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jueves, 9 de febrero de 2012

5985.- GIACOMO LEOPARDI

Giacomo Leopardi
(Recanati, Italia, 1798-Nápoles, id., 1837) Escritor italiano. Educado en el ambiente austero de una familia aristocrática provinciana y conservadora, manifestó precozmente una gran aptitud para las letras. Estudió en profundidad a los clásicos griegos y latinos, a los moralistas franceses del siglo XVII y a los filósofos de la Ilustración. A pesar de su formación autodidacta, impresionó muy pronto a los hombres de letras y los filólogos de su tiempo con su erudición y sus impecables traducciones del griego. Su frágil salud se resintió gravemente a causa de esa dedicación exclusiva al estudio.

La lectura de los clásicos despertó su pasión por la poesía y formó su gusto. En Discurso de un italiano sobre la poesía romántica (Discorso di un Italiano intorno alla poesia romantica) tomó partido por los clásicos en la disputa que planteaba el romanticismo, argumentando que la poesía clásica establece una intimidad profunda entre el hombre y la naturaleza con una simplicidad y una nobleza de espíritu inalcanzables para la poesía romántica, prisionera de la vulgaridad y del intelectualismo modernos. El tema del declive político y moral de la civilización occidental y, en particular, de Italia, es central en sus primeros poemas, que pasaron a formar parte de los Cantos (Canti, 1831), obra que pone de relieve el divorcio del hombre moderno y la naturaleza, considerada como única fuente posible de amor.

A partir de 1817 mantuvo una asidua relación epistolar con Pietro Giordani, que fue a la vez su mentor y amigo. También en ese período inició la redacción de su ensayo Zibaldone, en el que trabajó durante años, precisó progresivamente lo que él llamaría su «sistema filosófico» y elaboró el material literario que le serviría para sus obras mayores. Ese trabajo de introspección favoreció el desarrollo de su faceta lírica e intimista, que se expresa en versos de gran musicalidad: entre 1819 y 1821 compuso los Idilios (Idilli). Leopardi elaboró un lenguaje poético moderno que, asumiendo la imposibilidad de evocar los mitos antiguos, describe las afecciones del alma y el paisaje familiar, transfigurado en paisaje ideal.

A partir de 1825 residió en Milán, Bolonia, Florencia y Pisa y se acercó a los medios políticos liberales. Tras la revolución de 1831 fue elegido diputado de las Marcas en la Asamblea Constituyente de Bolonia, pero, tras perder su confianza en el movimiento liberal, renunció a su escaño; su crítica a los liberales la expresó en la obra Paralipómenos de la Batracomiomaquia (Paralipomeni della Batracomiomachia, 1834). Entre 1833 y 1837 residió en Nápoles, en casa de su amigo Antonio Rainieri.

Los Zibaldone de pensamientos (Zibaldone dei pensieri), en los que trabajó desde el verano de 1817 hasta 1832, se publicaron póstumamente en 1898; se trata de un conjunto de notas personales en las cuales anota sus ideas acerca de la literatura, el lenguaje y casi cualquier tema de política, religión o filosofía, y en las que refleja su original recepción de los debates de su tiempo. Como poeta, su estilo melancólico y trágico recuerda inevitablemente a los románticos, pero su fondo de escepticismo, su expresión precisa y luminosa y el pudor con que contiene la efusión de sentimientos le acercan más a los clásicos, tal como él mismo deseaba.

Obra

Canzoni (1824), edición "Annesio", Nápoles. Es el primer gran libro de poesías de Leopardi donde se presenta como poeta ético y civil. La obra consta de diez composiciones escritas entre 1818 y 1823 y se encuentran en orden cronológico:
All'Italia
Sopra il monumento di Dante che si prepara in Firenze
Ad Angelo Mai quand'ebbe trovato i libri di Cicerone della Repubblica [con dedicatoria a Leonardo Trissino]
Nelle nozze della sorella Paolina
A un vincitore nel pallone
Bruto minore
Alla primavera o delle favole antiche
Ultimo canto di Saffo
Inno ai patriarchi o dè principii del genere umano
Alla sua donna
Versi (1826), edición "Stamperia Le Muse", a cuidado de Pietro Brighenti, Bolonia. Publicado a sus propias expensas; es la segunda y relevante selección poética del autor. Comprende todos los textos aprobados sin incluir ninguna canción de 1824:
Idilli
L'infinito. Idillio I
La sera del dí di festa. Idillio II
La ricordanza. Idillio III
Il sogno. Idillio IV
Lo spavento notturno. Idillio V
La vita solitaria. Idillio VI
Elegie
Elegia I
Elegia II
Sonetti in persona di Ser Pecora Fiorentino Beccaio
Sonetto I
Sonetto II
Sonetto III
Sonetto IV
Sonetto V
Epistola
Epistola al Conte Carlo Pepoli
Guerra dei topi e delle rane
Canto I
Canto II
Canto III
Vulgarizacióbn de la sátira de Semónides sobre las mujeres.
Canti (1831), edición "Piatti", Florencia. Estructura tripartita con Canciones, Idilios y Cantos pisano-recanateses. Se compone de 23 obras:
All'Italia
Sopra il monumento di Dante che si prepara in Firenze
Ad Angelo Mai quand'ebbe trovato i libri di Cicerone della Repubblica [con dedicatoria a Leonardo Trissino]
Nelle nozze della sorella Paolina
A un vincitore nel pallone
Bruto minore
Alla primavera o delle favole antiche
Inno ai patriarchi o dè principii del genere umano
Ultimo canto di Saffo
Il primo amore [Elegia I B24]
L'infinito. Idillio I
La sera del giorno festivo. Idillio II
Alla luna [La ricordanza]
Il sogno
La vita solitaria
Alla sua donna
Al Conte Carlo Pepoli
Il risorgimento
A Silvia
Le ricordanze
Canto notturno di un pastore errante dell'Asia
La quiete dopo la tempesta
Il sabato del villaggio
Opúsculos morales (1827), son, en su mayor parte, cortos diálogos en que aparecen expuestas las ideas de Leopardi acerca de la desesperación.





Canto I. A Italia


¡Italia mía! Miro muros, arcos,
Columnas, simulacros, las caídas
Torres de nuestros padres;
Mas no encuentro la gloria,
Ni el hierro y los laureles que abrumaban
A nuestros ascendientes. Hoy, inerme
El seno muestras y la sien desnuda;
¡Cielos! ¡Cuántas heridas!
¡Qué mortal lividez! Oh, cual te veo,
¡Bellísima mujer!, al cielo digo
Y al mundo: ¿quién la puso
En tal miseria? Y por mayor afrenta
Duras cadenas cíñenle los brazos.
Así, suelto el cabello, el velo roto
Yace en tierra doliente y olvidada,
Y la faz escondida
En el regazo, llora.
¡Llora, Italia infeliz!, justo es que llores,
Tú, que a todos venciste
En las dichas al par que en los dolores.


Si dos fuentes vertieran tus pupilas,
Nunca pudiera el llanto
Igualarse a tu mal y a tu vergüenza:
Que de señora descendiste a esclava.
¿Quién recuerda tu historia
Que, contemplando tu esplendor pasado,
No diga: su grandeza ya no existe?
¿Por qué?, ¿por qué?, ¿dó están la antigua fuerza,
Las armas, el valor y la constancia?
¿Quién te robó tu acero?
¿Quién te entregó?, ¿qué dolo, qué artificio,
O qué poder tan grande
Te arrancaron el manto y la diadema?
¿Cómo caíste y cuándo
De tanta altura a tan profundo abismo?
¿Nadie lidia por ti? ¿No te defiende
Hijo ninguno? ¡Al arma!, ¡al arma!, solo
Entraré en lucha, rendiré la vida
Y que mi sangre sea
Fuego a nuestra nación adormecida.


¿Dó tus hijos están? Oigo son de armas,
Y de carros, y voces, y timbales;
En extrañas regiones
Luchan tus descendientes.
Escucha, Italia, escucha. ¿No divisas
Un fluctuar de infantes y caballos,
Y polvo y humo, y fulgurar de aceros,
Cual rayo entre las sombras?
¿No te animas?, ¿las trémulas miradas
Por qué no fijas en la incierta lucha?
¿Por quién, allá, combate
La ítala juventud? ¡Númenes sacros!
¡Sirven a otra nación nuestros aceros!
¡Mísero el hombre que rindió la vida
No por el patrio nido y por la amada
Esposa e hijos caros,
Mas por extraña gente,
Y que morir no puede, balbuciendo:
¡Alma tierra natía!
¡Tú me diste el vivir: yo te lo ofrendo!


Venturosa la edad en que corrían
A morir por la patria
Los animosos pueblos en legiones,
¡Y tu siempre glorioso y venerando,
Oh tesálico estrecho,
Do la Persia y el Hado menos fuertes
Fueron qué pocas almas generosas!


Fínjome que los troncos y las piedras
Y el mar y la montaña, al pasajero
Con indistintas voces
Aún narran cómo la legión invicta
Cubrió el lugar sangriento
De cuerpos a la Grecia consagrados,
Feroz y vil entonces
Jerjes cruzaba el Helesponto en fuga,
Ludibrio a nuestros nietos más lejanos,
En la cima de Antela, do muriendo
Burló a la muerte la legión divina,
Simónides se alzaba
Mirando el cielo, el campo y la marina.


Y bañado de lágrimas el rostro,
Ansioso el pecho, el paso vacilante,
Empuñaba la lira:
"¡Oh felices vosotros
Que el pecho disteis a enemiga lanza,
En homenaje a la que os dio la vida!
Os honra Grecia y os admira el mundo.
En medio de los azares,
¿Qué amor movió las juveniles mentes
Y a temprano morir llevaros pudo?
¿Cómo tan dulce, oh hijos,
Os fue la hora final, que sonriendo
Fuisteis al trance lamentable y duro?
¡Dijérase que al baile y no a la muerte
Ibais vosotros, o a festín glorioso,
Y en cambio, os esperaban
El orco y la onda muerta!
Ni visteis a la esposa y al querido
Hijo, cuando en la playa
Sin un beso moristeis, ni un gemido.


"Mas no del Persa sin horrendo duelo,
E inacabable angustia:
Como león en medio de un rebaño,
La res asalta y le desgarra el lomo
Con la potente zarpa,
Y a otras los flancos y los muslos muerde,
Tal, en medio de los persas, se encendía
La rabia en los helenos corazones.
Mira en tierra caballo y caballero;
Obstáculo a la fuga
Los carros son y derribadas tiendas;
De los suyos al frente
Huye el tirano, desgreñado y mustio,
Y bañados y tintos
En la sangre del bárbaro los griegos,
Motivo al persa de infinito llanto,
Vencidos por sus llagas, desfallecen
Y uno sobre otro mueren. ¡Viva! ¡Viva!
¡Oh felices vosotros
Mientras la humanidad hable o escriba!


"Primero, de los cielos desprendidos,
Cayendo al mar, estallarán los astros
Que el amor y la gloria
Que conquistasteis, mengüen.
Vuestra tumba es un ara. Aquí la madre
Vendrá a mostrar al párvulo la hermosa
Huella de vuestra sangre. Yo, postrado
¡Héroes! sobre este suelo,
El césped beso y las desnudas rocas,
Que alabadas serán eternamente
Del uno al otro polo.
¡Ah! ¡Si yo aquí yaciera y si regado
Hubiera con mi sangre esta alma tierra!
Mas si mi suerte es otra y no permite
Que por la Grecia los murientes ojos,
Cierre en la lid cruenta,
Que a lo menos la intacta
Fama del vate que os cantó, perdure
Y el numen le conceda
Tanto durar cuanto la vuestra dure".







Canto IX. Último canto de Safo


Plácida noche y pudoroso rayo
De la luna que muere; y tú que naces
Sobre la roca, entre la muda selva,
Nuncio del día; ¡oh caras, deleitosas
Apariencias, mientras desconocía
El hado y la pasión! ; ya no sonríe
Dulce visión al desolado afecto.
Sólo se aviva nuestro gozo insólito
Cuando en el éter líquido girando
Va, y por los campos trepidantes, la ola
Polvorienta del noto, y cuando el carro,
Grave carro de Júpiter, divide,
Sobre nuestra cabeza, el aire oscuro.
Nos place, por barrancos y hondos valles,
Nadar entre el turbión, y ver la fuga
De espantados rebaños, y del río
En la insegura orilla
La vencedora ira de la onda.


Bello tu manto es, divino cielo;
Bella tú, húmeda tierra. ¡Ay!, de esta inmensa
Beldad parte ninguna concedieron
Los dioses y la suerte despiadada
A la mísera Safo. En tus soberbios
Reinos, Natura, esclavo y grave huésped
Y amante despreciada soy, y en vano
En tus graciosas formas, suplicante
Fijo los ojos. Para mí no ríen
La abierta playa ni de etérea puerta
El matutino albor; no me saludan
El canto de pintados pajarillos
Ni el murmullo del haya; ya la sombra
Del inclinado sauce, donde corre
Del candoroso arroyo el puro seno,
A mi lúbrico pie la ondeante linfa
Esquiva desdeñosa
Y huye de las riberas perfumadas.


¿Qué pecado, qué exceso tan nefando
Manchó mi nacimiento, que tan torvos
Se me mostraron cielos y fortuna?
¿En qué pequé de niña, cuando ignara
De maldad es la vida, que privada
De juventud, y desflorado, el huso
De la inflexible Parca retorcía
Mi oscuro hilo vital? Incautas voces
Tu labio esparce; el destinado evento
Rige arcano poder. Arcano es todo
Menos nuestro dolor. Prole olvidada,
Para el llanto nacemos, y el motivo
Sólo los dioses saben. ¡Oh esperanzas
De la más verde edad! A la apariencia
El Padre dio en el mundo eterno reino;
Y por grandes que sean las empresas,
Docto el canto o la lira,
No luce la virtud en feo manto.


Moriremos. Caído el velo indigno,
Desnuda el alma bajará al averno,
Y el crudo fallo enmendará del ciego
Dispensador de eventos. Tú, que hondo
Amor y fe me inspiras, por quien vano
Furor me oprime de áspero deseo,
Vive feliz, si puede en este mundo
Feliz alguien vivir. Por mí no vierte
El suave licor del vaso avaro
Jove, después que el sueño y los engaños
De mi niñez murieron. Los alegres
Días de juventud rápidos pasan.
Quedan los males, la vejez, la sombra
De la gélida muerte. Así, de tantos
Gratos errores y esperadas palmas,
Resta el Tártaro; y va el osado ingenio
A la tenaria diosa,
La oscura noche y la silente orilla.










Canto X. El primer amor
             
Vuelve a mi mente el día en que el combate
Sentí de amor por vez primera, y dije:
"¡Ay de mí, si es amor, cómo acongoja!"


Con los ojos clavados en la tierra,
Yo contemplaba a aquella que, inocente,
Mi corazón hizo vibrar primero.


¡Ay amor, y cuán mal me gobernaste!
¿Por qué tan dulce amor debió consigo
Llevar tanto dolor, tanto deseo,


Y ni sereno, ni íntegro y sencillo,
Mas lleno de lamentos y de afanes,
Bajó a mi corazón tanto deleite?


Y dime, tierno corazón, ¿qué espanto,
Qué angustia era la tuya al pensamiento
Junto al cual era hastío todo goce?;


El pensamiento aquel, que, lisonjero,
Se te ofreció en la noche, cuando todo
Quieto en el hemisferio aparecía.


Tú, infeliz venturoso e intranquilo,
Me fatigabas el costado sobre
El lecho, fuertemente palpitando.


Y cuando triste, exhausto y afanoso,
Yo los ojos cerraba, delirante
Como por fiebre, el sueño no acudía.


¡Oh, qué viva surgía en las tinieblas
La imagen dulce, y los cerrados ojos
La contemplaban bajo de los párpados!


¡Qué latidos suavísimos sentía
Recorrerme los huesos, qué confusos,
Mudables pensamientos en el alma


Alzábanse, lo mismo que en las copas
De antigua selva el céfiro soplando
Arranca un largo y trémulo murmullo!


Mientras callaba, sin luchar, ¿qué hiciste,
¡Oh corazón!, cuando partía aquella
Por quien pensando y palpitando vivo?


Me sentía quemado lentamente
Por la llama de amor, cuando la brisa
Que la avivaba se extinguió de pronto.


El nuevo día me encontró sin sueño,
Y al corcel que debía dejarme solo
Piafar oía ante el paterno albergue.


Y yo, tímido, quieto e inexperto,
En el balcón oscuro, inútilmente
Aguzaba la vista y el oído


Esperando escuchar la voz que de unos
Labios debía salir por vez postrera;
Aquella voz que el cielo ¡ay!, me vedaba.


¡Cuántas veces el vacilante oído
Plebeya voz hirió, y heló mis venas
E hizo latir el corazón con fuerza!


Y cuando al corazón bajó el acento
De aquella voz amada, y se escucharon
De carros y caballos los rumores,


Me quedé ciego, me encogí en el lecho
Palpitando, y, cerrados ya los ojos,
Oprimí el corazón entre mi mano.


Luego, arrastrando las rodillas trémulas
Por la callada estancia, tontamente,
Decía: "¿Qué dolor puede ya herirme?"


Amarguísimo entonces, el recuerdo
Se me emplazó en el pecho, y se oprimía
A toda voz, ante cualquier semblante.


Largo dolor mi mente iba minando,
Cual lluvia que al caer del vasto Olimpo
Melancólicamente, el campo baña.


No sabía de ti, garzón de nueve
Y nueve soles, a llorar nacido,
Cuando en mí hiciste la primera prueba.


Y el placer desdeñando, no me era
Grato el reír de un astro, ni el silencio
De la aurora, ni el verdecer del prado.


También faltaba el ansia de la gloria
Del pecho, al que inflamar tanto solía,
Pues la borró el amor por la belleza.


Desatendí el estudio acostumbrado
Y lo creía vano, porque vano
Cualquier otro deseo imaginaba.


¿Cómo pude cambiar de tal manera
Y que un amor borrara otros amores?
En verdad, ¡ay de mí!, cuán vanos somos.


Mi corazón tan solo me placía,
Y de un perenne razonar esclavo
Espiaba el dolor que lo embargaba.


La vista fija en tierra o abstraída,
Insoportable me era ver un rostro
Fugitivo, ya fuese hermoso o feo,


Pues temía turbar la inmaculada,
Cándida imagen en mi mente fija,
Cual la onda del lago turba el aire.


Y aquel no haber gozado plenamente
-Que de arrepentimiento llena mi alma
Y el placer que pasó cambia en veneno-


En los huidos días, a mi mente
Estimula; que de vergüenza el duro
Freno mi corazón ya no sujeta.


Juro a los cielos y a las nobles almas
Que nunca un bajo anhelo entró en mi pecho,
Que ardí en un fuego inmaculado y puro.


Vive aquel fuego aún, vive el afecto,
Alienta en mi pensar la bella imagen
De quien, si no celestes, otros goces
Jamás tuve, y sólo ella satisface.












Canto XII. El infinito (Versión I)


Amé siempre esta colina,
Y el cerco que me impide ver
Más allá del horizonte.
Mirando a lo lejos los espacios ilimitados,
Los sobrehumanos silencios y su profunda quietud,
Me encuentro con mis pensamientos,
Y mi corazón no se asusta.
Escucho los silbidos del viento sobre los campos,
Y en medio del infinito silencio tanteo mi voz:
Me subyuga lo eterno, las estaciones muertas,
La realidad presente y todos sus sonidos.
Así, a través de esta inmensidad se ahoga mi pensamiento:
Y naufrago dulcemente en este mar.














Canto XII. El infinito (Versión II)


Siempre querido me fue este yermo cerro
Y este cerco que tanta parte
A la mirada excluye del último horizonte.
Mas, sentado y mirando interminables
Espacios de allá lejos, sobrehumanos
Silencios y su hondísima quietud,
Me quedo ensimismado hasta que casi
El corazón no teme. Y como el viento
Cuyo tráfago escucho entre las hojas, a este
Silencio sin fin esta voz
Voy comparando, y pienso en lo eterno
Y en las muertas estaciones y en la viva presente,
Y sus sonidos. Así a través de esta
Inmensidad se anega el pensamiento mío;
Y naufragar en este mar me es dulce.










Canto XIV. A la luna


Oh tú, graciosa luna, bien recuerdo
Que sobre esta colina, ahora hace un año,
Angustiado venía a contemplarte:
Y tú te alzabas sobre aquel boscaje
Como ahora, que todo lo iluminas.
Mas trémulo y nublado por el llanto
Que asomaba a mis párpados, tu rostro
Se ofrecía a mis ojos, pues doliente
Era mi vida: y aún lo es, no cambia,
Oh mi luna querida. Y aún me alegra
El recordar y el renovar el tiempo
De mi dolor. ¡Oh, qué dichoso es
En la edad juvenil, cuando aún tan larga
Es la esperanza y breve la memoria,
El recordar las cosas ya pasadas,
Aún tristes, y aunque duren las fatigas!














Canto XV. El sueño




Era el alba, y detrás de los postigos
Por el balcón el Sol insinuaba
La luz primera en mi cerrada alcoba;
Cuando en el tiempo que es más leve el sueño
Y más suave cubre las pupilas,
Junto a mí vino, y me miró a la cara
El simulacro de la que primero
El amor me enseñó y me dejó el llanto.
No parecía muerta sino triste,
Con semblante infeliz. Con la derecha
Cogiendo mi cabeza y suspirando
"¿Vives –me dijo– y guardas de nosotros
Algún recuerdo?" Respondí: "¿De dónde
Y cómo vienes, oh belleza? ¡Ah cuánto,
Cuánto pené por ti: yo no pensaba
Que pudieras saberlo, y esto hacía
Aún más desconsolado mi dolor.
¿Pero vas a dejarme una vez más?
Lo temo mucho. Di, ¿qué te ha ocurrido?
¿Eres tú la de ayer? ¿Y qué te aflige
Eternamente?". "Ofusca la olvidanza
Tu pensamiento, y lo confunde el sueño
-Dijo-. Estoy muerta, y hace muchas lunas
Me viste por postrera vez". Inmenso
Dolor el pecho me oprimió al oírlo.
Y prosiguió: "Morí en la flor del tiempo,
Cuando la vida es más hermosa, y antes
Que el corazón comprenda que son vanas
Las esperanzas. El mortal enfermo
Desea fácilmente a quien le libra
De afanes; mas la muerte sin consuelo
Llega a la juventud, y es duro el hado
De la esperanza extinta bajo tierra.


Vano es saber lo que a los inexpertos
De la vida natura les esconde,
Y al saber inmaduro en mucho gana
El dolor ciego." "Oh cara, oh sin ventura,
Calla, calla -le dije- pues el pecho
Tu voz me rompe. ¿Así pues, estás muerta,
Oh mi dilecta; y yo estoy vivo? ¿El cielo
Ordenó pues que aquel sudor extremo
Este cuerpo tan tierno y tan querido
Probar debiera, y para mí quedaran
Enteros mis despojos? ¡Cuántas veces,
Al pensar que no vives y que nunca
Te volveré a encontrar en este mundo,
No lo puedo creer! Ay, ay, ¿qué es esto
Llamado muerte? ¡Si hoy por experiencia
Lo supiese e inerme la cabeza
Sustrajera a los odios del destino!
Soy joven, mas se pierde y se consume
Mi juventud igual que la vejez
Que aún está lejos, pero que me espanta.
Pero de la vejez poco difiere
De mis años la flor". "Los dos nacimos
-Dijo- para llorar; a nuestra vida
La dicha no rió; y se gozó el cielo
Con nuestras penas". "Si de llanto el párpado
-Añadí- y mi semblante emblanquecido
Por tu partida ahora, y si de angustia
Llevo el pecho cargado, di, ¿de amor
Ascua alguna, o piedad alguna vez
Hacia el mísero amante ardió en tu pecho
Cuando vivías? Yo desesperando
Y esperando pasaba día y noche
Entonces; y hoy se cansa en vanas dudas
Mi mente. Que si al menos una vez
Dolor sentiste de mi negra vida
Dímelo, te lo pido, y me socorra
El recordar, pues de futuro privan
A nuestros días”, y ella: "Oh desdichado,
Consuélate. Yo de piedad avara
En vida no te fui, ni ahora lo soy,
Mísera yo también. No tengas queja
De esta desgraciadísima muchacha".
"Por nuestra desventura y el amor
Que me oprime -exclamé- por el querido
Nombre de juventud, y la perdida
Esperanza, permíteme, oh amada,
Que tu derecha toque". Y con un gesto
Triste y suave me la dio, y al tiempo
Que de besos la cubro, y de afanosa
Dulzura palpitando a mi anhelante
Seno la aprieto, de sudor hervían
Pecho y rostro, la voz se me cortaba,
Y vacilaba el día ante mis ojos.
Cuando ella tiernamente su mirada
Fijó en la mía, "¿Olvidas, oh querido,
-Dijo- que estoy desnuda de belleza?
Y tú de amor en vano, oh desdichado,
Tiemblas y ardes, y ahora, al fin, adiós,
Nuestros cuerpos y mentes se separan
Eternamente. Para mí no vives
Y nunca vivirás. Ya rompió el hado
Tu fe jurada". Entonces con angustia
Yendo a llorar, y delirando, henchidas
Las pupilas de llanto sin consuelo,
Dejé el sueño. Mas ella sin embargo
Quedó en mis ojos. Y en el rayo incierto
Del Sol me pareció seguirla viendo.












Canto XVI. La vida solitaria


La lluvia matinal, cuando las alas
Batiendo, salta alegre la gallina
En la cerrada estancia, y el labriego
Sale al balcón, y la naciente aurora
Vibra su rayo trémulo, esmaltando
Las transparentes gotas, en mi albergue
Dulcemente llamando, me despierta.
Salgo, y la leve nubecilla, el canto
Primero de las aves, la aura grata
Y de las playas la quietud bendigo.
Harto os he conocido, infaustos muros
De la ciudad, en donde el odio sigue
Y acompaña al dolor: ¡que en la desgracia
Vivo y he de morir, quizás en breve!
Un resto de piedad tienes, Natura,
Para mí en estos sitios, ¡ay!, un tiempo
Más compasivos a mi mal. Tú apartas
Del triste la mirada, y desdeñando
Los dolores y afanes, a la reina
Felicidad te humillas. El que sufre
No halla en cielo ni tierra amiga mano,
Ni otro refugio encontrará que el hierro.


Tal vez me asiento en solitaria parte,
Sobre una altura que domina un lago
Coronado de plantas taciturnas;
Allí, cuando al cenit radiante asciende
El sol, refleja su tranquila imagen,
Y ni hoja o yerba se conmueve al viento;
No se ve ni se siente a la redonda
Encresparse las olas; ni su canto
Entonar la cigarra; ni las plumas
El pájaro agitar entre las hojas,
O retozar la mariposa leve.
Calma profunda envuelve aquella orilla,
Donde yo, inmóvil, reposando, casi
Del mundo odioso y de mi ser me olvido;
Y pienso que mis miembros se desatan,
Que se extingue el sentir y que mi antigua
Calma con la del sitio se confunde.


¡Amor, amor! Ha tiempo abandonaste
Este mi corazón, que antes ardía
Hasta abrasar. Con su aterida mano
Oprimióle el pesar, y en duro hielo
En la flor de mis años convirtióse.
Acuérdome del tiempo en que viniste
A habitar en mi pecho. Era aquel dulce
E irrevocable tiempo, cuando se abre
Al ojo juvenil la triste escena
Del mundo, cual soñado paraíso.
El tierno corazón ledo palpita
De virgen esperanza y de deseos,
Y se lanza a la acción, como pudiera
Al juego y a la danza. Mas tan pronto
Como pude entreverte, la fortuna
Mi existencia rompió, y a mis pupilas
Tocó por suerte sempiterno lloro.
Si alguna vez por los abiertos campos
En la callada aurora, o cuando brillan,
Al sol techos, collados y llanuras
Miro de hermosa jovenzuela el rostro;
Si alguna vez, en la serena calma
De estiva noche, el paso vagabundo,
De la ciudad en derredor guiando,
La hosca tierra contemplo, y de afanosa
Niña, que activa nocturnal faena,
Oigo sonar en la apartada estancia
El canto melodioso, se conmueve
Mi corazón de piedra; pero torna
Pronto el férreo sopor que es ¡ay!, extraña
Toda suave emoción al pecho mío.


Oh cara Luna a cuya luz tranquila
Danzan las liebres en el bosque, dando
Enojo al cazador, que a la mañana
Halla intrincadas las falaces huellas
Que del cubil lo alejan: ¡salve, oh reina
Benigna de las noches! Importuno
Entra tu rayo por selvosos riscos
O en ruinoso edificio, iluminando
El puñal del ladrón, que escucha atento
Fragor de ruedas y de cascos duros
Y rumor de pisadas en la vía,
Y saliendo de pronto, con estruendo
De armas y roncas voces, y el ceñudo
Aspecto, hiela al tímido viandante
A quien desnudo y semivivo, deja
Entre las piedras. Importuno baja
También tu blanco rayo a las ciudades
Sobre el vil corruptor que se desliza
De los muros al pie, y en las espesas
Sombras se oculta, y párase y se asusta
De la luz que difunden los abiertos
Balcones. Importuno a los malvados,
A mí siempre benigno, tu semblante
Aquí será, do sólo me descubres
Risueñas cuestas y espaciosos campos.
En otro tiempo, lleno de inocencia,
Tus bellos rayos acusar solía,
Cuando me denunciaban de los hombres
A la mirada, en la ciudad, o cuando
Ver me dejaban el humano aspecto.
Ora los celebraré, ya te mire
Envolverte entre nubes, ya serena
Dominadora del etéreo campo,
Esta morada mísera contemples.
A menudo verásme, solo y mudo,
Errar por bosques y por verdes ribas,
O yacer en la yerba, satisfecho,
Si aún el poder de suspirar me queda.










Canto XVIII. A su dama


Cara beldad que, ausente,
Amor me inspiras, o escondiendo el rostro
Salvo que el alma ardiente
En el sueño tu sombra no sorprenda,
O en el campo en que esplenda
Más claro el día y la creación más pura,
¿Acaso el inocente Siglo de Oro
Colmaste ventura,
Y eres en esta vida alado espíritu,
U ocultándote ahora suerte avara
Para futuras horas te prepara?


Poder mirarte viva
Mi corazón no espera,
Sino en el día en que desnuda y sola
Por nueva ruta a peregrina esfera
Marche mi alma. En el albor primero
De mi jornada incierta y tenebrosa,
Te imaginé viajera,
Por el árido mundo. Mas no hay cosa
Que aquí se te asemeje, y aunque alguna
Recordase tu rostro, nunca fuera
En actos y en palabras tan hermosa.


Entre tantos dolores
Como a la vida humana ofrece el hado,
Si verdadera y cual te pinta el alma
Te amase algún mortal, para él sería
El vivir más preciado.
Bien claro veo que tu amor me haría,
Cual en los verdes años, todavía
Ansiar gloria y virtud. En vano el cielo
Esquivo se mostrara a mis afanes;
Que al lado tuyo este mortal camino
Fuera un sueño divino.


Por los valles, que escuchan
Del laborioso agricultor el canto,
Y donde me lamento mientras huye,
El ilusorio y juvenil encanto,
Y por las cumbres en que evoco y lloro
Los deseos sin fruto y de mi vida
La perdida esperanza, en ti pensando
Comienzo a palpitar. ¡Ah si pudiera,
En el ambiente tétrico y nefando
Del siglo, conservar tu imagen pura!
¡Ella sola endulzara mi amargura!


Si tú de las ideas eternales,
Eres una, de aquellas que de formas
Sensibles no vistió la eterna ciencia
Ni entre caducos restos
Soportan el dolor, de la existencia,
O si acaso en el cielo donde giras
Otra tierra te acoge entre sus mundos,
Y más bella que el Sol próxima estrella
Te alumbra, y más benigno éter aspiras,
Desde aquí, donde llora aquel que vive,
De ignoto amante la canción recibe.












Canto XX. La resurrección


Yo imaginé que, íntegro,
En mis años floridos
El dulce afán faltaba
De la primera edad;
El afán, el ternísimo
Latir del hondo pecho,
Todo lo que en el mundo
Hace grato el vivir.


¡Cuántas quejas y lágrimas
Vertí en el nuevo estado,
Cuando en mi pecho frío
Hasta el dolor faltó!
Faltó el latido sólito,
Faltó el amor incluso,
Y endurecido el pecho
Cesó de suspirar.


Y lamenté lo exánime,
Desnudo de mi vida,
La tierra desolada
Que el hielo recubrió;
Yermo el día; la tácita
Noche oscura más sola;
La luna y las estrellas
Se ocultan para mí.


Causa de aquellas lágrimas
Era el afecto antiguo:
Aún en lo hondo del pecho
Vivía el corazón.
Pedía sus imágenes
La fantasía exhausta,
Y la tristeza mía
Era dolor aún.


A poco hasta aquel último
Dolor también moría,
Y ya de lamentarme
Fui del todo incapaz.
Postrado, loco, atónito,
No demandé consuelo;
El corazón, perdido,
Muerto, se abandonó.


¡Qué fui! ¡Qué cambiadísimo
Está aquél que de ardores,
De errores tan dichosos
Su alma alimentó!
La golondrina rápida
De mi ventana en torno
Cantando al nuevo día,
No me causó placer,


Ni en el otoño pálido
En solitaria aldea
La vespertina esquila,
El fugitivo Sol.
Brillar en vano el véspero
Vi por mudos caminos;
En vano el triste canto
Del ruiseñor oí.


Esos ojos dulcísimos,
Furtivos y errabundos,
De amadores gentiles
Dulce amor inmortal,
Y esa mano que, cándida,
Se abandona en mi mano,
Disipar no pudieron
Mi penoso sopor.


De todo goce huérfano,
Triste, mas no aturdido,
Y plácido mi estado,
Serena era mi faz.
Hubiera ansiado el término
De la existencia mía,
Mas muerto era el deseo
Del laso corazón.


Como en la edad decrépita
Que avanza vil, desnuda,
El abril conducía
De mis años así;
Pasaron ya los plácidos
Días, corazón mío,
Que, breves y fugaces,
El cielo me otorgó.


¿Quién de la grave, incólume
Paz me despierta ahora?
¿Qué virtud nueva es esta,
Esta que siento en mí?
Movimientos, imágenes,
Latidos, dulces yerros,
¿Para ellos cerrado
Mi corazón está?


¿Sois acaso la única
Luz de la vida mía,
Los afectos perdidos
En la edad juvenil?
Si el cielo, o verdes márgenes,
Dondequiera que mire,
Todo dolor me inspira,
Todo placer me da.


Bosques, playas, montículos
Conmigo a vivir tornan;
Con el mar y la fuente
Habla mi corazón.
¿Qué me torna las lágrimas
Después de tanto olvido?
¿Cómo el mundo aparece
Cambiado a mi mirar?


¿Es la esperanza, oh mísero
Corazón, que sonríe?
¡Ay, de esperanza el rostro
Nunca volveré a ver!
Los engaños dulcísimos
Me dio naturaleza.
Adormeció mis ansias
La ingénita virtud.


No pudieron vencérmela
Ni el hado ni las cuitas,
Ni con su vista impura
La infausta realidad.
Con sus dulces imágenes
Ella no está de acuerdo;
Que la natura es sorda,
No tiene compasión.


Que no es del bien solícita,
Mas sólo de la vida;
Sólo el dolor le importa
E ignora lo demás.
Sé que no encuentra el mísero
Piedad entre los hombres,
Y que, huyendo, se burla
Todo mortal de él.


Ignora la vil época,
La virtud y el ingenio;
Que falta al digno estudio
La inútil gloria aún.
Vosotros, ojos trémulos,
Tú, rayo sobrehumano,
Lucís inútilmente,
No brilláis con amor.


Ningún ignoto e íntimo
Amor brilla en vosotros;
No guarda una centella
El blanco pecho en sí.
De otros los ternísimos
Cuidados pone en juego,
Y de un fuego celeste
Desprecio es la merced.


En mí ya siento vívido
El conocido engaño;
De sus propios latidos
Se asombra el corazón.
De ti sólo esta última
Energía procede;
Viene cualquier consuelo
Solamente de ti.


Siento que falta al ánima
Alta, gentil y pura,
La natura, la suerte,
El mundo y la beldad.
Mas si tú vives, mísero,
Si no cedes al hado,
No llames inclemente
A aquel que te creó.