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miércoles, 11 de enero de 2012

5791.- LUISA PÉREZ DE ZAMBRANA




Luisa Pérez de Zambrana
(CUBA, 1835 - 1922 )
La obra poética de Luisa Pérez de Zambrana es una de las más distinguida representación del romanticismo en la literatura cubana. Sus poemas se distinguen por la claridad del lenguaje. Propio de la segunda era del romanticismo en la isla, su forma es natural, carente de excesos, la musicalidad es melodiosa, un delicado trinar femenino de profundos sentimientos.

Después de la muerte de su esposo en 1866, perdió a sus cinco hijos. Aquella que había tenido el honor de ser la que colocara la corona de laureles sobre la poetisa más excelsa del Nuevo Mundo, quedaba sola en esta tierra. Dolor infinito crearía algunas de las más bellas poesías con que hoy se deleita la literatura cubana.

Nacida en El Cobre, Oriente, desde jovencita ya se publicaban sus poesías en los periódicos. Colaboró para varias publicaciones en toda la isla, incluyendo "Álbum cubano de lo bueno y de lo bello", el cual era dirigido por la laureada Avellaneda

Obras fundamentales:
Poesías de la señorita Da. Luisa Pérez y Montes de Oca ( 1856 )
Poesías ( 1860 )
Poesías ( 1920 )






MI CASITA BLANCA


En medio de esta paz tan lisonjera
que nunca turba doloroso invierno
no sé por qué de mi alma se apodera
siempre un recuerdo pesaroso y tierno.


Un recuerdo tan grato como triste,
que convida a llorar, pero no abruma,
un celeste recuerdo que se viste
de aromas, de celajes y de espuma.


Que trae de un bosque la amorosa sombra,
que trae de un río el cariñoso ruido,
cuyo rumor dulcísimo me nombra
algún pasado que me fue querido.


No sé si es sueño; nero entonces creo
conocer el murmullo de la ola,
y entre las ramas levantarse veo
mi casita de guano, blanca y sola.


¡Oh mi verde retiro! quién pudiera
ver otra vez tus deliciosos llanos,
y quién bajo tus álamos volviera
como antes a jugar con mis hermanos.


Y ver mi lago de color de cielo
donde yo con mis pájaros bebía,
mi loma tan querida, mi arroyuelo,
mi palma verde a cuyo pie dormía.


Mis árboles mirándose en el río,
mis flores contemplando las estrellas,
mis silenciosas gotas de rocío
y mis rayos de sol temblando en ellas.


¡Oh mi casita blanca! recordando
el tiempo que pasara sin congojas,
viendo correr el agua y escuchando
el himno cadencioso de las hojas,


he llorado mil veces; que allí amaba
una rama de tilo, un soto umbrío,
un lirio, un pajarillo que pasaba,
una nube, una gota de rocío.


¡Oh mi risueño hogar! ¡oh nido amado!
lleno de suavidad y de inocencia!
que en tu musgo sedoso y azulado
se deshoje la flor de mi existencia.


Y cuando llegue entristecida y grave
la muerte con las manos sobre el pecho,
mire vagar como un celaje suave
el ángel de la paz sobre mi lecho.


Y al cerrar mis pupilas dulcemente
que vaya la virtud sencilla y pura
a apoyar melancólica la frente
en la cruz de mi triste sepultura.










DULZURAS DE LA MELANCOLIA


¡Pensativa deidad! ¡cómo diviso
tras ese velo de dolor amable
que tu semblante angelical esconde,
la adorable expresión de tu dulzura,
el suave brillo de tus ojos tristes,
tu mirada dulcísima y sombría
y en tu sonrisa compasiva y pura
la celeste bondad. ¡Melancolía!


¡Virgen que bajas de la luna triste,
y que llevas, con lágrimas del cielo
humedecidas las pupilas bellas!
en todas partes pálida te miro,
en el aire, en el éter, en el suelo,
entre las sombras de la noche grave,
en la luz de la luna, en las estrellas,
del viento gemebundo en el suspiro,
en el cantar armónico del ave,
y más que en todo, en la callada hora
en que el sol va ocultando sus fulgores
cuando plegan los céfiros sus alas
y bajan a dormir sobre las flores.


¡Es tan hermoso ver bañado el pecho
de blanda y celestial melancolía,
eclipsarse del sol el rayo de oro
con el postrer crepúsculo del día!
¡Es tan dulce mirar cómo derrama
allá en la cumbre de elevada sierra,
el genio grave de la noche augusta
su cabellera azul sobre la tierra!


¡Es tan grato mirar en el silencio
y en la tranquila soledad del campo
cómo destila en luminosas hebras,
rasgando los blanquísimos celajes,
su luz de perla la callada luna
entre el húmedo azul de los ramajes!


Tú respiras allí, Melancolía,
allí en silencio meditando vagas
y derramando por doquier que flotas,
dulce, embelesadora poesía,
en vago encanto el corazón embriagas.


En esa hora de quietud inerme
en el trémulo rayo de la luna
bajas del cielo blanca y fugitiva,
y en el aire que duerme,
velada por la sombra que en tu rostro
las alas de los ángeles esparcen,
te meces vaporosa y pensativa.


Y yo sigo tu vuelo entristecido,
porque tú sabes suavizar las penas
y del doliente corazón herido
los sufrimientos y el dolor serenas.


¡Oh Virgen ideal! ¡Melancolía!
en tu santa y poética tristeza
pueda siempre decir en lo futuro
mientras doblo en tu seno mi cabeza
y descienden las gotas de mi llanto:
“de la amable ilusión perdí el encanto,
pero hallé de la paz el bien seguro.”










HORAS POETICAS


La tarde asoma la diadema triste,
mueve la brisa con amor sus alas,
y montes y colinas a lo lejos
se ven en apacible ondulación.
Sobre las yerbas en silencio llueve
sus cristalinas perlas el rocío
y a recoger tan delicioso llanto
su cáliz abre con placer la flor.


Los crepúsculos vagos que la ciñen,
la estrella virginal que la corona,
y los celajes que en su frente velan
la aureola magnífica del sol;
del lago inmóvil los espejos tristes
que reproducen la sublime escena
¡cómo en profundo y religioso encanto
llevan el alma a meditar en Dios!


De esbeltas palmas ondulantes líneas,
de árboles verdes majestuosas calles
y altas colinas que parecen sombras,
o islas de misterio y soledad,
se retratan allá en el horizonte
o en el seno profundo de los mares,
cuyos vastos extremos se confunden
figurando una misma inmensidad.


Del mar se pierde la asombrada vista
en la brillante majestad serena,
cuyas inquietas y lucientes aguas
tocar parecen la región del sol.
Y en la infinita magnitud del éter
y en la bella extensión del océano
confundida la atónita mirada
flota en mares de luz y tornasol.


Con el manto de estrellas, y la luna
como un topacio en la divina frente,
aparece la noche derramando
melancólicas lágrimas de amor.
La reina de la pálida corona
al trono sube pensativa y casta,
y al mundo baña en celestial tristeza
su amable y sosegado resplandor.


Al verla enamorado y halagüeño
como un manto de trémulos diamantes
desplega el mar sus deslumbrantes olas
para ofrecer espejos a su faz.
Y ella sonriendo, la amorosa seda
deja de sus poéticos celajes
para mecerse en las azules ondas
de luciente y purísimo cristal.


¡Oh, cuánta deliciosa analogía
existe en estas horas ideales,
en esta lobreguez, este silencio,
en este mar de encantadora paz,
con las profundas emociones dulces
que rebosa mi seno conmovido,
con la ternura espiritual de mi alma,
con el llanto que corre por mi faz!


Pues el brillo dudoso de la tarde
o al pálido lucir de las estrellas,
¡cómo en celeste arrobamiento el alma
medita grave y recogida en Dios!
Y cómo anhela sumergirse entonces
en el azul y transparente cielo
para postrar la deslumbrada frente
y mirar de rodillas su esplendor.








AL SOL


Detén del mundo sideral el paso,
¡rey de la inmensidad!, que mi alma ardiente
bañarse anhela en tu radioso oriente,
y como águila audaz, sobre tu cumbre
contemplar de placer estremecida
tu vasto mar de centelleante lumbre.
¡Oh cuan dichosa, desde allá, tendiera
mi serena mirada sobre el mundo,
y, sensible, a la vez compadeciera
de sus desventurados habitantes
la triste condición!... Mas no, tampoco
fuera entonces feliz, que diome el cielo
un corazón que enternecido sufre
si mira padecer sus semejantes.
¡Oh hermoso bienhechor de lo creado,
cómo a tu claridad rica y ardiente
se colora mi faz, late mi seno,
se reanima mi espíritu, retoza
la sangre entre mis venas, y respira
dulce frescura y juventud mi frente!


Que tú das vida y hermosura a todo;
tú floreces los valles, tú regalas
frondosa cabellera a los palmares,
lujosos ramos a la ceiba, al bosque
deliciosa verdura,
al suelo alfombra de floridas galas,
perfume al aura y transparencia pura;
tú revives, en fin, y tú das jugo
a todo lo creado...


¡Oh sol excelso!
al recibirte la creación gozosa
palpita de placer; naturaleza
coronada de trémulo rocío,
en júbilo rebosa
y se estremece el río,
y florece la cumbre,
y es todo el aire, suavidad y aroma,
cuando los baña en manantial de lumbre,
tu manto de oro que en oriente asoma.
Mas ya la frente pálida reclinas
desfallecida en el azul del cielo;
¡con qué gracia declinas,
cuando al ocaso entristecido vuelas!
¡cómo temblando en delicioso brillo,
con perlas luminosas de tu lloro,
el mar plateado velas
en una gasa vaporosa de oro!
Lucen las aguas, en vaivén luciente,
tornasolados y cambiantes prismas,
bañan el cielo transparentes olas
de nácar y carmín, que dulcemente
borra una luz celeste y plateada,
brillantes aureolas
ciñen tu regia sien...


Mas ya te abismas
en la tumba infinita y azulada:
¡detente, sol...! ¡Oh Dios! palideciendo
va su disco esplendente,
su riquísimo brillo desmayando,
sus rayos abismándose en las ondas
del profundo océano, lentamente
y más bello que nunca en la agonía
va, con pálido hechizo, sepultando
en los mares lejanos de occidente
su corona de luz...


¡Noche sombría,
que en gran silencio vas por el espacio
con la túnica azul tendida al viento!
¡Qué triste te contempla el pensamiento,
cuando entre sombras vagas,
callada, melancólica, despacio,
¡ay!, como de la envidia el sentimiento
con tus pardos crepúsculos apagas
la inmensa pira de oro y de topacio!










A MI ESPOSO


Dulce rayo de sol, que sorprendida
a mi alcoba de virgen tan querida
vi llegar una vez.
Y entrando con amor por mi ventana
me hablaste dulcemente de la Habana
y me hablaste de él.


Tú que alumbraste la mañana suave
en que, más tarde, con ternura grave
me condujo al altar
Tú que con majestad noble y sencilla
lo viste, conmovido, la rodilla
a mi lado doblar.


Dile como la joven temblorosa
que el ara santa consagró su esposa,
le ama, le adora hoy.
Dile con letras de tu lumbre bella,
que soy el alma soñadora aquella
que de lejos amó.


Dile también, como llorar me viste,
cuando partió del Norte helado y triste
a la hermosa región.
Y mi acerbo dolor y mi tristeza
cuando atrajo a su seno mi cabeza
para decirme adiós.


Dile que si las nubes por las lomas
enseñaban como alas de paloma
sus contornos de tul:
yo soñaba, de acá, que estaba viendo
su anhelado bajel que iba saliendo
del horizonte azul.


Y dile ¡oh rayo pálido y brillante!
a su alma melancólica y amante
y llena de inquietud,
que le amo tierna, con serena calma
y que este dulce amor late en mi alma
como un vaso de luz.


Y cuando deje de latir mi pecho
aún bajo las cortinas de mi lecho
gemirá mi laúd,
diciendo enternecido todavía
-para ti es esta triste melodía
de amor y de virtud.-










¡MAR DE TINIEBLAS!


DESPUES DE LA MUERTE DEL UNICO HIJO QUE ME QUEDABA


¿Amanece? ¿tengo alma? ¿el sol alumbra
este mar de tinieblas?
Las altas palmas, del suplicio antiguo
son las cruces inmensas?


El lucero del alba todavía
trémula centellea?
Son losas de sepulcros en el cielo,
las pálidas estrellas?


¿La luna, en los desiertos del vacío
yerta se balancea?
¿Son túmulos las nubes, y las olas
un sudario de perlas?


Triste como la sombra de la muerte
vengo a besar las piedras
que ocultan tus facciones adoradas
¡oh cubierto de tierra!


¡Hijo de mis entrañas! ¿en qué idioma
te diré mi tristeza?
Mira el cáliz de acíbar, y la sangre
que mi frente gotea.


Escucha de este seno en que apoyabas
tu faz de niño tierna
las olas de sollozos desoladas
que en su fondo se quejan.


Las lágrimas del huerto ¡oh flor de mi alma!
por mis mejillas ruedan,
y eterna llevo la mortal herida
en el costado abierta.


A todas partes que llorando torno
mi faz marchita y lenta,
miro tu rostro varonil y bello
dibujado en la esfera.


El águila del genio, su mirada
de bríllante fijeza
puso en tus ojos, y en tu noble frente
el dolor un poema.


Te vi bajar las gradas del sepulcro,
¡joven y altivo atleta!
impasible y olímpico y hermoso
como una estatua griega.


Vi de la eternidad, en tus mejillas,
la blancura cinérea,
y vi entre las antorchas funerarias
tu gallarda cabeza.


Y yo sentí de la última agonía
el temblor en mis venas,
y sentí mi razón cerrar sus alas,
como un mar que se hiela.


¡Cabellos ondulados y brillantes
que mis lágrímas besan!
¡Y tu tan oprimida por mis labios,
frente pálida y tersa!


Mi alma toda os bendice, de rodillas,
de lágrimas cubierta
y os sigue en los espacios infinitos
como enlutada vela.


¡Mano en que van los mundos! ¿qué es el hombre
en esta triste estepa?
¿a dónde va, cubierta la mirada,
con una venda negra?


Alumbra, con un astro, de la tumba
la enorme noche tétrica,
déjame ver si el ángel de la muerte
en la losa se sienta.


¡Oh Dios! que en este espejo formidable
tu gran sombra reflejas,
y el alma, como un ave luminosa,
transfigurada vuela.


¡Oh de la luna inmaculada y blanca
encaje de azucenas!
¡onda celeste de oro desprendida
del brillo de una estrella:


haced, haced ¡oh soles de la noche!
que yo en su tumba pueda
besar, temblando, sus dormidos ojos,
y a sus pies quedar muerta.












SOÑANDO CON MIS HIJAS


Sólo dejaron sus queridos pasos
hojas de nardo y azucenas nítidas,
y estelas brillantísimas de luna
sobre el triste turquí de estas colinas.


Y en sus frentes los nimbos temblorosos
como estrellas de plata, dulce y líquida
sobre el gran terciopelo de la noche
con sublime silencio se deslizan.


¡Oh manos de marfil tersas y suaves
por mis ardientes lágrimas ungidas!
¡oh rostros con los rizos inclinados,
que me veis en la tierra de rodillas!


Reclinadme en el mármol de la muerte
y pálídas, dolientes y divinas,
sollozando en el borde de mi tumba
¡mirad la inmensidad de mis heridas!










LA POESIA ESCLAVA


A AURELIA CASTILLO


Con túnica de nácar, pasa pura
una dulce, una espléndida figura
más blanca que el jazmín.


Es un ángel con alas estrelladas,
un ángel celestial que lleva atadas
las manos de marfil.


Tú eres esa beldad tierna y sombría
¡adorable y celeste Poesía!
¡prisionera inmortal!


¿Cuál es tu culpa, ¡oh cándida acusada?
-¡Sobre mi frente pálída y sagrada
llevar la Libertad!












LA TUMBA DE MARTI


A DULCE MARIA BORRERO DE LUJAN


Hay un sepulcro con un nimbo de oro
y allí enjugando su divino lloro
un arcángel en pie,
baña la santa losa ardiente y bella
de una radiante y solitaria estrella
la móvil brillantez.


¿De quién guarda esta tumba la memoria?
Aquí, bajo el sudario de la gloria
duerme un Rey inmortal,
rey de los pensamientos insondables
que tornó en certidumbres inefables
su grandioso ideal.


El genio errante, pálido y sin calma,
que sintió en las tinieblas de su alma
estremecerse un sol,
y sintió por sus sueños abrasada
nacer alas gigantes y estrelladas
en sus hombros de Dios.


¡Héroe sublime que la muerte hiela!
¡duerme! que un pueblo de rodillas vela
esta tumba, este altar,
pues de un iris espléndido ceñida,
de la rosa de fuego de tu herida,
surgió la Libertad.