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miércoles, 15 de febrero de 2012

6069.- STEINUNN SIGURDARDÓTTIR




Steinunn Sigurðardóttir, (nacida en 1950 en Reikiavik ) es una poeta islandesa.
Terminó sus estudios universitarios en el año 1972 con una licenciatura en psicología y filosofía en el University College de Dublín. Desde entonces, ha trabajado como periodista para la radio y la televisión. Ella ha vivido en diferentes lugares de Europa, de Estados Unidos y Japón. Desde mediados de la década de los noventa, ha vivido en el extranjero - por primera vez en París, ahora en Berlín.

Steinunn Sigurðardóttir. Nuestros lectores habrán deducido, pues, que nos encontramos ante un nuevo ejemplo de ese carácter polifacético tan característico de los escritores islandeses actuales. Y, ciertamente, a pesar de que en la mayor parte de sus biografías se destaca su importante contribución al mundo de la narrativa, con obras como Hjartastaður (El lugar del corazón), Tímaþjófurinn (El ladrón del tiempo) o, más recientemente, Sólskinshestur (El caballo sol), del que hicimos una reseña con ocasión de su traducción al francés, su dedicación a la poesía ha dado como fruto la publicación (un tanto espaciada, eso sí) de una serie de libros que han alcanzado un amplio reconocimiento en el panorama poético de la isla.

Steinunn Sigurðardóttir nació en Reikiavik, en 1950. Estudió Psicología y Filosofía en la Universidad de Dublín, donde obtuvo su licenciatura en 1972. Buena parte de su experiencia laboral está relacionada con el periodismo, pues entre 1970 y 1982 trabajó para la cadena nacional Ríkisútvarpið, no solo como reportera, sino también como corresponsal. Ha viajado por numerosos países y habla varias lenguas, entre ellas –y para satisfacción, seguramente, de nuestros lectores francófonos– el francés. De hecho, hemos de decir que siente especial predilección por Francia, donde vive una parte del año.

Su primer libro de poemas, Sífellur (Continuaciones), apareció muy pronto, en 1969, cuando la autora contaba 19 años. Se trata de un poemario sorprendente, en la línea de la poesía modernista que los poetas atómicos habían desarrollado y que, como hemos puesto de manifiesto en otros números, había logrado imponerse poco a poco en Islandia, a pesar de la oposición inicial de una parte de los intelectuales del país. En ese sentido, en el libro aparecen poemas escritos en verso libre, con una puntuación arbitraria e, incluso, sin puntuación alguna, más bien cortos y de claro carácter intimista. Su libertad en el tratamiento formal está presente en toda su obra, que no deja de ser abundante, aunque se verá un tanto refrenada en sus últimos poemarios. En cuanto a los temas, también muestran una cierta continuidad a lo largo de toda su producción, si bien aparecen sometidos a un tratamiento irónico cada vez más acentuado.

Los libros publicados por Steinunn Sigurðardóttir, tras la revelación que supuso su volumen Sífellur, son los siguientes:

1971: Þar o Þá (Allí y entonces)
1979: Verksummerki (Huellas)
1987: Kartöfluprinsessan (La princesa de la patata)
1991: Kúaskítur og norðurljós (Boñigas y auroras boreales)
1999: Hugástir (Amores mentales)
2007: Ástarljóð af landi (Poemas de amor de Islandia)

Quizás el principal tema en la obra de Steinunn Sigurðardóttir sea el tiempo. A él se ha referido la autora en entrevistas y comentarios personales a sus propios textos. El tiempo, especialmente su transcurso inexorable, lo recubre todo y nos permite explicar el tratamiento específico de muchos otros temas esenciales que vertebran su poesía.

El tiempo, en principio, es ese que vemos transcurrir en el periodo abarcable del año y que está ligado al ciclo estacional, tan especial en Islandia. No es de extrañar, por tanto, que, en sus libros, junto a poemas generales sobre la Naturaleza, encontremos tan hermosos textos dedicados a cantar las peculiaridades y sutilezas de las estaciones islandesas. Una amplia sección de su poemario Kúaskítur og norðurljós se titula, precisamente, Árstíðasöngl (Cantos de las estaciones). En él se recogen algunas de las mejores y más penetrantes visiones de la autora sobre el ciclo estacional islandés. Y de él hemos extraído el primer poema de nuestra antología. Se trata de un poema construido con especial maestría, en el que los versos largos, de ritmo solemne, potencian la belleza de unas imágenes que, creadas por antítesis, logran revelarnos la cara invisible del invierno: la que menos sospechamos y que, tal vez, solo tras una larga convivencia con él y una profunda atención, puede revelársenos:




Veturinn er frjósöm árstíð þótt veturinn sé kaldur.


Sjá, grýlukerti á húsum, þau vaxa um gjörvallt landið
og ávöxtum dökknandi himins fjölgar frá kvöldi til kvölds.


Þar sem áður var sígrænt lyng spretta hvítar rósir.


Í vetrinum blómstrar enn fremur ást undir sængum –
þá grær snjór á greinum og ísinn þykknar á tjörn.


Yfir þessu vex tunglið og þögnin á öræfum þéttist


meðan jökullinn hækkar sífellt og færist nær.










El invierno es una estación fecunda, aunque es frío el invierno.


Mira, carámbanos en las casas; crecen por todo el país
y noche tras noche aumentan los frutos de un cielo cada vez más oscuro.


Donde antes había verdes brezos brotan ahora rosas blancas.


En el invierno florece aún más el amor bajo los edredones –
germina la nieve en las ramas y se espesa el hielo en el estanque.


Por encima crece la luna y el silencio se condensa en las regiones deshabitadas


mientras sin descanso se agranda el glaciar y se aproxima.



Pero el tiempo es también, evidentemente, el de nuestra propia existencia, que se nos escapa sin remedio. En ese sentido, no resulta sorprendente que la autora establezca una conexión, más bien clásica, entre las estaciones y los distintos periodos de la vida. La llegada del otoño simboliza, muchas veces, esa conciencia de agotamiento y de cercanía del final, como en este poema de Þar og Þá, libro, todo él, traspasado por un profundo sentimiento de añoranza:




Haustið á næstu grösum


Situr hún við gluggann sinn í ágúst
og yrkir lítil ljóð
um lítla lífið sitt
sem er alveg eins og dagarnir
á leiðinni útí veturinn
og haustið á næsta grösum, hvenær
spyr hin unga skáldkona
verða dagar mínir stystir
og grætur svo í laumi
bak við lítla brosið
því vel má hún vita
að bráðum svo fljótt
verða dagar hennar stystir.








El otoño cercano


Está sentada en agosto junto a la ventana
y compone poemillas
sobre su insignificante vida
que como los días
se encamina hacia el invierno
y el otoño cercano, cuándo
pregunta la joven poetisa
se acortarán mis días
y llora en secreto
detrás de su sonrisa
pues ella bien sabe
que pronto, tan rápido
se acortarán sus días

¿Y qué decir de la imagen del verano islandés que nos ofrece la autora, tan breve que apenas parece un soplo, y que recuerda ese relámpago en medio de dos oscuridades con el que Vicente Aleixandre identificó nuestra existencia?

De ahí que la muerte tenga también una presencia relevante en la obra poética de Steinunn Sigurðardóttir. Una sección de su penúltimo libro, titulada Nokkrar gusur um dauðann og fleira, está dedicada específicamente a ella. Pero hay otros textos, dispersos por la mayor parte de sus libros, en que esta hace su aparición. Incluso el primero de ellos, Sífellur, compuesto en su juventud, acoge algunas de sus visiones más originales. El siguiente poema, tomado, precisamente, de esta obra primeriza, es un ejemplo destacable del arte de Steinunn Sigurðardóttir para afrontar este tema:




Dauðinn er eins og ósigrandi fjall


þú trúir
að þú náir
tindinum


en einn dag mun þér skiljast
að fjallið verður ekki klifið


þann dag
mun dauðinn gista þig










La muerte es como una montaña invencible


tú crees
que alcanzas
la cumbre


pero un día comprendes
que la montaña no puede escalarse


ese día
te visitará la muerte








Los poemas amorosos no son muy numerosos en la obra de Steinunn Sigurðardóttir, y, cuando tienen cabida, nos dan la impresión, con mayor frecuencia de lo que a primera vista podría parecer, de lo efímero. En cierta medida, se puede decir que el amor también se ve afectado por el tiempo destructor. De ahí el uso frecuente del pretérito, las alusiones a un esplendor recordado desde la sombra, como en esta composición de Sífellur:







Þú varst og þú varst og þú varst
um vetur
stutta stund
meðan sólin elskaði snjóinn
þá varstu
um vetur
stutta stund
en þú varst








Estabas, estabas y estabas
en el invierno
un momento
mientras el sol amaba la nieve
entonces estabas
en el invierno
un momento
pero estabas

Como muchos otros poetas de su generación, Steinunn Sigurðardóttir, además, es una escritora que siente una especial inclinación por introducir en sus poemas referencias a los viajes, reales o imaginarios, realizados. Estas referencias están acompañadas, muchas veces, por informaciones adicionales sobre la cultura de los distintos lugares visitados. Es muy frecuente que se mencionen ciudades del extranjero, pero también pueblos y zonas de Islandia. A menudo, la autora establece una estrecha relación entre los viajes y el paso del tiempo, muy explícita en algunos casos, como sucede, por ejemplo, en su libro Hugástir, cuya sección titulada Brotnar borgir (Ciudades rotas) nos presenta cinco ciudades que forman parte de su pasado y en las que ya no se reconoce.

En otras ocasiones, sin embargo, la conexión es más sutil, pues el viaje o el lugar al que se llega adquiere un carácter simbólico que solo puede interpretarse en toda su complejidad al ponerlo en relación con el conjunto de su obra. Es lo que sucede con esta interesante composición tomada de la tercera sección de Hugástir, con la que queremos terminar nuestra brevísima antología, esperando que haya servido para que nuestros lectores puedan hacerse una idea, aunque mínima, de la variedad y la riqueza del mundo poético de Steinunn Sigurðardóttir:




Ljósmynd handa syni


Rétt austan við skarðið þat sem burknamir vaxa, í mjög
þéttum og stórum breiðum, kemur gömul kirkja í ljós, milli
trjánna með rauðgulum berjum.
Hennar er hvergi getið í bókinni.
Þó skaltu koma nær, sonur minn, ef þú ferðast um þessar slóðir.
Þú leggur bílnum við hliðið og gengur spölinn niður að kirkju,
gegnum garðinn með mörgum krossum úr steini.
Handan við kirkjuna opnast útsýn yfir vatnið, the loch, og
fjöll með blómstrandi tindum. Þeir eru bleikfjólubláir.
Við kirkjugarðsvegg er einn hestur ljós og annar dökkur nær
vatninu, á beit undir trjám með síðar krónur.
Hér eru grafir mjög ungra hermanna; Duncan Frost, sonur,
særðist til bana í Hollandi, nítján ára, 1944.
Ég sagði bílstjóranum að í mínu landi hefðu engir synir dáið á
vígvellinum. En hungrið hefði sorfið að, öldum saman, og
næstum grandað þeirri litlu þjóð.
Svo sá ég legstein annars Duncans. Hann var ekkjumaður í
hálfa öld. Á sama stein er letrað nafn sonar hans, Roberts,
sem varð áttatíu ug fimm ára.
Bílstjóriml tök mynd af mér á rauða kjólnum, með hestana
tvo og vatnið í baksýn, og einn hinna skæru tinda sem ég
vissi ekki að væru til.
Hér hefunðu myndina, svo þú sért viss um að rata.
Og meðan ég man, þetta er líka myndin af ömmu í útlöndum
sem hömin þín skoða, þegar þar að kemur.








Una foto para el hijo


Justo a la derecha del paso de montaña, donde crecen los helechos
en una llanura muy amplia y cerrada, aparece una vieja iglesia,
entre los arbustos de bayas anaranjadas.
De ella no se habla en ningún libro.
Hasta allí te acercarás, hijo mío, si viajas por esas regiones.
Dejarás el coche y descenderás a pie hacia la iglesia,
a través del cementerio que tiene tantas cruces de piedra.
Más allá de la iglesia se extiende la vista sobre el lago, the loch,
y algunas montañas de esplendorosas cumbres. Son de un violeta apagado.
Junto a la pared del cementerio hay un caballo de color claro y otro oscuro
cerca del lago, pastando bajo los árboles de altas copas.
Allí están las tumbas de algunos soldados jovencísimos: Duncan Frost, hijo,
fue herido de muerte en Holanda, con diecinueve años, en 1944.
Le dije al conductor que en mi país ninguno de nuestros hijos había muerto
en el campo de batalla. Pero el hambre los había atenazado, durante siglos,
y casi había destruido ese diminuto país.
Entonces vi la lápida de otro Duncan. Estuvo viudo durante
medio siglo. En la misma lápida está grabado el nombre de su hijo, Robert,
que llegó a los ochenta y cinco años.
El conductor me hizo una foto con el vestido rojo y los dos caballos
y el lago al fondo, y una de las cimas radiantes
que no sabía que existieran.
Aquí tienes la foto, para que puedas encontrar el camino.
Y en la medida en que recuerdo, esta es también la foto de una abuela en el extranjero
que tus hijos contemplarán, a su debido tiempo.








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