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martes, 7 de febrero de 2012

5953.- ANDRÉS CISNEROS DE LA CRUZ


Andrés Cisneros de la Cruz. 1979, Ciudad de México. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM y Comunicación Social, en la UAM. Ha publicado los poemarios Vitrina de últimas cenas (2007), No hay letras para escribir tu epitafio (2009) y Como la nieve que dejan los muertos (Ediciones Pasto Verde, 2009, Poesía sin Permiso, 2010). Obtuvo el segundo lugar del Certamen Relámpago Internacional de Poesía Bernardo Ruiz (2008), mención honorífica en el Concurso Nacional de Poesía Jaime Sabines (1999) y otra mención en el Concurso Nacional de Poesía El Laberinto (2004). Creador y organizador del Torneo de Poesía Adversario en el cuadriláterO desde 2007, a la fecha. Y compilador, junto con Adriana Tafoya, de la antología de poesía independiente y sus editoriales 40 Barcos de Guerra. Ha sido incluido en diversas revistas y antologías nacionales de España, Portugal, Nicaragua y Argentina. Actualmente es editor de la revista y editorial VersodestierrO.





Del arte de construir lámparas oscuras


De la magia que da brillo a cada cosa
De cada radiación invisible al espejo cuántico detrás de los párpados
del lenguaje que reúne las cosas y las engrana en un solo ritmo
sin corromper su música
Del color que se desprende de la boca cuando dices despierta
del griterío sin proporción de las hojas cuando son aniquiladas
por tus pies desnudos de niña:


del canto secreto en cada cosa
quiero hablarte
y componer esta dulce canción que te provoque a sentir
las frecuencias que dilatan nuestras emociones:
estructuras brillantes del más profundo néctar en el núcleo de los pensamientos.
De una lámpara que abre el camino del sueño
mientras la mirada obscurece para elevar el telón de la Noche que existe
en la esfera humeante de los ojos cuando duermes.


La encontrarás en cada ruido, en cada gota de agua, cada pupila o duda
en el pabilo de la velas muertas
o en el hueco que deja la sombra cuando la luz se asienta sobre la cama.


Recuerda hija que las cosas no deslumbran porque rocen en ellas las pelusas del sol
sino por la sombra de los átomos
que cosquillea, tanto, su materia
que parecen distintas
para quien las mira con ojos cerrados.


Encuentra esta lámpara
que greca el limbo y el tálamo
y cuando lo hagas verás la substancia negra de la cual brota
toda luz que cabe en un millón de años
y entenderás al mar tejiendo el manto de la tierra
con los dedos de su espuma.


Las materias hermosas yacen en la penumbra latiendo.
Al amanecer pierden la forma que guardaron por la noche
y brindan su apariencia a la reflexión sumisa de la luz.
La luz borra los relieves que la verdad surca en ellas
un laberinto de signos, trazos que forman el alfabeto
de lo que se lee con las manos
y no con el efímero corazón de la retina.


Embelésate Manon cuando abras la mirada
y sientas a la nieve tocarte con mano fría
No recuerdes la luz que ciega al recién nacido
—sino el dolor hermoso del que pare—
y ahí
te encontrarás —sola con tu lámpara oscura.
Cambiará la densidad del agua
y llegará el mar
pero tendrá otro nombre.


















Ejercicio para demostrar de diversas formas la inexistencia de la locura


I


E infinitos son los ojos que delinean el círculo.
Sus párpados dan noche a la mirada, y la mirada apariencia de noche a las cosas.
Soy más o menos loco, pensó Pessoa,
y el cuajo envolvió al ojo, y se abrió la puerta ¾hacia la cuenca del miedo.
Alcanzar a percibir (¿esto?) es dejar de caminar en
esta calle con piedras cuadradas(?)
flechas que avanzan arriba-abajo. ↔ Roturas
De qué admirable criptografía nació este vicio
de vivir en ciudades, de medir la vida en metros cuadros,
meterla en cubos de diez por diez, en la coladera que ahí enfrente está
succionante: extractor de pensamientos que todo lo convierte en tierra.


Así,
el hombre que (duerme? en la barra) extiende su brazo
y me enrolla la mano, me saluda con un espira que forman nuestras manos (lalpuléahuli ¾dijo)
es un gesto de igualdad trata de explicarme


¿y es igualdad lo que me enseña?


(entonces)


es mandala
om dice
om naciente


Estoy en la ventana para ver lo que vive en penumbras antes del amanecer.
Aunque resulta siempre es a mí a quien miran sedentario esos nómadas
que caminan hacia la muerte.


Pero al final ellos entran y toman asiento, trabajan.
Luego toman un descanso. Y salgo a caminar ─hacia el nicho.
Al mismo punto del que ahora parto. Y trabajosamente aprendo
a entender que un día no volveré a este sitio.


Ese mundo (no luz/ no tiempo/ no materia)
que vemos cuando dormimos es la Casa eterna de nuestro reposo.
Lo demás continúa infinito su camino.






II


Hay quienes piensan en la Locura e incluso se asumen locos.
O loco piensan al kamikaze que se colocó 10kg de explosivo
y se repartió como pan en boca de los escépticos.
O (loco) también al de lenta mente
con daño cerebral
porque (simplemente) nació para morir
sin posibilidad de evitarlo (es tan dura la vida para quien lucha contra la muerte)


Santa Locura
¾que nos salvas de un mundo peor¾
rezan los padres-hijos
estos exhibicionistas que copulan en el metro
o aquellos que toman sólo el alimento si ha sido cocido
o prefieren degustar muertos frescos, vegetales
a cadáveres de carnosos mamíferos.
Cuán locos están todos.
Los acaparadores del poder
paranoicos de que un día volteemos
a verlos, y decidamos que son unos pobres dementes.
Se enferman pensando en qué habrá de sucederles si la locura
se apodera de este mundo.
Y lo salvan incluso ¾una y otra vez¾ seguros
destrozan a los niños esquizoides de países iracundos
incapaces de sanarse con la risa
y todo por culpa de los excéntricos, no parafílicos, que vienen a destruir el mundo.


También están los que comen insectos, piel de sombra
o que empeñan su vida en salmos para ser consentidos por la mano
que les acaricia el lomo:
los que dejan de comer para ser un Tigre.


Qué felicidad la de los cuerdos
desnudos todos en el tranvía riéndose, con tabaco en mano,
de todos los locos que afuera se agarran a golpes con cerdos de botas.
Es tan graciosa esta función donde los desequilibrados
son incapaces de amar, tenderle la mano al Misterio
o recibir, puño con puño, la gracia de los desconocidos,
maniáticos incapaces de dar un beso
por miedo a ensuciarse la boca
con el labial de la vida.










Canto tallado hacia dentro (fragmentos)






I


En la palabra Muerte no caben todas las muertes
ni todos los cuerpos en Lápida.
La palabra Río guarda toda el agua de los ríos,
apuntó algún ficcionista. Fue una mala historia.
Al final de la tarde es necesario inventar palabras,
o al menos deformar algunas. Si dices: río, es mentira.
El ahora es diferente. Lo que existe es incontenible,
se quedan cortos los dedos, la tilde sobre las grafías,
las uñas en los glifos alcanzan sólo a rasguñar los cristales
de la materia, y lo más que se logra, es reducir en una copa
a la noche como tinto dentro de una palabra.




II


Nada cabe en la palabra Río.
Ni tiene fronteras su frenético cause.
Igual que Muerte intenta deshacerse de la muerte
cada vez alguien la pronuncia,
se quedan cortas las palabras. Y el río empuja las piedras
que le contienen; adoquines en sus orillas.
Los costales de grava se vuelven diminutos sacos
de una gramática insuficiente, para retener
el agua cargada de todas las cosas que no se dicen,
de todo lo que en un remolino no cabe,
de aquello que no alcanzó a decir un chiquillo
antes de ser arrastrado por la corriente que se precipita
y desborda. Nadie logra decirlo. Ningún número
conseguirá contar lo que se pierde en la enredadera
de las posibilidades.


Las letras se aferran al vacío que ocupan,
al espacio, para encerrar con los barrotes de su grafía,
el nido de lo tangible. Tratan de cultivar el agua,
con errónea bravura, pero a veces, vale la pena quedarse callado,
y destruir con el ruido silencioso de la página blanca
la insistencia cavilante de las letras. Parvada de mirtos:
escucha, mejor será que te entregues a la grifa del mar.
Mejor retorna al centro del jardín, idéntico a una flor,
a nuestra boca lo mismo que un beso, para que regrese el día
inesperado y húmedo, como la primera vez
que algo se fue de nuestro control. Igual que la vez primera
que vimos la espalda de nuestra madre, alejándose,
para no volver a mirar su rostro.
Respira profundo
y siente,
cómo se elevan tus lágrimas.




III


…no quiero hacer un poema hermoso
sino filoso, roto, que corte la mirada
para poner detrás palabras muy prosaicas:
como hambre, como patria, como amor.
Ángel Carlos Sánchez




Si tienes la verdad en un puño, arroja esa piedra al río.
Unos quieren meter absolutamente todo en Esperanza,
y realizan largas procesiones, multitud de inmolados cuerpos,
para llenar esta palabra tan flexible como el vientre de una perra.
Llenan la palabra Libertad con escaparates luminosos; tres caminos
para llegar al mismo cielo. Parece que aquí nadie se ha percatado
de que no existe izquierda o derecha, únicamente un centro que devora
cada trino, cada ser. Fantástico sería encajar el mapa entero de este terruño
en la palabra México: aunque es demasiado minúscula para la cantidad de majada,
que tal vez, en Universo mejor cabría. Pero también le queda zancona;
no puede meterse ahí tanta infinidad de razas. Tendríamos que ajustar
una palabra más suelta, más gorda. Dicen que todo se cuadra en un huevo.
Pero tantos “reyes” no saben vivir juntos a la fuerza en palabras tan cortas;
México, Libertad, Esperanza, Universo, son insuficientes
para esta bota americana en donde ya nadie cabe.
Y esto es un buen principio para todos,
los que desde afuera, empezamos a construir hacia dentro.






IV


Por las manchas que veo en mi pupila,
puedo saber que mis ancestros fueron asesinos.
Por lo que alcanzo a ver en mis ojos, sé que mis abuelos fueron asesinos.
Por las líneas en mis manos advierto, que mis padres torturaron
a innumerables familias. Alcanzo a distinguirlo en el color de mi piel.
Recuerdo que mis abuelos violaron a mis abuelas,
y que mis abuelas criaron a los padres de los que presiden.
Volteo hacia atrás y toco en galerías imperiosas de luz
la sangre con que hemos cantado esta matanza.
Un canto melancólico y triste, sumiso;
una falsa elegía. Canto hecho para perpetuar
los golpes que abollan, a manera de cuerpo, la mente.
Cómo resarcir y regresar las cabezas que de su sitio arrancaron
mis abuelos, mis abuelas. Trato de resarcirlo todo,
pero no tengo tiempo, sólo un instante. Y no me alcanza
para revertir tanto idioma bruto, tanta falacia vuelta castillo,
no me alcanza el aire para resistir contra tan elevado estiércol,
sin embargo en cada paso respiro, y sé mis pulmones son
el taladro del viento, que devasta la piedra y las ruinas de lo creado.












Cántico abismal del caminante


Ninguno de los tramos
que he pisado en esta tierra, me pertenece.
Yo solo estoy de paso.


Construir el pasaje de lo eterno,
codician los opresores.
Pero el más alto castillo —sea de hierro o palabra—
es un terrón de arena.


Yo, esta nota,
fuera de un pentagrama,
es lo que busco dejar
igual a una pista,
que en medio de la selva,
descubre a un extraviado
su propio laberinto:
esa casa que será sólida
si logra interpretar la sinfonía
abismal de su ser.


Manteniéndose inmóviles, algunos prefieren,
esperar la pesca. Ser un ancla
—redonda—
enorme.
Yo prefiero caminar,
no se me confunda con un transeúnte,
las sendas ya armadas, no me atraen,
porque todos los caminos —dicen—
llevan al mismo destino.


Tengo claro que nada nos pertenece,
como tampoco el río de la historia a los tiranos.
A veces fácil olvidan unos
que el origen es el párpado que cubre
la ruta infinita
hacia la madre de todas las cosas.


Por eso cuando retorno sobre mis plantas, intento
volver distinto, y no confundir el origen,
para que ninguno de los tramos
que me concede la tierra, me pertenezca,
y reconocer así
—que al igual que los muertos—
yo solo estoy de paso siempre.










Como la nieve que dejan los muertos


(dos fragmentos)




Lo crucial de la verdad no es la verdad en sí.
Verdad está siempre, ahí, en estado crítico.


La belleza de la verdad
su real importancia está en cómo llegan a Ella los seres.
Su belleza se nos revela al momento de la muerte
y todos se llevan entre sus pertenencias
ese misterio.








*


Por eso tratamos de afinar agudamente el oído
y escuchar así el fluido de los muertos.