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domingo, 1 de abril de 2012

6549.- LUÍS LORENTE

Luís Lorente
(Cárdenas, Matanzas, CUBA 17.03.1948)
Poeta.
Especialista literario, es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).
Ha publicado los poemarios:
• Las puertas y los pasos, Ediciones Unión, 1975.
• Café Nocturno, Ediciones Unión, 1984.
• Ella canta en La Habana (plaquette), Ediciones Matanzas, 1985.
• Como la noche incierta (junto al poeta Aramís Quintero), Ediciones Matanzas, 1991.
• Aquí fue siempre ayer, Ediciones Unión, 1997.
• Esta tarde llegando la noche, Casa de las Américas, 2005.
• Más horribles que yo, Ediciones Matanzas, 2006.
• Fábula lluvia (antología poética), Ediciones Unión, 2008.
• El cielo de tu boca, Ediciones Matanzas 2011.
Parte de su obra ha sido recogida en numerosas antologías editadas en Cuba y en el exterior.
Por su obra ha sido distinguido con:
• Premio David de Poesía, UNEAC, 1975 (por Las puertas y los pasos).
• Premio Casa de las Américas, 2004 (por Esta tarde llegando la noche).
• Premio de la Crítica, 2004 (por Esta tarde llegando la noche).
• Premio de la Crítica, 2007 (por Más horribles que yo).

(Direcciones de correo electrónico: mariaga@enet.cu - charo@cubarte.cult.cu)




AGUA MUSTIA


Como una flor de mármol dentro del agua mustia
en la calle Obrapía está Soleida limpiando los cristales
opacados anoche por la niebla.
Y piensa que ha venido el tiempo declarado el fin del ostracismo
para su cara verde de lunes improbable ante el espejo
de un silencio mayor al padecido por ella reina pobre
que tal vez se arrepiente de ser la misma reina
por algún rey infame perseguida.


Navaja en mano, con ella corta, despeja el patio del infortunio
sobre las hierbas cuidadas por sus manos de frío
con las que escribe cada vez más epístolas a escuálidos fantasmas
de antiguos conductores de tranvías.
Como si hubiera sólo una mañana, un sólo cielo carente de caminos,
ella habla de aquellos milagrosos surrealistas que pintaron sus trajes
veraniegos de seda, con luces y palmeras, recuerdos de una Habana
mortecina, en donde, rara avis, conquistaba príncipes arrogantes
y cetrinos que mordían su boca y después se espantaban
volando, abochornados de haberle mancillado los labios.


Está sentada entretenida, cuida sus manos que endurece el frío,
cuida también su pelo como una tarántula afligida
y cuida el laberinto de su vientre, pero no deja de mirar al perro
que sueña con tristeza una llovizna, y por el rabo de su ojo sabe que ella
también lo mira.
Lo está mirando ahorcado, languidecido.
El perro jamás se lo imagina porque él está muy lejos,
boca arriba, en medio de un crepúsculo, abstraído
en el bestiario enorme de las nubes.


El perro finge formas de estar muerto, Soleida fingirá
que ella respira entre el bullicio de tinieblas
y sus oposiciones de aceptar el olvido, simple aire que vuelve,
después de haberle dado suavidad en sus senos
cuando permanecían abiertos, a la intemperie,
en que nerviosa oyó la misa negra y desde entonces tuvo
fieles visitaciones a la jungla donde brillantes tigres susurraban
amor en sus oídos mientras el sol moría acuchillado
y se iba desangrando repleto de metales imprecisos,
dibujados con toda la opulencia de la música.


Sombras de Casablanca, sombras de la bahía,
donde hace ostentación la muerte, nada peor,
ni el invisible incendio de los días, qué desastre
para ella que ensaya una sonrisa para poner en práctica su drama,
vestida siempre de diamantes.
El perro atroz, con estrépito ladra, como si hubiera alguien
colgado desde el techo, o los espectadores llenaran las ventanas
para ver cómo vive la infeliz reina pobre
coronada de flores y de espinas.












MIGRACIONES (fragmento)


Dame un cuchillo, dame un cuchillo ciego
y niquelado que yo pueda empuñar por su hoja
ardiente aunque sus cortaduras lo conviertan todo
en palabras llenas de interminables desacuerdos;
pero dame un cuchillo penetrante, uno de esos cuchillos
resistibles a estos inconvenientes que los años dejan
cuando corre el viento.


Déjame otro cuchillo, déjalo aquí ceñido a mi cintura
para con él mañana abrir la noche y sus papeles ilegibles;
un cuchillo oponente y peligroso, que provoque
las heridas profundas, el desvío de la sangre
la oquedad, la caverna y más tarde mi muerte
aplastado en la arena.


Dame un cuchillo transgresor, sin dueño, culpable
de sus actos y los míos, solamente un cuchillo
para las manos afectadas por el miedo.
Colócalo debajo de la almohada donde nadie recuerde
que yo tengo un cuchillo cuneiforme que degüella,
e impone su aptitud beligerante.


Te veo venir trayéndome el cuchillo, el arma blanca,
mi coraza vieja envuelta en tu vestido de retazos
y delicadamente me lo entregas: toma el cuchillo
manéjalo con la misma destreza de tu padre.


Dame el cuchillo de inmediato, lo quiero ver
brillar sobre la mesa alumbrando mi casa
cuando el sol se detenga sobre su hoja ardiente.


Dámelo con su punta electrizante, demasiado afilada,
que corte hasta las alas de los ángeles
y esas gotas de lluvia que se quedan colgadas
en las hojas de las rosas de mármol.


Dame un cuchillo con vocación, flemático,
que sobreviva el paso de los años
el tránsito invariable de los vientos.


Y se hunda, cada vez más se hunda
con desesperación cuando vaya cortando
el nudo como un triángulo de soga
que se desliza sucia, que corre
y se desliza amenazante.










A ESTA HORA DE LA TARDE VIENE


Una masa de aire comienza a transcurrir
de tarde en tarde y de nostalgia muero.
El noble dinosaurio, guardián de los tesoros
de la casa me mira padecer sentado
al lado de la puerta abierta por donde ayer pasó
Pedro mi hermano dejando atrás desiertos insaciables.
El noble dinosaurio me mira padecer, insustancial
y ambiguo, sin perpetuar yo nada,
sólo viendo venir esa masa de aire
sobre el espacio que ocupan las cabezas.
Quién fui pregunto mientras atardece
en la distancia de playas ocultas
donde se fueron domando las bestias
ante mí que nunca yo fui majestuoso
pero siempre inmerso en la más profunda desesperación,
sentado al lado de la puerta abierta donde el dinosaurio
me ve padecer y sufre conmigo cuando no comprende
por qué estamos bajo los efectos de las mismas llamas
que van a extinguir a Pedro mi hermano que ama la nieve.
Caballos. Caballos surgen de la tarde
y el último de ellos, aunque yo me aferre,
me arrastra a morir, traspasa las nubes,
se eriza y realza su nombre en el cielo.
El último de ellos, sin perder su paso, cerrando la fila
me arrastra a mirar cavernas y desarmonías,
arenas con sombras moradas y espinas,
las bárbaras aves, las flamantes plumas.
Los mortales nunca sabemos morir.
Yo impávido aspiro a quedarme a ver la masa de aire,
sus ínfulas claras traspasar la luz que se hace débil en la tarde
encima del techo y en esta pared retratados juntos
con esmero de ser primordial y no lucir ruinas
hasta las comisuras mismas de los labios,
sin ningún recuerdo de cuando la espuma
del agua del mar los hacía ideales y tan deseables,
mojados, y no como ahora, desierto insaciable
que me habita a mí que me paso las horas
junto a quienes no están.










DÍSCOLO


Tú que escribes por mí, dime
si has visto el aire horizontal
que minucioso en el transcurso
de la noche pasa y lo descubre
todo, incluso el alma muerta
de las cosas, la luz que inclina
su mirada hacia las hojas llenas
de palabras, hacia las hojas donde
unos dibujos de esmerados nervios
acaban diciendo, mejor me acompañas
y escribimos juntos, no las mismas páginas
sino algo terrible, con sangre y desesperado.
Una historia absurda como fue esta historia
de tú y yo sentados en sillones
dando fuertes gritos pero sin hablarnos.
Humildes, sin nombres, como si este tiempo
detenido encima de nosotros mismos
nos borrara el nombre, o no permitiera
que fueras mi amada, repleta siempre
de infortunios que caían del cielo
o yo provocaba, díscolo, inventado
por quién sabe dónde, como a la deriva
como esos papeles que andan por la casa
estrujados como los zapatos que ya nunca
usamos, siniestros zapatos.
Tú que escribes por mí, dime cómo viste,
dónde estabas cuando los muertos cercanos,
tranquilos comieron hirvientes cebollas
y escogían las tazas, primorosas tazas,
las de la vitrina, con flores, para el café amargo.
Un día me contaste que una de las ánimas,
la más intimista, quería acariciarte tu pelo rojizo
pero vio a María que bailaba sola en la sala oscura
–el aire apagaba las velas radiantes–
y se fue, la viste salir deslizada por una ventana
como un pez plateado que no recordabas
por inalcanzable y que pertenecía al mundo
de lo extraordinario, donde no hay mañanas, dices,
sólo transparencias, ni noches, ni páramos;
pero hay una lluvia que tampoco es lluvia
por su ligereza, por iluminada. Dime más,
¿de dónde viniste?, háblame y deja
olvidados, que el polvo los muerda
hasta destruirlos, hasta que zozobren todos los zapatos.












CAMPO DE SPORT


Yo nunca he vuelto a estar ni mucho menos cerca de aquel olor
que había en los campos de sport. La hierba, solamente, recién cortada
a veces, hace que resucite aquella sensación que cada día añoran mis
sentidos.
Digo campo de sport y un sobresalto recorrerá mi cuerpo y a la memoria
acude una inaudita claridad que yo aprovecho para vivir de nuevo
y otra vez el tiempo, la plenitud que ejerce su dominio
desde un extremo a otro de la tarde.
Campo de sport e irradia la invencible figura de mi padre en el gimnasio
entre anillas, caballos con arzones, paralelas.
La cancha de hand ball, un templo acústico en donde paso a paso
imité a los atletas y mientras resonaban violentos pelotazos
hacía abstracción y comparaba el olor en ascenso por las altas paredes
con el opuesto, el acre poseído de todos los gimnastas y su musculatura
exhibida después en los baños de mármol.
Pero el placer intenso, summum de la persecución de lo inefable,
estuvo siempre allí, concentradísimo, en el cuarto donde guardaban las
pelotas.
Un haz de luz traspasa los cristales de un leve intenso color fuego amarillo,
dejando ver el polvo, minúsculas partículas, inclinado hacia el suelo
donde inquietos reposan los balones de basket.
Dios me cubría cuando aquellas dos manos acariciaban la redondez
alzada hasta mis labios para reconocer el más amable de todos los olores
que hubo siempre en el mundo.
Cinco dedos accionan sobre la esfera curtida por el uso
y que según tengamos adiestrados los brazos le podrían imprimir velocidad
y ritmo al dribble con que serán burlados los contrarios.
Murmura el agua cuando no cae deprisa; sube tan lentamente
que puede provocar desasosiego y ansiedad entre los nadadores
que hacen calentamiento alrededor de la piscina.
Recién pintado el fondo es réplica del cielo. A cielo huele el aire
al circular por la sala de esgrima.
Y tritones de lúcidas aletas sueñan con una rapidez
capaz de ir acortando disímiles distancias.
Ella es Raquel Mendieta, oigo decir; mis ojos como desorbitados
persiguen la figura, chorreando todavía en el pecho y la espalda
unas íntimas gotas de agua dulce.
Disipado en la tarde hay un clamor.
En lontananza, donde adquiere la forma inusual del olvido,
hay un clamor que oscurece la hierba y el camino,
de escombros que te incitan a seguir al olor innombrable
de esa parte del mundo que fue el campo de sport.





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