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jueves, 5 de enero de 2012

5757.- CARLOS ORDOÑEZ



© Carlos Ordóñez






Carlos Ordóñez. Choluteca, Honduras 18 de marzo, 1982. Poeta y guionista, egresado de la Escuela Internacional de Cine y Tv, de San Antonio de los Baños, Cuba. Periodista egresado de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras.


Obra publicada: “Llanto alrededor” (poesía, 2003). Sus poemas aparecen en la antología “Papel de Oficio”, editada por Paíspoesible y la Secretaría de Cultura.


Participante del taller “Cómo contar un cuento”, impartido por Gabriel García Márquez. Ha escrito guiones para cine de ficción y documental filmados en Cuba.


Premios: Premio José Antonio Domínguez, de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (2001), Premio de Cuento de la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán (2002), Premio de Poesía de la Secretaría de Cultura de Honduras (2001).


Participante del XI Festival Internacional de Poesía de La Habana.


En el 2006 obtuvo el premio para desarrollo de guión cinematográfico de CINERGIA, Fondo de Fomento para el Audiovisual en Centro América y Cuba.








Pronóstico


Me voy a sentar.


Silenciosamente
alguien me acerca una silla o una cama,
igual que puede acercarme un ataúd.


El tiempo
ya no es un niño que corre
sino el terrible examinador de la vida:
ahora cruzo la calle y pienso a cuánto equivale un tropiezo.
Procuro no mirar hacia atrás cuando doblo una esquina,
y al levantarme de mi sitio
no sé si he dejado en la pared una parte de mi sombra.


¡La tristeza de observar la soledad
a través de una ventana me hace sufrir a gritos!


Voy a sentarme a contemplar el horizonte
hasta ver un puntito que viene a mí
y adquiere el rostro pálido de la Muerte.


Alguien me dice que no hay más esperanza que esa.
[Y yo le sonrío.]










LOS BURGUESES


Los he visto reir
pero son serios y precisos,
meditan em el color de los domingos,
contemplan las fábrics y ls señales de humo de sus empleados,
caminan despacio,
saludan amablemente a los jueces,
leen la Biblia sobre sus camas de agua,
aman la bachata y escuchan música protesta
cuando viajan en sus carros de vidrios negros.
Sus mansiones tienen caminos inexplorados,
patios para perderse a caballo
y amorosos mastines educados por asistentes ingleses.
Los burgueses aprenden a convivir con los miserables,
depositan cheques en blanco para la limosna de la iglesia,
asisten a la ópera y leen Romeo y Julieta,
organizan recitales y nunca entienden los poemas de Vallejo,
contemplan su belleza en los espejos luminosos
y en los cristales de la sala,
y después, cuando la noche cae,
se sienten felices e invencibles,
porque piensan que durante el día fueron buenos cristianos,
entonces duermen como búhos
nadando en un mar de oro puro y espanto.














Líneas para un autorretrato


Júbilo destrozado en bemoles,
fotografía adornada de recuerdos,
frases monótonas de sonidos domésticos.


Un violín con el alma rota,
un grito diluido en la luz dolorosa del silencio,
lágrima de cocodrilo durmiente,
barco ebrio, perdido, solo.


Me caigo a cada rato con un soplo de viento,
converso con los muertos
y aprendo a pronunciar sus melodías.


Espectro que tiembla,
gota de fuego,
inconforme como el viento,
prejuicio de puercoespín,
cementerio de cumpleaños,
callejón dormido
y polvo del ayer,
sin quererlo
he sido.






Carta


Desde luego
ya habrás afilado el odio y anudado la soga
y cuántos recuerdos y páginas imagino que rompiste.


Ya habrás caminado mucho
y seguramente será lunes para cuando leas la presente
después de abrir la ventana
desde donde día a día
puedes ver a los ricos divertidos de golf.


Pero déjame decirte
que en realidad es miércoles en Tegucigalpa
y vuelvo a caminar por las avenidas,
por las orillas de las aceras que engordan de tráfico,
por los hospitales y las librerías
donde encuentro cierta gente que parece huir de sí
[misma.


El cielo se abre como una herida,
a mis espaldas ruge la lluvia
y mientras camino
escribo en mi interior esta carta que nunca llegará.


Dime
dónde estarás, enemiga,
ahora que quiero consolar el súbito llanto
que vierte tu cólera frente al mar,
ahora que quiero asirte y arrancarte los pétalos
y amarte a fuego lento
hasta ver
tu cuerpo de barro
quemado
como una vasija que no soporta las sombras de su
[interior
y se rompe con el mismo dolor que nos une.












Víspera


Duermes como la noche,
como los dioses
que llenaron al mundo de barro y almizcle.


Tu sangre, tu pequeña fuerza oscura,
es un puño cerrado,
la mano que toca la luz de la ventana,
es la música del agua límpida que duerme como una
[laguna:
la dignidad de todos,
el llanto silencioso de una mujer
que sueña entre las tristes latitudes.


Hija,
pronto abrirás los bracitos
y pronunciarás mi nombre.












Infancia
(fragmento)


Hay una pradera de sangre en las calles.


Me parece que el sol no soporta el dolor de mi infierno.


Regreso con mi sombra a cuestas, y el beso –la música-, la alegría de una cola se abalanza en un abrazo. Mi perro, cabizbajo, tiene los ojos más humanos del mundo, y no me digo cómo es posible.


La maldad, en cambio, notable como un cerdo lleno de diamantes, no tiene cuerpo ni edad, sale de todas partes y camina de la mano de gente que conozco.


Entro. Y caigo, doblegado al triste silencio de un soldadito sometido a lo inmóvil.


Veo duros huesos que se reparten entre los lobos y las ovejas, hay aguijones penetrantes y frutas que segregan bilis.
Las ratas, ennoblecidas, huyen en desbandadas. Sufro porque los ojos de mi perro me piden un abrazo.


Por cierto que el odio no tiene nombre, ¡y hay tanta gente dispuesta a lanzar la primera piedra!














Llanto alrededoR


Para Roberto Sosa


Dejadme llorar
orillas del mar.


GÓNGORA




Como un enfermo de encierro,
como suele brotar la sangre de la herida,
con necesidad de respirar,
tragar un día dulce con la boca amarga,
abandonar la ruina,
arrancar del cuerpo mis siete trajes oscuros,
las corbatas,
las sucias camisas repetidas sobre las perchas.


Desnudo, sudando el veneno de ciertos sueños,
asumo la realidad igual que un condenado:
yo vengo de una enredadera de gritos
que quieren salir y desentrañarme.


Veo muertes que son el paisaje cotidiano,
hay sustancias de efecto lento y de color alucinante,
hay monedas en el fondo de las tazas que sirvieron el café
[de la mañana,
hay mujeres pariendo en las esquinas de los hospitales,
hay llantos de niños y quirófanos abandonados en las calles.


Como un virus
la maldad y la roña se expanden,
la sombra crece bajo el árbol podrido.


La muerte sacude el polvo
y el odio se establece en las esquinas, al acecho,
como los pordioseros que esperan el rojo de los semáforos.


Mis ojos abiertos o cerrados
no encuentran un rincón tranquilo,
no queda piedra sobre piedra en el mundo que respiro.


Que me dejen solo, por favor.
No hace falta decir que voy a llorar.












Oración


Dime por qué me parece
que tenemos un futuro cercado por todos los puntos,
por qué para sentirnos vivos
debemos tocar las heridas
como si fueran las notas dilatadas de un piano
[quejumbroso.


¡Las veces que he visto llorar
a una madre sobornada!


Somos los niños arropados de pies a cabeza,
horrorizados por la oscuridad
de un mundo
que se abre y se cierra como un párpado.


Y el ojo de la muerte,
a pesar de su mirada de águila
y su efecto de mordedura de serpiente,
padece de indiferencia.


Dime por qué caminamos
tanto, tanto, tanto,
y nunca estamos lejos,
por qué nos dejaron solos,
frente a una puerta o sobre un río,
abandonados,
a ver qué hacíamos
y hasta dónde llegábamos.










La casa del llanto


¡Qué silencio!
Hay una fragancia de violetas
que abre las puertas y atraviesa las ventanas.


Afuera
la muerte engaña
con sus ademanes disfrazados de días.


En casa sólo quedan pasillos poblados de insultos,
miradas que tildan,
voces que empujan hacia el abismo.


Tengo una fatiga de ser tan dolorosa,
un grito de sangre que quiero libertar
porque no puedo romper la lentitud de los relojes
ni destrozar los cristales
que me protegen con la espada del odio.


Desacostumbrado
a viejos rencores, a nuevas culpas,
a experiencias tempranas en las cosas tardías,
a que nadie comprenda mi vergüenza.
(Afuera
Tegucigalpa es un concierto de piedras y ventanas.)


Yo sobrevivo ante mis privilegios
(a solas maldigo a la gente que me rodea
y escribo cartas para romperlas):
bebo seis vasos de agua,
como dos o tres veces al día,
duermo sin sueño,
tengo un lugar dispuesto a mi cansancio,
hago felizmente el amor como un inválido
y tengo las respuestas para todas las cosas difíciles,
pero nunca encuentro esa palabra corta,
ese lenguaje claro, la bandera de luz que hace falta.


Sólo quiero salir,
deshabitar este cuerpo
sin fuerzas para soportar la llegada de diciembre.


Quiero dejar, pues, en las paredes de la casa,
mis lágrimas, mi color marchito,
mancharlas de mi ruina,
para que lloren y quieran derrumbarse de tristeza.


¿Y quién no querrá derrumbarse!








La muerte


Para Eduardo Bähr




Bajo cualquier pretexto
la vida es un funeral permanente,
un círculo donde aprendemos a ser y a sufrir
de igual manera
y vivimos
con el ridículo temor a equivocarnos.


Sin embargo
sabemos
que acertar
es sólo la idea de un disparo
atravesando lentamente el túnel de la memoria
y que somos las marionetas
que ensayan infinitas caídas y sucesiones,
precipitadas
hacia donde la Muerte yace, endiosada, sobre su
[trono
y se multiplica como una peste inexorable.


Por eso
resolví
comenzar a cavar mi tumba,
en silencio,
para que nadie me moleste,
para que la hipocresía no me encuentre con los ojos
[cerrados
ni me diga que descanse en paz,
para que únicamente yo
venga a visitarme, a regalarme flores, a llorar
o a morirme
de risa.








La tempestad


Es profunda la noche,
no queda una gota de sol.


No puedo sacarme del corazón el fuego de la
[Ciudad Doliente,
afirmo silencios sobre el desconsuelo,
le arranco a la tierra un pedazo de piel que empuño con
[dolor.


De pronto
que la noche inmensa cae encima de mi vida.


En la tierra
quedan las brasas, esas frutas que el aire deja caer
como la esperanza de un enfermo,
quedan los escombros,
la vida que quise alzar
para que el viento se llevara mi polvo.


La maldad no es sólo un animal sediento,
ni un perro que devora miembros…


En medio, el camino es angosto
y de nada sirve el regreso;
se pudrieron las frutas,
y aquí la noche y la palabra ausencia
tienen un sonido silencioso,
como de viento contra velas,
como un mar de otoño en las puertas del olvido.


Todo lo que antes parecía cielo,
ahora es una grieta que de un bostezo
se traga a la tierra entera.