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martes, 20 de diciembre de 2011

5611.- FRANCISCO MADARIAGA

Francisco Madariaga (1927-2002). Poeta nacido en la provincia de Corrientes, ARGENTINA. A comienzo de la década del 50 viajó a Buenos Aires, donde participó del movimiento surrealista argentino agrupado en torno a las revistas: "A Partir de Cero" y "Letra y Línea"; posteriormente incursionó en otras tendencias poéticas sin adherir dogmáticamente a ninguna de ellas. Obtuvo entre otras distinciones: Premio Fundación Lorenzutti (1968), Tercer Premio Nacional de Poesía (1984-1987), Premio Trascendencia Cultural -Fondo Nacional de las Artes- (1991). Dice Luis Bravo: "Madariaga ha fundado su propio territorio a puro canto, con un ritmo hecho de visiones autónomas, a las que bautiza como 'Apariciones'.[...] En su voz hay un rugido de tigres (reserva de natural, salvaje, fiereza) y un rescate del criollo, ser desterrado en su propio llano a quien ofrece: 'pon tu estribo de oro y de reserva / para bajar a beber miel estero: que ha llegado un jaguar a la tranquera"'. De su prolífica obra poética citamos: "Resplandor de mis bárbaras", "Las jaulas del sol", "Aguatrino", "Llegada de un jaguar a la tranquera".














¿Autorretrato?


Yo, que tengo el alimento más moderno, estoy rastreando
el invierno y las pudriciones de estos llanos.












LOS POETAS OFICIALES


¿Amoldáis vuestra esfera a lo más mínimo del porvenir?
Perros enanos entecos, tenéis a vuestro servicio
los escribientes nacionales, pajarracos de la patria.
Canasteros de los frutos del odio, no estoy
arrepentido de tener a mi servicio las joyas y los frutos del deseo.
Principitos destronados de toda sangre de composición en la naturaleza.
Eugenios, Equis, Clauditos, perritos de ceniza.










ARTE POÉTICA


No podríamos sostenernos con esta piel y este polvo gemebundo, guitarrera de
[grandes desgracias.
Sólo no hay trampa para la orden de hacer fuego hasta que todo arda.
Los puentes están artillados y sólo los cruzan caballeros blancos vestidos con
[el aire de un muerto que posee la victoria final.
Totalmente entorpecidos por la belleza de su sangre.


El pequeño patíbulo, 1954.
















NUEVA ARTE POÉTICA


No soy el espectral, ni el sangriento, ni el cautivo, ni el libre, ni el trompudo de labios de lata, ni el acordeón del mal-ayer, ni la blancura del futuro, ni el bobalicón del espacio, ni la academia de los astros, ni el planetario de las correspondencias.


Yo soy aquel que tiene los deseos del celo de la tierra.
Aquel que tiene los cabellos del lado del amor.
El peinador de los pocos retratos de desgracia.
El cacique de la boca arrojada sobre el lecho de la mujer que sangra.
¡Manantial para mis heridas!, que no son más que cosas de hadas.
¡Buen beber para mis ojos!, que no son más que sombras de desgracias,
[devueltas por el agua.
¡Loor terrestre a mis amigos y hermanas con temblores de bocas de duraznos,
[besadas por el agua!


El delito natal, 1963.














REHÉN DE LA COLINA


Oh candoroso embriagado entre loros,
entre isletas subiendo hasta el nivel de la colina,
canta en tu boca el canto ardiente de otra boca,
y cuando la sangre sube hasta tus ojos es
porque están quebradas todas las fulguraciones
del sollozo en tu pecho.
Canta, viejo rehén de la colina.
Arde, candoroso de alcohol negro, que con palmas
salvajes tienen hijos que retornan al viento,
al gemido del clima en el olor áspero y cruel
de las arañas del estero,
en aquel paisaje de cristal desprendido del fuego.


Asombra al mundo en un paisaje de enero,
oh demente,
oh luz de la humedad.
Ah colgado sediento de unos ojos,
duerme, duerme bajo la luz del padre al otro
extremo del poder y la delicadeza.
En tus ojos la berlina del viaje amarillo arde
helada.
Beso tras beso el pasajero toca la raya de ácido
caliente del retorno.
Sé piadoso con el otro limite de tu fragilidad,
padre aletargado por el sol,
presión de la locura de una tierra suspendida en
la tela del agua y del fuego.
















Tembladerales de oro


In memoriam Alfredo Martínez Howard


El dolor ha abierto sus puertas al agua de oro del oro que
arde contra el oro el oro de los ocultos tembladerales
que largan el aire de oro hacia los rojos destinos
pulmonares con el acuerdo de los fantasmas de oro
coronados por los juncos de oro bebiendo los
caballos de oro los troperos de oro envueltos en los
ponchos de oro -a veces negro a veces colorado
celeste verde- y el caballero que repasa las lagunas de
los oros naturalmente populares el que se embarca
en las balsas de oro con todos los excesos de
pasajeros de oro que manejan los caballos de oro con
los rebenques de oro bebiendo en la limetilla de oro
del barro de oro de los sueños de los frescos del
oro entre la majestad de las palmeras de oro y de los
ajusticiados y degollados en las isletas de oro bajo de
yacarés de oro del oro del Amor.


















Puente Florencia


a Oscar Portela y Florencia Madariaga


I


Todo se olvida.
El rumor es un puente.
El color es un puente.
La mirada de un ciervo que olfatea un tesoro,
es un puente,
y vuela con el ave que se aleja del invierno natal.


Vuelan todos los puentes.
Las comunicaciones estallan en fuego y transparencia.
Solo nos queda el puente del olor del infinito.,
la pasarela para el tigre de los sueños.














Canciones en un viaje a caballo


1


Los caballos nacen para amar secretamente como
las madrugadas.


2


Los caballeros viajan con ponchos de cueros de
ciervos celestes manchados de sangre.


3


Un dolor como el trino de un pájaro de agua,
perdido en la infinitud.


4


El amor de un guerrero cuya lanza tiene el acero
del agua.


5


El terror de los paisajes que se hundieron con
los tesoros del Diablo.


6


Hay cierta agua de oro en la infinitud:
solo la conocieron Jesucristo y Rimbaud.


7


Conservar siempre una tinaja con esa agua.


















Cementerio amarillo al borde del agua


Mientras cantas con la trompeta ronca de las
inemociones cargadas de las lágrimas del paisaje
desenvuelto por los trenes de los reyes guiados por
los ríos, aquí el velo de sangre duerme sobre los
arenales seguros de encantar a un cuerpo joven y
caliente junto al rumoreo nocturno de los caballos y
las fiestas cercanas a la orilla de la luna caída entre
las humillaciones más populares cercando el
camposanto de los hombres del hambre donde se
recomponen las más raídas y coléricas apariciones
-sin espacio- a ras de luna de ras y de agua detenida
en el milagro del terror -sin amor- todo todo roído
como antes de andrajos desafíos ojos hambrientos
amarillos de asesinatos no modernos no
contemporáneos a ras, a ras de agua podrida en su
pureza.
Sin embargo, yo estoy dormido como un indio que no ha
perdido el desierto.
¿Estoy moderno?
¿Estoy por irme adónde?
¿O por abandonar la comarca e internarme en el mar?
¿O sólo al borde del mar?
















Una reza


Reza por la reza de las apariciones ronca por la ronca de
las enterraciones y vuelve los ojos al paisaje metido
dentro de la carne y del fuego del movimiento
humano más real el de pasitos de hombres en el
espacio humillado por sus elegantes desnutriciones,
oh país límpido, intercambiado con tartamudos y
despanzurrados y afeitados por el llano y
asesinadores engendrados en las negras copulaciones
entre ramos y entre santos de ojeras casi naturales
yo exclamo que duermo sobre la arena caída en la
desventaja de mis maduraciones que sollozan todo el
poder del fuego.
Yo, que tengo el alimento más moderno, estoy rastreando
el invierno y las pudriciones de estos llanos.












Madrugada clara


Pero confieso todo quiero cantar e irme durmiendo con
mi ojo de infierno a ras a ras del rezo entre los
espartillos del invierno y del verano sin epílogo
histórico sin capítulo cerrando al estilo del buen
cuento jurídico y civil quiero descubrir por qué
estas aguas se pudren en su belleza por transfusión
de sangre y pobres bocas muertas sonriéndole
al espacio del ras.












El canto no popular


Yo, el rastreador, que ha dormido en los atrasos de
la luna en los atajos peninsulares, y ahora siento
el canto del desahogo, a través del orgulloso coraje,
oh mis pequeños seres del desamparo, canto
mi canto con un lenguaje no popular, pero cercano
a vuestros vestidos miserables.
El vestido las telas livianas de las mejillas despintadas
el olor de los motines talados de la miseria siempre
en la flor del fuego del pensamiento destruido
sin nacimiento en las coloridas y espléndidas
organizaciones de las albas lujosas de todos los días
de todos los montones de días ligeros y azucarados
por las cañas dulces solares irredentas
ininterrumpidas feroces vivientes de la irrectitud
siempre anárquica del espacio siempre moderno
y siempre solidario con los cantos de las invisibles
deidades y de los otros personajes reales asombrados
de la miseria de los sucios paisanos que encienden
el clavel del esperma nocturno sifilizado y demente
y excitado por los cerdos.
Oh, en mi escenario, de rodillas. Cocinas conteniendo
el aliento del dormido rencor en la palidez del alba.
Oh, gente sin viajes, que no puede fumar en el
fuego del universo su tabaco de miel arrollada por
el invierno, su comida de humo bañando el ligerísimo
mosquitero de rabia del color el color que no trajina
por las camas y que sólo saluda a la sombra con
sombrero del Ave María en el altar de los santos
ensordecidos por los fétidos besos.
Oh, mí, el rastreador que ha dormido tirado entre
los yuyos, entre la ferocidad joyal de las palmeras
en el borde del agua, y de una cocina sucia llena
de lechos sucios y de tarros con jazmines
calentados del ex-alba.












Un fuego en el palmar


a Julio Martínez Howard


Son piedades-perfumes
que me ha dado la sombra,
en las prolongaciones populares del llano.


Confundido, entre las aguas vírgenes
y la miseria de la orilla,
he detenido mi caballo,
cansado de nadar en las aguas profundas,
y he saludado al gallo de los colores de Gauguin,
entre las brujas de unos ranchos.