño (1996) y Fabulaciones del aire de otros reynos ( 1° ed 1999 y 2° ed 2002).
Algunos poemas suyos han sido traducidos al inglés y al griego y varios más han sido incluidos en diversas antologías chilenas y extranjeras.
Ha obtenido la Beca del Taller de Poesía de la Fundación Pablo Neruda (1997) y la Beca de Creación Literaria que otorga el Consejo Nacional del Libro y la Lectura (2001).
Como ensayista ha colaborado en diversas revistas nacionales y extranjeras (Everba, Pensar y Poetizar, Vértebra, Plagio, La Linda Pelirroja, Inti, Tambor, Los Poetas del Cinco, Pausa, El navegante, Aérea, Mapocho etc).
Tiene en preparación un libro de ensayos, una monografía acerca de la poesía de Eduardo Anguita y un nuevo libro de poemas.
Actualmente se desempeña como docente en el Instituto de Arte de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y como monitor del Taller de Poesía del centro cultural La Sebastiana que depende de la Fundación Pablo Neruda.
I
De Llamas de quien duerme en nuestro sueño (1993-1996)
Ediciones Nuevo Reyno, Villa Alemana, 1996.
ARTE MAYOR
Tan bien que estaba entrando
en la escritura de mi Dios
Gonzalo Rojas
Tenso la piel y me adentro en tu fuero como escriba
áureo
simultáneo
yendo con labios desgarrados
al golpe tempestuoso de los días
miedoso a la Palabra que sale de tu abismo
como vino
luz
o música
siendo el desterrado que regresa con el semblante carcomido de silencio
al ver que desbordas humo y noche con una lámpara en tus senos
graciosa
haciendo preguntas en un lenguaje de llamas
que la juventud sumerge en el instante irrepetible
sonora
ilegible con los signos que mueren por mi voz
pero que te surcan como olas creyéndome hechicero:
un Orfeo de tercera con su lira usada
sin himno
encantado por la desnudez de tus líneas invisibles cuando deseo
(deletrearlas.
No hay sino el ruido de voces que fantasmas construyen con restos de
(arena.
Pero te alza la mudez
mi mudez ebria que se precipita mineral
debajo de las máscaras en vértigo creciente
más allá del latir momentáneo de muertes necesarias
o de relámpagos que vivieron y son ahora cuadros colgando en la pared.
No basta ir vestido como escriba sino serlo
(mi túnica está arrugada
mis sandalias tienen barro)
y bajar al precipicio hasta ser un extranjero,
un extranjero destruido en el sollozo de la sangre
al no poder interpretar este Arte
que constata el sentido inefable que posee lo Real.
HIMNO
Voy a tu cima cargado de cenizas
a libar tu fuego que se abre entre glorietas,
semejando un danzarín que se eleva sobre imágenes
seguro de la magia de tus sellos.
Y deseo atrapar en su comienzo cada uno de tus ríos
al nadar tus abismos y vorágines;
escombros deleitables ladera abajo de tu piel,
poniendo la esperanza en el ardiente firmamento
que se yergue arriba de mis ojos.
Voy a tu forma entre orillas que sonríen
concluidos los momentos de las lenguas como enigma en mi destello,
enredando voces, lágrimas de ángeles terribles,
alfanjes como bocas.
Y voy siendo sueño, transparencia,
ebrio en la fogata de la pausa de ascensiones
al mirar el precipicio a mis espaldas
como imposible memoria de retorno,
levantando vigías en mis dedos y sumido en la densa maravilla
del fuego de la altura y su aire delirante.
Que me vean hacia ti
cuando el viento roza muros y contesta.
Que me vean hacia ti
recogido en la penumbra como sacerdote solitario.
Que te vean con tu voz
hacer crecer la semejanza de las cosas, inasibles en sí mismas.
Que te vean con tu labio
quemado al resplandor de las entrañas, lejos en tu brillo de columna.
Yo voy hacia tu cima cargado de cenizas
a libar tu fuego que se abre entre glorietas
dando certeza al rito que estremece con guirnaldas,
cielos y festines como razón oculta de un estío subterráneo.
NOCTURNO
El universo está en la noche
Gerard de Nerval
Ahora nos envuelve algo oscuro y tibio.
Y somos boca en tránsito en el umbral construido de silencios
dispuestos al naufragio como arco ardiente que se tensa.
Afuera son ruinas el temblor deforme de la luz,
su garganta cercenada que desea percibir coronas de tierra seca.
Cántico de huesos, dices.
Y nos envuelve el movimiento
agazapados tras todas las ventanas,
alzando catedrales con la desnudez de las estrellas
y sintiendo visiones que nos tocan al inicio del ahogo:
sacudida de las piedras que forjan olas con sus pieles
al mojar la intimidad de nuestros valles.
Somos la cara de la noche, sus huéspedes y sus ráfagas;
palabras enhebradas con azote y júbilo
junto a la espuma de las venas que cae en bosques de interior.
Asombrados vemos el número infinito
que marcamos con tiza en la muralla,
alternancia de los aires en el vientre que posee nuestra imagen,
sigilosos a la sed,
a las raíces que la luz abandonó,
lúcidos en la escena cambiante de la sombra.
Y el secreto que aceita nuestro rostro
estalla en el trance que sofoca por sus giros,
sudor de sueños en la bella hondura del banquete:
ahí se distinguen siluetas que sonríen,
nuestros dobles en un mundo erguido del brillo oscuro de los cantos.
Así, somos el ojo reluciente
que se apodera de la memoria bautizada de humedad
cuando hojas laten en las manos gracias al tono majestuoso de los
(cuerpos
Ahora nos envuelve algo oscuro y tibio
y somos ser en tránsito en el umbral construido de silencios.
ESTÍO
A la sombra holgando
de un alto pino o roble
o de alguna robusta o verde encina
Garcilaso de la Vega
Los frutos maduran junto al aire que se eleva de los cuerpos ya tendidos.
Y estás allí, con tus ojos de océano para rescatar el balbuceo de mis labios,
vestida de soles
o con los ecos somnolientos de las lejanías,
pareciendo un pétalo de leche que abre con voz grandiosa
el ardor de los ríos en secreto.
He aquí mis manos de árbol caminando en tu rostro
o dando la sombra necesaria para el trueno.
He aquí mi tierra desprendida a gotas sobre el verdor de tu lengua
en la profundidad de los senderos que persisten.
Sé que cada ventisca asoma tus palabras entre los tejidos multicolores de la
(tarde
y que, grácil, el sueño se aproxima para configurar a las cosas reposadas
como promesa de un rumor vespertino.
Hacia silencios que otorga la placidez rompiente del calor
tu cuello repite la respiración de líneas que no fueron acabadas,
tu sonrisa rebelde trastoca el lenguaje sombrío de los destierros de lluvia,
tu cabello se embriaga con música de flautas.
Y eres en tu origen, el paisaje:
bosques y campanas entibiadas entre dedos
como el regocijo de párpados sobre hierba,
pradera que convida al canto como mirada y ceremonia.
Y en ello está el paraje familiar que el torbellino desconoce
alzándote con el fulgor súbito de ocasos,
con la máscara del viento que rastrea pasadizos de miel en sus preguntas.
Oiremos por donde transita la legión de aguas y su lecho de fiesta,
conversaremos acerca de horas devorantes con un temblor en las gargantas.
Y junto al aire sabremos ser más que imagen en la belleza de la fruta.
II
De Fabulaciones del aire de otros reynos, (1996-2002) 1° ed Sol Invictus, Valparaíso, 1999; 2° ed Altazor, Viña del Mar, 2002.
De una epístola de August von Platten
Sólo vivirá ese paisaje que soñamos,
ese paisaje donde la luz es brisa
que consume interminable.
Sólo vivirá en la presencia
de cuerpos ebrios de sí mismos
cuando brillan magníficos e inútiles.
Ese paisaje semeja perfección sin serla,
saeta furtiva de una guerra
que no concluye nunca.
Es lo soñado como el rostro ígneo del rubí,
la Rosa herida por la lluvia,
su mirada ofrecida por Apolo.
Lo soñamos,
aunque la tristeza sea el fruto de su estío
y el silencio la humedad sonriente
que arranca sus máscaras de fiesta.
Lo soñamos
aunque flote dibujado en las ramas invisibles de los ríos
y su fragor sea efímero como la pureza de la nieve.
A ese paisaje lo soñamos
aunque semeje perfección sin serla.
Para lograrla, necesitaría más que nuestro sueño:
necesitaría del beso cristalino de la muerte.
Paráfrasis a un poema de Julián del Casal
para Francisca Lange
Beber en copa de ónix
el capricho que enmascara,
el orgullo sereno del dolor.
Beber tras el biombo de seda china
la cabellera del desorden insinuante:
beber de la Rosa el invisible beso
que avanza en la tiniebla,
beber acaso su cuerpo en el dulce fin
como lluvia de ardor caído,
beber su transparencia hiriente
luego de todas las derrotas, su sangre
que fulmina nuestro viento, su ceniza.
Beber su sombra que enceguece
y sus alas y sus pétalos y mis labios marchitándose.
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