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martes, 13 de marzo de 2012

6303.- CHARLES PÉGUY

CHARLES PÉGUY.Francia,(Orleans, 1873- Villeroy,1914)
La personalidad de Charles Péguy (1873-1914) es una de las más atractivas de nuestro tiempo, también para el pensamiento cristiano, que ha encontrado en el alma apasionada, en la mirada clara del poeta francés, un nervio central para la comprensión de la experiencia cristiana en el mundo presente. Don Giussani le cita constantemente, convirtiéndole en uno de sus referentes habituales, especialmente cuando habla de la libertad, de la gratuidad, de la Encarnación.

Sin duda, un maestro
Péguy ha marcado el pensamiento de autores judíos contemporáneos como Alain Finkielkraut, que ha afirmado de él que «es uno de los grandes pensadores del mundo moderno; sin duda alguna tiene la misma estatura que Nietzsche, Benjamin, Heidegger». Ha conmovido a grandes teólogos como Hans Urs von Balthasar, que le dedica el último capítulo de sus “Estilos laicales”, como «exponente óptimo de la estética teológica de principios del siglo XX». El propio Benedicto XVI, después de asistir a la representación de El Misterio de la Caridad de Juana de Arco, obra escrita por Péguy en 1910, afirmó que expresa con gran fuerza «la inquietud del hombre y su búsqueda de la felicidad».
Nos encontramos, sin lugar a dudas, ante uno de los grandes maestros del catolicismo. Es, sin embargo, un maestro a menudo incomprendido, a menudo olvidado. Saludamos, por lo tanto, con alegría, la publicación por parte de la editorial Nuevo Inicio de Granada de uno de los textos centrales de este autor, el primero que escribió tras su conversión: Verónica. Diálogo de la historia y el alma carnal.

Un estilo vibrante
La edición y la traducción, como nos está acostumbrando la editorial Nuevo Inicio, están muy cuidadas. Merece destacarse el prólogo, que en realidad es un estudio preliminar sesudo y documentado sobre la figura de Péguy. Un trabajo extraordinario del Profesor Sebastián Montiel que, si no hubiese aparecido unido al Verónica, bien hubiese merecido publicación aparte.
Verónica es un libro intenso, de lectura veloz, en el que nos vemos arrastrados por la rapidez del pensamiento de su autor, que se vierte en las páginas sin tratamiento previo. Ese estilo vivo nos transmite casi sin manufactura el latir del corazón de Péguy, el raudo fluir de su sangre, la agitación de sus sentimientos y la agudeza de su ingenio. Apenas nos deja descansar, a lo que contribuye contundentemente la decisión editorial de mantener los larguísimos párrafos tal y como el propio autor quiso.

Verdades puras y claras
Por encima de todo, de la forma, del estilo, sobresale la pureza de las pocas y centrales verdades que quiere resaltar Péguy. Son verdades puras y claras, radicales, tan nucleares que nos parecen infinitas. Son verdades que los cristianos no podemos olvidar, de esas cuyo descuido se paga en decadencia. Sin embargo, resulta paradójico, tiernamente paradójico, que esas verdades que reconocemos de inmediato por su sana evidencia nos las venga a decir un socialista de los de verdad –amante apasionado de la libertad–, que no tuvo que dejar de ser revolucionario para ser cristiano y que, después de desear los sacramentos podía decirle a su amigo Maritain que él no era un converso, sino que siempre había sido cristiano, al menos de corazón y, lo que me parece más interesante y también más divertido, «que pensar que estar en la Iglesia y estar casado con una pagana y tener tres hijos no bautizados es una situación anormal le parecía un punto de vista muy de curas».

La vieja musa
La vieja musa Clío, la historia, es la que nos puede contar las cosas con verdad. Ella lo sabe todo y se toma su tiempo, espera a que las pasiones cedan, a que reposen los hechos, mira con atención al detalle, con serenidad y delicadeza, y finalmente dictamina. Clío nos dirá qué obras de arte de hoy son finalmente interesantes, nos dirá quiénes son los clásicos de nuestra época, determinará aquellos que merecen ser arrojados al pozo del olvido. Ella acabará diciendo qué es lo que merecía la pena y, es más, determinará qué es lo que ha sido y lo que no ha sido nuestro tiempo. Clío espera, nos deja movernos, atrabiliarios, por el mundo, nos deja buscar y perseguir, retorcernos, amar, maldecir, y sencillamente espera, espera atenta, sin perder detalle y, cuando ya hemos desaparecido, nombra lo que Es. Sí, así afirma ella que hace. Solo que no es cierto. Clío no nombra lo que Es, sólo es capaz de nombrar lo que Fue, y lo que Fue, lo que mañana se diga que Fue aquello que hoy a mí me es, me importa poco. Yo me estoy jugando todo, la vida, ahora, y ahora no me importa Clío: me importa mi vida.

Como si naciera ahora
Entonces una humilde judía se acerca a secar el sudor de un condenado y se lleva en un pequeño paño el mapa del infinito. Verónica no esperó: se abalanzó decidida. Verónica estaba allí, en el momento oportuno, y frente a ella pasaba el universo entero. No la encontró descuidada: se abalanzó. Cuando miró el rostro que había quedado impreso en aquel trozo de tela Verónica vio el mundo como si saliera de las manos del fabricante.
No sabemos si Verónica estaba casada con un pagano o con un judío, si tenía varios hijos o no, si corrió después o no a bautizarlos. No nos parece que Verónica tuviera que negar su pasado, sus miserias o logros anteriores, para comenzar una nueva vida. Aquel rostro la transformó, sí, pero transformó a Verónica, a esa humilde muchacha, que fue querida tal y como era en aquel momento, en aquel paraje, en ese tiempo y lugar. Ser cristiano sólo es profundizar en el mismo camino en el que uno ya se encuentra, es dar un paso más allá del lugar en el que estábamos retenidos, un solo paso, un pequeño desplazamiento de nuestra libertad, el movimiento definitivo que nos integra, como somos, en el mismo corazón del universo. Verónica siguió y después vio.

El paradigma del genio
«El asombro es lo que cuenta». Ver el mundo como si acabara de ser hecho, como si uno mismo acabara también de ser hecho. Como si ahora, en este momento, fuésemos recién arrojados al mundo y mirásemos por primera vez alrededor. Péguy nos habla de esta actitud atendiendo a la figura de Victor Hugo, como paradigma del genio. El genio lo es porque no ha perdido el asombro, porque es capaz de mostrarnos a nosotros la realidad como sabemos que es pero no podemos ya verla, y eso nos hace sentir en sus palabras la intimidad de la verdad que no logramos ya crear nosotros mismos. El genio no la crea, no pretende crearla, simplemente la ve y nos la acerca, y la ve porque no ha perdido el asombro y la novedad. La fuerza de un genio consiste casi únicamente en ver el mundo como primer objeto de una primera mirada, es decir, como lo ve un niño.

La condición original
El genio es genio porque es niño, porque su relación con la realidad coincide con la forma en que Dios crea a los seres humanos, con la apertura original del niño. No pretendamos, pues, hacer del niño un genio a través de nuestros envejecidos y artificiales sistemas educativos, que precisamente pretenden arracarle de esa condición original para hacerle mirar el mundo desde el punto de vista ya adulterado de una ideología. La educación no consiste en generar complejos y sistemáticos procesos en los que le inculquemos al niño qué es lo que debe pensar. La educación no consiste, precisamente, en eso que pretenden nuestros políticos con su sistema educativo estatalista. La esencia del dominador, afirma Péguy veraz y brutalmente, es el pedagogo.

El asombro
La manera en la que el hombre moderno se hace cristiano es a través del acontecimiento. Es más, la manera en la que cualquier hombre se hace verdaderamente cristiano es a través del acontecimiento, porque no es la cultura, ni la moral, ni un sistema de creencias, ni siquiera la tradición, lo que nos hace cristianos. Todo esto puede ayudar a nuestra libertad, nos puede enseñar a seguir, pero no basta con seguir: hay que ver. La misma mano que sostiene la realidad debe pasar ante nuestros ojos, despertar nuestro asombro, para que podamos decir “sí” a ese hecho, a esa realidad de la realidad.
El asombro abre camino a un nuevo inicio. El asombro hace que un hombre, que otro hombre más, vea de nuevo, pueda renacer. Por eso el último nos lo vuelve a explicar a todos, porque acaba de ver, porque lo tiene fresco, porque pasa por él la fibra primera de una nueva tela para Verónica.

El sonido de la gracia
Lo eterno, sin disimulos, llega a un nuevo hombre. La dulcísima caricia de lo eterno despunta los nervios de un corazón atento. En el tiempo, se refunda la eternidad. La refulgente gracia nos otorga, otra vez, la palpitación de la plenitud. El cristianismo es un recomenzar en la gracia, es un volver a acoger la novedad. La historia, también ella, puede constatar que el mundo se sostiene precisamente porque no es sólo mundo, porque no lo gobiernan de forma imperturbable los mecanismos de la causalidad. El mundo sigue su decidido mundanear porque es roto, conmovido, atravesado por la gracia constantemente. El siguiente latir de nuestro corazón es el sonido de la gracia al golpear contra nuestro pecho desvalido.

En la raíz
de la descristianización
La negación de ese carácter extraordinario de lo ordinario, la negación de la gracia, el olvido de la gracia, es lo propio de la descristianización. La raíz del mundo moderno es no esperar ni reconocer la acción de la gracia, y los que primero hacen esto son los pobres cristianos, los viejos cristianos: los clérigos que ahogan la floración bajo la sequedad de la regla, de la norma, del poder político. Este es el anticlericalismo de Péguy, tan presente en Verónica, el anticlericalismo al que se refiere el cardenal Roger Etchegaray cuando afirma: «Me gusta su anticlericalismo de ley» y a continuación cita al mismo Péguy: «No cabe duda de que navegamos entre dos bandas de curas: los curas laicos que niegan lo eterno de lo temporal y los curas eclesiásticos que niegan lo temporal de lo eterno». Para nuestro filósofo-poeta francés la descristianización viene toda de esta actitud, de los curas que pretenden organizar ellos social y/o políticamente, como proyecto suyo, la acción de la gracia, es decir, que la niegan: «Caminan por los jardines de la gracia con una brutalidad espantosa. (…) Son los obreros de la hora en que se trabaja mal. (…) Se conducen como jornaleros en un jardín; y van y meten en el jardín empresas de demolición. Y sobre todo cuando Dios, por el ministerio de la gracia, trabaja las almas, no dejan, no dejan nunca de creer, estos buenos curas, que Dios sólo piensa en ellos, que sólo trabaja para ellos, (…) para su progreso temporal, a veces incluso en y para su dominio temporal».

Un error de mística
Sin embargo, la búsqueda del poder temporal no es el tema central. Péguy supo ver que éste no era el problema decisivo, pues nace del pecado original que compartimos todos en todo tiempo. No es ésta la raíz de la descristianización, la raíz se encuentra en un error de mística consistente en negar que lo eterno alcanza el corazón del hombre en el tiempo, en la carne.
No se trata, por lo tanto, de que los pecados hayan superado hoy un límite antes no excedido. Como dice Péguy, ya nos hemos acostumbrado al exceso del pecado, la historia puede ser testigo claro de la permanente presencia del pecado. Se trata de que el cristianismo es un acontecimiento de gracia, algo totalmente libre. No se puede dominar, no se puede poseer, no se le puede encerrar en ninguna jaula. Al negar la gracia, todo se derrumba. El cristianismo queda descristianizado, convertido en otra cosa, reducido a una ideología, a un sistema de creencias, a una tradición que no dice ya nada, que no introduce ninguna novedad, que sólo nos recuerda el pasado pero que no toca el presente. Reducimos el cristianismo a una enseñanza del ayer, a la transmisión de ideas –llámenlas si quieren “valores”–, a una rígida ética. He aquí la tragedia del pueblo cristiano, esmerado en domesticar precisamente a aquellos que le llegan como portadores de la novedad.

Él está aquí
El centro de la historia es la Encarnación, el abajamiento de Dios hasta ser hombre, carne de nuestra carne. La Encarnación nos enseña que toda la historia afecta a Dios, que Dios ha querido ligarse de tal modo a nuestra historia que la ha hecho su propia historia. La historia es el desarrollarse de este hecho. La vida de cada uno es el desarrollarse, para él, de este hecho. Todo lo demás mira a este hecho, es para este hecho, es por este hecho.
Negar lo temporal, despreciar lo temporal, abandonar el mundo, es negar la Encarnación, es negar el hecho cristiano mismo, es negar la posibilidad misma de la gracia, es negar el cristianismo. Así Cristo se ha ligado al mundo, se ha dado al mundo, nunca se ha retirado del mundo. Cristo ha querido y quiere convivir con nuestra humanidad, con nuestra miseria, con nuestro pecado.
Cristo se hizo hombre. No ha dejado nunca de serlo. Cristo se hizo historia. No ha dejado nunca de serlo. La historia, que en este libro habla con los hombres y sobre todo dirigiéndose a los cristianos, nos recuerda esto una y otra vez en Verónica. Nos recuerda quiénes somos, a qué estamos ligados, nos recuerda los hilos infinitos, infinitamente entrelazados, que nos unen unos a otros en comunión en Cristo; nos recuerda lo intensamente humana que fue la vida de Jesús, su sufrimiento, su afecto, su muerte, su estrecha ligazón a la carne que era suya, carne de su carne.
Cristo está aquí. La gracia nos hace darnos de bruces con Él. Cabe, ante tal encuentro, el asombro del hombre, su estupor, y el movimiento de su libertad: “¡es Cristo!”; y otra vez el cristianismo renace. Quizá ese “sí” de un hombre no parezca cambiar mucho las cosas, no disminuye el número de los tratados injustamente o el de los hambrientos. Sí disminuye el número de los desesperados, pues el hombre que acaba de ser tocado sabe, y por él los demás recordamos, que existe un designio bueno sobre cada uno de nosotros, que nuestra inagotable sed de felicidad, de armonía, de unidad, se nos da para que queramos conducirnos hacia la fuente viva.
¡Qué bello, qué desmedido y potente es este libro de Péguy! Resulta imprescindible para cada uno de nosotros volver a retomar conciencia de este núcleo esencial que nos transmiten estas páginas, testimonio fresco de un hombre al que recién acaba de llegar la gracia.

Publicado en la revista Huellas.






(…)


Ese vuelco que todo lo tenemos que hacer para con Dios,
Dios lo haga el primero, que comience a hacerlo para con nosotros.
Todo lo que tenemos que decirle, hacerle, hacer para con él.
Y todo lo que tenemos que tener para con Dios,
Dios comienza a tenerlo para con nosotros.


El que ama se pone, por eso mismo,
Sólo por eso, a partir de eso en la dependencia,
El que ama cae en la servidumbre del que es amado.
Es la costumbre, es la ley común.
Es fatal.
El que ama cae, se pone bajo la servidumbre, 
bajo un yugo de servidumbre.
Depende del ser amado. (…)


(De El pórtico del misterio de la segunda virtud)






(…)


Qué dulzura, hijo mío, qué firmeza en la dulzura, 
que dulzura en la firmeza.
La una y la otra juntas, unidas, indisolubles, 
la una empujando a la otra, la una alimentando a la otra.
La dulzura armada por completo de firmeza, 
la firmeza armada por completo de dulzura.
La una encerrad en la otra, la otra encerrada en la una, 
como un doble hueso en un doble fruto.
De firmeza.
Y no hay verdadera firmeza.
Una dulzura mucho mejor garantizada por la firmeza, 
una firmeza mucho mejor garantizada por la dulzura.
La una llevando a la otra.
Pues no hay verdadera dulzura que no esté fundada 
en la firmeza,
Vestida de firmeza.
Y no hay verdadera firmeza que no esté vestida de dulzura.
Qué dulzura, qué ternura. El que ama
Entra en la sujeción del que es amado. (…)


(….)


O también el antiguo testamento es esa bóveda que asciende 
por una sola arista,
Por una sola nervadura, y el nuevo testamento
Es misma bóveda que vuelve a caer,
Que vuelve a bajar en forma de capa.
Y la arista que asciende sale de la tierra y es una arista carnal.
Pero esa capa que vuelve a bajar proviene del espíritu
Y es una capa espiritual
Y la arista y la nervadura que asciende sale del tiempo 
y es una arista temporal.
Pero la capa que vuelve a bajar proviene de la eternidad y es
Una capa eterna.


Y la clave de esa bóveda mística.
La clave
Carnal, espiritual,
Temporal, eterna,
Es Jesús,
Hombre,
Dios.


Y la creación fue una especie de apertura del tiempo y de cierre, 
en cierto modo, de la eternidad.
Y el juicio será propiamente el cierre del tiempo
Y la total y definitiva
Reapertura de la eternidad.


(De El misterio de los Santos Inocentes)












El Pórtico de la segunda virtud"




Ed. encuentro Trad. José Luis Rouilon Arróspide.




Piensa en sus hijos que puso expresamente bajo la protección 
de la Virgen.
Un día que estaban enfermos.
Y que él había tenido mucho miedo.
Piensa temblando aún en aquel día.
En que había tenido tanto miedo.
Por ellos y por él.
Porque estaban enfermos.
Había temblado de veras.
De sólo pensar que estaban enfermos.
Había comprendido que así no podía vivir.
Con los niños enfermos.
Y su mujer tenía tanto miedo.
Tan espantoso miedo. Que tenía la mirada fija hacia adentro 
y la frente cerrada
y no decía ya ni una palabra.
Como un amimal enfermo.
que se cala.
Porque tenía el corazón oprimido.
La garganta estrangulada como una mujer a la que se estrangula.
El corazón en un torno.
La garganta en los dedos; en las mandíbulas de un torno.
su mujer apretaba los dientes, apretaba los labios.
Y hablaba poco y con otra voz.
Con una voz que no era la suya.
Tenía tan espantoso miedo.
Y no quería decirlo.
Pero él, por Dios, era un hombre. No tenía miedo de hablar.
Había comprendido perfectamente que eso no podía seguir así.
Eso no podía durar.
Así.
No podía vivir con los niños enfermos.
Entonces había dado un golpe (un golpe de audacia), se
reía todavía cuando lo pensaba.
Hasta se admiraba un poco. Había de qué. Y se estremecía
todavía.
Hay que decir que había sido realmente atrevido y fue
un golpe audaz.
Y sin embargo todos los cristianos pueden hacer otro tanto.
Hasta se pregunta uno por qué no lo harán.
Como se toman tres niños del suelo y como ser les pone a los tres.
Juntos. A la vez.
Por devertirse. Como quien Juega.
En los brazos de su madre y de su nodriza que ríe.
Y protesta.
porque se le echa demasiado.
Y no tendrá fuerzas para cargaros.
El, audaz como un hombre.
Había tomado, por medio de la oración había tomado.
(francia, la cristiandad deben continuar.)
A sus tres hijos en la enfermedad, en la miseria en que yacían.
Y tranquilamente os los había puesto.
Por la oración os había puesto.
Muy tranquilamente en los brazos de la que está cargada 
con todos los dolores del mundo.
Y que tiene ya los brazos tan cargados.
Porque el Hijo tomó todos los pecados.
Pero la Madre tomó todos los dolores.












Dichosos los que han muerto...


Dichosos los que han muerto por la tierra carnal,
con tal que ello haya sido en una justa guerra.
Dichosos los que han muerto por su trozo de tierra,
dichosos los que han muerto de una muerte triunfal.
Dichoso los que han muerto en batallas campales,
tendidos en la tierra, de cara contra el cielo.
Dichosos los que han muerto en un excelso anhelo
entre toda la pompa de grandes funerales.
Dichosos los que han muerto por ciudades carnales,
pues ellas son el cuerpo de la ciudad de Dios.
Dichosos los que han muerto por su hogar
y por los pobres honores de las causas paternales,
pues ellas son la imagen y son el primer lazo,
y ensayo y cuerpo de la divina mansión.
Dichosos los que han muerto en ese estrecho abrazo,
ese abrazo de honor y humana confesión,
pues esta confesión de honor es la inicial
y el ensayo primero de eterna confesión.
Dichosos los que han muerto en esta destrucción,
cumpliendo de ese modo su voto terrenal,
pues este voto de la tierra es la inicial
y el ensayo primero de una fidelidad.
Dichosos los que han muerto en forma tan triunfal
y con anta obediencia y con tanta humildad.
Dichosos los que han muerto, pues fueron reintegrados
a la primera arcilla y a la primera tierra.
Dichosos los que han muerto en una justa guerra,
dichosas las espigas y los trigos segados.








El Ciego


I


Siete ciudades se jactan de haber producido a Homero
pero él no nació en ninguna de las siete alternativas
Esmirna le ha alimentado desde la fina profundidad de los bosques
Quíos le ha arrullado desde los brazos de su madre


Colofón no manejó sino una gloria efímera
Salamina con él hizo naufragar al rey de reyes
Rodas le ha empapado con el respeto por las leyes
Argos le ha frotado con la sangre de las quimeras


Nosotros le otorgamos de este modo a la séptima, Atenas,
la única donde estamos seguros que nunca lo vieron
los nacimientos de antes siempre son inciertos


[estos]son los hijos de las antiguas fuentes, solitarias, 
que el Padre ha dado
Padre, he aquí a tus hijos, todos son tus grandes capitanes
y el desfile único, [que]fue visto sólo una vez










Tapisserie de Notre Dame (fragmento)


Cuando hubo que sentarse en la cruz de dos caminos.
Y elegir entre el pesar y el remordimiento...
Usted sola sabe, dueña del secreto,
Que uno de los dos caminos corría más abajo
Usted conoce el que eligieron nuestros pasos...
«Y no por virtud, ya que no poseemos mucha,
Y no por deber, ya que no nos gusta...
«Y para colocarnos mejor en el eje de nuestra angustia,
Y por esa sorda necesidad de ser más desgraciado. 










Pero la esperanza, dice Dios, esto sí que me extraña,
me extraña hasta a Mí mismo,
esto sí que es algo verdaderamente extraño.
Que estos pobres hijos vean cómo marchan hoy las cosas
y que crean que mañana irá todo mejor,
esto sí que es asombroso y es, con mucho,
la mayor maravilla de nuestra gracia.


Yo Mismo estoy asombrado de ello.
Es preciso que mi gracia sea efectivamente de una fuerza increíble
y que brote de una fuente inagotable
desde que comenzó a brotar por primera vez
como un río de sangre del costado abierto de mi Hijo.


¿Cuál no será preciso que sea mi gracia y la fuerza de mi gracia
para que esta pequeña esperanza,
vacilante ante el soplo del pecado,
temblorosa ante los vientos,
agonizante al menor soplo,
siga estando viva, se mantenga tan fiel, tan en pie,
tan invencible y pura e inmortal e imposible de apagar
como la pequeña llama del santuario
que arde eternamente en la lámpara fiel?


De esta manera,
una llama temblorosa ha atravesado el espesor de los mundos,
una llama vacilante ha atravesado el espesor de los tiempos,
una llama imposible de dominar, imposible de apagar al soplo
de la muerte,la esperanza.
Lo que me asombra, dice Dios, es la esperanza,
y no salgo de mi asombro.
Esta pequeña esperanza que parece una cosita de nada,
esta pequeña niña esperanza,
inmortal.


Porque mis tres virtudes, dice Dios, mis criaturas,
mis hijas, mis niñas,
son como mis otras criaturas de la raza de los hombres:
la Fe es una esposa fiel,
la Caridad es una madre, una madre ardiente, toda corazón,
o quizá es una hermana mayor que es como una madre.


Y la Esperanza es una niñita de nada
que vino al mundo la Navidad del año pasado
y que juega todavía con Enero, el buenazo,
con sus arbolitos de madera de nacimiento,
cubiertos de escarcha pintada,
y con su buey y su mula de madera pintada,
y con su cuna de paja que los animales no comen porque son de madera.
Pero, sin embargo, esta niñita esperanza es la que
atravesará los mundos, esta niñita de nada,
ella sola, y llevando consigo a las otras dos virtudes,
ella es la que atravesará los mundos llenos de obstáculos.
Como la estrella condujo a los tres Reyes Magos desde
los confines del Oriente, hacia la cuna de mi Hijo,
así una llama temblorosa, la esperanza,
ella sola, guiará a las virtudes y a los mundos,
una llama romperá las eternas tinieblas.


Por el camino empinado, arenoso y estrecho,
arrastrada y colgada de los brazos de sus dos hermanas mayores,
que la llevan de la mano,
va la pequeña esperanza
y en medio de sus dos hermanas mayores da la sensación
de dejarse arrastrar
como un niño que no tuviera fuerza para caminar.
Pero, en realidad, es ella la que hace andar a las otras dos,
y la que las arrastra,
y la que hace andar al mundo entero
y la que le arrastra.
Porque en verdad no se trabaja sino por los hijos
y las dos mayores no avanzan sino gracias a la pequeña”.