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lunes, 2 de enero de 2012

5726.- REGINO PEDROSO


Regino Pedroso
Regino Pedroso y Aldama (Unión de Reyes, Matanzas, 5 de abril de 1896 - La Habana, 7 de diciembre de 1983) poeta cubano, en sus comienzos modernista, fue el iniciador de la poesía de temática social en su país.

Nació en Unión de Reyes, Matanzas, el 5 de abril de 1896. Abandonó los estudios a los 13 años de edad y trabajó como aprendiz de carpintero, en una fábrica de acero y en un taller ferroviario.

En los años 1919 y 1920 publicó sus primeros poemas en El Fígaro, Castalia y Chic. En 1927 dio a conocer en el suplemento literario del Diario de la Marina el poema Salutación fraterna al taller mecánico, con el que se inicia la poesía de temática obrera en Cuba.

En 1930 comienza a trabajar en la redacción del periódico La Prensa. También fue redactor y corrector de pruebas del periódico Ahora. Ese mismo año publica su primer libro, titulado Nosotros.

Formó parte del consejo de dirección de la revista Masas, órgano de la Liga Antimperialista de Cuba. En 1935 fue condenado a seis meses de prisión, por razones políticas, junto con los demás integrantes del consejo de dirección de dicha revista.

Obtuvo el Premio Nacional de Poesía de Cuba en 1939 por su libro Más allá canta el mar. Ese mismo año apareció publicada su Antología poética (1918-1938). En 1955 publica el libro de versos El ciruelo Yuan Pei Fu, en el que rinde homenaje a sus ancestros chinos.

Trabajó hasta 1959 en la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación. Posteriormente fue consejero cultural de Cuba en la República Popular China y en México. En 1975 se reunió toda su poesía en el libro Obra poética, con un estudio introductorio de Félix Pita Rodríguez.

Falleció en La Habana, en 1983. En su obra se reúnen las tres etnias conformadoras de la nacionalidad insular: la europea, la africana y la asiática, representadas por el propio poeta. Sus creaciones han sido traducidos al inglés, francés, ruso, portugués, chino, italiano, alemán, búlgaro y otros idiomas.

Obras

Nosotros. Poemas. La Habana, Editorial Trópico, 1933.
Antología poética (1918-1938). La Habana, Imp. Molina, 1939.
Más allá canta el mar... Poema. La Habana, Imp. La Verónica, 1939.
Bolívar, sinfonía de libertad. Poema. La Habana, P. Fernández, 1945.
El ciruelo de Yuan Pei Fu. Poemas chinos. La Habana, P. Fernández, 1955.
Poemas. Pról. de Nicolás Guillén. Antología. La Habana, Eds. Unión, 1966.
Obra poética. «Regino Pedroso y la nueva poesía cubana», por Félix Pita Rodríguez. La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1975.



YUAN PEI FU DESPIDE A SU DISCÍPULO

Cuando un pájaro está a punto de morir,
sus notas son tristes; cuando un hombre está
a punto de morir, sus palabras son buenas
De los diálogos del Lun Yu
¡Oh discípulo,
por vez postrera alcánzame la pipa!
No la de jade;
Aquella amarillenta de suave marfil viejo.
La que junto conmigo en lejanas mañanas
escuchara el gorjear de las aves cantoras;
la que vio florecer cien veces mi ciruelo;
la que te vio crecer como un arbusto tierno,
la pupila asombrada
y el alma ingenua, simple, como un libro de cuentos...

¡Oh, discípulo,
por la vez última, alimenta mi pipa!
Como claro arroyuelo tu niñez yo vi alegre
saltar entre las piedras.
Todo cantar te hacía:
la luz, la lluvia, el aire, las viejas porcelanas,
las linternas, la música, los perros de ojos tristes,
el vuelo de los pájaros por sobre los pinares,
el color y el perfume en flor de los duraznos,
el andar y el gozoso reír de las muchachas...

¡Ah, discípulo,
por la vez última alcánzame la pipa!

No la de plata;
aquella, la que guarda color y olor de tierra
y sabor más amargo;
la que siempre conmigo junto a la lamparilla
vio pasar hombres, días, como volutas vanas;
la que me vio aspirar en prisas impacientes
los afanes más puros;
la que engañosa me hizo ver fulgores de auroras
donde tan sólo había gris opaco de humo.

Deja ahora, hijo mío, que acaricie tu frente.
Has crecido, has amado, has soñado y vivido;
mas tu fruto de vida es todavía amargo:
porque el fruto más dulce no ha de ser árbol joven
sino aquel que rugoso ya ha florecido en años.

Pero en tanto, oh discípulo,
goza del sol, del mar, del aire y de la tierra:
ámalo todo y nada odies, nada te asombre,
que en toda dicha hay pena,
que en toda risa hay lágrimas,
y en todo lo creado, junto a la gris arcilla
hay también lo divino.

Y nada contra el cielo tu mano nunca arroje.
Nada tanto te inquiete que tu paz dulce amargue:
corrí, llamé, busqué, sueños forjé, grandezas...
Mas desnudo cual vine la gran sombra me espera.
Mientras más logra el hombre más parco se hace en dones:
nunca más rico se es que pobre de riquezas...

Y sé humilde, hijo mío, sin inútil orgullo;
la humildad da la dicha.
Sé como esas piedras de los ríos
que cantan al saltar en la corriente,
pulidas, lisas, llanas
de tanto naufragar, rodando siempre.

Y si barrera alta tu camino detiene,
nada intentes forzar, bordea la muralla;
nada derriba el hombre que después no levanta.
Y no preguntes, nada interrogues, discípulo;
nada responde a nada.

Prudente en las palabras y cauto en la conducta,
cual pez de muchos mares
bajo aguas diversas procura ser distinto;
mas vario, multiforme, sé uno en la existencia:
todo cambia en lo externo, no en su naturaleza.

Hoy despiertan tu mente tempestades de llamas
-monzones de palabra que ruedan por los días-,
yo también, hijo mío, rodé con la tormenta;
y almas extrañas vi, conocí cielo y tierra...
como la mar sus perlas, vivir me dio experiencias,
y rico en dones ácidos encontré mi ciruelo...

Mas el fruto maduro de la sabiduría
no es el que milagroso en huerto ajeno alcanzas,
sino aquel que en dolor del propio vivir nace.
Aunque un día sabrás que nunca nada sabes.

¡Ah discípulo,
por vez postrera alcánzame la pipa!

Deja ahora por último que apure aquella leve
de espuma y luz de ensueños.
Y escúchame, discípulo:
si un alba clara y limpia ve un día tu mirada,
salúdala con júbilo y ama esa hermosa aurora.
Tal vez si hay sueños ciertos...
¡O quizá qué milagro puede hacer la esperanza!

¡Ah discípulo.
por la vez última alimenta mi pipa!

Ahora dame esa caña quemada por los años,
la que ya sólo tiene sabor leve a ceniza;
la que más sol ha visto morir tras la colina,
y bajo el cielo ancho
vio perderse en el viento como nubes fugaces
el río de los hombres y los días estrechos.

Con ella en paz serena
mis ancianas pupilas seguirán tu partida;
aunque lejos estés te verán cerca siempre.
Y cuando helado el viento tu tumulto ya apague
y en tierra ingrata, estéril, secos rueden tus sueños,
contigo llorarán sus lágrimas más íntimas...

Pero si en un prodigio cantando tú regresas
se alegrarán al verte, y de nuevo contigo
el vuelo de los pájaros verán en los pinares
en las tardes de oro, cuando cantan los sauces.
El vino estará fresco debajo del ciruelo,
perfumado de rosas y flores de cerezo.
¡Oh discípulo, todo, todo será lo mismo!

Mas si acaso ese día
no respondo, discípulo, a tu dulce llamado,
es que el sueño infinito llegó sobre mis párpados...
Entonces, hijo mío, sin lágrimas estériles,
con manos amorosas búscame tierra leve,
de verdes hierbas cúbreme y déjame que duerma.

Pero nunca tan hondo que en esa paz no escuche
el vuelo de las aves,
una canción que sueñe.
reír la primavera,
llorar el triste invierno y el afán de los hombres.
¡Porque en todo estaré despierto eternamente;
porque todo aún lo amo!

¡Ay, discípulo,
no obstante sus tristezas, vivir, vivir es dulce!
No hay, como la muerte, un pesar más amargo.
Ah, discípulo amado, humano he sido.
Más que otro mortal, hijo mío, a mí ámame;
mas no pienses que he sido ni mejor ni más alto:
hecho de arcilla y luz tuve también flaquezas,
y como humano supe de virtud y pecado.

Mis pupilas se apagan.
Mi mano apenas puede sostener ya la pipa.
Calienta en esa llama
esta postrera gota que por mi barba corre...
¡Ay!, recuerda y ámame, amoroso discípulo!
En tu memoria guárdame,
cuando leve del agua, de la tierra y del fuego,
cual la mies a la siega ya estén tus largos años;
cuando ya no te turben tumultos de palabras,
ni las voces del viento,
ni un rumor de hojarascas...

Anda, anda ya, hijo mío.
Levanta, vive, sueña, niega, afirma, destruye.
Y cuando de tus fiebres adiós, fe, ni amor queden,
al ciruelo regresa.
Aquí estaré esperándote, debajo de sus ramas,
en la sombra sin sombra del camino más largo...

¡Oh discípulo, baja ya esa esterilla, y parte...!





SALUTACIÓN FRATERNA AL TALLER MECÁNICO

Tensión violenta del esfuerzo
muscular. Lengua de acero, las mandarrias
ensayan en los yunques poemas estridentistas
de literatura de vanguardia.

Metalurgia sinfónica
de instrumentales maquinarias;
ultraístas imágenes de transmisiones y poleas;
exaltación soviética de fraguas.

¡Oh, taller, férreo ovario de producción! Jadeas
como un gran tórax que se cansa.
Tema de moda del momento
para geométrico cubismo
e impresionismo de metáforas.

Pero tienes un alma colectiva
hecha de luchas societarias;
de inquietudes, de hambre, de lacería,
de pobres carnes destrozadas:
alma forjada al odio de injusticias sociales
y anhelos sordos de venganza…
Te agitas, sufres, eres
Más que un motivo de palabras.

Sé tu dolor perenne,
Sé tu ansiedad humana,
Sé cómo largos siglos de ergástula te han hecho
Una conciencia acrática.

Me hablas de Marx, del Kuo Ming Tang, de Lenin;
y en el deslumbramiento de Rusia libertada
vives un sueño ardiente de redención;
palpitas, anhelas sueñas; lo puedes todo y sigues
tu oscura vida esclava.

Y me abrumas, me entristeces el alma,
me haces escéptico, aunque a veces
vibre al calor de tus proclamas,
y diga siempre a mis hermanos
de labores:
"Buenos días, compañero, camarada."

Son tus hijos, los hijos
de cien generaciones proletarias,
que igual que hace mil años piden en grito unánime
una justicia igualitaria.

Son tus hijos, los tristes,
que angustiados trabajan, trabajan, trabajan
en un esfuerzo fértil de músculos y nervios;
pero estéril al sueño de gestas libertarias.

Son tus hijos que sueñan,
mientras los eslabones de sus días se enlazan,
que en los entristecidos cielos de sus pupilas
surge un fulgor de nuevas albas.

Son tus hijos que a diario
te ofrendan las vendimias de sus vidas lozanas
que gritan sus angustias al rechinar del torno
mientras tú, apenas óyeles, como a cosas mecánicas.

¡Oh, taller resonante de fiebre creadora!
¡Ubre que a la riqueza y la miseria amamanta!
¡Fragua que miro a diario forjar propias cadenas
sobre los yunques de tus ansias!

¡Esclavo del Progreso,
que en tu liturgia nueva y bárbara
elevas al futuro, con tus voces de hierro,
tu inmenso salmo de esperanza!

Ah, cómo voy sintiendo que también de mí un poco
te nutres; yo que odiaba,
sin comprender, tu triste alma colectiva
y tu tecnología mecánica.

Yo que te odié por absorbente;
que odié tus engranajes y tus válvulas;
que odié tu ritmo inmenso porque ahogaba
mi ritmo interno en ronca trepidación de máquinas.
¡Yo te saludo en grito de igual angustia humana!

¿Fundirán tus crisoles los nuevos postulados?
¿Eres sólo un vocablo de lo industrial: la fábrica?
¿O también eres templo
de amor, de fe, de intensos anhelos ideológicos
y comunión de razas…?

Yo dudo a veces, y otras,
palpito, y tiemblo, y vibro con tu inmensa esperanza;
y oigo en mi carne la honda VERDAD de tus apóstoles:
¡que eres la entraña cósmica que incubas el mañana!







FIVE O' CLOCK TEA

Voy con las manos sucias de grasa...
Los hermosos vehículos no se detienen cuando los llamo;
y marcho por las calles, pródigo de saludos,
pero los hombres me ignoran, y pasan;
porque en la fiesta espléndida de la ciudad lujosa
llevo las manos sucias de grasa.
Sólo el paisaje y el crepúsculo me abrazan cordiales
y el viejo pavimento
que recuenta el cansado rosario de mis pasos.

Pero las grandes vitrinas de lujo
me cierran sus puertas;
el ascensor de la opulencia no me conduce a las terrazas
donde la vida canta y ríe;
porque en la hora ebria del té fragante de oro,
de enriquecer al mundo,
llevo las manos sucias de grasa