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lunes, 2 de agosto de 2010

686.- ANDRÉS NEUMAN

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) vive en Granada, en cuya universidad se licenció en Filología Hispánica e impartió clases de literatura hispanoamericana. Es autor de las novelas Bariloche (Anagrama, Finalista del Premio Herralde), La vida en las ventanas (Espasa–Calpe, Finalista del Premio Primavera) y Una vez Argentina (Anagrama), así como de los libros de cuentos El que espera (Anagrama), El último minuto (Espasa–Calpe) y Alumbramiento (Páginas de Espuma). Como poeta, ha publicado los poemarios Métodos de la noche (Hiperión), El jugador de billar (Pre–Textos), El tobogán (Hiperión, Premio Hiperión) y La canción del antílope (Pre–Textos). Otros títulos suyos son los haikus Gotas negras (Plurabelle) o el volumen de aforismos y ensayos El equilibrista (Acantilado). Traducido a varias lenguas, sus poemas y relatos están incluidos en numerosas antologías publicadas en España, Argentina, México, Estados Unidos, Italia, Francia, Portugal o Bulgaria.

Su página web es http://www.andresneuman.com/.




1

(EL CORAZÓN)

Existe en matemáticas
una curva distinta a la que algunos,
los que nunca han dudado,
llaman curva de Koch.
Los perplejos en cambio han preferido
denominarla así: Copo de Nieve.
Se comporta esta curva fascinante
multiplicando siempre su tamaño
por cuatro tercios y hacia el interior,
llegando, de tan densa, al infinito
sin rebasar su área diminuta.
Artesana,
también así te creces muy adentro:
habitándome lenta,
quedándote con todo, sin forzarlo,
este pequeño corazón hermético.




2

(LOS OJOS)

Hay ojos que verán nuestra memoria.
El doctor Barraquer, viejo oftalmólogo,
conoció la crueldad junto al milagro
y comprendió lo frágil del don de la mirada:
al fallecer su padre, que lo inició en la ciencia,
pudo guardar sus ojos
y devolver la vista a varios hombres.
¿Retendrán los fulgores de ese amor
más allá de la estrella de la córnea
y del pozo sagaz de la pupila?
Explorando los fondos deslumbrados,
las cavernas perplejas donde habitan
las veloces imágenes, las formas,
los colores que aún no tienen nombre
y los amaneceres de una vida,
el doctor Barraquer ha encontrado un pasillo
que va desde la tierra a las alturas,
de las tinieblas rotas a la bendita luz.
Y al final de la tarde, cuando el sol
se ciega entre las ascuas de este mundo,
el doctor Barraquer recuerda absorto
las palabras del último paciente
tras quitarle las vendas de la cara.
Y el ojo de su padre, que es la luna,
vuelve a abrirse y blanquea cada sombra.




3

(LA ENERGÍA)

“Con el razonamiento puro nos formamos
una imagen sublime de este mundo”;
eso escribió Max Planck, genio inocente.
¿Pero acaso hay razones sin afecto,
pureza sin caprichos,
imagen sin temblores?
Lo curioso es que el físico en su ensayo
la primera palabra que pronuncia
no es evidencia, ley ni hecho:
la primera palabra es entusiasmo.
(Cuando nombro tu cuerpo
no es la urdimbre de músculos radiantes,
de sangre revoltosa y de nervios veloces
lo que digo, artesana; aunque también
la física intervenga en la manera
que tenemos de hablarnos al oído:
la energía del nombre se transmite,
el tacto cobra fuerza y aumenta lo probable.)
Y a ti, Max Planck, que amabas la entropía,
¿qué misterioso impulso de poleas
te empujó a cruzar cartas con un tal señor Sommerfeld
y a intercambiar poemitas como aquel de la flor
que corona tu libro sobre ciencia?




4

(EL TÚNEL)

Lo dicen los maestros de energía:
hay traviesas partículas capaces
de atravesar una barrera sólida,
¡la fuerza se disgrega como el agua!
Los científicos clásicos lo niegan.
Los presentes predican lo increíble
y lo bautizan el Efecto Túnel.
El impulso del alma
no quiere respetar al señor Newton,
se postula invadiendo las fronteras.
Artesana, en el tránsito
urgente de tocarte
apoyaré este peso luminoso
y moveré mi asombro al otro lado
de la barrera tensa de tu piel,
en el punto pensante
que alumbra tras la boca de los túneles.





5

(LA BOTÁNICA)

Paracelso llevaba una flor en cada mano:
una, amarga y concreta, le enseñó
la mezcla de lo exacto que embellece
la ciencia en los manuales.
Improbable, la otra
le tentaba la sien más distraída
dibujándole pozos sin final
allí donde las brújulas se pierden.
Su sabor, imagino, era más dulce.
Botánica secreta,
igual que a Paracelso
permíteme espiarte las raíces,
que tu tallo al hervir se transparente
aunque sea un instante y luego sigas
creciendo por la tierra alborotada,
impregnando la atmósfera agridulce,
enloqueciendo cada microscopio.



(EL JARDINERO)

Aprendí con mi abuelo a plantar árboles.
Los sauces necesitan
beber más agua, Andrés, que tú o yo
y sus raíces
no deben, al principio,
ser demasiado hondas;
en ocasiones crecen muy deprisa
y otras veces se estancan en la tierra,
temerosos del aire.

Hoy no existe ni abuelo ni país
ni tampoco ese niño, pero queda
aquel sauce encorvado al que -me digo-
Andrés, hay que cuidar,
estas raíces frágiles,
este miedo a la altura de la vida.


(de El tobogán)





(EDÉN)

Entre los mil hedores
de cáscaras añejas, de mal roídos huesos
y astillas de cristal amanecido,

entre la araña inmóvil de la mugre
o el vuelo sordo de un insecto,
sobre una cima irregular,

respirando abyección
y devolviendo música en su aliento,
la malherida rosa azul de siete pétalos

durmiendo.

(de Métodos de la noche)






(PALABRAS A UNA HIJA QUE NO TENGO)

Entornaré tus ojos si prometes soñarme.
Compréndeme, no es fácil velar por alguien siempre:
a veces necesito saber que tienes miedo.
Cuando sepas hablar, dame mi nombre;
diciéndome papá ya habrás hecho bastante.
En invierno no abrigues demasiado
tu cuerpo de princesa, más útil y más noble
es irse acostumbrando a resistir.
Acepta golosinas de los desconocidos
-no está el mundo como para negarse-,
pero apréndete esto en cuanto puedas:
más frecuente es lo amargo, o que te ignoren,
y no los caramelos.
Te enseñaré a leer fuera del aula,
y llegada la hora quiero que escribas mar
sobre los azulejos del pasillo.
Cuando por vez primera cruces la calle sola
sabrás que el riesgo y la velocidad
perseguirán tus días para siempre.
No creas que, en el fondo, no soy un optimista;
si no lo fuera, entonces no estarías allí
cuidando que te cuide como debo.
Como ves, desconfío
de quienes no veneran el asombro
de estar aquí, ahora.
Existe la alegría, pero duele;
tendrás que conseguirla.
Y cuando la consigas tendrás miedo.

(de El tobogán)





(JARDÍN DEL CEMENTERIO)

Una hoja resbala desde el árbol
y es tu mirada la que, vuelta mano,
detiene su caída unos instantes;
luego toca la tierra humedecida
por la blanca llovizna del verano
y se confunde
con un montón de hojas arrugadas.
Huele a calas, jazmines, crisantemos.
Das media vuelta y piensas
en cuándo serás tú, si caerá nieve.
Escribe un nombre propio el tiempo en cada lápida
y sin embargo, hermosas,
cuelgan pequeñas flores del almendro.


(de El tobogán)


***

LA leve guillotina de un minuto que cae
recorta una fracción de luz enrojecida.
No habrá noche. Tampoco aves oscuras.
Será siempre esta hora paciente, indefinida.
Sólo las cosas, los objetos pequeños de la casa,
su absorbida belleza, el pulso que transmiten,
su acaso extravagante sencillez,
te gobiernan y son cuanto tú sabes.
Te aplicas a olvidar y lo consigues.
No escucharás el sueño que perfore tu sien
como una avispa.


(de La canción del antílope)


***


EL talante del día, tan ocioso, invita más a estar
que a ser. El viento lleva hojas, quisiera barajarlas,
a algunas las aquieta, a otras las escoge
para un vuelo fugaz hasta el cristal de una puerta cerrada.
El silencio desmiente el movimiento.
Dormirías tal vez, si no fuera cansado
dejar de abrir los ojos para que se te colmen...
Algo hay de oro gastado en cualquier día
y en toda paz, otoño: el tiempo es la belleza resistiendo,
a punto de marcharse, en fuga ya.
Un hilo iluminado transita por tu acera.
Se van de ti las hojas, oscurece.


(de La canción del antílope)




(EL GRAN ARTE)

¿Y si mentir no fuera vil
ni tan siquiera grave, no tuviese
fatales consecuencias,
no fuese irremediable ni sonase a pólvora;
y si mentir
no dejara marchitos los jardines
ni congelase el manantial sagrado
que riega nuestros sueños;
y si después de todo
mentir no fuera malo
sino sólo difícil?
–de Métodos de la noche, 1997-1998–




(EL PARAÍSO LITERAL)

Brilla sin anunciarse.
Apenas hace falta alzar la vista.
Es un ofrecimientoque la vida nos hace silenciosa
esperando que sean dignos ojosy digna su alegría.
Sencillamente azul dentro del pecho:
qué dicha haber llegado
al lugar donde estaba.
Hoy quisierano añadir una coma
al cielo literal de cada día.

–de Mística abajo, 2001-2007–



IX

¿No es cierto, jugador,
que el tránsito que observas en las bolas
se parece a la trágica armonía
del tiempo cuando pasa,
de la vida que ocurre
y se detiene
para iniciarse en otro cuerpo?

–de El jugador de billar, 1998-1999–





AL CAMINAR, tu sombra tomaba decisiones
separándose en radios, lamiendo las paredes y las puertas.
Noche cerrada hoy, dominio del antílope,
del cazador en celo que se ofrece a sus víctimas,
ha menguado la luna como una pastilla efervescente
y sobreviven sólo las luces interiores.
Mucho antes que el hambre te gobierna el deseo,
por eso vas rondando
sin furia que lucir ni mansedumbre.

–de La canción del antílope, 1999-2000–





VI

El silencio se baña. Está sediento.
Con su boca de estrellas ha dejado
la marca de los lobos en el agua.
La presa no aparece.
Hay un extraño amor en este miedo.
El mar de noche
vuelve a ser el origen del enigma,
ese hoyo anterior a las preguntas.
Perdido el horizonte,
en unión lo creado y lo vacío,
dos ojos salvavidas buscan nombre.

–de Mundo mar, 2000-2005–




II

Qué le han hecho a mi cuerpo,
cómo se ha transformado en este impulso
que en lugar de caminos abre zanjas.
Todavía me extraña este vacío,
el vacío también es un acorde.
Al fondo de la boca que perdí
alguien nombra mis agradecimientos.
Qué raro, balbucea,
qué raro ser un muerto pensativo.

–de Alguien al otro lado, 2003-2006–





HOJA caída
sobre el cristal del coche.
Envejecer.

–de Gotas negras, 2000-2002–




MEDIA gaviota
dormida sobre el agua.
La luz la empuja.

–de Gotas de sal, 2004-2005–




(ALBADA DE LA JOVEN ESTUDIANTE)

Atraviesa el pasillo del hotel
donde ha sido la dulce bacana
luna delgada joven espectral
sin recordar siquiera el nombre de él.
Tiene el rímel corrido y no es Chanel
lo que enciende su cuello: huele a sal.
Suspirando, comprende que es fatal
que sus padres le lean en la piel
todo el placer prohibido que ha probado,
toda la tentación que siempre es buena
si se sacia sin culpa ni pasado.
Y ordenándose un poco la morena
rebeldía del pelo despeinado,
llama a casa poniendo voz de pena.

–de Sonetos del extraño, 1997-2006–


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