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viernes, 25 de enero de 2013

FRANCESC REINA GONZÁLEZ [9207]



Francesc Reina González (Barcelona, 1966), hizo estudios de filologia hispànica e la Universitat de Barcelona y es profesor de espanyol y literatura en varios institutos de educación secundaria en Sabadell. Ha preparado ediciones didácticas de El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina y Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura y la Edició crítica i anotada de les enquestes i les entrevistes fetes a Salvador Espriu en 1995. Hizo parte del colectivo de poetas Papers de Versàlia, con quienes publicó Los azulejos azules (2004).






Hablar, morir, decir

Hablar, morir, decir
extraños encuentros
del destino con sus nombres.
Repetir, vivir, sentir
que todo es un posible
caso, o un error.
Estar, desear, tener
un pie en el silencio
para las ocasiones del frío,
el frío ocasional.
Prometer, amar, acariciar
el último adiós y la copa
que brinde por la suerte.







El primer asalto

Es siempre el más difícil,
el más duro
y el más exigente.
Con lentitud observas
cómo se mueve el adversario
y amagas los golpes iniciales.
Eres una promesa, sin duda,
pero sabes que es imposible
seguir con la ficción de la fuerza.
Encajas, entonces,
por primera vez y sumas
los segundos, las miradas,
la saliva que cae y notas
las piernas pesadas,
los músculos densos
y el público que fuma.
Cuando suena la campana
crees ya que todo ha pasado.

Y no es cierto.






Quiénes juegan al amor imposible

Quiénes juegan al amor imposible se equivocan
con ese dolor administrativo y azul
que tanto prestigio tiene entre las marquesas del barroco.
Sorprende, incluso a los sorprendidos,
que sigamos esa ruta sujeta al tormento de la miel
y a los gemidos involuntarios del atardecer.
Prende, incluso a los prendidos,
en el aroma de los pocos años un pedir
dificilísimo y secreto que se duerme en la saliva.
Advierte, incluso a los advertidos,
de ese mal milenario, de ese gesto
perdido que se hunde como los barcos de papel.
Pero jugamos y lo apostamos todo.






Una forma absurda de vivir

Sabía que era una forma absurda de vivir,
sabía, aun, que no era ni el modo, ni la condición
que debía cumplir. Y no hacía caso alguno.
Pero también sabía que era fruto del lujo y el capricho.
Se callaba.
Iba a la biblioteca e imaginaba un porvenir dichoso
de largas noches de cetrería y lujuria. A la vuelta,
en el tranvía, miraba las irónicas caderas de las mujeres maduras,
y sonreía en recuerdo de la noche soñada.
Su conocimiento no le permitía ser feliz pero,
a cambio, jamás hizo el ridículo.






Ahora que hemos cambiado

Ahora que hemos cambiado de despacho
que el juez ha dictado sentencia y que la nieve,
tozuda y anémica, nos condiciona los planes
podemos dejar que aquella mujer amable vuelva
a recoger el pedido, ya fuera de horario.
El anochecer nos ayudará con su estilo indeterminado,
un gesto sereno, las manos sobre la mesa y la intención
mamífera, visceral y profunda de tomarla sin más contratiempos.
Será de mutuo acuerdo y el barniz de la estantería
se confundirá con el sudor y ese dolor crónico
que crece después de los cincuenta.





Aforismos de Francesc Reina González


Aforismos neuróticos y estivales.


I.

Que no digan
que la distancia es el olvido
los que no tienen
nada que olvidar
o están muy cerca
de su propio juicio,
porque mienten.


II.

Escribo
para no herir mi temor
a la extinción
ni quedarme solo
ante el mutismo.



III.

Antes,
pongamos en la juventud,
todo tenía una almohada.
Digamos que era fácil acudir,
esperar,
llorar, incluso.
Ahora
(en todo lo que no sea juventud)
los asuntos son bien distintos.


IV.

Creo,
insaciable,
en la estrella perdida.
Y creo por su brillo enamorado,
por el agua incesante,
y por ti.



V.

No tengo mucho más tiempo.
Dos o tres o cuatro líneas
que hagan de mi desaliento
el compás de una noche de verano.



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