BUSCAR POETAS (A LA IZQUIERDA):
[1] POR ORDEN ALFABÉTICO NOMBRE
[2] ARCHIVOS 1ª, 2ª, 3ª, 4ª, 5ª 6ª 7ª 8ª 9ª 10ª 11ª 12ª 13ª 14ª 15ª 16ª 17ª 18ª 19ª 20ª y 21ª BLOQUES
[3] POR PAÍSES (POETAS DE 178 PAÍSES)

SUGERENCIA: Buscar poetas antologados fácilmente:
Escribir en Google: "Nombre del poeta" + Fernando Sabido
Si está antologado, aparecerá en las primeras referencias de Google
________________________________

viernes, 13 de septiembre de 2013

SIGFRIDO RADAELLI [10.484]



Sigfrido Radaelli 

Morón, Buenos Aires, Argentina   (1909-1982)


Guillermo Ara hizo el prólogo del Libro  POESIA TOTAL (1965-1975) de Sigfrido Radaelli . Después de Banchs – dice Ara – no había hallado tanta nobleza en la poesía argentina. Los primeros cuatro libros de poemas de Sigfrido Radaelli constituían en realidad uno solo.  Sus libros se agotaron tan rápidamente que era necesario que se reunieran en un solo volumen. Por lo tanto Poesía Total comprende los libros: “Hombre callado”, “Los rostros y el amor”, “El paraíso” y “Tiempo Sombrío”, distinguido con el Primer Premio Municipal.





El hombre callado

Cuando miro las nubes
lentamente viajeras por el cielo
oigo, en su deslizarse, un canto.
cuando piso las hojas muertas por el otoño
y voy dejando atrás los árboles que empiezan a guardar
                                      con decoro sus fríos
oigo también el canto fuerte de los troncos y el canto
                suave de las ramas y el canto triste de las hojas.
Cuando abro la ventana del cuarto, y la luz entra
de golpe y alumbra todo con su alegría
oigo en esa alegría el canto de la luz.

¿Y tú hombre, qué haces con tu silencio?
La pregunta es en vano, porque tu silencio persiste,
grave, alejado, hostil
Podría ser el signo de una negación o de un desafío,
pero tus manos tan cándidas y tus ojos tranquilos lo desmienten.
Lo que ocurre es que tu silencio en realidad no existe,
como no existe silencio en el fondo de una caracola
cuyo rumor profundo podemos escuchar al apoyarla junto al oído.

Lo que ocurre
es que detrás de tu silencio,
para quién sepa acercarse a tu corazón
y escucharlo, hay un canto.







La extraña sed

Nuevo, distinto Edipo,
reconocible extranjero,
violentamente
te arrojas sobre tu propia sangre joven.
No hay justificación,
ni malentendido,
ni secretos que se apiaden de vosotros.
La máscara sobre tu rostro es tuya.

¡Oh, los sedientos
bebiendo de sí mismos!

Tan idéntico a ti ese otro ardor,
esa otra sangre.
Es justo que  te confundas con ella,
la cuides como a ti mismo,
la adores como a un dios.
Es extraño, pero ésta es la ley.
Soporta la inicua expiación,
El rostro detrás de la máscara.







El comienzo

Es dulce comparar esta noble perfección de todo
Con los recuerdos.
Memorias de gestos, rostros, palabras;
Memorias de caminos,
Memorias de fervores cálidos
Y de nostalgias tranquilas.
Memorias de querer en las cosas
Gozos, indiferencias.
Memorias de memorias.

Detrás queda la espera
Y la angustia;
Detrás, la duda y el remordimiento
Y el cálculo.
Ya llegamos por fin al comienzo,
donde principia la razón,
el equilibrio y el fundamento de las cosas.





Tiempo sombrío, 1975
editorial Losada




La Ausencia

Ya sé, los dos sabemos
que si te alejás hoy es para volver mañana.
O sea que mañana te veré nuevamente.
Está bien.
Pero si hoy te alejás para volver sin plazo, 
si es eso lo que ocurre, 
o sea que ya no sé si te veré mañana
o en un mes
o en un año, 
ya no sé entonces si nunca volveré a verte.
¿Y entonces, Dios mío, hoy es la última vez que 
           te veo
y esta tarde la última, 
son estos minutos los últimos?
Ahora sé qué es no saber nada de nada.
Todo ha cambiado de golpe. Enfrente de mi
un agujero inmenso y negro, y en mis oídos
           resonando
un eco lastimero y largo.
Hablo y me detengo, 
vuelvo a hablar solitario, escucho asombrado
           mi voz
y vuelvo al silencio.
¿Qué sentido tienen ya las palabras
o los murmullos o el recuerdo o las pruebas 
           del amor?






El hombre del casco de oro

    Homenaje a Rembrandt

Supongamos que soy un espejo.
Me miras. Solo un instante.
Tu mirada cae, los ojos entreabiertos, 
cansados.
Una sombra orgullosa sobre tus labios.
Aprietas la boca. no es desdén, 
es una infinita tristeza.
Arriba, enérgico, el casco brillante, 
el airón de plumas, los colores.
Debajo, sujetando tu barba, 
la cinta de metal.
Miro de nuevo en tus ojos entrecerrados, 
estremecidos.
¿Qué más da? ¿Cumpliste tu vida?
¿Todo lo que anhelabas, 
tus sueños, 
son ya la sombra de tu casco?
De todos los espejos en que te miraste año por año, 
joven, sonriente, 
fuerte, dominador, 
es éste el que contempla tu rostro definitivo.
Aquí estoy, pareces decirme.
Siempre era yo mismo. Y ahora soy yo mismo
este comienzo de ruina dorada
que aún resplandece.






La envidia

Un corazón alimentado de pesadumbre, 
una sucia y lívida columna de fuego, 
una gesticulación alevosa, 
una mano devorada por monstruos
y otra vacía.
Tengo que retratarte así
mientras rumias tu propia aridez, 
mientras tus ojos se cubren de melancolía
porque el bien de tu prójimo
brilla inocente.







La adulación

Has escuchado la caricia de un canto, 
un canto insidioso
que te halaga, te hace feliz.
Tus oídos se acostumbran a la mentira
y exigen, insaciables, su cuota de alabanza.
El deleite
sigue creciendo.
Te encumbras un poco más
y él desciende, sin temor, obsecuente.
La boca que te hablaba servil
ahora destila una miel asquerosa, 
pero la recibes, 
llegas por extraño conducto hasta tu entraña
y sientes un goce altísimo y secreto.
Ignoras quizás
que este placer está reservado a los necios. 
nada te importe, 
oh cínico
porque eres al fin el complice.








Los amantes

Como un predicador iluminado
me aproximo a ti, 
me voy aproximando.
Los ojos abiertos, 
devoradores, 
para que nada quede fuera de la mirada.
El soplo y la respiración: ya no hay distancia.
Ahora el tacto, 
la múltiple, la repetida caricia de los dedos
que se curvan , exploran, reconocen.
La piel contra la piel.
¡Eternidad, instante fugitivo
guardado en la memoria!
Después la chispa, la explosión, el fuego, 
las voces, las palabras, el silencio.








El verdugo

Todo está oscuro. Voy bajando escalones duros, 
           irregulares, 
tanteando paredes húmedas.
¿Cuántas mañanas, cuántas noches?
Algunas veces escuché yo mismo mi propio aullido.
¿Es así la tortura
y es así el dolor que aparece de pronto y se niega
          a desaparecer.
que me acosa por un lado y en seguida por otro, 
finalmente por todos los lados al mismo tiempo?
No hay que doblegarse, de lo contrario estoy
          perdido
¿Y la humillación de ser torturado sin defensa
          posible, 
irse mutilando de a poco?
Quiero darme vuelta, 
moverme, levantarme.
Agazapado, fulmíneo, 
el dolor regresa .
Es inútil, estoy atrapado.
huyo de todo esto desvaneciéndome.
Busco a tientas el reloj, prendo la luz.
Estuve dormido algunos minutos. He descansado
           un poco, lo suficiente.
Ahora puedo volver a pensar. No importa ya cómo
ni por qué, 
pero yo soy el torturado, la víctima.
Mi defensa es imposible, lo sé también, 
y es esto lo que me ultraja.
Después de un largo día, de nuevo la noche.
Cumplo sus etapas conocidas de memoria:
un poco de radio, un poco de televisión, 
un poco de lectura.
Tomo los remedios, bebo agua,
apago la luz.
La escalera es circular, interminable, siempre hacia
           abajo.
Tanteo los costados, 
de vez en cuando me detengo para levantar la vista.
Entre los recovecos, la escasa luz del comienzo
           ha desaparecido
Siempre hay un escalón debajo del último.
Sigo bajando.
Al volver a mirar hacia arriba
distingola luz de un relámpago. 
De nuevo la oscuridad total.
Las paredes me acosan, 
se hunden en mí.
Siento golpes por todas partes.
Arriba otra luz. Rápidamente distingo una mano, 
Me tomo de esa mano
que al parecer está cómoda conmigo.
Todo es tan fugaz. De nuevo el acoso, 
el dolor.
Indefenso, me hundo en esta tortura.
¿Es una represión dirigida a mí, un castigo
una injuria, un espanto?
Lejos, lejísimo, creo escuchar una serie de truenos.
¿Me llaman?
Quedo detenido en el fondo un buen rato. Me doy
           vuelta, 
intento regresar.
Subo despacio. Cuento los escalones,
Las paredes se alejan.
Todo a mí alrededor está vacío.
Estoy solo. Solo con mi terror.
Subo por un desfiladero, entre ciénagas.
Arriba, lejos, nuevamente una luz.
Cruza e vuelo de un ave.
Silencio total.
Hay que seguir subiendo, poco a poco, 
despacio.
En alguna parte alguien sabe lo que está 
           ocurriendo.
¿Juzga, condena?
Siento una enorme tristeza. Sé que toda 
           subversión es inútil.


Sé que estoy resignado para siempre.

No hay comentarios: