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viernes, 22 de agosto de 2014

JUAN PABLO ROA DELGADO [10.999]


Juan Pablo Roa Delgado

(Bogotá, COLOMBIA   1967). Ha publicado los poemarios Ícaro (Colombia, 1989), Canción para la espera (Colombia, 1993), El basilisco (México, 2008) y Existe algún lugar en donde nadie… (2011, XXXV Premio de Poesía Vila de Martorell de 2010). Es fundador y director (junto con Roberta Raffetto) de la revista Animal Sospechoso, editada en España.. Además, algunas reseñas críticas suyas han aparecido en revistas como El Malpensante (Bogotá) y Quimera (Barcelona, España); varios de sus poemas han aparecido en revistas como Realidad Aparte, Ulrika, Mississippi Review, Barcelona 080, Armas y Letras, Turia, Alforja y La Poesía Señor Hidalgo. Es fundador y codirector (junto con Roberta Raffetto) de la revista anual de poesía Animal sospechoso, editada en Barcelona. 




El deseo, espejo renovado del sediento

El verano es un día sin término donde sólo acontece lo blanco
y blanco el abismo cruza al fondo del paisaje en alta mar, lo hondo,
el allí insaciable que no llena la palabra cenital, la pérdida, el invierno,
la casa, el amor de los santos en eterna primavera incendiada, el desorden,
la ubre genital que no da tregua al disipado. Escucha, sigue el camino
tu línea de aire por encima de los montes, del bosque, no pierdas la tarde,
huye del hielo, de la infancia castigada, del vacío lejano cuando buscas.

El deseo, el dolor, el espejo renovado del sediento dilata la sombra, la casa,
la tarde interior poseída por el agua de la carne, de la niebla. Corre,
huye lejos, lejos de ti, de tu hambre ladrona paridora de vacíos. Calla,
todo es inútil pero no lo creas que la tarde, la furia es primavera
y muerte, todo es inútil pero no lo creas antes de ver tu sangre en sueños,
en las albercas del agua que se va cuando traes los recuerdos a la lumbre.

Conoces el teclado de la tarde pero sigues buscando a tu ahogado entrañable,
sin olas, lejos del vaivén de un agosto sin verano que también se llevó a tu padre,
en las brasas, el oxígeno quemado y tú que vuelves borracho a buscar a tu hermano,
quemado por una vida mal consumida en afectos duraderos, pero él ya no es casa
y en ti la ausencia multiplica los espejos heredados, perdidos en tu apuesta,
en tus palabras al viento, de cara a la blancura por llegar al hambre.
Huye de la santidad imposible, renuncia a la familia después de la infancia;
estás solo con tu hambre paridora, la plenitud escondida en la niebla;
con ella llenas sin término el poso de lo nunca habido más que en sueños.

Pero la plenitud es vacío, es el verano blanco donde sólo acontece lo blanco
y blanco el abismo cruza al fondo del paisaje de alta mar, el teclado de la tarde
cruza lo hondo al fondo del oleaje, en el vacío lejano cuando buscas la casa,
la dilatada sombra de la casa, el poso de lo nunca habido más que en sueños.
Buscas en la tarde, preguntas por el ahogado consumido en mil afectos, preguntas,
buscas a tu padre, preguntas por su invitación a la boda de su hija,
tu hermana adoptiva en el clangor de la casa perdida.



Jardín de las delicias

La imagen es precisa. Ella plancha tarde en horas de la madrugada mientras él le llena la cabeza de recuerdos, de músicas extrañas. Le cuenta su vida como si viniera de otra geografía. Ella elogia su desnudez al lado de la plancha. Cada vez demora más el paso del calor sobre la ropa: quiere que la noche no termine.

Pero él le llena la cabeza de recuerdos, de músicas extrañas. Su vida, su desnudez, sus palabras. Todo pende de un hilo delicado, y, sin embargo, a la hora del amor, nada parece más fuerte que sus palabras. La plancha, su desnudez, sus gestos.



Todo es vida de esplendor para el olvido

I

Subes por las ramas del verano hasta la música. Es el 15 de agosto que te habla de tambores, que te anuncia una luz aun más blanca que el verano
India independiente se asoma a la oscura leche de la madrugada y hasta su fiesta desciende la escarcha de viejas maderas conocidas:
lo que escuchas es el bálsamo de la ciudad sin noche adonde vamos, el silencio que nombra una especie de derrota sin testigos.

Subes por la música del verano a buscar la nostalgia sin deseo del que huye, y la ebriedad festiva del tiempo en que las palabras eran la noche.
Aún se anuncian las voces de un 15 de agosto hoy festivo en el aire del verano que todo lo consume;
cifras, cálculos pendientes del árbol que somos a la deriva de la sangre bailan una música cíngara que recuerda a la misteriosa hembra del basalto.

Subes con el viento de la infancia hasta la soledad de los helechos, hasta la tierra negra y húmeda del monte en que aprendiste a conciliar la suavidad del musgo con la máscara.
Pero ahora los cuerpos de la noche te acompañan y una canción de abrazos y piscinas visitadas se abre paso en tus palabras:
sólo la noche permanece en una ecuación semejante al deseo y es allí donde corres por el verde del jardín en una extraña competencia sin balones.
En la córnea fijas para siempre el movimiento de los urapanes y el silencio del bosque sin memoria donde persiste la memoria de tu padre.

Subes al recuerdo con la marea tardía del verano en busca de la piedra solitaria del silencio
y desde allí dibujas el arbusto a la vera del riachuelo que fuiste cuando niño, un arbusto entre piedras y estanques donde aún flotan viejas preguntas sin respuesta.

Es la tela de araña que te engendra, que te protege de la sorpresa de las aguas, es el resplandor que ilumina la liturgia de los carnavales, la llama del verano que todo lo consume.

Lejos de la lluvia el tigre noctámbulo del tiempo revivido te protege, te permite observar la danza luctuosa de la flor estéril sin memoria, y el acorde festivo de un agosto en que el elefante blanco de la India mugió con sus palabras de país enorme al lado de la lluvia.



II

Llega la estación de la sequía y lejos del agua, de su sorpresa que todo lo aniquila, escuchas al tigre noctámbulo del tiempo que revives.
Allí asaltas la entraña del silencio, la lenta corrosión del tiempo en tus afectos en busca de la premonición inversa del que fuiste.
Saltas por una estrecha seda de recuerdos y tocas una luz aun más blanca que la Vía Láctea en su esplendor.

Lejos de la estación de las lloviznas, lejos de la región donde reside la elevada región de los nevados, buscas arder como el espíritu elemental del fuego;
allí revives el retablo de urapanes y sonrisas familiares entre el verde de las hojas y en esa improvisada selva imitas el ojo escrutador del caimán sobre las aguas.
Sólo así encuentras las palabras escuchadas, los gestos de parientes que resume nuestra mano, y la lenta corrosión sin tiempo que te convierte en la última leyenda de la casa.



III

Tus palabras hablan de un país enorme de comarcas que perecen y vuelven de su nube
del mosto de un riachuelo que alimenta la flor de la memoria.

Así la danza que suma los días transcurridos al pan de la memoria, al ritmo que convoca las aguas de tu río;
así el tigre de Bengala y su vigilia vespertina,
así las bailarinas del Punjab y sus tambores que invocan a las formas del letargo,
así il dolce far niente de un verano en que hablas con la novia luctuosa del poema.

Y el agua transparente será por fin la noche, la geodesia donde penden viejas sombras visitadas.



El incendio total que el árbol presidía

Para Alejandro Gómez-Franco

Yo fui el guardián de la sustancia para la resurrección
José Lezama Lima

I

Voces de nuevo incendiadas se dilatan bajo el único duelo de la tarde. Más allá de la calma, de la luz sobre la luz, una mano de sangre conocida te saluda.

Recuerdas: bajo el cielo la misma claridad de octubre.

Saltas árbol adentro lejos de las sombras del día. Savia adentro de la savia todas las voces recuerdan la canción opulenta de tu padre;
saltas en el torrente de historias conocidas aun antes de nacer, en medio de felinos y árboles que se abrazan con la mano entre las manos;
saltas desde la raíz de la aorta, desde el tronco de tus meses sin más saludo que un adiós en medio de las aguas.

Recuerdas: otoño tras otoño te has convertido en una larga sucesión de despedidas.

Voces de nuevo atravesadas por la luz te devuelven al verano donde el mar se dilata bajo el único duelo de la tarde, cuando las sombras del único árbol nos dejan huérfanos de tiempo. Hechos libres, el árbol nos ignora desde lo más azul de los abismos.



II

¿En qué reflejo escapas de tu carne? ¿Bajo qué azul persigues esa sangre que disipa las sombras? Ya lo sabes: hechos libres el árbol nos ignora desde lo más alto del azul.

Otoño tras otoño te has convertido en una mano que despide. Ahora todo sucede en sueños, en paisajes que alguna vez llevaron hacia paisajes más felices.
Llega la estación de la nieve y tu palabra regresa al verano, lejos del extranjero vestido a la moda de una capital en ruinas.
Nunca abandonaste la orilla del verano: su piscina elemental de accidentes vegetales sigue siendo tu extensión más lejana del silencio, donde aprendiste a seguir al viento y lo que trae dentro. Sigues aún en la claridad de las olas, el pie sostenido en el elemento mineral de la orilla, la mejilla hinchada por el agua del estanque.

¿Qué agua devuelve tu reflejo, lejos de la carne y la fogata, en medio de una arena inmune a la canción del plenilunio?



III

No la carne ni la fogata en medio de la arena, sino el lento aleteo de las voces de nuevo recordadas: el incendio de palabras que el niño escucha al borde de las aguas recuerda al verano como una estación invencible en su luz. En sus ídolos de fuego al final de la tarde, bajo la sombra suspendida del muchacho al borde de las aguas, una mano te saluda desde la intimidad de la neblina.

Ahora que las voces brotan de un olvidado incendio de palabras, vuelves con tu cuerpo sobre el fondo invisible de la noche: el pie sostenido encima del elemento mineral de la orilla, la mejilla hinchada por el espejo del estanque.

Regresas al cuerpo del oleaje ya sin barcas: sólo la brazada limpia del extranjero, desnudo en su gesto de viajero.

No la carne ni la fiesta, sino el atento pastoreo de tus manos, el repetirse insistente de ademanes de tu padre al fin ausente, cuando las sombras del único árbol nos dejan libres al fin de la infancia. Hechos libres, el árbol nos ignora con la vastedad del abismo de las aguas.



IV

Voz que clama la sombra de la sangre, tú que nos ignoras con la vastedad del azul, dime en qué corrientes prohibidas de la carne está el deseo que nos mueve. ¿Dónde la risa extranjera que nos guía con paso firme como quien sube antiguas escaleras?

Voz parsimoniosa y lejana del tranvía, tú que me enseñaste otros dioses, otras ciudades más brillantes que la madre, estrecha el árbol a mis manos, dame la corteza que crece bajo el concierto de la lluvia, que atrae en la misma rama al vuelo y al felino.



V

Despides los cristales de la noche desde otra orilla con el cuerpo en el fondo de la noche: la memoria arde por el recuerdo del río, de las voces de nuevo visitadas.
Vuelves por una respuesta, pero eres cuerpo ausente, respuesta centelleante de las aguas oscuras al borde de una antigua brazada mineral. Pero ya lo sabes:
son los cuerpos cansados que siguen pidiendo agua en lugar de cuerpos y manos repetidas en el gesto;
es el otoño que empieza a preparar sus instrumentos, el aire fresco de las lluvias, la fatigada brisa sobre los pedruscos de la calle,
es la infancia poblada de árboles y felinos a lo largo de una noche apaciguada, sin navíos, sin despedidas, lejos de los cantos luctuosos del invierno.







REGRESO

Dejemos nuestra casa en orden antes de cerrar, por última vez, sus puertas
Virgilio Piñera

No puedo abrir la boca sin dejar pasar una cierta admiración.
Una puerta abierta en su mugre de casa vieja, de patio y baldosines de ajedrez, la boca abierta de un niño que grita, que llora ya sin llanto.

Su voz está en otra parte. En otra casa tal vez, o a lo mejor el niño llora sólo en sueños: ha crecido, ha restaurado y comprado la casa. La puerta estará ya cerrada para que no se pierdan otras cosas, para que el elemento salobre de las semanas no comience a invadir el mañana y el después de cada día.

Mientras escribo no puedo ya hacer nada. Ese hombre adulto llora en sueños, sin voz. Sus gritos se fueron a otra parte.
Abro la boca con cierta admiración y dejo pasar al niño. Es más: dejo siempre abierta la puerta.







Todo hijo es el hijo pródigo
en vida, en marea estéril
y después,
más allá del lienzo fresco,
la mano que pinta y es estar.

Todo hijo es un hijo pródigo
y la madre, que ya no es como agua,
hoy así lo nombra:

«abrazo, ausencia, niño

que aún sigues siendo en otros brazos».