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miércoles, 14 de diciembre de 2011

5567.- HORACIO FERRER



Horacio Ferrer (Montevideo, 2 de junio de 1933) es un poeta uruguayo autor de poesías y letras de canciones de tango. Es especialmente famoso por los tangos canciones realizados con Astor Piazzolla, como Balada para un loco y Chiquilín de Bachín.
Nace en una familia culta; su padre Horacio Ferrer Pérez era profesor de Historia y su madre Aliccia Escurra Franccini, 11 años mayor que su marido, sabía más de 4 idiomas. Tuvo una intensa relación con su hermano Eduardo Ferrer, a quien le dedica varias de sus letras, pero solo pocos lo saben, ya que se distanciaron cuando aun eran jóvenes.
Inició estudios de arquitectura e ingenieria durante 8 años que no llegó a finalizar.
En la década del 50, con poco más de veinte años, fue uno de los realizadores del programa Selección de Tangos, en la radio montevideana, con el fin de defender las nuevas tendencias tangueras y del grupo El Club de la Guardia Nueva, para organizar recitales en Montevideo de los músicos que estaban revolucionando el tango, como Aníbal Troilo, Horacio Salgán y en especial Astor Piazzolla, por entonces líder del famoso Octeto Buenos Aires. A partir de entonces Ferrer dirigirá programas radiales de tango por el Sodre, la cadena oficial radial uruguaya.
En la misma época fundó y dirigió la la revista Tangueando, ilustrada y redactada por él mismo. A fines de la década del 50, formó parte una pequeña orquesta de tango como bandoneonista y publicó su primer libro: El Tango: su historia y evolución.
Por pedido de Troilo escribió su primer tango: "La última grela", con música de Astor Piazzolla. En 1967 escribió "Romancero canyengue", libro de poemas que recitó acompañado por el guitarrista Agustín Carlevaro.
Inmediatamente después inició su famoso trabajo en conjunto con Piazzola, componiendo la opereta "María de Buenos Aires", estrenada en 1968 en la Sala Planeta de Buenos Aires, con Héctor de Rosas y Amelita Baltar como cantantes, y el mismo Ferrer en el papel de El Duende, recitando.
Luego, Piazzolla y Ferrer comienzan a componer canciones de tango, de claro contenido social y nueva estética, como el conocido "Chiquilín de Bachín" y "Juanito Laguna ayuda a su madre".
En 1969 componen una serie de tangos con forma de balada, entre las que se destacó "Balada para un loco", estrenada por Amelita Baltar en el Festival de Tango de Buenos Aires, que produjo un escándalo entre partidarios y opositores del tango moderno. A pesar de perder en una decisión manipulada por los organizadores, el tema se convirtió en un éxito popular inmediato y ha quedado como una de las canciones más representativas de Buenos Aires. Otras canciones escritas por el dúo Piazzolla-Ferrer, en ese momento fueron: "Canción de las venusinas", "La bicicleta blanca" y "Fábula para Gardel", grabadas en el álbum "Astor Piazzolla y Horacio Ferrer en persona".
En 1970 escribió el "Libro del Tango. Arte Popular de Buenos Aires". La edición ampliada de 1980, en tres tomos, de más de dos mil páginas, es una de los estudios más profundos realizados sobre el tango y obra de consulta obligada.
En 1975 compuso con Horacio Salgán el Oratorio Carlos Gardel y letras de tangos con los músicos más renombrados. Es el actual presidente de la Academia Nacional de Tango en la Repúblca Argentina

Obra
La última grela (Tango con Astor Piazzolla)
Romancero canyengue (Libro de poemas. 1967)
María de Buenos Aires (Opereta con Astor Piazzolla. 1968)
Chiquilín de Bachín (Tango con Astor Piazzolla. 1968)
Juanito Laguna ayuda a su madre (Tango con Astor Piazzolla. 1968)
Astor Piazzolla y Horacio Ferrer en persona (Álbum con Astor Piazzolla. 1970)
El Libro del Tango. Arte Popular de Buenos Aires (Ediciones de 1970 y 1980. Libro-ensayo en tres tomos)
Loquita mía (Tango con Julio De Caro. 1971)
Esquinero (Tango con Pedro Laurenz. 1971)
El hombre que fue ciudad (Tango con Armando Pontier. 1971)
Yo payador me confieso (Tango con Osvaldo Pugliese. 1971)
Tu enúltimo tango, (Tango con Aníbal Troilo. 1971)
Presagio (Soneto, Plaqueta con acuarelas de Josefina Robirosa). (1990)







La última grela

Del fondo de las cosas y envuelta en una estola
de frío, con el gesto de quién se ha muerto mucho,
vendrá la última grela, fatal, canyengue y sola,
taqueando entre la pampa tiniebla de los puchos.

Con vino y pan del tango tristisimo que Arolas
callará junto al barro cansado de su frente,
le harán su misa rea los fueyes y las violas,
zapando a la sordina, tan misteriosamente.

Despedirán su hastío, su voz, su melodrama,
las pálidas rubionas de un cuento de Tuñon,
y atrás de los portales sin sueño, las madamas,
de trágicas melenas, dirán su extremaución.

Y un sordo carraspeo de esplín y de macanas,
tangueandole en el alma le quemará la voz,
y muda y de rodillas se venderá sin ganas,
sin vida, y por dos pesos, a la bondad de Dios.

Traerá el olvido puesto; y allá en los trascartones
del alba el mal, de luto, con cuatro besos pardos,
le hara una cruz de risas y un coro de ladrones
muy viejos sus extrañas novenas en lunfardo.

Que sola irá la grela, tan última y tan rara,
sus grandes ojos grises trampeados por la suerte,
serán sobre el tapete raído de su cara
los dos fúnebres ases cargados de la muerte.







Milonga del trovador

Soy de una tierra hermosa
de América del Sur,
en mezcla gaucha de indio con español.
De piel y voz morochas
vi en mi guitarra
que al mundo van las coplas, y me fui yo.

Con un rumor de nido
volaban tras de mí,
aquellos pañuelitos en la estación.
Pero soy peregrino
y a mi nostalgia
le canto así en la oreja del corazón:

Vamos a la distancia, sí,
que soy el trovador,
si la distancia llama,
yo jamás veré ponerse el sol.

Vamos a la distancia, ya,
y si no llego, amor,
vos le darás mi alma
de argentino y de cantor.

Mi casa es donde canto
porque aprendí a escuchar
la voz de Dios que afina en cualquier lugar,
ecos que hay en las plazas
y en las cocinas,
al borde de una cuna y atrás del mar.

Si en esta andanza un día
me espera la vejez,
ya mi niñez le hará la segunda voz;
y al fin con dos gargantas,
a mi agonía,
le cantaré en la oreja del corazón:

Vamos a la distancia, sí,
que soy el trovador,
si la distancia llama
yo jamás veré ponerse el sol.

Vamos a la distancia, ya,
y si no llego, amor,
vos le darás mi alma
de argentino y de cantor.











Libertango

Mi libertad me ama y todo el ser le entrego.
Mi libertad destranca la cárcel de mis huesos.
Mi libertad se ofende si soy feliz con miedo.
Mi libertad desnuda me hace el amor perfecto.

Mi libertad me insiste con lo que no me atrevo.
Mi libertad me quiere con lo que llevo puesto.
Mi libertad me absuelve si alguna vez la pierdo
por cosas de la vida que a comprender no acierto.

Mi libertad no cuenta los años que yo tengo,
pastora inclaudicable de mis eternos sueños.
Mi libertad me deja y soy un pobre espectro,
mi libertad me llama y en trajes de alas vuelvo.

Mi libertad comprende que yo me sienta preso
de los errores míos sin arrepentimiento.
Mi libertad quisieran el astro sin asueto
y el átomo cautivo, ser libre ¡qué misterio!

Ser libre. Ya en su vientre mi madre me decía
“ser libre no se compra ni es dádiva o favor”.
Yo vivo del hermoso secreto de esta orgía:
si polvo fui y al polvo iré, soy polvo de alegría
y en leche de alma preño mi libertad en flor.

De niño la adoré, deseándola crecí,
mi libertad, mujer de tiempo y luz,
la quiero hasta el dolor y hasta la soledad.

Mi libertad me sueña con mis amados muertos,
mi libertad adora a los que en vida quiero.
Mi libertad me dice, de cuando en vez, por dentro,
que somos tan felices como deseamos serlo.

Mi libertad conoce al que mató y al cuervo
que ahoga y atormenta la libertad del bueno.
Mi libertad se infarta de hipócritas y necios,
mi libertad trasnocha con santos y bohemios.

Mi libertad es tango de par en par abierto
y es blues y es cueca y choro, danzón y romancero.
Mi libertad es tango, juglar de pueblo en pueblo,
y es murga y sinfonía y es coro en blanco y negro

Mi libertad es tango que baila en diez mil puertos
y es rock, malambo y salmo y es ópera y flamenco.
Mi libertango es libre, poeta y callejero,
tan viejo como el mundo, tan simple como un credo.

De niño la adoré, deseándola crecí,
mi libertad, mujer de tiempo y luz,
la quiero hasta el dolor y hasta la soledad.










Bailando en Buenos Aires

Bailando el Tango en Buenos Aires, bailá
desconocida de un lejano país,
es la ciudad que sueña el Tango al dormir
y en este tango me ha soñado con vos.

Después tu nombre entre mis labios pondrás,
Ingrid, Giulietta, Sally, Lupe o Brigitte,
con la elegancia de su corte mejor
late a tus pies mi corazón.

Bailar el Tango es dar el alma al bailar,
cuando la orquesta es como un pulso interior,
la multitud se pone íntima y va
bailando en éxtasis igual que los dos.

Bailando el Tango en Buenos Aires así,
un paso y dos y tres, la pausa y seguir
del Bajo a Ezeiza y en la aduana bailar
sin recordar que has de partir.

Je t'aime, Ti amo, I love you, Ich liebe dich,
te amo, ¡te amo!

Bailá este tango que al bailar
hace florecer los cinco sentidos.
Qué ensimismada y linda vas,
sí, qué linda estás recostada en mí.
Cuando muy lejos te encontrés,
mimo bailarín, por dentro yo te abrazaré.

Bailando el Tango en Buenos Aires, bailá
desconocida de un lejano país,
entrá al abrazo del que nunca saldrás,
con su compás que se copió del vivir.

En nuestro abrazo ha de bailar otra vez
la yunta criolla que hace un siglo engendró
el primer tango en gracia sacramental
de Eva y Adán del arrabal.

Bailar el Tango es un hipnótico andar,
siendo uno el otro en un instante y, al fin,
espiritualizadamente bailar
sobre el pañuelo del adiós al partir.

Bailando el Tango en Buenos Aires así,
un paso y dos y tres, la vida bailás,
la vida misma, un tango amargo y feliz
sabio en amor y despedidas.

¡Arriverderci, bella! ¡Au revoir, mon amour!
¡Bis immer, mein schatz! ¡Adiós, mi vida, adiós!

Bailando el Tango te encontré,
bailando el Tango te perdí.










Milonga en ay menor

No me consueles.
Para morirme,
no quiero apuntador.
Moriré de mí mismo,
lo sé, lloverá.

Soy el perdido
Protagonista
de un drama que Roberto Arlt
se olvidó de escribir:
yo lo hacía llorar.

Crucificado
por las antenas
que florecieron
las azoteas,
viví mezclando,
para encontrarme,
las luces tristes
de veinte tardes.

Al fin la lluvia
borró la calle
que yo tenía
para buscarme.
No sé si existo,
pero ya entiendo
porque la lluvia
llueve en porteño.

No me consueles.
Para morirme
no quiero apuntador.
Moriré de un mordisco
de mi corazón.

Tendrá la lluvia
sabor del llanto
que gritará Roberto Arlt
a un tal Dios
más allá,
al mirar hacia atrás,
al saber que viví.












Bocha

Vamos, Bocha viejo, tan querido,
te lo había prometido
y aquí estoy, ¿cómo te va?

Sé que de silencio estás vestido,
pero el alma de un amigo
se oye clara por igual.

Qué de cosas nuevas que sabrás,
los misterios que has entrado a ver:
debe ser hermoso, en serio,
sospechar la eternidad,
sin cuerpo y sin edad.

Bocha, vos que tanto me decías
que al morir todo termina,
de otro modo pensarás.

¿Viste?, hay que tener filosofía,
si el dolor de cada día
nos insiste en que no estás.

Mis ojos se preguntan
por qué no te ven más,
y siento que se inundan;
yo no, ¿por qué llorar?

Yo no, porque me digo,
no sé si bien o mal,
que mientras yo esté vivo,
conmigo vivirás.

Y ¡qué le vas a hacer!
Es duro pero es cierto:
yo también un poco he muerto,
vamos, Bocha, no aflojés.

Siempre, en el café pido dos copas,
y al beber la tuya, Bocha,
por mi boca conversás.

Y, otra vez, me hablás de fantasías,
de las pibas, de la guita
que ya no necesitás.

Porque ahora sos un sabio y yo
por tu ser palpito a Dios, y ayer
alguien dijo que estoy loco,
que hablo solo, y lo miré
¡sabés con qué piedad!

Sé que hay que dejarse de macanas,
que vivir de la nostalgia
no es posible, ¿para qué?

Vamos, Bocha viejo, que en la vida
nunca hay última partida
cuando el lazo aprieta bien.

Mis ojos se preguntan
por qué no te ven más,
y siento que se inundan;
yo no, ¿por qué llorar?

Yo no, porque me digo,
no sé si bien o mal,
que mientras yo esté vivo,
conmigo vivirás.

Y ¡qué le vas a hacer!,
es duro, pero es cierto:
yo también un poco he muerto,
vamos, Bocha, no aflojés.

Vení, varón:
Quiero la dulce tempestad
de niño triste que tenés.
Quiero tu sed, tu rebelión,
tu plenitud de par en par.












Balada para él

Cayó la tarde y él tenía tangos,
whisky en la zurda y, en la otra, sed.
Su voz, un gusto de magnolia macho,
los muslos duros de saber volver.
Cayó la tarde y él tenía tangos,
tangos alzados que sabía él, él, él.

Él te sembró toda la piel de quieros,
y quiero a quiero calentó tu piel,
desabrochó tu soledad por dentro,
de un sólo quiero y de una sola vez.
Él te sembró toda la piel de quieros,
quieros enteros que mordía él, él, él.

Su boca encinta de un misterio bravo,
diez hembras hondas te empujó a crecer,
porque en tu pelo y tu silencio largos,
veinte varones él sabía ser.
Su boca encinta de un misterio bravo,
misterio en fardos que cargaba él, él, él.

Y tuvo tangos, otra vez, su tarde
porteñamente sangradora y fiel,
cuando se fue con todo el beso al aire,
whisky en la zurda y, en la otra, sed.
Y tuvo tangos, otra vez, su tarde,
la tarde grande que moría en él, él, él.











Balada para mi muerte

Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
guardaré mansamente las cosas de vivir,
mi pequeña poesía de adioses y de balas,
mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín.

Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba,
mi penúltimo whisky quedará sin beber,
llegará, tangamente, mi muerte enamorada,
yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis.

Hoy que Dios me deja de soñar,
a mi olvido iré por Santa Fe,
sé que en nuestra esquina vos ya estás
toda de tristeza, hasta los pies.
Abrazame fuerte que por dentro
me oigo muertes, viejas muertes,
agrediendo lo que amé.
Alma mía, vamos yendo,
llega el día, no llorés.

Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
que es la hora en que mueren los que saben morir.
Flotará en mi silencio la mufa perfumada
de aquel verso que nunca yo te supe decir.

Andaré tantas cuadras y allá en la plaza Francia,
como sombras fugadas de un cansado ballet,
repitiendo tu nombre por una calle blanca,
se me irán los recuerdos en puntitas de pie.

Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
guardaré mansamente las cosas de vivir,
mi pequeña poesía de adioses y de balas,
mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín.

Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba,
mi penúltimo whisky quedará sin beber,
llegará, tangamente, mi muerte enamorada,
yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis,
cuando sean las seis, ¡cuando sean las seis!












Balada para un loco

Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste? Salís de tu casa, por Arenales. Lo de siempre: en la calle y en vos. . . Cuando, de repente, de atrás de un árbol, me aparezco yo. Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus: medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies, y una banderita de taxi libre levantada en cada mano. ¡Te reís!... Pero sólo vos me ves: porque los maniquíes me guiñan; los semáforos me dan tres luces celestes, y las naranjas del frutero de la esquina me tiran azahares. ¡Vení!, que así, medio bailando y medio volando, me saco el melón para saludarte, te regalo una banderita, y te digo...

Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao...
No ves que va la luna rodando por Callao;
que un corso de astronautas y niños, con un vals,
me baila alrededor... ¡Bailá! ¡Vení! ¡Volá!

Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao...
Yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión;
y a vos te vi tan triste... ¡Vení! ¡Volá! ¡Sentí!...
el loco berretín que tengo para vos:

¡Loco! ¡Loco! ¡Loco!
Cuando anochezca en tu porteña soledad,
por la ribera de tu sábana vendré
con un poema y un trombón
a desvelarte el corazón.

¡Loco! ¡Loco! ¡Loco!
Como un acróbata demente saltaré,
sobre el abismo de tu escote hasta sentir
que enloquecí tu corazón de libertad...
¡Ya vas a ver!

Salgamos a volar, querida mía;
subite a mi ilusión super-sport,
y vamos a correr por las cornisas
¡con una golondrina en el motor!

De Vieytes nos aplauden: "¡Viva! ¡Viva!",
los locos que inventaron el Amor;
y un ángel y un soldado y una niña
nos dan un valsecito bailador.

Nos sale a saludar la gente linda...
Y loco, pero tuyo, ¡qué sé yo!:
provoco campanarios con la risa,
y al fin, te miro, y canto a media voz:

Quereme así, piantao, piantao, piantao...
Trepate a esta ternura de locos que hay en mí,
ponete esta peluca de alondras, ¡y volá!
¡Volá conmigo ya! ¡Vení, volá, vení!

Quereme así, piantao, piantao, piantao...
Abrite los amores que vamos a intentar
la mágica locura total de revivir...
¡Vení, volá, vení! ¡Trai-lai-la-larará!

¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!
Loca ella y loco yo...
¡Locos! ¡Locos! ¡Locos!
¡Loca ella y loco yo













Balada para un porteño viejo

Porteño, aristócrata y reo,
varón pa' quererlo tanto
la sabe lunga, profeta y burlón,
más que por viejo, por diablo.

Gardel para el verso y las pilchas,
el mismo con guita que pato,
es rosista y donjuán y oye misa
y aún lo erizan Ravel y Cobián.

Dramático, chiflado y buen gomía,
se escapó de un cuento de Roberto Arlt,
con pícara melancolía
muere de nostalgia, pero vive al día.

Bribón que a un metejón le saca punta
con la chiquilina del Che y de los jeans
y al alba un whiscacho los junta.
meditándolo a Discepolín.

Bebió soledad y tormenta,
volvió de todas las copas,
cuenta su amor por su loca ciudad
¡y echa una flor por la boca!

Su fe vio pasar los gobiernos
y vino por planes y sueños
abrazado al molino de viento
donde insiste su patria ilusión.

Parece el buen Quijote en Buenos Aires,
niño y atorrante, poeta y señor,
los tangos son su Rocinante
y el pampero ancho le sirve de Sancho.

Ya solo, con la luna en el bolsillo
un dolor antiguo le puebla la voz
y piensa que no hay más fortuna
que un hermano en la buena de Dios.












Canción de los jóvenes amantes

Vení, varón:
Sé que en la piedra más
sencilla que encontrés,
me acostarás.
Y al vernos el amor,
querrá ser hombre el sol,
y el mar, mujer.

Abrazame entera
que querer es lastimarse
con cien puentes,
y en el último, mi vida,
toda tuya, cruzo yo.

Si sos Lo lejos, andaré.
Y aunque hayas muerto, no soltés.
Porque si has muerto,
yo seré tu tierra honda, mi varón.










El amor imposible

Ah, el amor imposible: sepa el júbilo,
lo saben ya los días y la casa,
no habrá un abrazo más ni un desayuno,
que el cuerpo entienda bien ¡nada de nada!

Desde hoy será morirse la palabra.
Mañana, es un buraco en el oscuro.
Y vos y yo, mi vida, quién pensara,
los dos, dos otra vez, ¿Qué sabe uno?

Te vas toda de párpado sin ojo,
cayó mi corazón por una pierna,
gritó nuestro destino el cartón lleno

de un epitafio dentro de un pimpollo.
Y, aún, qué buena suerte tanta pena:
pensá qué hubiera sido no querernos.








Chiquilín de Bachin

Por las noches, cara sucia
de angelito con bluyín,
vende rosas por las mesas
del boliche de Bachín.

Si la luna brilla
sobre la parrilla,
come luna y pan de hollín.

Cada día en su tristeza
que no quiere amanecer,
lo madruga un seis de enero
con la estrella del revés,
y tres reyes gatos
roban sus zapatos,
uno izquierdo y el otro ¡también!

Chiquilín,
dame un ramo de voz,
así salgo a vender
mis vergüenzas en flor.
Baleáme con tres rosas
que duelan a cuenta
del hambre que no te entendí,
Chiquilín.

Cuando el sol pone a los pibes
delantales de aprender,
él aprende cuánto cero
le quedaba por saber.
Y a su madre mira,
yira que te yira,
pero no la quiere ver.

Cada aurora, en la basura,
con un pan y un tallarín,
se fabrica un barrilete
para irse ¡y sigue aquí!
Es un hombre extraño,
niño de mil años,
que por dentro le enreda el piolín.

Chiquilín,
dame un ramo de voz,
así salgo a vender
mis vergüenzas en flor.
Baleáme con tres rosas
que duelan a cuenta
del hambre que no te entendí,
Chiquilín.













Los hijos del río

A la orilla, a la orilla,
hijos del río,
hay que hacer nuestro pueblo,
¡qué desafío!

Nos haremos un alma,
humildemente,
con la fuerza profunda
de la corriente.

A la orilla, a la orilla,
hijos del río,
vestiremos de algas
a nuestros niños.

Con la sal y la bruma
olvido haremos,
con gaviotas que vuelvan
el buen recuerdo.

A la orilla, a la orilla,
hijos del río,
se podrá en caracolas
beber el vino.

Siete peces espada
darán las armas,
y el Pampero esta noche
traerá guitarras.

A la orilla, a la orilla,
hijos del río,
ya tendremos descanso
cada domingo.

Y en la fuga del agua,
experta en irse,
lavaremos algunos
domingos tristes.

A la orilla, a la orilla,
hijos del río,
hay que hacer nuestro pueblo,
¡qué desafío!

Juanito Launa ayuda a su madre

Nacido en un malvón
le hicieron el pañal
con media hoja de "Clarín".





Su barrio de latón
le dio para jugar
los cuentos de una fea
caperucita rea.

Juanito que es rabón,
que es bueno como el pan,
a veces come su bondad.

Y aguanta sin beber,
sabiendo cuánta sed
da el agua de la inundación.

Caracol, caracol
tan chiquito y tenaz,
con la cuna a cuestas,
arroró sin sol,
Juanito ayuda a su mamá.

Pichón de varón;
corazón, corazón
de pulgarcito de arrabal,
baldea y viene y va
y si ella al fin le pide el sol,
Juanito cruza el mar
en un jabón de lavar.

Por la noche, mamá
le da un dulce jornal
de mil besos
y lo hace dormir.

"Larará, larará,
larará, larará.
Dormíte Juanito,
ya me olvidarás,
Juanito Laguna,
cuando seas Juan".


Ratacruel.galeon.com
http://www.oocities.org/ar/webratacruel07/enverso07.htm